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sábado, 5 de marzo de 2016

DE SOCIETATE JESU


ESPIRITUALIDAD IGNACIANA NOTAS CUARESMALES

 

Envuelto en la ceniza y el polvo a los que revertiré, tiro del cajón de la memoria; Allí están las notas cuaresmales, reflexiones de mi adolescencia, cuando, imbuido del carisma jesuítico, quería ganar almas para Dios. Mi formación adolescente tiene la culpa de ese altruismo puñetero y un poco egoísta que me domina aunque me consuela saber que de los limpios de corazón es el reino de los cielos y Dios se apiadará del pecador en el día de cuentas. Colijo al cabo de muchos años que la clave del éxito ignaciano estriba en el “Gnosce te ipsum” de los griegos, da de lado a las pasiones, refrena tu lengua controla tus ojos, ayuna, calla y reza.

Cuando fue encarcelado en Alcalá bajo sospecha de tener contactos con grupos de alumbrados y acusado por dos mujeres santeras, el santo fundador exclama:

—Jamás hubiera podido creer que fuese motivo de escándalo hablar de Cristo a los cristianos.

Ignacio topa con el oscurantismo popular y con la iglesia oficiosa contra la cual entra en rebelión.

En Salamanca tampoco le fue mejor y tuvo que huir montado en una mula camino de París.

Con este analfabetismo cristológico va a topar otro predicador evangélico George Barrow Don Jorgito el Inglés que denuncia la negligencia e ignorancia de parte del clero sobre asuntos evangélicos.

Ignacio es como buen vasco terco y alienta pensamientos de contrarreforma.

Su objetivo primordial fue evangelizar al clero. Quería una revolución desde arriba.

El Día de la Asunción de 1534 en la basílica de Montmartre se ordenan los primeros jesuitas (Fabro, Aqua Viva, Suarez, Javier y él.)

El programa del nuevo ejército es seguir abrazados a la cruz de Cristo, muertos al mundo y a sus vanidades. “Homines mundo crucifixos homines novos qui suis se affectibus exuerint maximam gloriam Dei intuentes”.

La clave del programa es la renuncia a sí mismos y la búsqueda de la gloria del Crucificado.

El pensamiento revolucionario se centra como sumario de las constituciones: hombres nuevos, desligados de la vanagloria y corrupción del mundo. Es el objetivo de su camino de perfección o terceronado. Resucita una palabra del latín castrense para formar a los miembros de la Compañía: tirocinio (lat. Reclutamiento.) Forman parte de los nuevos caballeros de la cruz.

Iñigo de Loyola había asimilado en los libros de caballería, tan de su gusto, la filosofía templaria, esto es; la militancia activa.

La base del culto al Sagrado Corazón de Jesús propalado por los jesuitas por toda la cristiandad se compendia en una famoso soneto anónimo escrito por un converso:

No me mueve mi Dios para quererte

El cielo que me tienes prometido

No me mueve el infierno tan temido

Tú me mueves, Señor, muéveme al verte.

Clavado en una cruz y escarnecido

Muéveme el ver tu cuerpo tan herido

Muévanme tus afrentas y tu muerte

Quizá porque fuera un aristócrata san Ignacio no es un santo milagrero ni popular. Sólo promete la cruz y la renuncia a sus seguidores y un cierto desapego a las devociones y practicas del vulgo. En esta antipatía reside la clave de su eficacia. Muestra una adhesión ciega a la soberanía de Dios y frente a las criaturas formula absoluta independencia y libertad de acción.

He aquí pues un santo de rostro duro pero eficaz. Recomienda a sus discípulos ser dóciles a la llamada del Espíritu Santo y en cuanto a las cosas de la tierra “todo en tanto en cuanto”. Es la famosa impavidez jesuítica que se planta delante de las apetencias de la carne. Lo que no es óbice para que luego sus hijos, indiferentes a los halagos del nombradío, la belleza, la salud, las riquezas o la fama, se infiltren en los sectores del poder y del dinero jugando a todas las barajas que puedan darse pero teniendo siempre presente el “ad majorem dei gloriam” que acuña el anagrama jesuítico.

Hemos de “vernos libres de los negocios exteriores para vacar de la eterna sabiduría y no busquéis el oro de monederos falsos”. Porque no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague.

La espiritualidad ignaciana es una espiritualidad combativa surgida del arrepentimiento de una soldado que fue palaciego y cortesano en la corte de doña Germana de Foix la segunda esposa del Rey Católico, de Arévalo. Está imbuida del espiritu caballeresco que idealiza a la mujer mirando para la imagen de la Virgen María.

Observador minucioso de sus intercadencias todo cuanto se le pasaba por el magín lo anotaba en un papel. Su principal hallazgo a este respecto es la santa indiferencia.

Mortifica su orgullo escribiendo que los fracasos se los debe a su incompetencia y que sus triunfos, que fueron sonados, (se apoderó de la Roma corrupta y cortesana) fueron obra del Señor.

Papini señala que la clave de la popularidad de los Ejercicios está en haber construido un mundo que alienta bajo la presencia de Dios.

Esta presencia significa composición de lugar, un artilugio mediante el cual el orante se desplaza a la tierra de Canan, escucha las palabras de Cristo, lo ve. Pegó tan fuerte esta creencia que los grandes pensadores con el mismo Lenin a la cabeza, han utilizado las técnicas ignacianas para la conquista del poder.

El jesuita tiene fama de ser riguroso en la doctrina (esto puede observarse en el papa actual) pero indulgente con las personas. Ello puede derivar en acusaciones de laxismo con que tacharon los frailes a los jesuitas.

La cuestión es: no se puede dominar el mundo para Jesús sin mantener atadas las riendas del poder político. Eso idea fue un vademécum orientador de la S.J. durante varios siglos.

Ahora en un tiempo de materialismo laico a lo mejor el papa Francisco tiene que sacarse de la manga otros procedimientos para dominar a la Bestia, y ganar a la Bestia es vencer la concupiscencia del mundo. Del orgullo, del demonio y la carne.

Iñigo de Loyola viejo soldado de los tercios de Flandes es el adalid de la fuerza de la voluntad. Porque dice que la santidad requiere un gran esfuerzo. Se entra por angosta puerta en el cielo.

Contra la creencia de los luteranos que, falsificando un texto de san Pablo, establecen que la concupiscencia humana es invencible y que sólo se puede redimir el cristiano por la gracia santificante (fe sin obras) el fundador de la Compañía de Jesús  en contra el pensamiento luterano opina que el poder de la gracia, la oración y la mortificación sufren las carencias de la naturaleza. A Dios rogando y con el mazo dando que bien lo decía Santa Teresa.

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