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miércoles, 24 de abril de 2019


MIAJA EL OVETENSE IMPASIBLE

Era un carballón de los pies a la cabeza. Había Pepe Miaja Menant nacido en Oviedo en 1878 hijo de un maestro armero, su madre regentaba una humilde tienda de ultramarinos en la calle Santa Clara. Trubia fabricó los cañones del quince y medio que tanto juego darían en la guerra civil (A la Gran Vía la llamaban los madrileños en 1938 la Avenida del 15. 1,05) por hallarse esta importante arteria en la enfilada del tiro de la artillería nacional) las tercerolas “Don”, la carabina corta y sobre todo el fusil Mauser que acreditó el prestigio como la más eficaz arma de fuego hasta que los rusos inventaron el “Kalashnikov”. Los disparos del Mauser eran certeros, sonaron contundentes en los blocaos del Rif y en las trincheras de Brunete y del Ebro. El signo diferenciador del fuerte sentimiento españolista asturiano y su acendrado habría que apoyarlo en el espigón de su industria armamentista, la minería y el campo, tan conectados al ámbito de lo nacional. Asturias siempre fue constitucionalista y nacional, jamás separatista. Madrid discutido y discutible pero cordón umbilical ovetense: Jovellanos, Clarín, Campomanes, Campoamor, Pérez de Ayala, Riego y en el otro cabo Vázquez de Mella... Otras regiones periféricas carecen de este nexo con Madrid. La región dio a España buenos militares y marinos. De la universidad de Oviedo salieron los mejores juristas. En fin, la lista es larga.
El sector naval, el agrícola fenecieron con el ingreso en el Mercado Común. Que trajo la ruina del sector lechero. La becerra Marela dejó de llindar la sebe y a la Cordera la vaca abuela del cuento de Clarín acabó en manos del matarife de Noreña. Trubia cerró sus plantas y nuestra armería se liquidó a instancia del poderoso Tío Sam en su anhelo de monopolizar la guerra tanto en armas de destrucción masiva como de las convencionales. Ahí nadie les tose a los norteamericanos. Aznar un fulano tan de derechas guillotinó al ejercito, cerró los cuarteles de la región. Ya no hay soldaditos de leva y ni Pinín ni Rosa y la Cordera oirán silbar al tren que se lleva a los mozos del Principado a servir al Rey. Ya no hay mili.
Fue un ukase de ese señor del bigotito que se creía tan importante hasta convertir a España en una merienda de negros por no decir un banquete de catalanes. ¿Sonará de remate el lúgubre son de la campana de Huesca? Miaja se enfrentó a los catalanes y no podía ver igual que Negrín a Companys al que llamó en sus memorias el "carnicero de las Ramblas". Él era un soldado de los buenos y un buen soldado jamás puede acabar en asesino.
 Aznarín, Aznarín, Cuidadín cuidadín! Por desgracia entre nosotros los que siempre acaban con la monarquía son los monárquicos y los que descoyuntaron a la patria eran gentes bienpensantes y de derechas que prefieren perder un hijo en el frente que perder una finca.
El padre del general Miaja don José Miaja González era como digo un leal maestro ajustador, esos mecánicos de primera instancia que tan buen servicio dieron en nuestras fuerzas armadas. Reclamaciones al maestro armero, se decía.
Ellos se encargaban de que la cureña se acoplase al ánima del cañón o que el teléfono de campaña tuviese los voltios suficientes para hacer la transmisión.  Pegaban voces, con frecuencia se cagaban en dios, aunque no miraban para arriba. Don José era de ideas revolucionarias y participó en la revuelta del año 68 cuando los obreros de Asturias arrastraban por la Escandalera la estatua de la Isabelona.
No quería que su hijo fuese militar pero al fin consintió que echase la instancia de ingreso. De él heredó su carácter jocundo, su cara que parecía una hogaza de pan, y sus inclinaciones al alpinismo. De niño el que había de ser el general republicano más prestigioso que diseño con tiralíneas la defensa de Madrid — sus soldados tenían una canción preferida “No pasará” y no pasaron—, estuvieron sin cruzar el vado del Manzanares y pegando tiros por le Clínico más de tres años.
Miaja era un consumado técnico en la guerra defensiva y en África aprendió esa estrategia que en los tratados militares se llama poliorcética— escalaba en los permisos cuando regresaba a Oviedo el Naranco de Bulnes. Era un tipo audaz.
 De rostro avuncular, petizo, gafas de concha tras las cuales se asomaban unos ojillos bailones y penetrantes, totalmente calvo, trabado de hombro y tipo rehecho como buen asturiano, lenguaje cuartelero, de una gran capacidad de trabajo, se pasó la contienda en un bunker del Estado Mayor en un túnel debajo de las Cibeles, no solía levantar la voz, sus soldaos le adoraban merced a sus dotes de manto, no perdía los estribos. Sólo una vez que entró en su despacho un comisario de la CNT dando voces, y el general le tuvo que parar los pies: “oiga a mí solo me chilla mi mujer y ella no está aquí”.
Don José Miaja recibió su despacho de segundo teniente en la Academia de Zaragoza en junio de 1897. Su primer empleo fue el cuartel de Santa clara (el Milán hoy Facultad de Letras), pide destino a Melilla y participa en la batalla del Monte Gurugú. Se curtió como Franco, Mola, Sanjurjo, Varela, Asensio, Rojo Lluch, Segismundo Casado (unos servirían después a la Republica y otros a la causa nacional) en los desmontes del Rif, avanzando as líneas hasta Xauen, casi todos hablaban árabe.
“Pepe el Tranquilo” como llamaban a Miaja sus soldaditos era el primero en la línea de fuego, su lema “ni un paso atrás”;  con ese ideograma orquestó la defensa de Madrid al frente del Ejercito de Maniobra que operó en el Jarama, en Brunete y en Guadalajara.  Fue amigo de Franco y según refieren sus biógrafos fue "Pepín el Templado" quien le presentó a la que habría de convertirse en su esposa: Carmen Polo. Miaja era muy locuaz, parlaba por los codos, Franquito no solía dar un cuarto al pregonero. Ninguno de los dos quiso entrar en la Logia. Ni Franco ni Miaja eran complacientes con los masones, cosa rara entonces porque ser miembro de la masonería agilizaba los trámites para ganar medallas y subir en el escalafón.
La guerra fratricida dio al traste con algo muy importante en la vida militar: la fraternidad de armas. Algunos tuvieron la desgracia de ser fusilados por sus antiguos compañeros inculpados del delito de rebelión y otros la mayor parte huyeron al extranjero, se dedicaron a los negocios en México o a escribir sus memorias. Fue el caso del militar ovetense acogido a la generosidad del presidente Cárdenas para con los republicanos españoles.
Elevado al generalato en 1933 abandona Marruecos al estallar la guerra civil según historiadores como Payne Miaja que mandaba una brigada estuvo jugando a dos barajas durante la noches del 18 de julio optando al final por adherirse a la causa de la republica aunque sin demasiado entusiasmo, no era un tipo de relumbrón sino más bien oscuro, infatigable trabajador, desde que era teniente supo dar el callo y combatir en primera línea. Odiaba a los socialistas de Indalecio Prieto su paisano, los cuales acabaron respetándolo. No ocurrió lo mismo con Rojo, con Pozas ni con Casado que se confesaban católicos practicantes y estuvieron vigilados por el SIM, servicio de contraespionaje a las ordenes de Moscú.
Con todo y eso fue el mejor soldado con que contó la Republica. Los hombres de Miaja, que era un especialista en la lucha de desgaste, aguantaron el cerco durante 29 largos meses. Señalan sus biógrafos que el jefe de la Junta de Defensa albergaba una personalidad enigmática bajo su apariencia de hombre socarrón, optimista, amante de la buena mesa y de los chigres. Por lo que su historial fue investigado. Ayudó a huir al bando nacional al coronel Muñoz Grande que había sido su capitán ayudante en Melilla. Largo Caballero le acusaba de estarse entendiendo con los franquistas. A dicha acusación él respondía que como profesional de la milicia era su afán salvar vidas y evitar derramamiento de sangre. En el otro bando estaban jefes y oficiales que habían compartido con él rancho y chabola de campaña en Xauen o Dar Akoba. Parece ser que le unía una fuerte amistad que derivó en admiración con el general Mola quien declaraba que Miaja era el mejor capitán que él había tenido. Del solapado entendimiento con los Nacionales y las posibles fluctuaciones ideológicas (de remate aceptó el carné del Partido comunista) derivó un hecho importante: que su mujer y un hijo capitán de Caballería que estaban en Burgos al estallar la guerra fueran canjeados por tres falangistas.  Falleció en la capital azteca el 13 de enero de 1958 a punto de cumplir 80 años.   

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