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lunes, 26 de septiembre de 2011

labriego de segovia

MI MEJOR FOTOGRAFÍA




Antonio Parra



Los monjes rusos cantan el Akathistos en esta mañana tibia y soleada de enero, San Antón. Soledoso estoy. Tiro de archivo y este invento maravilloso de un judío norteamericano, Guillermito Puertas, ha dado la oportunidad a los escritores que escriben con tesón pero a los que con un tesón no menos sospechoso se les cierran las puertas de las editoriales. Gracias. Willy Gates, tú llevas el fuego sagrado y la magia del verdadero Israel. La chispa que enciende el mundo: la palabra. A la palabra agregaste la imagen. En ti se consuman los dones del Espíritu Santo en el Cenáculo y ello nos convierte en antorchas vivientes nuestras almas. Por él. Con él. Y gracias a él, cuelgo esta diapositiva en la Red de Redes que ha cambiado el mundo

Esta fotografía está tomada en Fuentesoto (Segovia) el año 1976. Aparece a la puerta un hidalgo castellano, Pedro Delgado, con su mujer la Vicente. Al fondo aparece cose en una silla baja de anea la hija que no se casó: Pili y detrás la puerta solemne de cuarterón al fin de la corraliza o lo que llamábamos la portada. En Pedro con su cara alongad, la voz clara y los ojos algo pitañosos, con su boina, que se sienta igual que un rey, veo la efigie de mi abuelo Benjamín. Eran primos carnales.

Esta instantánea me recuerda mi infancia: una época cuando iba por los botijos de agua a la fuente grande, los olores aquellos olores de las pobedas autentico perfume al pasar por la huerta donde estaba el manzanal del médico, los del berral, los de la pobeda y el olor del gallinero y del bardal, calor humano. Largas tardes de trilla bajo el resistero de agosto y los fríos de las heladas mañanas de enero cuando jugábamos al Zorro pico zaino en el callejón. Aquí está, o infancia representado en la sonrisa triste de este castellano que labró la tierra con coraje y que nunca salió de pobre.

Recuerdo que mi abuelo Benjamín me reñía el pobre porque, amigo que me era yo de su hijo Vicente Delegado que por cierto ahora es millonario y se lo ha ganado trabajando en la construcción – es la mejor herencia que pudo legar este hombre de Fuentesoto a sus hijos: la laboriosidad, la hombría de bien, a sus descendientes- me hacía el roncero e iba a su casa a que me dieran de merendar, lo que llamábamos “tomar pan”.

-Son pobres- decía el abuelo - ¿A qué tienes que ir tú a casa de nadie?

A los ocho años no se comprende bien lo que significaban estas cosas pero yo no me separaba ni a sol ni a sombra de mi amigo Vicente que andaba con las albarcas y conocía el nombre de todas las flores del campo y todos los árboles y me enseñaba muchas cosas que después no he conseguido aprender en los libros. Para mí Vicente era una especie de dios. Gracias a su protección no me sacudían estopa los chicos del pueblo que eran algo brutos y a mí me tenían por forastero y no me admitían en ninguna cuadrilla.

La merienda consistía en una rebanada de pan que la Vicenta sacaba del arca y un casco de cebolla. ¡Qué bien sabía aquel pan! Manjar de dioses.

La casa estaba frente por frente de la de mi abuelo al otro lado de un arroyo de aguas bravas y las carretera por donde pasaba el coche de línea y a mí me impresionaban aquellas puertas carreteras de pino envejecido talladas a flor con una azuela y el picaporte que era un furaco de roble. No encajaba del todo bien y debiera de tener sus doscientos años. Era de las primeras del pueblo cuando el pueblo por orden de Carlos III y pasados los baticores de la Reconquista fue edificado en aquel barranco. Antes estaba situado en lo alto de un cerro pelado. La iglesia que debió de ser de tiempo muzárabe con algo de románico y de gótico se convirtió en cementerio. Un cementerio a la que le escoltaba una olma milenaria aunque abajo en el soto había otra que era mucha más vieja bimilenaria y a lo mejor coetánea de Virgilio y de las legiones romanas que también debieron de acampar en Fuentesoto cabe a la fuente en el roquedal a la que nadie conoció secarse. Salía un raudal impresionante en la que llenábamos los cantaros y los botijos. Los cantaros o hidrias eran cosa de mujeres. A los chicos nos estaba reservado el derecho de implar el botijo. El agua hacía gluglú y era como estar delante de un cristal. Abajo los cantos rodados parecían perlas. Las mozas solían entretenerse más de lo conveniente con sus novios y en el pueblo se decía cuando se veía a un mozo y una moza juntos cerca de la fuente “esos ya hablan” para significar que habían formalizado las relaciones de un eventual noviazgo.

Al Tío Pedro Delgado le tengo grabado en mi memoria siempre camino de misa el pobre andando con dificultad camino de misa ayudado de dos cachavas. El reuma hacía estragos en aquel barranco insano y húmedo. No sé cómo pudimos sobrevivir a aquellos años de hambre, de dificultades y carestías económicas de posguerra. Como era pobre sus pantalones de pana los lucía como los escaques de un tablero de dama un remiendo de un color y otro de otro y el tapabocas o bufandas con el que se guarecía de los cierzos malignos en aquel valle de tantas corrientes – el clima era rigidísimo- muy zurcido por la Vicenta que era hacendosa y todo lo apañaba.

Era muy creyente como mi abuelo Benjamín de una fe vieja y rancia. Además de primos eran amigos y se sentaban en un banco de madera nueva que parecía un arca al lado de la sacristía detrás del Tío Bernardo y el Tío Gregorín los mayores, los ancianos del pueblo. El Tío Bernardo fue alcalde. Nunca he visto envejecer a la gente en medio de tanto respeto y dignidad. ¡Ay aquel cristianismo sólido simple sin demasiadas alharacas de aquellos años! Fe de los ancestros muzárabes.

Fuentesoto era vigilado por la presencia de la muerte. Aquella torre del viejo cementerio románico presidiendo la vida comunal no se nos despintaba jamás. Ahí tenemos que ir. Ahí acabamos todos. En ese cementerio del que he escrito bastante pues es una joya arquitectónica y en el que en los años 60 descubrí cruces templarias. Fuentesoto estaba en el limes o frontera. Se fraguó en la lucha contra la morisma. Cuando acabamos con los sarracenos nos seguimos haciendo la guerra los españoles contra nosotros mismos. ¡A ver qué vida!

En este rostro de Pedro Delgado añoro el tiempo que se fue cuando la vida era más sencillas, no había tantos egoísmos ni envidias. Pobre y cristiano viejo. Como yo he querido siempre ser pero hidalgo. Una hidalguía que ha fenecido en la vieja Castilla que “face los homes y los gasta”. Lo dice el poema del Mío Cid. Y en este rostro apergaminado del Tío Pedro está escrita un poco nuestra historia. Recia. Hecha de sufrimientos y de austeridad y de fríos cierzos a los que se combatía con el tapabocas. Y ardores de agosto en la obrada o en la trilla que aliviábamos con agua fresca del botijo y el vino del barril que nunca faltara. En casa de mi abuelo que era labrador rico este elemento no faltaba y algunas veces le mandaba con mi amigo Vicente y conmigo un jarrillo de vino de la cosecha y a veces hasta una cántara.

-¡Pobres!-decía el Tío Benjamín- El caudal no les alcanza.

Mi abuelo Benjamín cuando iba a las tierras se metía al coleto dos y hasta tres botellas. No le hacía daño. Nunca lo vi borracho. Y es que aquel vino que yo he buscado por muchas tabernas del mundo sin encontrarlo, daba fuerzas. Era verdadera sangre de Cristo. Vino autentico de la ribera. Un Vega Sicilia siempre a nuestra disposición. Aunque pobres éramos ricos.



Jueves, 17 de enero de 2008



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