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sábado, 17 de marzo de 2018


CHEJOV. BELIKOV. EL ALMA SE ELEVA

 

Iván Ivanovich no podía dormir. Había luna; salió a la portada y sentándose en el umbral de la puerta empezó a mirar para las estrellas. Así concluye la maravillosa historia de “un hombre enfundado” el profesor de griego que hace la corte a la hermana de otro compañero de claustro que enseñaba Geografía, la hermosa Vasia, que muere de amor o tal vez de aburrimiento. Pasó su vida enfundado, metido en un estuche que lo pusiera a cobro de miasmas provenientes del exterior. Enamorado de sus libros y de la lengua griega. Sin embargo, es un solterón poco práctico que sabe apreciar la belleza que le rodea pero que no la consigue transmitir a sus semejantes que llevan una existencia trivial, no leen ni un libro, se entregan a las discusiones estériles de la política (el único periódico que entra en casa es la gaceta local reflejo de un mundo provinciano alicorto de miras y apegado al terruño) o beben vodka en demasía para conjurar el aburrimiento o la propia soledad.

“Ah pero qué bella es la lengua ucraniana —reflexiona Belikov—por su sonoridad y su armonía se parece a la griega”. Además los de aquel país suelen lucir en la pechera camisas bordados en lugar de las de plastrón habituales en la Santa Rusia y suelen poseer hermosas voces para cantar en los coros sus canciones regionales. Kovalenko en este caso poseía una voz de bajo profundo capaz de trenzar doce octavas.

En este cuadro miniaturista al igual que en otras “sdachi” Chejov se siente dominado por impulsos proféticoslos cuales a mí particularmente que soy eslavófilo desde hace muchos años me entristecen sensiblemente, sobre la hermandad existente entre rusos y ucranios. No entiendo el conflicto entre la Santa Kiev y la cosaca Donbas, a no ser que el diablo se haya cruzado en esa guerra estúpida metiendo el rabo. He aquí un pedagogo que desde un liceo provinciano lanza la voz de aviso aun a fuer de caer en ridículo a causa de las comidillas y murmuraciones de la pequeña ciudad.

“Ya hace tiempo que sirvo al Estado— le cuenta al hermano de su futura— mientras que usted acaba de empezar el servicio”.

Belikov después de las clases se dirige a visitar a su prometida y allí permanece largas horas sin apenas hablar. Cuando suenan las diez en el reloj de la iglesia toma el sombrero, el paraguas (un hombre prevenido vale por dos), los chanclos y se va. Un día para su mala fortuna la bella Vasia no está. Se ha ido con sus amigas a pasar la tarde al campo. Belikov cae malo a causa del dolor que le causa el despecho, se mete en la cama de la que no se volverá a levantar. El profesor de Griego baja a la tumba con el lastre de dos recias calabazas encima de su ataúd.

“Varenka asistió al entierro; cuando se colocó el féretro en la tumba vertió algunas lagrimas. Mirándola me percaté que las mujeres de aquel país o lloran como magdalenas o ríen como locas. Ucrania no tiene un término medio”.

En “Un hombre enfundado” al igual que en los campesinos se trata de hacer una cala en el absurdo del azar y de las inquietantes sorpresas que guarda la vida humana. El protagonista de los “Campesinos” harto de la vida moscovita donde trabajaba de camarero lía el petate y regresa a su aldea pero allí le espera un pueblo muy diferente al de sus recuerdos idílicos de juventud. El hermano se emborracha y pega a la mujer que lo espera todo el día junto al hogar mientras mece la cuna del niño recién nacido. Los bamboleos del carretón a uno y otro lado le recuerdan el tictac del reloj y de ese vaivén de la vida que se va para no volver más. Chejov descubre la sordidez de la vida rural con la cual no habían contado los personajes que regresan de Moscú: las fiestas religiosas que se convierten en saturnales, las rivalidades de campanario. Y también el culto misterioso que se tributa en aquella región a la “Vivificante” como llaman a Nuestra Señora de Kazán protectora y madrecita. Se habla de la intercesión misericordiosa, del miedo a la muerte de las yeguas peplas de los campesinos con tantas mataduras y defectos en el cuerpo como ellos. En fin este gran maestro del cuento ruso se nos presenta como un miniaturista. Con un par de pinceladas de acuarela descubre un paisaje o nos desentraña el mecanismo complicado de la psicología de las gentes que lo rodean. Desfilan a la vista horteras, chupatintas, popes jugando a las cartas y mozas que quedan encinta en bailes de candil. “Olga se acordaba de lo que sufrían los viejos cuando se condenaba a Ciriaco a ser azotado por el plenipotenciario de la bailía… pasaron cerca de una granja toda verde de la que se exhalaba un fresco olor a cáñamo y los postes del telégrafo cuya fila se perdía en el horizonte murmuraban misteriosos mensajes a través de sus alambres”. No se puede describir la vida con tanta penetración—   y concluyo— tanta grandeza y tanto lujo de detalles. O se escribe para la inmortalidad, o no merece la pena escribir. Yo recomiendo a algunos colegas del periodismo jornalero, cobista y de mendrugo que lean a los grandes autores rusos si quieren continuar en el oficio. Si no, que cuelguen la sotana porque sus versos, sus novelas, sus articulillos doctorales atando cabos, son una mierda.

 

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