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lunes, 1 de agosto de 2011

CASCOS CON SUS INFRAESTRUCTURAS SE VA A CARGAR EL PARAISO ASTUR. DEBIERA LEER A MIRÓ

GABRIEL MIRÓ AÑOS Y LEGUAS

Su prosa constituye una de las joyas del castellano enterradas en el arca del buen paño que muy pocos compran porque no saben. Es un escritor católico. Sus palabras son carisma y “kerigma” y el tono profesoral y didascálico pero sobre todo plasma ese catolicismo levantino de rito hispano visigótico en que uno intuye la grandeza y humildad de los palacios episcopales la “vita buona”y la bondad de los párrocos que consagran en grandes iglesias parroquiales sobre lo alto de una loma y con torres que parecen minaretes. Por todas las partes se siente la presencia del Papa Luna. Estos lares donde la gente habla con vocales empaladas y mira con una especial serenidad es tierra que confraternizó y peleó contra el Islam no obstante el hecho de haber izado bajo la bandera roja y gualda de las barras catalanas con la cruz de Jaime el conquistador sustituyéndola por la media luna. Nueve siglos de intercambio y de fusiones con el mahometano dejan un poso esencial marcando carácter. Hubo ósmosis pero descristianizarlas de nuevo y entablar un proceso de revancha sería perpetrar un sacrilegio histórico. Y otra vez volver a empezar. Por acá paseó el Cid, empuñando su adarga cubierta la cabeza con el almófar o capacete de malla  a lomos de “Babieca” y los grandes mayorazgos castellano-aragoneses (la casa de Villena, los Mendoza y Santillanas y las ordenes militares de Alcántara y Calatrava) se establecieron en castillos roqueros como huestes leales a las dos grandes coronas peninsulares prevenidos en frontera. España y todos los reinos peninsulares se forjaron en una lucha religiosa. No hay vuelta atrás. Lo que pasó, pasó, para bien o para mal La más morisca de las provincias españolas no es Granada donde se sienten aun la presencia del Rey Chiquitillo al que llamaban Boabdil ni la Axarquía malagueña o los pueblos muladíes destartalados turolenses y del Bajo Aragón: es Murcia hasta cuyas tierras se extendió de Orihuela la más singular de las diócesis españolas su obispado. Esta es zona de almogataz (moro converso) de rumí (cristianos que seguían practicando su religión pagando pechas al Califato) y hasta en los andares se les nota aljamiados. Ahora su obispo pontifica en Alicante pero fue en Orihuela donde estudió Miró con los jesuitas y allí le vino su vocación sacerdotal que no pudo completar. Él fue también un “ex”.

 Este es el paisaje que describe el gran vate alicantino y el que contemplado con sus ojos claros tamizó por su prosa cuajada de reverberos místicos y de sones estéticos, una especie de nostalgia del paraíso perdido que acomete de tarde en tarde a muchos de los escritores que en su niñez pasaron por un seminario. Tierras de huerto y almunia, olivares y naranjos y herreñales junto al mar. Atalayas de vigilancia en lo alto de un cerro donde se encendían hogueras (almenaras) para avisar del arribo de piratas berberiscos. Desde Alicante casi se divisa la costa de Argel. En un reciente viaje a Altea  uno de los pueblos más hermosos del litoral español que mira hacia oriente y a la vista del Peñón de Ifach donde ya los romanos preparaban el garum o salazón de pescado que alimentaba a las legiones del emperador he tenido la suerte de apreciar la grandeza y la acuidad de las descripciones corográficos de un escritor que dijo que nadie contempla dos veces el mismo paisaje. La pauta la marcan las tonalidades de la luz que gira en el calidoscopio de las horas, el estado anímico del que mira, el cambio de las estaciones, las mutaciones introducidas por la acción del hombre. Hay que pagar el gallo a Esculapio, dar el óbolo al progreso. La toponia se resiente de muy varias procedencias: fenicia (Sagunto, Bardells), cartaginesa (Ifach), romana (Ibi, Tibi, Sax, Famorea), Tarbena, bizantina (Elche) o árabe (Benicassim, Benicarló, Altea, Benichembil, Javea)

Campoamor advierte que todo es del cristal que se mira. De suerte que los cambios en el paisaje son imponderables. Por desgracia ni griegos ni romanos ni el Medioevo ni el Renacimiento se cuidan de dar noticia los autores de la topografía. No es hasta la llegada de los naturalistas franceses decimonónicos que el paisaje entra la literatura universal. Pero si el Arcipreste de Hita nos hubiera contado cómo era la escenaria que rodea a su clérigo trotamundos en sus correrías el lector moderno podría haber hacer su composición de lugar acerca de las mutaciones sensibles que han experimentado pueblos y predios de la península ibérica. Quevedo no cuenta cómo era Alcalá y sus pagos en el siglo XVII y aunque en uno de los pasajes del “Buscón” camino de Segovia desde Madrid expresa su deseo profético de que se construyese un túnel en el monte Guadarrama que el bueno de Pavillos que se dirige a la ciudad del acueducto al funeral de su padre el verdugo zamarreando muy penosamente detrás de una mula por aquellos riscos, la literatura deja a un lado la perspectiva. No hay preocupación por el escenario ecológico ni el medio ambiente. Hubiera sido de agradecer a don Quijote que hiciera una circunstanciada relación de la topografía de Sierra Morena o contase algo de los redores de la venta donde mantearon a su escudero. Nadie se baña dos veces en el mismo río y nadie mira el mismo paisaje. Allí donde había un bosque lo talaron para levantar un paisaje y sobre la antigua trocha por donde discurría la calzada romana han construido una autopista.

El mundo se mueve. “años y leguas” es como una fotografía melancólica e implacable de un mundo a punto de desaparecer la España de la dictadura al final de la restauración. La acción de sus descripciones se centra cerca de la marisma de Palop en la confluencia de los reinos de Murcia y de Valencia con Castilla la Nueva. Estos caminos los recorre un viajero amante del paisaje que se llama Sigüenza y que no es otro que el propio Gabriel Miró, un hombre de ciudad que compra una casa en el campo y que quiere vivir conforme a los consejos oraciones en su oda al Beatus Ille qui procul negottiis... etc. Un libro y un amigo quiero yo en mis lares donde tenga una viña plantada toda ellas de cepas lairén. Desde el zaguán se ve la carena de los montes esos montad los cuales como una rapa dorsal se extienden a lo largo de la costa española del Mediterráneo desde Málaga a Tarragona. Describe la vida sencilla de sus moradores aquellos labrantines en “espanieres” la faja cinchándoles los cuadriles camisa de dril y pañuelo de hierba. Cristianos de la tradición con sus domingos y fiestas con voleo de campanas sus bodas y sus entierros, aquellos viáticos acongojantes en los que un cura vestido de sobrepelliz y portando el Santísimo al son de una campanilla y entre dos hacheros pasa por las calles envuelto en su humeral. Todos los viandantes se arrodillan y santiguan al paso del cortejo. Un sacristán con voz ronca canta la oración del Justo Juez. Son escenas que han pasado a la historia. El autor las registra en su novela con todo el patetismo. Miró es un escritor litúrgico. Para él el catolicismo es la belleza de la costumbre empotrada en la tradición. Es la rueda del sol que gira por el universo a compás de las estaciones consignadas en el santoral y en el misal donde se reflejan las evoluciones de la epacta: Navidad, Cuaresma, las dos pascuas. A la resurrección le sigue Pentecostés y después el adviento. Otra vez a empezar. Años y leguas. El giro de las esferas. La rueda de la fortuna. ¿Cuáles son las claves del destino del hombre? El ser humano se liga al terruño por las tradiciones y la religión. Miró no es un místico. Le acongoja la brevedad de la muerte. Pueblos y gentes que desaparecen para no volver más. Callejuelas de sol. Pasa la brisa. El aire no responde a las inquietantes preguntas que se hacen los mortales de tejas abajo. Nos descubre un Benidorm idílico donde las mujeres hacen encajes de bolillos dentro del portal “oloroso de geranios y de horizonrtes. Benidorm es el baño disantero de los ricos en vacaciones. La felocidad y la inocencia se han roto”. Ya empezaban a llegar turistas a principios de los años 20. y donde estaban lkos quijeros de las acequias del regadío y las mozas acudían a llenar el cantaro en los caños de la plaza al atardecer hoy se alzan edificios de treinta pisos a la sombra del pico de Puigcampana.. Miró es un poeta en prosa, o un prosista preciosista todo él palabra viva.

Su pluma está impregnada de sensualidad. Saborea el paisaje, paladea las cosas y las mira con ojos levantinos que saben bien mirar. No es un asceta sino un esteta. Cree en el catolicismo como un tratado de belleza. Cuando lo acercamos al candil de la ética nuestras pestañas pueden abrasarse. No lo toquéis más que así es la rosa. ¿La fe del carbonero? Pues en vierta medida sí. El concepto salta a las páginas de sus otros  grandes libros “Nuestro padre san Daniel” y el “Obispo leproso” o el “Libro de Sigüenza” o las “cerezas del cementerio”. “Años y leguas” quizá sea su mejor libro, el más conseguido donde se estampa más él a sabiendas de que estaba narrando un mundo que iba a evaporarse con la revolución del 36. Se iba a acabar la tradición, estaba a punto de darse de lado a un rito, una liturgia, una forma de ser y cuando se acaba la tradición y van a arder los misales y añalejos – la diócesis de Orihuela iba a ser una de las más castigadas por la guerra civil con un total de más de trescientos curas muertos- ya no va a haber claves de regencia. El año que se publica este libro el presidente Azaña anunciaba que España ha dejado de ser católica. Se acercaba no sólo el finiquito de una forma de entender el mundo sino que rendía viaje todo un acervo de viejas palabras. La tecnología iba a mandar al baúl del recuerdo vocablos del viejo sentir ecológico de la España rural (gándara, estero, cencellada, garba, glera, meseguero, urce como brezo, torvisco, alfolí, terebinto, parva, regocijo, zahora, bernegal, companaje ) o la nomenclatura de los viejos aperos de labor como gario por tridente, rezón, almocafre, destral, tentemozo, lenzuelo, galopo, fúrcula, gambesón, gambux, azagador, gañil).

 En estas estampas que recuerdan a Proust- el autor regresa a Palop de la Marina después de veinte años- con esa sensibilidad que le caracteriza retorna al vocabulario todo este léxico obsoleto. El paisaje y los objetos queridos no nos esperan más que una vez. Contemplar es despedirse de lo que ya no es. En los viejos llamazares del pueblo alicantino han construido chalés. Ya no se ve evolucionar al rascón por entre los carrizos y la becada no busca  la querencia del agua porque sólo encontrará hormigón. Al regreso a su lugar natal busca las veredas escondidas por donde transitaba de niño y ya no las encuentra. Se han trazado calles por donde circulan vehículos a motor. “Nada-escribe- rae el paisaje como una nueva carretera cuyo trazado suprime el concepto de silencio e intimidad que antes tenía el campo”. Se han cegado las fuentes, se suprimieron los humedales.

 O si no que se lo digan a Álvarez Cascos que en su afán constructivita ha liquidado los rodales de abedules del occidente asturiano, allanó montes enteros y taló el los laureles sagrados en el trazado de la autopista del Transcantabrico. Ahora mismo se escucha el bramido terebrante de las tuneladoras. Lloran los dioses. Miró vaticinó ese llanto que ha llenó de cemento el Levante español. Ahora le tocó el turno al norte en esa voraz “cupiditas aedificandi” que ya sintieron los romanos. Cuando no hay trabajo en un país los políticos echan mano de las obras públicas sin reparar que matan con ello la garza de los huevos de oro. E invocan a un progreso muy discutible que en lugar de mejorar empobrece a la condición humana. Gabriel Miró que murió el 27 de mayo de 1930 en su casa del museo del Prado de un cólico de apendicitis cuando era funcionario de Obras Públicas y pasó muchas penalidades en la vida. Había nacido en Alicante el 28 de julio de 1879. Fracasó en sus aspiraciones a la judicatura, le revolcaron por dos veces en las oposiciones, fue maltratado por la Iglesia que rechazó su gran obra “Enciclopedia Católica Española” y al fin Miguel Maura consiguió colocarle en una covachuela madrileña. La penuria y la escasez es una sombra que persigue a los genios literarios. En España escribir es llorar y un oficio que pasaporta a la pobreza, la incomprensión y la escasez; aún así, su apellido figura como uno de los grandes estilistas de la generación del 98.  he aquí a un artista del lenguaje que supo mirar el mundo y describirlo al tamiz de sus ojos claros, aquellos ojos tan varoniles de las que se enamoraron muchas españolas de su tiempo. Su muerte a los 51 años nos lo coloca como escritor malogrado. Hoy es un prosista medio descatalogado pero su gran mensaje literario sigue ahí para gloria de las letras españolas que nuestros jóvenes desgraciadamente desconocen.

Domingo, 31 de julio de 2011

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