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Posted: 06 Aug 2019 09:01 AM PDT
SESENTA AÑOS ESCRIBIENDO
LA NOVIA DEL CABO. RELATOS DE UN VISIONARIO
Sesenta años llevo escribiendo, devanando sueños, remero forzado de la
literatura que se busca a sí mismo y trata de explicar lo que le rodea y la
vida que se escapa. Arduo empeño fue, pasadas mis bodas de oro con las musas,
es una crónica de epifanías, hallazgos, decepciones e incomprensiones pero al
mismo tiempo fue un accésit. Escribir es trepar por una escala. Para
conmemorar tal efemérides incluyo tres poemas y un cuento. En las tres piezas
se nota mi preocupación existencial y mi búsqueda del trasmundo, una fuerte
religiosidad y cierta represión sexual a causa de los amores platónicos.
Estas composiciones representan el calco de mi personalidad a los 18 años. Un
tío mío de Barcelona nos trajo una maquina Olivetti marca Pluma y no he
parado desde entonces.
San Justo
Viejo campanario de san Justo
Siempre solo a la vera del arroyo
Contemplando el Acueducto
Están sonando campanas eco del infinito
Campanario torre románica
Que tristeza esta tarde de domingo
No tocarán a vísperas ni al rosario
Porque la iglesia es un templo vacío
Ya volaron las cigüeñas de tu torre
Pero ahí está el nido
En la plazuela desierta del Salvador
No hay viejos sentados
Ni juegan los niños
Campanario de San Justo
Yo quisiera verte redivivo
Eterno galán de la sierra
Tan empinado sobre la ciudad
Tan erguido
Segovia junio de 1960
EVOCACIÓN
Cuando el sol de la tarde
Ponga un lucero
En los cristales iluminados
De tu ventana
Escalaré el muro de mis sueños
Y treparé hasta la torre
Do estás encerrada
SEGOVIA FEBRERO 1962
Cada atardecer el campo es un manojo de surcos que confluyen en un mismo
punto donde el sol muere y la soledad tiene un par de abarcas para caminar.
Ladra un perro y un hombre con cara de palo pasa por el camino. El hombre ríe
en su soledad tal cual una calavera bajo un sombrero de espantapájaros.
Montones de basura pequeñas colinas negras a lo lejos donde crece la hierba
sobre los campos redondeados. Tenadas sin rebaños. Desde ellas salta al
olfato un hedor fuerte y un dios que está aquí arriba reinando como Júpiter
sobre el paisaje de estos castros y parameras. En lo alto del somo hay un
cementerio que fue iglesia visigótica. De la antigua fábrica sólo queda el
torreón dos ventanarios y una cruz se alza airosa. En conjunto el edificio
hecho farallón ofrece un aspecto fantasmal. A los que miran a unos les parece
un obispo en su sede y para otros no es más que un fantasma en cuclillas que
vigila el pueblo con sus ojos vacíos llenos por el día de añil y por la noche
del Titar de las estrellas. Al lado del campanario crece un espino milenario
de copa compacta al cual apedrean los muchachos. El endrino recibe los golpes
sin protestar y no deja caer las piedras y los morillos que retiene entre sus
ramas. Muchos de aquellos mozalbetes murieron de viejos después de haber
apedreado en su niñez al espino sin que los pedruscos que lanzaron contra el
endrino hayan regresado a la tierra pero ellos sí.
Un hombre con cara de palo avanza hacia horizonte por el camino el azadón al
hombro el andar cascabeludo. Sus andares son propios de un buey suelto. Se
llama Valeriano tiene cincuenta años y es soltero. La carretera es blanca y
el silencio blanco hasta entrar en Fuentesoto por las puertas carreteras. Un
arriate de almendros recién floridos da echada la visera sobre la frente para
resguardarse del da la bienvenida a Valeriano. Un aguzanieves se
solaza sobre los montones de piedra. Estos mojones de piedra mantienen una
actitud solemne de hombres pensativos. Valeriano camino del lar se acordaba
de la Cirila una novia que tuvo cuando estaba en la mili. A veces Valeriano
habla solo por lo cual puede colegirse que hay dos hombres en él uno que
habla y el otro que es mudo.
Las piedras son blancas, la carretera y el polvo. El pueblo es tierra de vino
y de pan. Hay guindos e higueras que crecen en los corrales y en los huertos
y la carretera no está asfaltada. Sobresalen los cantos en el camino como las
costillas del tórax de un tísico. Todas estas cosas le recuerdan a Valeriano
su historia. Cuando llega a casa cierra todas las puertas y se sube al
cerrado abre un ventanuco y desde allí ve pasar la vida. Toda la casa está a
oscuras. Se siente pisar a los ratones por el tillado. Valeriano es un viejo
golondrino que empolla su soledad. A através del ventano abierto su rostro
aparece grotesco la nariz larga semeja al pico de un cuervo. Por detrás la
torre del obispo mira para el pueblo como me ves te verás. Queronte aguarda.
El obispo sedente aparece con los ojos muy abiertos por el hueco que dejaron
las campanas que confiscaron las tropas napoleónicas para hacer balas de
cañón. Un sendero sube bordeando las bodegas excavadas en la roca viva todas
ellas aparecen con una puerta de madera de pino maderos entrecruzados en
torno a una gran cerradura. Por el camino marchan los hombres camino de la
bodega cuando Van a por vino. Algunos renquean por el reuma. Flanqueando el
sendero se establecen las cruces de piedra de un calvario primitivo. Más allá
de las claridades de este cielo raso las noches de luna Hay un búho que mira
para Fuentesoto con poder sustantivo. Tiene los ojos inflamados como hogueras
y algunos piensan que el mirar de este ave rapaz pudo ser el del diablo. El
baile del tiempo trae su congoja. Valeriano contemplaba la danza desde el
ventanuco. Era un contemplador. Nadie podía objetar nada a esta vertiente mística
de su carácter. ¿Y la Cirila? ¿Dónde estaba la Cirila la mujer que él había
amado? Hubo un tiempo que él amó aunque él no había sido amado jamás. Fue la
razón de su vida. No vino el amor y por despecho esa carencia se transformó
en vino. In vino veritas. La religión del jarro y el traguillo. Hacia esos
derroteros de tristeza su vida evolucionó. A Valeriano se le empañan los ojos
y llora, su mirada perpleja en los altos del somo. Contempla desde abajo el
cementerio que está muy arriba como el cielo
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