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miércoles, 24 de marzo de 2021

 

VIVA CRISTO REY por Antonio Parra-Galindo.

Viva Cristo Rey. Hoy es Cristo Rey. No es un grito de guerra el que formulo. Lejos de mí la cólera de los cristeros y de los que atizan enconos. Cristo no es un emblema de guerra sino el guión de la paz, el portaestandarte de la concordia y del perdón entre los hombres. Porta sobre sus hombros la avenencia, la belleza, el arte. Amor es Él y esperanza en las promesas futuras. Vénganos el tu Reino. Dulce Jesús que en la cruz de la ignominia, la muerte más afrentosa para un romano, expiraste por nosotros. Y en el duro leño nos hiciste salvos. Con este grito en los labios han muerto muchos pero el viva cristo Rey no es proclama de muerte sino de vida. Su ejemplo nos trasciende y vivifica y anima a aceptar la realidad de que si seguimos su Evangelio seremos perdedores a los ojos de los hombres. Pero la Gloria aguarda en la misma renuncia y en el dolor del primer mensaje del dogma que es el amor y Cristo está en la historia. Para la confusión de muchos que quisieran borrar su memoria. Sus enemigos de siempre los que le siguen llamando charlatán, embaucador, ese hombre. El perdedor, el infame, al que penderían en cueros vivos de un madero, el protervo, el crucificado pero q1uien con su suplicio ganaría la partida de la Historia. Él es la Historia. La alfa y la omega. La cerradura del círculo. El principio y el fin. Cuando yo sea exaltado sobre el leño todo lo atraeré hacia mí. Y precisamente ese magnetismo del imán divino exaspera a los preditos candidatos a al fuego eterno y llena de esperanza a los elegidos. Venid benditos de mi padre. El grito de la redención no es una proclama política. Dad a Dios lo que es de Dios y a Cesar lo que es de Cesar pero el diablo siempre a la mira aprovecha cualquier ocasión para sembrar la enemiga y la controversia entre los mortales. Sin embargo su doctrina es dura y ardua de cumplir, nada tiene que ver con la gazmoñería ramplona y la estupidez o el entreguismo. Su camino es el único. El de la verdad y la vida. Cristo siempre fue materia de escándalo y saca de sus casillas a los globales. No vamos a emprenderla a tiros porque en Valladolid donde de suyo fueron siempre algo pijos hayan mandado quitar de la pared de una escuela el crucifijo. Esa es la externidad. Lo periférico. Y nos revierte a las polémicas de los marranos de Llerena en el XVII y a los protestantes del conventículo de Valladolid- “El Hereje” de Delibes no me gustó esa novela- que decían que la cruz no es más que dos palos cruzados. Ciertamente una cruz no es más que una tabla. Pero los alumbrados extremeños con el cuento de ser un palo dejaron preñadas a las monjas de los conventos de media provincia. El lignum crucis no es más que una alegoría, el santo y la seña, un salvoconducto, un lenguaje convenido que en la edad media adquirió virtudes mágicas, amuletos de buena suerte, cruces ansadas, potenzadas, flordelisadas, cruces de san Andrés las de los condenados, de Lorena, de Malta, apotropaicas (que alejan el mal y evitan la desgracia) y apoteóticas de las aulas regias visigóticas, cruz griega y cruz latina. La idea de algo. El recordatorio de un principio y de una causa. Sin ella no somos nada pero no es más que una marca, una medalla que los cristianos portamos al cuello. En Nueva Cork como le dijese yo a un judío argentino que a lo mejor mi estirpe era la misma de la que se provenía su raza éste lo primero que me dijo muy serio: lo primero que tienes que hacer es quitarte del pescuezo esa señal de idolatría. Se refería a la Cruz de la Victoria que colgaba sobre mi esternón. Mi mucho odio en sus ojos. Aquel inocente regalo de mi tata, aquel detente-bala, estaba claro que le encolerizaba a este hijo de Moisés. Parece ser que el crucifijo siempre les hizo andar a gatas errabundos por el planeta. ¿Por qué? No puede sin embargo la enseña cristiana convertirse en un casus belli. Es lo que desea el Separador. Por otra parte todas esas cruces labradas en oro y en plata que lucen en sus pechos algunas damiselas denotan los abusos de la coquetería y de la vanidad humana. Puede que sea una profanación pero ¿qué sería de los pobres joyeros sin este dictamen de las modas? Cruces de perlas preciosas, labra suntuosa de expertos orífices, rarísimas filigranas en los pectorales de los obispos no dejan de ser un insulto a quien la portó sobre sus hombros y murió por nosotros pobre como una rata. ¡Cosas de los hombres! Hay una deformación del mensaje o a lo mejor es que el mensaje es el medio. Los cristianos tenemos a veces la culpa de haber desacralizado a veces nuestro ideograma. Con la cruz alzada hemos ido a la guerra y cometido toda serie de tropelías y asesinatos. Sin embargo, cuando Constantino al verla aparecer sobre el cielo de Puente Silvio con aquel letrero que desplegó un serafín sobre el firmamento exclamara “in hoc signo vinces” estaba pregonando una realidad: la monarquía de la Segunda Persona de la Trinidad sobre el género humano, su reinado en el mundo. Corazón Santo, Tú reinarás: verdad incontrastable: venciste, Galileo. El cristianismo es cruz, clavario, renuncia a sí mismo. Y expectativa del reino futuro. Has vencido, Galileo. Durante siglos ha sido la marca y el salvoconducto de una cultura, de una forma de entender la vida y de expresarse. Al descolgar de la pared un cristo clavado en el leño lo que se pretende no es profanar quizás. Tal vez borrar una memoria. Pero no pasa nada. Nuestro catolicismo siempre fue un tanto pasionista y fetichista. Esos crucifijos de carne y hueso amontonan demasiada carne dolorida y mucho taparrabos o paños de pudores el atuendo con que han esculpido nuestros imagineros al Salvador desde Gregorio Hernández hasta Salcillo al Salvador. El verdadero Cristo es el triunfal, el de la resurrección. El del Pantocrátor ortodoxo el mensaje es el medio claro está. La cruz no es más que un peldaño, el último y más doloroso de la escalera que lleva a la Resurrección. Por eso el agravio del colegio ese de Picabea no descubre más que un deseo inane, un acto fallido que demuestra la impotencia y la vesania de los enemigos de la cruz. Lo mataron. Lo crucificaron pero saben que resucitó al tercer día. A este Sagrado Corazón lo fusilaron en el 36 pero ahí se yergue como un bloque de mármol bendito solemne la efigie de Cristo Salvador rodeado de un coro de figuras que cantan el “Tú reinarás”. Perderán pues el tiempo los que se afanan en destruir lápidas, abrir fosas, derribar o ametrallar crucifijos otra vez. Venciste Galileo. Muerte ¿dónde está tu victoria?

Domingo, 23 de noviembre de 2008

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