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sábado, 27 de marzo de 2021

 Cuando el futuro de Salamanca estaba en Argentina

Argentina y Cuba fueron países de emigración para esforzados salmantinos que a finales del siglo XIX y hasta mediados del XX cruzaron el Océano Atlántico, muchos solos y siendo adolescentes o niños, cuando apenas sabían leer ni escribir. Tan solo habían salido del terruño hasta los pueblos vecinos, pero se embarcaron en búsqueda de una vida mejor con una maleta con ropas gastadas

Arsenio Dacosta, doctor en Historia por la Universidad de Salamanca y en Antropología Social y Cultural por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), reúne en “Castellanos y leoneses en América: narración biográfica y prácticas de identificación” relatos de los emigrados a Argentina, Cuba y Brasil. También de sus descendientes.

El libro publicado por el Centro de Estudios de la Emigración Castellana y Leonesa da cuenta de las esforzadas vidas emprendidas por decenas de miles de castellanos y leoneses que cruzaron el Atlántico, especialmente desde el último tercio del siglo XIX hasta mediados del siglo XX. Los salmantinos establecieron asociaciones, donde se prestaron ayuda mutua, que perviven hoy en día y ya son centenarias, cómo el Centro Salmantino de Buenos Aires (Argentina) y el Club Villarino en La Habana (Cuba).

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El fallecido Manuel de Celis cuenta en uno de estos relatos como su padre Manuel de Celis Martín, de Villarino de los Aires, “se despidió de su madre cuando tenía 12 años y se embarcó hacia Argentina”. “Trabajó”, prosigue, “en un bar en Rosario, donde había unos paisanos, y al poco tiempo se fue a Buenos Aires. Allí se reunieron un pequeño grupo de salmantinos y fundaron el Centro Salmantino en 1922. Y en 1925 ya contaban con sede social”.

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Fernando López, de Fuenterroble, espigó toda la temporada. Con aquel salario solo pudo comprar unas alpargatas

A principios del siglo XX estaban tan mal las cosas en España, según uno de los trescientos relatos recopilados durante los quince años de los Premios Memoria de la Emigración, que Fernando López un pequeño de Fuenterroble “había sido contratado en un campo para espigar, ya que otra cosa el pobre por su corta edad no podía hacer. Para que comenzara su trabajo la bisabuela Julia le compró unas alpargatas nuevas. Cuando acabó la temporada las alpargatas estaban destrozadas. Al cobrar, lo que le dieron le alcanzó para comprar unas alpargatas igual a las que había destrozado trabajando, no sobrándole ni una perrilla”, relata Celia Mateos Román desde Argentina.

Huir de la miseria

Estanislao Alfaraz Romero, de Zamayón, recuerda en el relato de su vida que con la Guerra Civil “vino la miseria y con solo 10 años me tocó aprender los trabajos duros del campo”. Tras cumplir el servicio militar emigró a Argentina en el barco Augustus: “Era grandísimo. Viajábamos 4.000 personas y para aquellos tiempos era muy moderno y confortable; contaba con piscina, cine, iglesia con sacerdote, enfermería con doctor y enfermera, salón de baile con bar y una gran orquesta que tocaba todas las noches. Viajaban también jóvenes italianas casadas por poderes y eso hacía más animado el viaje, porque eran muy alegres y bonitas”. Cuando llegaron a Buenos Aires, tras 14 días de travesía, divisaron “una cantidad impresionante de gente con carteles y fotos gritando nombres para poder identificarnos”. Estanislao Alfaraz Romero, que entre otros oficios trabajó en una fábrica de armas, regresó en 1992 a España y a su patria chica.

El barco “Augustus”, en el que viajó Estanislao Alfaraz, de Zamayón, era tan grande que llevaba a 4.000 personas

Tardó menos horas que días cuando fue a Argentina en el Augustus. Le impactó “ver a los jubilados felices y muy bien atendidos”. Visitó a familia, amigos, disfrutó de los festejos de mayo de varios pueblos y hasta de una corrida, algo que le entusiasmó. En tres meses por España, pudo constatar “cómo habían progresado las ciudades” y el país.

Parir 12 hijos

Estela Mabel Acosta escribe en “Castellanos y leoneses en América: narración biográfica y prácticas de identificación” la historia de su abuelo Tomás Rodríguez Martín, nacido en Sando en 1904. Vivió allí hasta los 4 años, pero siempre recordó su niñez tras viajar a Argentina, cuando una enfermedad (¿quizás fiebre amarilla?) se llevó a varios hermanos del pequeño. La familia —el matrimonio de José y María Dolores, más los tres hijos supervivientes: Manuel Francisco, Tomás y Josefa— se instaló al oeste de la provincia de Buenos Aires, después de haber vendido sus pertenencias en España.

Al otro lado del Atlántico compraron un campo de 75 hectáreas y construyeron un rancho. La vida era sacrificada, pero los hijos pudieron ir a la escuela privada de un maestro, como los pequeños de las familias acomodadas. Cuando el patriarca José muere en 1919, los hijos varones tuvieron que trabajar de lleno en el campo. Tomás se enamoró de una asturiana que había llegado sola a Argentina en 1924 con15 años de edad, que trabajaba como empleada de servicio doméstico. La joven en cuestión no era la esposa ideal, a juicio del resto de la familia. Tomás, enfrentado a su familia, pidió la parte de su herencia que le correspondía. “Si te casas con Rosa, no seré más tu madre”, dijo María Dolores. “Yo no me casaré con Rosa nunca”, pero para mí usted no es más mi madre”, respondió Tomás, que no volvió a ver a su madre. Tampoco contrajo matrimonio con Rosa Feito, con quien tuvo 12 hijos y que murió en un parto en 1952. Entonces su hija mayor, María Dolores, tomó las riendas de la casa. Tomás falleció en 1953 cuando dormía, por una embolia cerebral, aunque la familia dijo que había muerto de tristeza.

Un hijo por conocer

En 1913 Antonio Montejo viajó a Argentina y pagó 1.800 pesetas de la época, una fortuna. Más tarde se embarcarían su mujer Concepción con los pequeños Margarita, Roque, Enrique y Antonio. No pudo embarcar Santiago, recién nacido y a quien Antonio no conocía aún. Tenía varicela y el médico de a bordo no lo permitió. Su madrina y tía se quedó con el bebé, prometiendo enviarlo cuando estuviera sano. Instalados en Victoria, una población rural, cultivaban la tierra, criaban animales y elaboraban quesos, dulces y conservas. Antonio compró una granja con el paso de los años e instaló la primera estación de servicio, según relata su nieta María Angélica Montejo.

Antonio Montejo pagó una fortuna por su pasaje a Argentina desde Vigo en 1913, que costó 1.800 pesetas de la época

Un día llegó la noticia de que Santiago, que nunca se reunió con su familia en Argentina, había sido llevado al frente en España, con lo que no hubo paz ni sosiego. Con el tiempo, Antonio y la familia acabaron instalados en Monte Grande (provincia de Buenos Aires), vendiendo de todo lo imaginable en un local. Cuando Antonio enfermó gravemente, su único deseo era conocer al hijo que nunca había visto. Compraron un terreno, construyeron una pequeña casa para Santiago y su familia, y pagaron sus pasajes a Argentina. Antonio murió sin llegar a conocerlo, pero Santiago era la viva imagen de su padre.

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