Translate

miércoles, 27 de diciembre de 2017











                  REMEMBER     BRUNETE
 
 
 
 
 
 
 
 
por Antonio PARRA GALINDO
 
 
 
 
 
 
prohibida la reproducción sin citar al autor
               


                        (1)          DOS SEMANAS AL BORDE DE APOCALIPSIS
Durante tres tórridas e intensas semanas de julio de 1937 en las explanadas de Brunete  perdieron la vida alredor de setenta mil hombres. Fue una de las más cruentas y decisivas batallas de la guerra civil, en la que se pusieron en juego nuevas tácticas de armas mecanizadas, con despliegue masivo de tropas. La guerra relámpago. La guerra total. El choque bajo una lluvia de acero fue un ensayo general de las otras grandes batallas de la Guerra Mundial: Stalingrado, Leningrado, El Alamín, la batallas de Normandía.
 Aquí se bosquejó del concepto de guerra moderna, con ataques intensivos, marchas y contramarchas, fundamentada sobre operaciones relámpago (blitz krieg), y a base maniobras envolventes de ataques por sorpresa de repliegue táctico, pero en el que la infantería jugó todavía un importante papel.  Con la intervención de los harqueños de las “mehallas” marroquíes, y del Requeté que mandaba Camilo Alonso Vega, así como legionarios, falangistas y soldados de reemplazo. Al otro lado de las alambradas, había marxistas, internacionales y militares afectos a la República.


Se combatió al arma blanca. La batalla tuvo tres fases netamente definidas. Una, de neta superioridad de las fuerzas del Gobierno de Indalecio Prieto. A la que sigue el contrapeso de una ofensiva nacionalista de una contundencia increíble a tenor con lo mermado de las energías. En esta segunda etapa la audacia del general Varela, un militar de la Comunión Tradicionalista, distinguido con dos laureadas en las operaciones de Marruecos, pero a quien los moros tenían como una especie de divinidad, y del que se decía que nunca en el campo de batalla miraba para atrás, sino para recoger a los heridos y moribundos, tuvo una influencia decisiva. Sacando fuerzas de flaqueza, el Comandante en Jefe del Ejército de Castilla, supo hacer virtud de necesidad, laminando a fuerza de arrojo y de fuerte costo en sangre la superioridad táctica de su rival.
Por último, a partir del 20 de julio y hasta la caída del Cementerio de Brunete donde se libró la escaramuza final, el platillo de la balanza se inclina del lado nacional.
Las líneas maestras de la operación se apoyan sobre un entramado estratégico que con vistas a neutralizar a las divisiones del Campesino, Modesto, el polaco Walter, El Campesino y Líster atacando desde Villalba y tratando de defender la cabeza de puente que establecieron en Quijorna, en la que se advierte un golpe de tenaza por el mando republicano. Los nacionales tratan de zafarse de la presión mediante un sistema estratégico de tres lineas ofensivas. Desplegaron tres ejércitos a derecha, izquierda y centro.
 Por el flanco de la derecha y en torno a la cota 620 operaban los regimientos de Asensio. Empujando por el centro desde Los Llanos al Río Perales venían Barrón y Buruaga y en la margen izquierda, teniendo como eje de operaciones el Espolón, el Vértice Mocha, la Cota Artillera de Villafranca, fue la zona  en que se congregaron las tropas del Norte, requetés de la Cuarta de Navarra mandadas por Camilo Alonso Vega y falangistas de la Bandera de Castilla procedentes de Villacastín. En el Pardillo estaba un destacamento del Regimiento San Quintín cuya guarnición fue aniquilada por la brigada Lincoln.


Las órdenes tácticas de la batalla corrieron a cargo de  oficiales, en uno y otro bando, de grandes conocimientos militares, todos hechos a sí mismos en África, y fue combatida en el cuerpo a cuerpo, en muchos casos, y a la bayoneta calada, por quintos del reemplazo, bisoños y sin experiencia, los cuales antes de ser lanzados a este combate no habían visto un arma, excepto los rifeños y legionarios, quienes llevaron el peso de las operaciones, y que fueron los verdaderos vencedores de esta gran batalla. A los reclutas y a los voluntarios falangistas les dieron a manejar fusiles anticuados, casi de la Guerra de Independencia, o un máuser que se encasquillaba. En el otro lado, había mercenarios y soldados profesionales, aunque no faltaba el españolito que, sin comerlo ni beberlo, y por mera casualidad geográfica, fue llevado al frente  viéndose metido en una contienda que jamás deseara.
Se calcula que el ejército republicano tuvo el doble de bajas que el nacional.
 El polvo, la sed, la angostura de los ramales de trinchera recién excavados y tan incómodos para la vigilia como el sueño fueron los protagonistas de esta tragedia al pie de la sierra en un verano en llamas.
  
 Todo empezó el día 6 de julio al caer la tarde con una ofensiva relámpago de las fuerzas del general Miaja contra el pueblo de Brunete- que tenía una población de tan sólo mil habitantes, pero considerado importante nudo de comunicaciones y de los caminos que cruzan hacia Extremadura entre las dos Castillas-, Quijorna y Sevilla la Nueva, posiciones éstas mal defendidas por una bandera de la Legión y un grupo de voluntarios falangistas de la misma Sevilla, y terminará en la mañana tormentosa del 25 de julio.
  El triunfo insólito pudo ofrecer tal vez visos de milagroso.
De otra forma, no se explica que el bando gubernamental contando con mejor munición, más hombres y pertrechos, no hubiera ganado. Los nacionalistas, más disciplinados y en una proporción de uno contra tres, pero imbuidos de un fuerte espíritu religioso, tanto islámico como cristiano, dejaron sobre el terreno una siembra de cadáveres (todavía se sigue criticando a Varela este arrojo temerario que haría vestir de lutos a tantas y tantas familias de la España de Franco, del Rif, de Casablanca, de Marraquesh) y echaron los restos.
Azaña perdió en Brunete la guerra civil. Aquí estuvo para la república el principio del fin. ¿Fue un milagro del cielo o simple cuestión de redaños?
 
Madrid cercado.


El choque tuvo sus antecedentes en el cerco de Madrid con sus secuelas de la Batalla del Jarama. Los moros y los legionarios se habían plantado en la Plaza de España en noviembre de 1936, pero no consiguieron tomar la ciudad ante la numantina resistencia de los asediados. Las mujeres del noble y heroico pueblo de Madrid desde los balcones  arrojaban contra los invasores calderos de aceite hirviendo.
El frente quedaría estabilizado en la Ciudad Universitaria, por el norte y por el sur, Franco dominaba Griñón, Cerro de los Ángeles, y algunos segmentos de las carreteras de Valencia y Andalucía. También se combatía en los dos Carabancheles. Sin embargo, el ejército sublevado empieza a acusar los efectos de su impresionante avance. En tan sólo doce semanas se habían plantado a las puertas de la  capital desde las costas africanas e iniciado el cerco de la Universitaria. Se enfrenta el Gobierno de Salamanca a graves problemas económicos, las cajas estaban exhaustas y en la retaguardia se pedía a la gente que empeñase sus alhajas para contribuir a la causa de la victoria.  Los gubernamentales, aparte de representar la legalidad vigente, gozaban del respeto de la Sociedad de Naciones, y del apoyo de los gobiernos de Francia, Inglaterra y Rusia, así como del de la Tercera Internacional Socialista.
 En manos de la Junta de Defensa, porque el gobierno de Indalecio Prieto acababa de ser trasladado en pleno a Valencia, se halla todo el oro del Banco Central, capítulo éste muy importante, puesto que las guerras se gestan y llevan a cabo sólo con dinero y con más dinero, como decía Napoleón.
Sobre el terreno de operaciones se enfrentan  dos Españas. Van a combatir, no obstante, con el mismo ardor, idéntica garra. Por los desmontes del Cerro de Garabitas, en la Cuesta de las Perdices y los Altos del Hipódromo se combatía casi cuerpo a cuerpo al grito de “no pasarán”. Franco da órdenes tajantes de calcular bien la munición y evitar en lo posible el derramamiento de sangre, que las bajas se limiten  estrictamente al menor número posible y se dispuso a hacer la invernada como buenamente pudo, con sus hombres a un tiro de piedra de Moncloa, a sabiendas de que una contraofensiva roja no tardaría en llegar.


 El general Miaja, presidente de la Junta de Defensa, es un asturiano inteligente y enérgico, y aunque el gobierno de Largo Caballero siempre sospechó de él en aquella hora fantasmagórica sobre la arrugada piel de toro, por tener a toda su familia en el bando de Franco, lo cierto es que fue la columna de apoyo de todo el esquema estratégico de la defensa de Madrid que aguantó durante tres años a pesar de las rencillas, las suspicacias y la incompetencia de los gobernantes de turno, los cuales, cuando sonaron los primeros tiros en la Universitaria, trasladaron su sede a Valencia. Se dio el caso de que, mientras el jefe del gabinete ministerial se encontraba en la ciudad del Turia, el presidente Azaña se encontraba en Barcelona. La España “constitucional” se convierte en tricéfala. Hay tres gobiernos: los vascos de Irujo y Aguirre, los catalanes de la Generalidad que presidía Companys y el gobierno legal, en cuyo seno las diferencias entre socialistas y comunistas fueron endémicas. Incluso los dos grandes prebostes del PSOE Largo Caballero e Indalecio Prieto no se podían ver. Negrín era un aventurero, Lerroux, un antiguo croupier y Niceto Alcalá Zamora, un cordobés de pro, para el que sólo sus paisanos, los de Priego, le merecían algún crédito, y tanto Martínez Vayo como Giral ya se vio lo que dieron de sí.
En este ambiente de rivalidades el general Miaja ayudado por sus dos hombres confianza, Rojo y Casado, trata de establecer una poliorcética congruente y precisa ante un enemigo que estaba en la Casa de Campo y al que, para suerte o para desgracia de los españoles conocía demasiado bien. Su actuación fue del todo impecable desde el punto de vista militar. Fragua una linde de defensa prácticamente de libro. Manda excavar trincheras, fortificar edificios, levantar barricadas de hormigón, casamatas, ramales y pozos de tirador, todo un laberinto de sacos terreros y de pasadizos secretos en los antemurales de Madrid. Era del Cuerpo de Zapadores. No fue culpable de la derrota. Nada tuvo que ver con la falta de solercia o la corrupción de los políticos.


 También cuenta con el asesoramiento de otros militares insignes como, el coronel Casado, su edecán y eminencia gris, el teniente coronel Rojo y otros expertos en el arte de la guerra llegados del extranjero, como el general Kleber, de origen húngaro, el ruso Gorief, y otros muchos.
Se crean asimismo unidades especiales a cuya cabeza marchan nombres que destacan como Líster, Modesto, El Campesino, y la famosa columna Mangada, o el legendario Quinto Regimiento. De suerte que a principios de enero de aquel año los gubernamentales contaban con más hombres, superior dotación  y mayores posibilidades operativas. Los sublevados mitigaban su inferioridad de condiciones, pegándose al terreno como lapas, con una moral más alta, mejor técnica y decisión, acaso también una mayor fe en la victoria. Pero aquellos momentos fueron muy duros para la causa nacional. Sin tropas de refresco, la munición agotada y con serios problemas de liquidez a causa de la falta de reconocimiento internacional.
Durante todo el mes de diciembre del 36 habían estado llegando, por el contrario,  a la capital del gobierno de la República tropas de voluntarios de media Europa y los soldados de Varela estaban muy fatigados. Semiextenuadas las fuerzas de Yagüe habían tomado Boadilla del Monte el 16 de diciembre. Y García Escámez, que había participado en los combates de Somosierra entró en Pozuelo la víspera de Nochebuena, pero la carretera que iba para el Escorial, atravesando Las Rozas y los términos de Galapagar, Villalba y Torrelodones no había conseguido ser cobrada para los rebeldes, quedando así una cuña abierta, apta para un flanqueo o  maniobra envolvente. Es lo que intentaría poner en práctica el alto estado mayor de Miaja al desencadenar la ofensiva sobre Brunete.  Los nacionalistas habían abarcado mucho, pero tenían desguarnecidas sus retaguardias. Su progresión, tan extensiva, les volvía vulnerables. En la guerra, también, el que mucho abarca poco aprieta. Tenía todas las bazas de triunfo en su mano, pero Miaja, cauto y muy astuto, se demoró demasiado.
 


 
Operaciones preliminares.
Así las cosas, el 4 de enero se produjo un asalto de infantes con apoyos de carros ligeros italianos contra esta porción de carretera en manos de la Junta. Hubo una tenaz defensa roja en Villanueva del Pardillo. Los objetivos nacionales eran las primeras casas de Las Rozas, el Bar Anita, justo a lo que hoy es entrada a la urbanización de Villafranca, la Casa Mahou en lo alto del cerro en el que se yerguen las primeras casas de Majadahonda. Intervienen en estas operaciones preliminares secciones mandadas por generales de gran renombre en los anales de la infantería española: Asensio, García Escámez, Iruretagoyena, Barrón, Buruaga, Varela, tropas nómadas y punteros profesionales de las Mehalas y de las diferentes “Harkas”, pero la respuesta de los gubernamentales no iba a la zaga en arrojo y valor.
Se tarda dos días en cruzar y limpiar el pinarillo del Plantío. Los rojos defendían el frente  casa por casa. El costo en vidas humanas, como cabe suponer, fue copioso por ambos lados.
El día 8 ondeaba la bandera nacional en el Ayuntamiento de Aravaca, pero el general Orgaz ante la presión de las fuerzas de Kleber ha de plegarse a otra rectificación de líneas. En días sucesivos, Kleber, después de conferenciar con Miaja, ordena un contraataque a gran escala, aunque sólo llega a obtener su ofensiva resultados limitados.
En este sentido va a ser primordial un hecho histórico: la entrada en combate de los primeros “Heinkel” y “Messerschmidt” de la Cóndor, primer fruto de la entente entre el gobierno franquista y las Potencias del Eje.
 Precisamente, en una loma de los altos de Villanueva del Pardillo cae abatido en su  bautismo de fuego un aviador alemán. Su aparato es alcanzado por  antiaéreos de Líster una radiante mañana del 17 de enero. Se llamaba Rudi Eppert y tenía 22 años. Acababa de llegar de Berlín.


Hasta hace poco, se alzaba allí una estela conmemorativa, esculpidos sobre la piedra su nombre, con la cruz de hierro, y una frase en alemán: “Murió por una España libre”. Con las obras del ensanche, este cipo funerario, que estaba enfrente del Bar La Parada, ha desparecido[1].
Fue, por así decirlo, la primer baja en los trágicos acontecimientos que sobrevendrían. Esta divisoria, la que va en línea recta, desde el cementerio del Pardillo, pasando por el famoso Vértice Mocha, hasta el de Brunete, dejando en medio el Castillo de Villafranca, sería escenario de los encarnizados enfrentamientos en muchos casos al arma blanca. La toma de Brunete, aunque emblemática, constituyó un teatro de operaciones más exiguo, porque donde estuvo el “tomate” fue verdaderamente en este sector a espaldas del camino real entre El Escorial y Madrid.
La corriente mansa y con poco caudal del Guadarrama (Wuad el ramel, el río de las arenas), arrastra hacia el mar la sangre de los que cayeron en aquel envite; todavía quizá se estén escuchando los lamentos de los que perdieron allí la vida al intentar vadearlo en alguna de las muchas operaciones que tuvieron al río por escenario hace sesenta y tres años.
 
El canto del Pico.


Estaba claro que el gobierno republicano que se había trasladado en bloque a Valencia necesitaba una victoria para consolidar su prestigio moral, contener la ofensiva de Mola por el norte, y copar a las fuerzas nacionalistas en una maniobra envolvente, el clásico movimiento de tenaza que se estudia en todas las academias militares. Era una operación de libro, bien urdida y mejor pensada. Contó con dos cerebros, los de Casado y Miaja. Ambos militares, con una brillante hoja de servicios, se habían curtido al igual que sus oponentes en refriegas africanas y su palmarés les acreditaba como supervivientes del Monte Gurugú y del Barranco del Lobo. Instalaron su cuartel general en un palacio campestre requisado al Conde de Las Almenas, enclavado en un roquedo próximo a Torrelodones. Desde este altozano se domina una buena panorámica de los crestones de la sierra hacia el norte y por el sur abre un escenario sobre la llanura  por donde fluyen los ríos Guadarrama, Aulencia y el arroyo Perales.
Varela, saldada con éxito su operación para estrangular el intento de las fuerzas del general polaco Walter, “el carnicero de La Granja”, por tomar Segovia, se instaló en Boadilla del Monte. El Cerro del Pico y el antiguo palacio de Godoy en Boadilla van a servir de sede de los respectivos estados mayores de sendos ejércitos.
Villanueva de la Cañada era buena tierra de trigos y de viñas. Durante siglos se elaboraba aquí un vino clarete que nada tenía que envidiar al de Valdepeñas y llevaba un registro de marca. Eran los caldos de uva pardilla de la comarca de Valdemorillo, que competía con el vino de San Martín de Valdeiglesias, cuyas excelencias cantan ya los autores medievales. Los terrenos donde se alzan en la actualidad las urbanizaciones de Piedras Vivas, los Altos y el Noray eran un majuelo de grandes proporciones. Detrás del Castillo y cerca de lo que es hoy la Universidad de Alfonso X, había un ejido comunal para el ganado y también las eras de la aldea de Villafranca, hoy desaparecida, al pie del impresionante castillo roquero de traza mudéjar, donde cuenta la tradición que nació el gran pirata berberisco, Barbarroja.
Por la parte de Quijorna el terreno empieza a elevarse y se vuelve calcáreo. Las margas de Valdemorillo son abundantes en feldespato y caolines. La Cañada está situada a 652 metros de altitud, pero camino de  Colmenarejo o de Valdemorillo, a poco menos de quince kilómetros, hay que subir cuestas muy empinadas y el desnivel alcanza los 820; es decir, que en poco trecho el declive es de 170 metros de diferencia sobre la llanada diluvial (aquí en tiempos prehistóricos debió de haber un inmenso lago) cuyo accidente más significativo es el mentado Guadarrama, en árabe Wuad-el ramel, o río de las arenas que da nombre a toda la sierra.


El árbol predominante es la encina en sus dos variantes, la de cascabillo o dulce, y la amarga, de carrasca, un poco mayor. No quedan más que algunos manchones de esos encinares que en el siglo XIV fueron tupido bosque, paraíso cinegético para reyes de Castilla muy aficionados a la caza del jabalí y del lince, como Enrique IV, que llegó a habitar durante temporadas el famoso Castillo de la Despernada con una corte ataviada a la morisca. De este monarca se dijo que era aljamiado, porque prefirió siempre  moros antes que  cristianos en su compañía. Allí tenía este buen rey, tan denostado por otra parte, su cazadero preferido.
La vegetación xerófita ostenta copiosos retamares que a últimos de mayo o en el mes de junio despiden una fragancia fuerte y exquisita que embalsama el aire.
En los recuestos orientados hacia el Mediodía fructificaban durante mucho tiempo las viñas. Había una uva pardilla muy apreciada en Madrid y de ahí puede que venga el nombre de Villanueva del Pardillo por la uva de mesa que por estos lugares se recogía. Exprimida en los lagares, daba, asimismo, unos caldos de calidad superior. Muy parecidos a los que se extraen del moscatel fino.
Puede decirse que la ondulación del terreno, abundante en vaguadas y vallejos, en las lomas de Valdemorillo y Colmenarejo, la única que tienen algunas defensas, facilita la desenfilada o movimientos de tropas lejos del alcance de las bocas de fuego enemigas. En estos barrancos estuvieron emplazados los puestos de socorro y los hospitales de sangre.
 No así en la llanada en que se sostuvo la contienda y donde la única manera de hurtar el cuerpo a las balas era mediante excavaciones de trincheras y de casamatas que no pudieron realizarse a conciencia habida cuenta de la celeridad con que se desarrollaron los acontecimientos.
 
 
Un tabor de Sidi Ifni.


En la noche del 5 de julio la División Líster en un buen golpe de mano toma posiciones frente a Brunete defendido solamente por un tabor de fusileros de Ifni. Líster, a favor de las sombras nocturnas, ha  actuado con habilidad y dispuesto sus contingentes de una manera eficaz de tal forma que en la madrugada rompe la ofensiva.  Sus hombres entran al copo sobre Brunete, hacen doscientos prisioneros, cae el hospital y en el cupo de aprehendidos se encuentran dos guapas enfermeras sevillanas que, aunque vejadas por la soldadesca, lograron salvar la vida más tarde, volviendo a ser canjeadas por general Dahl un piloto norteamericano que cayó en manos de los nacionales. Condenado a muerte fue indultado lo mismo que otros dos rusos, Chercasoff y Josiainoff cuyos aparatos fueron abatidos sobre las lomas de la parte del río Aulencia.
  Los defensores  cogidos por sorpresa, una brecha había quedado abierta entre las filas nacionales. Tomada esta localidad, es fácil alcanzar Navalcarnero.  Esas eran al menos las cuentas del gobierno de Prieto en Valencia. Sin embargo, el mando franquista reacciona con celeridad. Se ordena el envío de refuerzo desde el frente norte: una centuria de las falanges gallegas llamados los “centollos”, quienes se ponen en marcha ese mismo día desde Tineo, que arriba al teatro de operaciones al día siguiente, mientras, por otra parte, en Sevilla la Nueva y en la Cañada un puñado de falangistas resiste heroicamente.  Entran en liza las divisiones número 13 y la 150 comandada por Sáenz de Buruaga. Acto seguido se organiza otra división, la 12 a cuyo mando se encuentra el coronel Asensio. Toda la aviación que  operaba en el norte recibe órdenes de movilizarse hacia el frente de Madrid y oleadas de “stukas” “Messerschmidt” y “Heinkel” aterrizan en los aeródromos de emergencia de Ávila y Talavera.


También recibe instrucciones de marcha la mítica Quinta Brigada de Navarra de Camilo Alonso Vega, la que tuvo más bajas, a la que se incorporan otros requetés y facciones gallegas. Todos emprenden viaje desde Aguilar de Campoo y llegan en pocas horas. Varela abandona Segovia y se instala en Boadilla del Monte, como va dicho.   A la dureza de este mílite curtido en los blocaos de Melilla se atribuye la tenaz resistencia. Él se puso al frente de las operaciones con un sol abrasador, y la tierra calcinada por los incendios de los trigales, y el hedor de la cadaverina. Practicó en un principio la estrategia de tierra quemada. La atmósfera era irrespirable. Por otra parte, el mando rojo ostentaba un dominio casi omnímodo del aire con los 150 “moscas” rusos que planeaban indemnes sobre los rastrojos de la Despernada, sin encontrar apenas resistencia en los primeros cinco días de hostilidades. Asimismo, la potencia de fuego de su artillería, más maniobrera y versátil, por ser de menor calibre que la nacional, era aventajada. Cae sobre las trincheras nacionales una auténtica lluvia de plomo.
 Una bandera del Tercio establece una cabeza de puente en la Mocha Chica, donde queda con cien tiradores el capitán Chicoy Dabán. Todo el destacamento sucumbe defendiendo la posición que tardaría sólo tres días en volver a dominio franquista. Los legionarios, asimismo, empleandose a fondo contra los infantes del Campesino, se plantan frente a las tapias del cementerio de Brunete.  La toma de este enclave sería otro de los puntos emblemáticos en que se desarrollan los combates. Allí las fuerzas republicanas presentaron la batalla final.
Sin embargo, el 7 de julio, cae Villanueva de La Cañada. Sobre las calles calcinadas por el sol y por la metralla quedan tendidos doscientos cadáveres de legionarios y falangistas.
Esto no era sino peccata minuta en comparanza con lo que habría de venir después, porque a favor de las sombras de la noche, las fuerzas  internacionales atacan Boadilla del Monte, donde tenían  instalado los franquistas su estado mayor. El objetivo está claro: arremeter por detrás a las guarniciones atrincheradas en las posiciones de Ciudad Universitaria. Varela imparte una consigna clara: nada de repliegue táctico. Resistir hasta el último hombre y el último cartucho.


De amanecida, telefonea a Salamanca para conferenciar con el Cuartel General. Franco tuvo que pararle los pies, le ordena circunspección táctica, pues conocía de sobra la fogosidad de su viejo compañero de Armas, al que sus hombres apodaban “el gaditano del hierro” (había nacido en la Isla de San Fernando, 1891). Sin embargo, en medio de su borrachera de gloria, el liberador del Alcázar de Toledo, y el héroe del Cerro Matabueyes y del Jarama se sentía como en la apoteosis de su carrera militar. Don José Enrique Varela acata las órdenes de su generalísimo a regañadientes.
 Este intento por conservar siempre la iniciativa dentro de las circunstancias a cara de perro, sería providencial, y significó la victoria para los colores nacionales. A costa, eso sí, de mucha sangre. Se dice que, a partir de entonces, se malquistaron ambos personajes. El andaluz quería entrar en Madrid a toda costa. El gallego tiene que frenarlo con la cautela que le era propia, su ferrete ferrolano y su retranca. Presuntamente, también existiera entre ellos una cierta envidia. Se tiene la impresión de que Franco tuvo en Varela su mejor caballo de brega al que exprime como un limón en los primeros compases y luego aparta. Brunete se reconquistó, sin embargo, gracias al Gaditano de Hierro poniendo toda la carne en el asador. Fue una lucha recia, sin medias tintas.  Varela cae herido dos veces. En la segunda ocasión salva gracias a los auxilios de un cirujano monárquico, Eusebio Oliver. Esta circunstancia y el asesoramiento que tuvo por parte de Juan Ignacio Luca de Tena, teniente de infantería a la sazón, pero adscrito a su Estado Mayor, y como buen periodista uno de los grandes heraldos que supieron vender la imagen Varela, hacen que éste se decante de parte de la facción monárquica con gran disgusto de los hombres de Falange. Los recelos entre las familias políticas de la victoria arrancan de entonces y son rémora ahora. Con la democracia los partidarios de Juan III han pasado factura a los falangistas. Muchos requetés engendraron hijos que se adscribieron al PNV y nietos pro eta. Son incongruencias de la Casa y la Cosa española. Pero pedir a la política española que comparta soberanía con la racionalidad y el buen discernimiento resulta como pedir peras al olmo; está claro que aquí lo que vide es la visceralidad.


 Envidias ancestrales, morbos que persisten desde don Rodrigo y su cava estando en horca. Las purgas de Ansón y de otros dinastas contra los devotos del espíritu imperial de José Antonio han sido tan sórdidas como neronianas aunque sin llegar a la checa ni a los paseos. Pero cunde la convicción de que para los hombres que se quemaron en la construcción del nuevo orden falangistas y comunistas han sido todo uno. Esta inclinación por el bando monárquico lo pagaría el héroe de Brunete con el atentado de Begoña que casi le cuesta la vida.
 Hay durísimos enfrentamientos en Quijorna y en los Llanos. Gran parte de los mutilados de la guerra civil española debieron sus heridas a estos sofocantes días de julio en las llanadas que configuran el término de Brunete, y que una vez fueron campo de exterminio entre españoles que luchaban cada uno por una idea diferente de España.  La historia es maestra de la vida. Estos luctuosos sucesos debieran tenerse siempre presentes en el recuerdo para que no volvamos los españoles a las andadas. Los que queden para contarlo, claro es. Porque los muertos para siempre callan.
 
Blindados rusos.
En Quijorna operó un gran contingente de carros rusos. El aspecto de estos tanques era terrorífico, y en viendolos renquear por los rastrojos no faltaría quien pensase en los caballos del Apocalipsis, pero, debido a las altas temperaturas, que hacían saltar los tapones de los radiadores, y al arrojo de los defensores que se aproximaban a ellos sin temer la muerte pertrechados con latas de gasolina o bombas de mano lanzadas sobre la catenaria de los orugas, no fueron demasiado efectivos. Este dato sorprende todavía a los estrategas. Demuestra empero la neta superioridad táctica de los gubernamentales, que tuvieron a su disposición mejores pertrechos de guerra aunque les faltasen mandos.


El día 10 el coronel Asensio, que ha tomado posiciones en el Castillo de  Villafranca, ante la superioridad de los contrincantes, dio orden la evacuación, pero no se trata más que de una dilatoria, porque inmediatamente manda hostigar al enemigo que se agazapaba en los marjales y barrancas del Aulencia y del Guadarrama, y reconquistar lo perdido. Consigue volver a entrar en Villafranca con la ayuda de los requetés de la Quinta de Navarra. Un escuadrón del San Quintín de Valladolid toma posiciones en el Pardillo pero no logra resistir las embestidas de los internacionales. Toda la dotación cae prisionera y es fusilada frente a las tapias del cementerio.
Hay una anécdota a este respecto que refieren algunos historiadores[2] y que habla de la ferocidad y vesania de aquellos instantes. El páter fue desnudado, lo mandaron subir a una camioneta, le llevaron a un prostíbulo en la calle Echegaray y, como se negó a seguir la juerga de sus verdugos, le cortaron los testículos, después sería fusilado y su cuerpo abandonado en una cuneta de las Ventas del Espíritu Santo.
Poco antes de la toma del Pardillo, el capitán del escuadrón, transmite por radio este mensaje al coronel Asensio:
“Por las lomas de enfrente se nos aproximan enemigos con muchos cañones y deseamos protección aviación. Sobre las 16 horas fue atacada esta posición intensamente, con acompañamiento artillero y morteros, presentándose con diez tanques. Inutilizamos uno. El resto se retiró apareciendo nuevamente a las 19 horas dispuesto a entrar en el pueblo; se le han inutilizado seis carros. Espíritu magnífico; dispuestos a morir en cumplimiento juramento prestado. Arriba España.”
 


Los requetés y los “mariscos” recién venidos de Tineo acusan el impacto de un combate, lejos de las praderas cántabras, y la humedad de su tierra, para operar en un clima al que no estaban habituados.  Se mueren de sed. El calor irrespirable los amodorra. Venían de las tierras umbrías y frescas del norte y se les mete de repente en un horno bajo un sol cegador con las cantimploras vacías para combatir a cara descubierta a un enemigo que se posicionaba a  cien metros sin accidentes del territorio que ofrecieran fácil desenfilada.  El choque psicológico al verse inmersos en medio de un secarral, donde los fregaos son horripilantes  debió de ser tremendo para los boinas rojas. Acaso sea por eso, por lo que la Quinta de Navarra apenas tuviera supervivientes. Moros y legionarios, aunque también con un nivel de bajas terrorífico, aguantaron mejor la calorina. Esta fue una de las razones de las broncas de Franco a Varela. En el otro bando, gran parte de los fallecidos se produjeron por dejadez de los mandos o durante la desbandada.
La encarnizada resistencia de los héroes de Villanueva del Pardillo desconcierta en parte al mando rojo y estas vacilaciones fueron fatídicas, porque, teniendo el triunfo al alcance de la mano, no supieron o no quisieron por falta de coordinación aprovecharlo. En la guerra como en el amor no hay nunca que llegar tarde.
Otra cuestión era la indisciplina, la falta de coordinación entre subalternos. Hemingway se los pasó borracho en Chicote los días de la ofensiva y a una fotógrafa polaca, la novia de Frank Cappa, la arrolló un blindado ruso en la calle real de Brunete. Fue en Brunete donde fue alcanzado también Julián Bell, sobrino de la escritora británica Virginia Woolf, mientras conducía heridos a un puesto de socorro en una ambulancia.   El capitán Nathan, que murió en Villafranca, tuvo sus más y sus menos con un chestnik yugoslavo. Mientras ellos discutían, una bomba lo alcanzó, pero pidió a sus compañeros mientras él expiraba entre los bancales del Río Guadarrama que cantaran una canción.  La muerte del caballero sin tacha, el brigadista que se presentaba en el frente con un bastón de mando con empuñadura de oro, desmoralizó a los británicos.
Es en este punto y en la denominada Cota Mocha, o Vértice Mocha (El Espolón, justo detrás de Piedras Vivas) donde al volver a manos nacionales las posiciones perdidas se va a decidir la suerte de la victoria.


 A tal respecto el comandante en jefe de la brigada mixta el día 11 de julio cuando empiezan a aparecer en lontananza los cazas nacionales (los Heinkel 111 y los Messerschmidt germanos), desnivelando la superioridad aérea hasta la fecha en manos de la República, envía a Miaja el siguiente parte:
“Día 11 de julio.- En las primeras horas de este día el enemigo, apoyado en una gran masa de aviación y artillería, inicia violento contraataque contra las posiciones ganadas ayer, siendo rechazado con fuertes bajas. Mis fuerzas han quedado muy agotadas por lo que nuevamente insisto me sean enviadas tropas de refuerzo para las compañías de fortificación. Recorro las posiciones de la Cota Mocha o Vértice Artillero (El Espolón) y doy orden al jefe de puesto para que proceda a organizarla nuevamente y fortificarla con nuestros propios medios. Al atardecer, el enemigo hace fuerte preparación artillera sobre nuestras posiciones, precursora de un ataque a fondo. Insisto en vista de ello en que se me atienda en mi petición. A las 22 horas el enemigo inicia un nuevo ataque que desmoraliza al segundo batallón en línea sobre la Cota Mocha y se retira al ver caído a su comandante”
 


Fue este sector el de la loma que divide a las dos Mochas, la Grande y la Chica el escenario de los feroces asaltos. En el curso de breves horas, los blocaos cambiaron de manos sin interrupción y cientos de cadáveres quedaron esparcidos sobre los ramales de trinchera que conectaban el  caserío de Villafranca con Villanueva del Pardillo. La moral a uno y otro lado se resquebraja. Surgen veladas críticas hacia Varela. Los mandos de la Legión Cóndor también se sienten impresionados y se niegan a operar porque a veces sembraban la muerte entre las propias filas causando eso que se llama en guerra bajas por “fuego amigo”. ¡Demasiado encarnizamiento! Las casamatas y los sacos terreros, las alambradas de espino o caballos de frisia  separados tan sólo por unos metros de distancia, la retaguardia estaba confundida con la vanguardia en medio de aludes de fuego. Luego estaba el calor sofocante, la hedentina apestosa, la falta de agua, las diarreas... Era fácil morir en este infierno, pero mucho más fácil era enloquecer. Hubo momentos en que los oficiales de uno y otro bando dieron muestras de haber perdido la cabeza.
El 16 se produce una de las batallas aéreas más espectaculares de toda la contienda el rugido de los “moscas” y de los trimotores hace que retumbe toda la comarca y la tierra vacile sobre su propio eje. Los regulares y legionarios de Barrón arremeten contra Brunete.  Consiguen alcanzar la plaza pero enseguida son desalojados por tanques soviéticos. Un tapiz de ruinas y de esqueletos alfombra las calles. Los mulos panza arriba las tripas al aire y lanzando un olor insoportable ofrecían un espectáculo dantesco. Los testimonios gráficos que nos quedan ofrecen un panorama apocalíptico y apocalípticos debieron de ser los días que se vivieron.
Por el flanco izquierdo la Cuarta Brigada de Navarra a las órdenes de Sáenz de Buruaga se emplea a fondo logrando atravesar el río Perales y dominando Los Llanos. Esta agrupación queda esquilmada. Pierde en un sólo día de operaciones a 22 oficiales, 187 soldados muertos y 848  heridos. En total, mil bajas a cambio de un avance sólo relativo. Varela se había precipitado al ordenar la contraofensiva. Eso quedó patente.  Las prisas tampoco parecen buenas en  guerra.
Sin embargo, las operaciones siguen su curso en las fatídicas fechas  subsiguientes con denodado ímpetu. El día 20 cae el Vértice Mocha y casi de seguido el Castillo de Villafranca donde Asensio manda izar la bandera nacional. Vuelven los dares y tomares, pero el enemigo  presenta batalla con la moral  quebrantada. Se ha visto a algunos brigadistas abandonar sus posiciones corriendo a campo traviesa camino de la retaguardia. Aquella no era su guerra, aquel no era su país, y se jugaban la vida por nada. Este carácter mixto entre idealistas y mercenarios de Las Internacionales que cuarteaba su moral, cuando tenían que enfrentarse a un ejército profesional mandado por oficiales africanos, fue uno de los motivos del fracaso en Brunete de la República.


 La reconquista del castillo determinó la toma de Brunete por un tabor de regulares de Melilla. El día 25 se produjo la desbandada hacia Madrid de los contingentes gubernamentales, muchos exhaustos y muertos de sed. El gran suplicio de la batalla de Brunete fue la sed.
Varela quería, mientras sus artilleros batían las lomas de la casa de campo, aprovechar la coyuntura para entrar en Madrid. Sin embargo, Franco, lo paró en seco. “No es el momento, general. Repliegue a la fuerza”, le comunicó por teléfono. Franco pensaba en Santander para acabar así la guerra en el norte.  Todo el Cantábrico debería estar en su poder antes de que llegasen las brumas otoñales.
Hubo, según el historiador don Manuel Aznar, en el decurso de la batalla 25.000 muertos por parte republicana y 13.000 por el bando nacional. Enrique Líster da la cifra de 60.000 bajas. Y fueron cerca de 100.000 los contendientes.
 
Efectivos en lucha.
En el encuentro este era el nivel de fuerzas. Por el bando republicano:
División Líster, División Walter, División “El Campesino” con una fuerza de 18.000 hombres y 64 carros de combate.
División III, X, XXIV,  que sumaban otros 18,000 soldados y 64 tanques.
Las brigadas Galán, Zulueta, Naval, cada una con 3000 hombres en sus filas. En total, a cómputo de brigadas y de divisiones, se encuadraban, por el bando del gobierno, 50.000 soldados, con una acompañamiento mecanizado de 128 tanques, plus una artillería con piezas del calibre 12. , 40. 10,5. 7,5. que desplazaba un poder de fuego de 20 baterías ligeras, todas ellas asentadas en las cotas de Valdemorillo a horcajadas sobre el miradero de la hondonada.
La aviación roja fue estimada en 150 aparatos; por terceras partes, bombardeo, caza y reconocimiento.
En la primera fase del conflicto tomaron parte las divisiones del Campesino, Líster y Walter y la XI operó en La Cañada, mientras la XXIV al atacar Villanueva del Pardillo y Villafranca, infiltrándose a través del cauce semi seco del Guadarrama.
 


Por los nacionales:
Quijorna: V  bandera de Falange de Castilla nutrida por voluntarios procedentes de Aranda de Duero y otros pueblos de Burgos y el norte de la provincia de Segovia.
Los Llanos: dos centurias y una pieza anticarro
Brunete: Tabor de Ifni.
Villanueva del Pardillo: VIII Escuadrón del Regimiento San Quintín, con dos antitanques.
Villanueva de la Cañada: una bandera de Falange, sevillanos todos. Dos piezas artilleras del 10,5.
Villafranca del Castillo: una centuria de Falange de composición mixta  en la que había catalanes, y una compañía de voluntarios, apoyados por una batería del 7,5, y dos antitanques.
Cuando empezó la ofensiva roja, el Ejército de Centro puso a disposición de la División LXX a órdenes de Sáenz de Buruaga dos unidades de Infantería, varias compañías de tiradores de Ifni, Tabor de Larache, que operó en Villafranca del Castillo, asistida por una batería (cada batería consta de cuatro piezas) del 15,5 servida por artilleros del Regimiento 13 Ligero de Medina del Campo.
Lo sorprendente es que estas guarniciones, tan modestas e irregularmente bastidas con una intendencia pobre supieran aguantar el empuje de 60.000 atacantes republicanos armados hasta los dientes, con superioridad aérea hasta el comedio de la batalla, instruida por mandos técnicos nacionales y extranjeros, y un grupo de asesores militares soviéticos, que trajeron una nueva noción de la guerra de blindados, luego ensayada a mayor escala en batallas como El Alamein, Las Ardenas, Leningrado y Stalingrado, o guiados por comunistas fanáticos y por comisarios que detrás de las lineas vigilaban pistola en mano cuando notaban flaquear a algún sector. A tiros hacían volver a los desertores a la posición. En el Ejército Rojo la disciplina se mantenía sólo por el terror.
He aquí lo que graban al respecto las notas de un oficial de los nacionales en su cuaderno de campo:
 
 


“Día 26 de julio, 1937:
 
 El sacrificio estéril al que someten los rojos a sus tropas supera todo cálculo.
Siguen recogiéndose los frutos de la victoria de Brunete en la que quedaron deshechas la Brigada Líster y la XVI Mixta.
Han sido capturados un centenar de prisioneros y se han pasado a nuestras filas 600 milicianos con armamento.
Un durísimo ataque a la desesperada del enemigo intentado sobre nuestras avanzadas que conquistamos el día de ayer fue duramente rechazado, continuando la progresión de nuestras tropas que alcanzaron los objetivos fijados por el mando. Más de 50 carros rusos han sido destruídos por nuestras tropas. El número de muertos que ha dejado el enemigo sobre los campos alcanza varios millares, teniéndose que habilitar un batallón de  zapadores para dar sepultura a tanto cadáver”
 
En la lacónica minuta se esconde un dato preciso y precioso. Estos nobles campos que nos dan cobijo guardan en sus entrañas los huesos de muchos guerreros desafortunados. Apartado especial merece la consigna de los nombres de los laureados.
 
CRUZ LAUREADA DE SAN FERNANDO
Al cabo Tristán Pérez Romero:
 


“ El 18 de julio de 1937, en el frente de Brunete, en la conquista de la posición Loma Quemada, este cabo del Regimiento de Infantería Toledo n. 26, tuvo una actuación determinante. Habiéndose dado la orden de avance, fue el primero en hacerlo, no obstante el numerosísimo enemigo que tenían delante con toda clase de armas automáticas. Con gran serenidad alcanzó las posiciones fijadas como objetivo. Observando el cabo Tristán que aun había focos de resistencia, se lanzó al asalto de las trincheras enemigas llegando hasta la misma artillería roja. Encontrándose sin municiones, utiliza el máuser como maza, neutralizando a varios artilleros enemigos y hallando gloriosa muerte luego de realizar esta hazaña”(Diario Oficial, orden n. 259, a 17-XI-1940)
 
 
Al alférez Juan Chicoy Dabán:
 
“Este oficial incardinado en el Quinto Tabor de Regulares de Larache que guarnecía una de las posiciones defensivas de Villafranca del Castillo, contra la cual desencadenó el enemigo una violenta preparación artillera el 10 de julio de 1937, atacándola seguidamente con seis batallones de infantería, precedidos por carros. El grupo contuvo la primera oleada, pero, dada la superioridad numérica de los atacantes, sobrevino un quebranto de la moral de los resistentes. En tan crítica situación, el alférez provisional arenga a su fuerza reorganiza un contraataque que obliga a los intrusos a replegarse aguas abajo del Guadarrama hasta su base en el Castillo, con captura de prisioneros y de armamento.
Gracias a la actuación de tan bravo oficial quedaron redefinidas las posiciones propias y se evitó que Villafranca cayese en manos de los atacantes.
Durante el desarrollo del golpe de mano, Juan Chicoy Dabán resultó herido por una bomba “Lafitte” que le produjo una hemoptisis, y, a pesar de hallarse lesionado se negó a ser evacuado por las asistencias, y contra los consejos del capitán médico que le asistía. “No es más que un rasguño, mi capitán”, repetía sin cesar.
El día 2 de diciembre de 1938 y con el empleo de teniente falleció el heroico subalterno como consecuencia de aquella lesión”  (Diario Oficial n.17, 23-I-45).
 
 Al capitán Antonio Dema Giraldo:


“El 10 de julio de 1937, siendo Don Antonio Dema Giraldo, jefe de grupo de la denominada Loma Artillera, Vértice Mocha y el Espolón, cuya guarnición estaba constituida por dos secciones de fusileros del Tabor de Larache, una de ametralladoras del mismo tabor, una centuria de F.E.T (Falange Española Tradicionalista) y de las J.O.N.S.(Juventudes Obreras Nacional sindicalistas), con un total de 140 hombres, a las cinco de la tarde, el enemigo se lanzó al asalto sobre la loma, siendo rechazado y contenido durante tres horas, a pesar de hacer alarde de una indiscutible superioridad de fuego y de su alta moral.
Dema Giraldo se sabía copado y sin posibilidad de comunicar con la retaguardia. No obstante este conocimiento de su crítica situación y su convencimiento de que no podría recibir refuerzo por falta de unidades disponibles, Dema Giraldo prosiguió la encarnizada defensa de la posición en la que el enemigo llegó a entrar pero de la que es rechazado en la lucha cuerpo a cuerpo.
Cuando, muertos sus oficiales, no dispone ya de mandos, dirige a su jefe por radio el siguiente mensaje: Situación insostenible; Martín, muerto. Moscoso, muerto. Si esta noche no viene gente, caerá la posición por muerte de todos. ¡Arriba España! Dema Giraldo.
Este acto constituye un magnífico exponente del espíritu de abnegación y sacrificio que animaba a aquel bravo capitán, el cual con desprecio de su vida anuncia estoicamente que sólo con su muerte caería la posición, como así ocurrió poco después, al sucumbir heroicamente en el momento en que, arengando a los escasos elementos que le quedaban, se lanza fuera de las trincheras y contraataca. Su admirable conducta en la loma artillera impidió la progresión de los marxistas contra Villafranca, lo que hubiera sido una amenaza contra las posiciones nacionales en Majadahonda, Las Rozas y el Plantío” (Diario Oficial, n. 19, 11-I-1946)
 
                
 
 
             II LA CANGREJADA DE LAS VÍSPERAS DE NUESTRA SEÑORA
 
A LA MEMORIA DE URSINO PARRA, DE LA QUINTA BANDERA DE CASTILLA.


Me llamo Ursino Parra Ortega. Nací en un pueblo de la provincia de Segovia, recostado en la loma suave de un antiguo castro romano, que corona la vieja iglesia románica. Se llama Membibre de la Hoz, cereales y algo de vino, pero, sobre todo, molinos, que ya dice la copla aquello de “y Membibre para molinos”.
Aunque nuestro pueblo es seco y viejísimo, como todos los de por allá, en el riguroso páramo, goza de una privilegiada situación verde, gracias a sus pobedas;  justo cerca de donde yo nací, da la vuelta el río Hoz, uno de los afluentes del Duratón, arroyo modesto y mínimo, poco más que un regatillo, pero que aquí siempre tuvimos agua para llenar las botijas y que no se calentara el barril. Seco jamás lo vi. A cangrejos algunos veranos nos hinchábamos. Mi hermano Silvino y yo, recuerdo que poco antes de Nuestra Señora del Carmen, capturamos dos maconas enteras o cestos, el año que estalló el Movimiento.
Que me acuerdo bien, porque mi hermano Silvino, que era artillero en Medina en el XIII Ligero que llamaban estaba forastero de su unidad, con unos días de permiso.
Mi hermano Silvino, con el que estaba yo muy unido, recién ascendido a cabo, había venido con la absoluta al cabo de tres años de servicio, pero me decía que a él le tiraba la vida de militar siendo de su acomodo. Me dijo:
-¿Qué hago, hermano? ¿Me reengancho?
-Tú verás. Si te vuelves, ya sabes lo que te espera: las ovejas. Además, con tus galones rojos de cabo y tu paga en el bolsillo les estás poniendo los dientes largos a los que se reían de ti cuando andabas de borreguero.


Aunque mi padre tenía hacienda bastante para ser considerado en el pueblo una de las casas ricas, el caso es que la tierra no daba lo suficiente para cinco que eramos. Descontandonos a nosotros dos había otros tres: Felipe, Petra, Manahén. Hubo una niña a la que se la llevó la gripe del año 17, a la que no conocí. Nuestro padre se llamaba Severiano y nuestra madre Paula, que los pobres llevaron una vida muy azarosa donde no faltaron los sufrimientos y las enfermedades. Los años que venían malos, por la helada, la sequía o el pedrisco, las hogazas dentro del arca menguaban. Como eramos muchos, cuando cumplimos con la escuela, tanto a Felipe como a mí nos tocó salir a servir.  El mayor Felipe estuvo en casa de los Sombreros haciendo de criado algunos veranos y yo me ajusté con una familia de  Torrecilla como sobrancero. A Silvino le puso padre con  el rebaño de churras que teníamos, que no es que le gustara mucho eso de andar por las rastrojeras con el zurrón a la espalda, la perra “Batuda”, pisandole siempre la sombra, el caramillo para entretener su soledad, la honda a la cintura y un guijarro en el bolsillo para tirarselo a la chiva que teníamos en el aprisco y que siempre se desmandaba.
-Cata de ahí, “Perversa”.
Dicen que la cabra siempre tira al monte y esta Perversa hacía honor a esa condición de su especie. Al Silvinete lo traía por la calle de la amargura, pues, una vez, no se me olvida, entró al majuelo de uno de los ricachos de mi aldea poco antes de la vendimia y lo avió. No quedó ni un zarcillo. La tunda que le dio el abuelo fue gorda.
El agostero tenía la voz muy fina y, como pasó la infancia, lejos de la civilización, u no estaba acostumbrado a hablar normalmente sino a voces, de cerro a cerro, desde los ocho años, se reían de su persona.


A Silvino le llamaban El Colorín por ser de cara encendida y cuajada de pecas, el pelo rojizo, muy rubiales, de buen porte, con los ojos tan pequeños que parecían los de un pájaro. En eso salió a la rama de padre al que apodaban de mote Ojete de Perdiz. Procedía de un pueblo que llaman Torreadrada donde comienza el páramo. La verdad, todo hay que decirlo, los Parras en Membibre de la Hoz teníamos fama de algo chillones pero unas excelentes personas, muy pagados de las viejas creencias, porque nuestro solar era una de las corralizas que alzan sus muros leprosos por bajo del pretil de la torre de la iglesia medieval. En la familia había habido unos arrieros y vinateros procedentes de Fuentepiñel, aunque, según ha indagado mi sobrino, que es aficionado a esto de la genetliaca el clan procede del Norte de España, vaqueiros de alzada, de la parte de Tineo o algún lugar de esos de Asturias la encumbrada. Puede que allí esté el origen de nuestra humilde trashumancia. El Colorín era el más listo, aunque no fue nunca a la escuela, pues se enseñó a leer y a escribir él solo mientras apacentaba el hato. Los de Membibre, que por inclinación natural han sido de siempre algo guasones, porque menudos son pos aquellos pueblos de las Siete Villas, se burlaban del pobre pastorcillo, pero, luego, cuando volvió de la guerra con los galones de suboficial y las forrajeras de artilleros, no había quienes le pusiera un pie delante.  Era muy valiente y forzudo, que en su regimiento el Colorín era  conocido por el Sargento Bríos; en campaña lo demostró. Era capaz de agarrar por la punta de la espoleta un proyectil de los del quince y medio y levantarlo como una paja, y estando de guardia en Cuéllar se le atufaron los cinco guripas del destacamento y al punto empezaron a salir tíos por la ventana que aquello parecía un bar de película del Oeste en lugar de un cuerpo de guardia de un triste penal donde para combatir el frío unos soldaditos se habían puesto al brasero. Gracias a que reaccionó y los lanzó por el vano con su proverbial fuerza no se asfixiaron.  Dos terminaron con una costilla rota, pero salvaron el pellejo.
-Soy en decirte, chiquito, - le aconsejé aquel día mientras pescábamos cangrejos cerca de los bodones de la Fuente Las Miraduras-  que devuelvas las Absoluta.
Él también estaba pensando echar la instancia para la Guardia Civil como hizo luego Manahén, al que llamábamos Mamana y que el pobre moriría de guardia segundo en el Cuartel de la Victoria relativamente joven.
Fue el día de la cangrejada, que no se me olvida, poco antes de misa, cuando las campanas empezaron a repicar gordo y de una forma desaforada como cuando volean a fuego.
-¿Has oído eso?
-Parece que tocan a fuego.
-Debe de ser el pariente Ambrosio al que se le ha ido el punto.


La víspera había llovido y, escampado, se formaron sobre la raya de Fuentesaúco, el lugar vecino, unas nubes alargadas y muy extrañas. Estaban encendidas de cárdeno y de colores rojizos como de llama o de sangre. Fue, cuando Pascual, uno de los del Tío Sombrero, que había hecho la Campaña de Cuba y era medio nigromante, se descolgó con una de las suyas:
-Guerra barrunto.
-¿Qué cosas tienes, Tío Pascual? Aquí no se mueve nadie. Son cuatro camorristas que colocan petardos.
El veterano nunca marraba en sus acertijos. Parece que lo olía.
-Pues no creas- me comentó Silvino- que no anda El Sombrero muy descaminado. Las cosas no están como muy allá.
Y casi no acababa de decir esto cuando al subir el mogote vimos acercarse en bicicleta al cabo Valdivieso con dos números bajar la cuesta de Vegafría y entrando en las tenadas fueron cuando preguntaron por mi hermano:
-¿Silvino Parra?
-A sus órdenes, mi cabo, para lo que quiera mandarme.
-Acaba de llegar un telegrama. Que se presente de inmediato.
Salió de estampía en la camioneta de Cuéllar. Casi ni le dio tiempo a despedirse. Partió como un ánima el buen Silvino y yo pensé que no le volvería a ver más.
A los pocos días de la cangrejada empezaron a llamar a filas. A diferencia de mis tres hermanos, Felipe y Manahén, preferí alistarme voluntario. Me tiraba Falange. No es que estuviera yo muy ducho en Política, pero en casa eramos gente sencilla. Muy religiosa y encuadrada en una tradición de respeto y de orden. Por eso la reforma social que propugnaba José Antonio Primo de Rivera me parecía la solución. Membibre de la Hoz, a la sombra de su campanario románico, sentía ese palpitar de la España eterna, cristiana y mesocrática.
 
Onésimo Redondo.


Habíamos empezado a segar la cebada. Mi decisión dejó a mi padre Severiano con el culo al aire como aquel que dice. La cosecha aquel año había venido una de las mejores, pero la salvación de la patria tenía que tener prioridad a los trillos, las horcas, las zoquetas, las hoces y los sombreros de paja. En mi pueblo tuvieron que salir al campo los más viejos. Se las vieron y desearon para hacer la recolección.
Aquellos días los recuerdo como de una gran agitación. Nos llevaron a los de la V Bandera a Valladolid. Yo estaba encuadrado en la misma centuria que Onésimo Redondo y faltó muy poco para que me fusilaran junto a él en Lavajos.
Fue por un detalle sin importancia. La camioneta donde viajaban, camino del Alto de León, los de mi unidad iba tan compacta que no cogíamos.
- Tienen que quedarse en tierra tres camaradas.
Lo echaron a suerte y me tocó a mí junto a dos, de Cantimpalos y de Valseca. El uno se llamaba Cecilio Sancha y el otro, una ardilla auténtica, Dimas Matesanz.  Cecilio murió en Teruel, se quedó arrecido en una guardia y a Dimas, lo mató un mulo de una coz en Brunete.  Era muy gracioso porque durante la campaña parece ser que el plomo le tuvo cierta querencia a su piel algo esmirriado. Pero, según decía:
-Las balas, en lo que me toca, tienen pase de pernocta. No las retengo.
Se desabotonó los botones de la camisa y descubrió un pecho lobo en el que lucía un autentico retablo de medallas, escapularios y relicarios.
Una hermana que tenía en el Cister de las Huelgas se encargaba de aquella protección o seguro particularísimo que desviaba la trayectoria de aquella metralla de fabricación ruso que durante el día y la noche en Brunete escuchábamos silbar mortíferas.
Decíamos que, con aquel adarve celestial en el esternón las oraciones de su hermana abadesa y las incesantes oraciones de su tío cura y de su madre que no se apartaba de la iglesia, era difícil que a Dimas le atizaron.
Mira por cuánto una mañana de diciembre estando en una posición de Zarzalejo cerca del Escorial, estando en las letrinas para cumplir una necesidad, rebotó una esquirla sin interesar el gluteo. El de Valseca vino disparado hacia la chabola.


-Ay, ay. Me han dado. Estos puñeteros rojos, mamones, no le dejan a uno ni giñar a gusto.
-Todo el Estado Mayor del Campesino, reunido en pleno, -dijo uno de Vitigudino que tenía mucha sorna- han determinado que el trasero de Dimas “El Tuercebotas” era un objetivo a batir.
Nos morimos de risa aquella mañana, pero él estaba muy serio:
-A mí no me hace ninguna gracia. Esa bala perdida casi me capa.
Todo quedó en el susto. Desde aquel día mi paisano escogía con toda meticulosidad milimétrica el punto exacto y en desenfilada para llevar a cabo sus evacuaciones fisiológicas.
A Onésimo lo fusiló la Guardia Civil cuando subían la cuesta de Labajos. No llegó siquiera al Alto de León. Había mucha confusión y ya dicen que los primeros días de guerra son los peores.
 
En la columna Serrador.
Por fin, nos encarrilaron en la columna del coronel Serrador.
Con mi traje azul falangista, los correajes y las cartucheras y aquel fúsil al cual me costó trabajo hacer funcionar, me vi a mí mismo como un hombre diferente. Sin embargo, tardé algunos días en aclimatarme a la noción de la idea de la guerra. Aun continúo sin entenderlo el motivo de aquel trajín, el constante ir y venir, la algarabía y la excitación de los primeros momentos. Las gargantas se volvieron roncas de canciones, de vino y de tabaco. Todo era como increíble, efervescente.


A pesar de mis tres años de mili en Sevilla, tenía casi por completo olvidado el manejo de las armas, por lo que me metieron en el pelotón de los torpes. Aquellos rezagados estuvimos de instrucción en la campa del Cristo del Caloco, pasado Villacastín. Esta demora tengo por cierto me libró de una muerte segura. Providencial había sido mi incompetencia como fusilero como lo fue el hecho de que en aquel primer camión que partió de Medina rumbo al frente y que habría de ser interceptado por una patrulla de la Benemérita, leal al gobierno, y acabó con todos muertos de mala manera en la cuneta del camino real entre Madrid y Benavente.  Allí quedó Onésimo, mi caudillo al que admiraba y al que había escuchado yo hablar en varios mítines que diera en el Teatro Juan Bravo. Era un pico de oro, daba gusto escucharle, amén de un muchacho muy competente.
La noticia de que había sido pasado por las armas me produjo una lastimosa impresión, de la que no me he recuperado todavía ni entiendo por qué en aquella guerra fratricida cayeron los mejores de nuestra generación. Pero estas cosas incomprensibles son partos de la sinrazón bélica, cuando se desatan los furores.
Al propio tiempo me sirvió de acicate para opugnar aquella injusticia, las barbaridades que cometía el gobierno dominado por un señorito feo, misterioso y algo maricón, que iba a dar toqueteos a los camareros de la Bombilla en Madrid arrimándose a mozas casaderas para disimular.
Y casi justifiqué mi decisión de alzarme en armas contra aquel estado de cosas; la opresión y miseria en que vivíamos en nuestros pueblos, la falta de pan, la explotación a cargo del amo, las miserias sin cuento. Queríamos una vida mejor, un cambio de rumbo en España. Por eso me alisté en las centurias del Fascio.
Desde los altos del Cristo del Caloco se divisaba un cordel de montañas. El paisaje se abría hacia las crestas coronadas de pardos roquedales. La primera noche de llegar con luna llena apenas pegué ojo. Se observaba perfectamente la trayectoria de los disparos. La artillería roja durante día y noche estuvo batiendo los pinares de la umbría de Guadarrama. Los proyectiles al caer alzaban como hogueras flotantes y la oscuridad y el silencio volvían a reinar bajo el brillo helado de la luna.


Me acordé de mi pobre madre, la cual con los pertinentes encargos de que no cogiese frío y que me apartase de las compañías malas había colocado en mi mano dos duros de plata y una batería de medallas milagrosas del Corazón de Jesús y de la Virgen de Rehoyo, que es la patrona de Membibre. Confieso que en el sosiego impresionante de aquella noche de espera ante el espectáculo de las fogatas de los disparos, vi pasar rauda ante mis ojos como el rollo de una película que se rebobina la completa historia de mi pasado. Es la visión que tienen los que van a morir y que asaltan a los presos en capilla.
En aquel momento la muerte me pareció algo familiar y nada solemne. Que pase lo que tenga que pasar, me dije. Si lo sentía era porque nunca más volvería a participar en los festejos de correr el gallo que se celebraban en mi pueblo por las fiestas de la Candelaria con toda aparato.
Por lo único que yo sentía acabar mis días en la flor de la edad - excogitaba yo en mis reflexiones nostálgicas en aquel verano de sangre y de canciones de nuestro primer año triunfal- era por La Mercedes, una chica del Barrio de Abajo, que era mi novia formal. La había conocido en la dulce y alegre romería del Henar. Había ido con mi madre a darle gracias a la Virgen de los Resineros el haber salido con bien de la temporada de recogida de la mies cuando yo me había ajustado por la comida y sesenta celemines de trigo candeal y dos costales de centeno con una familia del vecino pueblo de Olombrada a los que apodaban Los Chicharras, que no se bautizaban por menos de ochenta obradas de tierra de labor. Seis parejas de mulas pasaban cada mañana bajo los dinteles de las puertas carreteras de un corral donde se alzaban los bardales más altos de la contornada.
Lo de rico es una forma de hablar; cualquier labrantín de medio pelo de la actualidad vive mejor que cualquier rico de los de entonces.


Si me matan aquí en esto - no hacía más que darle vueltas al asunto en mi magín- dejo a La Mercedes en desamparo. A lo mejor se casa con otro. Esta idea ocasionaba que me llevasen  todos los demonios pues la quería de verdad. Estaba celoso. Era una de las mozas de rumbo por aquellos pueblos con fama de guapa y de bien plantada. Hacendosa y mujer de su casa. Provenía de una familia de molineros que habitaba las aceñas de ayuso, a los que decíamos los Puentones. A mí el Tío Puente me quería mucho. Yo era trabajador como el que más, y muy flamenco, que había que tener un par para enamorar a La Chata con tanta competencia como había entonces, y, aunque no era yo de los que mejor marchaban en el pueblo, pues mi padre, ya digo, era algo corto de alcances, muy mirado para lo de los demás y tenía el defecto de tenerse muy humilde y en menoscabo, lo que no puede ser; por estos pagos si te haces de miel te comen. Conque todas las ingratitudes y humillaciones que recibía en sus relaciones con la gente lo pagábamos en casa.
-Así que tú te la llevas, Ursino y yo quedo contento-, me dijo mi suegro que paz descanse poco antes de morir.
A la Mercedes la había pretendido uno que llamaban El Chafa. Habíamos ido junto a la mili, pero, como nos encaprichamos de la misma moza, acabamos de rivales. Él aquí y yo, allí. En una ocasión por las fiestas de San Martín, habiendo trasegado más morapio de la cuenta, se puso farruco y me sacó una navaja. Duro vocear y proferir injurias y juramentos.
-Tati quietu, Chafa, no hagas el tonto, que sabes que te puedo.
Y con las mismas pegué un brinco, le sujeté los puños y el cachetero cayó al suelo. Desarmado, salió huyendo.
-Me las pagarás algún día.
-Marcha en buena hora. Te perdono por las ofensas, pero yo no le hinco mi acero a un hombre que no está en sus cabales.
No lo volvimos a ver. Agarró el montante y salió del pueblo. Muy a mi pesar y sin tener necesidad de apelar a una violencia mayor, quedé señor del campo, pero el amante despechado me lanzó una mirada furibunda que no se me olvidará que me amargó las festividades del santo patrono de mi aldea.
 


Este tipo de enfrentamientos creaban enemistad para toda la vida en estos pueblos de Dios, donde la comunidad no suele estar bien avenida. Todo el mundo tiene que acontar algún agravio de los que no se perdonan nunca contra su vecino. Unas veces es un amor fallido; otras, un cornijal de tierra o un hito en litigio y otras veces la funesta envidia, caldo de cultivo de agrias malquerencias que se vuelven rancias con el paso del tiempo y en vez de olvidarse se enconan todavía más. Nunca le tuve ningún rencor al pobre Chafa que, según decían, se había hecho renegado en Madrid, dándose a la bebida y militante del partido comunista.
El Tío Puente, que había mostrado hacia mí singular predilección, pues me quería tanto a o más que a un hijo, me enseñó las artes del oficio y al cabo de poco tiempo en el molino para mí no guardaban ningún secreto las técnicas de la molienda. Luego me hice panadero. Heñir, cocer hogazas, y marcar tarjas serían parte de mi vida, desde que me licenciaron del servicio. Malo habría de ser para un panadero y molinero en aquellos tiempos duros que nos tocaría pasar en los cuarenta y los cincuenta, veinte años muy duros, que le faltasen los garbanzos.
 
Mi Mercedes, con la que contraería matrimonio, al volver de la guerra me dio seis hijos: Rosa, que nació con lesión a causa de un mal parto, pero la más cariñosa y lista de todos; La Milagros, que salió tan guapa y buena moza como su madre, se fue a vivir a Santander y está muy bien situada con un mozo de la Montaña al que quiero como el Tío Puente me quiso a mí; el Aurelio, al que nada se le ponía por delante, le decían eres valiente como tu padre, y fue lo que le mató, porque su arrojo le volvió temerario y murió a causa de una emanación de gas cuando limpiaba la sentina de un petrolero. Detrás venía mi Sagra, que se hizo pastelera, marcha muy bien pero para subir el negocio tuvo que echarle horas y horas. Los menores serían Merceditas, la más inteligente y Antoñito, al que dejo casado con una muchacha de Peñafiel.
 


¿Quién me iba a decir por aquellos días en que yo contemplaba desde esta atalaya formidable, balcón de los montes carpetovetónicos, cumbre exaltada, paisaje bronco y casi lunar, la desolación de un yermo reinando sobre el dilatado horizonte montañés en el que las tenadas y algunas parideras desperdigadas sobre la hoz de la torrentera representan la única señal de civilización en los encumbrados tesos, que yo iba a sobrevivir a la pobre Merceditas, y que regresaría con bien de aquella contienda fratricida de piojos, heridas, hielos y calores exaltados, que me licenciara con el grado de sargento y que el abuelo Severiano iría a lomos de la burra “Mohína” a Cuéllar a cobrar las remesas que le giré con los primeros haberes, más contento que unas pascuas, pues el pobre, por lo visto, en su vida de miseria y de penalidades había visto tanto dinero amontonado?
Pero fue así. Debió de ser por un milagro del Cristo Angustiado que se veneraba en la iglesia de aquel recinto, al que pedí con todas mis fuerzas que me librase de morir en las trincheras. Muchos de los quintos de cupo y voluntarios que nos alistamos en las banderas de Mola eramos conscientes del peligro que nos cercaba. La guerra era una cosa lejana, narrada como un pormenor distante en los bancos de la escuela cuando la señora maestra, doña Jovita, nos hacía recitar la lista de los reyes godos y dar razón de las batallas principales de la Reconquista, desde Guadalete hasta la toma de Granada, pero ahora la teníamos a un tiro de piedra en los estampidos de la artillería y los coches que subían renqueando por la cuesta, dejando el frente a las espaldas, con mujeres llorosas y enlutadas y un ataúd acoplado en la baca de los coches de punto. Los pedregosos caminos de Castilla gemían bajo el ir y venir de estos automóviles fantasmas donde viajaban las comitivas fúnebres y los familiares que habían ido a recoger los restos. Vidas tronzadas en la flor de la edad, pero España donde tantas guerras tuvimos se siente avecindada con las Parcas, y el espectáculo de las luctuosas caravanas con los restos de los primeros caídos revalidaba los versos de F. Luis de León dedicados al Príncipe Carlos:
          Ilustre y alto mozo al que el cielo dio tan corta vida
                 Que apenas fue sentida;


                 Fuiste breve gozo
                 Y ahora luego llanto de tu España
                 De Flandes y Alemania.
Yo le rogué a aquel Jesús con faldellín morado y melena caída como una cascada de dolor sobre el pecho que me salvara. Ahora no soy ya demasiado creyentes, he visto demasiadas injusticias, entonces lo era más, pero sea porque la Providencia se apiadó de mí, o que tuve suerte, o lo que fuere, fue el caso que tuve que soportar el dolor de dar tierra al ser que más quería en el mundo. Me dejó viudo con el último de los seis no se andaba. A Antoñito le pusimos un babi de luto. Al pobre hijo lo tuvieron que criar casi sus hermanas.
Además, en aquellos días de castrametación en los cerros del Caloco me acordé mucho de mi madre, La Paula. Eramos Silvino y yo, no sé por qué su ojito derecho, bueno el derecho y el izquierdo, porque sólo uno le quedaba, de resultas de un accidente que tuvo cuando fue a espigar, que se le clavó una panícula en la niña del ojo, y que no era nada, que no era nada, que no era nada, y total que la raspa le quedó dentro de la córnea y se le enconó. Quedó tuerta de aquella aciaga fatalidad, ocurrida de recién casada, cuando estaba encinta de la Petra. Tres horas estuvo en el mesón de operaciones del Hospital de la Misericordia, Gorrilla Vidaechea, el oftalmólogo famoso, fue quien la vaciara.
Los Parra, oriundos de los vaqueiros de la Mesta, que bajaron no como pastores sino ganandose la vida de arrieros, que van de recua, parece que tenemos el polvo de todos los caminos pegados a las abarcas, polvo que se hace fiemo de dolor y barrizal. Buenas personas pero gente sin suerte, de andadura infeliz, por mucho que nos afanemos no saldremos de pobre, que parece que ha caído sobre nosotros un maleficio, pero la Virgen de la que hemos sido todos muy devotos y dábamos ya de antiguo para el capellán del Rehoyo tres heminas de trigo, dos costales de cebada y la décima parte de la matanza, nos debe de haber cubierto a los miembros de la familia bajo su manto, y ella nos guíe hasta la cabera morada.


Era muy enteriza y sufrida la abuela Paula, y finó sus días nonagenaria. Se decía que con el único ojo que le quedara veía más que mi padre, que siempre encogido y acoquinado y de cuentas y de como llevar una casa sabía, aunque no había ido nunca a la escuela, analfabeta pero más lista que el hambre, ninguno la engañaba. Aprendió el catecismo de Ripalda de oídas, con tan sólo escucharlo cantar y recitar cuando iba camino del ejido con las ovejas de pastorcilla.
Vida la suya sufrida y trabajada pues crió cinco y ama seca fue de otros cinco, siendo de constitución robusta, merced a ella salimos adelante que el pobre abuelo Severiano se ahogaba en un vaso de agua y luego tenía su genio y era un energúmeno cuando se liaba a pegar voces, el hombre no hacía ningún daño pero hasta el gato se asustaba, muy trabajador, aunque nunca le sirviera de nada y en Membibre se reían de él. Toda la vida con el azadón o la hoz en la mano, o detrás de las ovejas, y nunca pasamos de pobres.
Y hablando de las ovejas fue a Silvino, nuestro Silvinete, al que le tocó ir con el rebaño, que era poco gustoso de empuñar el cayado y la honda desde que lo amurcó uno de los moruecos madrigados que teníamos para padrear el hato, pues una vez las dejó ir a beber al río y se nos empapizaron que se murió más de la mitad y mi padre le pegó una tunda y estuvo casi una semana el mi hermano por ahí huido por los cerros y fue la abuela la que fue a buscarle y a llevarle de yantar, y Silvinete volvió, pero nunca se me olvida como traía la cara, de sucio y empozado, que parecía un marrano jaro.  Salió a padre en esto de lo pegar voces, aunque, luego no era nadie, mejor que el pan, pero muy mirado para algunas cosas y con cierto pundonor. Le quisieron casar con una moza que no era de su agrado, la hija del Tío Nicomedes, de pocas prendas naturales, creo que la más fea del pueblo, pero, como tenía tierras que lindaban con los de nuestra casería pues nuestro padre y el suyo concertaron un apaño y le tocó al Silvino bailar con la más fea, pues ahí te quedas:
-Que no me caso y no me caso, pongase usted como se ponga usted, señor padre.


-Pues tú harás lo que yo mando.
Pues sí, pues no. Conque Silvinete salió de naja y se alistó voluntario en Artillería en Medina del Campo y no le volvimos a ver el pelo hasta que al cabo de tres años regresó con los galones de cabo. El abuelo entonces lo perdonó. Y otra vez por Carnavales fue cosa muy comentada pues Ambrosio y otros de su cuadrilla se propusieron gastar una broma.
-Vamos a meterle el miedo en el cuerpo al zagalejo del Tío Severino.
-Vamos.
Disfrazaronse de momos y, cuando abrevaban en la Fuente Colorada, se le aparecieron y empezaron a danzar en torno a su persona mirandole con sus carátulas, pues decían que eran ánimas que iban a llevarsele. El Silvinete el hombre corrió cual alma en pena, ya se subía a un roble y desde lo alto de la copa gritaba:
-Ay, madre mía de mi vida que día más negro ha amanecido para mí.
Le dio un ataque de nervios, pero, bajo las máscaras los zangarrones  estaban que se desternillaban. Pues es verdad que te hemos dado un susto. Y debajo empezaron a danzar la danza de la muerte. Mi hermano estuvo subido a la copa del pino tres días y tres noche, todo el martes Lardero, el miércoles  Corvillo y el jueves  de Compadres también denominado jueves  Gordos en otras pares, fue un bonito modo  de empezar la cuaresma, setenta y dos horas sin beber ni beber, hasta que la pobre abuela, que hizo indagaciones sobre su paradero, fue a llevarle de almorzar en un capacho:
-Baja, hijo. No hagas caso de esos modorros.
-Mamaíta, que por poco me muero.
-Te han dado un buen susto. No les dará vergüenza a esos borrachos.
La burla sería muy comentada pero padre no llamó la atención al Ambrosio y a esos. Tuvo que ser madre la que se calzara las abarcas y a la salida de misa decirles cuatro cosas a aquellos desalmados:


-Por poco me matáis al niño de sobresalto. ¿No tendréis nada que hacer de más provecho que meteros con un agostero de ocho años?
-Era carnaval, señora Paula.
-Esa no es razón para meterse con el personal. Hay diversiones más sanas.
Desde aquel infausto atardecer de carnavales, el Silvino acopió otro apodo más, aparte del de Pintillo; le llamaron Sobresaltos y Ay madrecita mía que día ha amanecido para mí, pues, cuando los mozos de Membibre se ponían a hacer el burro por las fiestas no había quien les ganase la mano. Éstas, que antes eran diversiones sanas degeneraron.  Los años de la república habían creado muchas enemistades con lo de las elecciones y la lucha política y era el caso que durante los carnavales se disfrazaban algunos de máscaras para ajustar cuentas de forma que lo que no habían tenido agallas para decirselo a la cara del vecino que le importunaba o les caía mal, lo hacían detrás de una carátula que les volvía irreconocibles. Así se cometieron, pues se lo oí decir al abuelo Majuelo, que de esta forma le tildaban por gustarle lo que dan las cepas, y esa inclinación parece ser condición que los Parra llevamos, que una vez mataron a uno, camino de Vegafría y a otro lo lincharon porque decía que era de ideas.
 
Silvino no volvió a las ovejas:
-Ahí las tiene usted, padre. Le participo que yo no voy más con ellas.
El abuelo tuvo que aguantarse. Vendimos el rebaño y nos quedamos sin queso ni requesón. En la portada no olía a cuajo ni colgaban de la portada los avíos de las encellas de esparto. El Pintillo desde que le dieron el susto, como Amilcar a los romanos, juró odio eterno a las pantomimas y saraos de zangarrones, los bailes de candil y las novias por designio. Se casó luego con la Juanita, una chica de Fuentesoto. El Ambrosio, que tanto de rió de él, luego, cuando estaba en el regimiento de suboficial artificiero, vino a pedirle perdón, un perdón interesado, porque lo abonaba un ruego, pues le venía a pedir un favor.


 Que enchufase a su hijo que había entrado quinto en la misma batería que él llevaba. Mi hermano, como era de buen corazón, le perdonó aquella trastada olvidando lo que se había reído a costa de las máscaras, las almas en pena y los relámpagos, porque era un día que cayó tormenta. El chico pudo venir a casa con tres meses de licencia.
Arriba, en aquella montaña donde aprendí la instrucción rumiara yo mis recuerdos de la vida anterior y le pedía a la Virgen del Rehoyo, nuestra bendita madre del cielo, que me librase de las balas de los rojos y que se apiadara de España, que la cosa se arreglase, que no vivieran a cuerpo de rey sólo unos cuantos, que todos tuviésemos pan, paz, trabajo y buen pasar dentro de lo que cabe. Esa era precisamente la vida por la que luchamos y por la que no nos importaba verter nuestra sangre, si fuese del caso. La vida militar no me desagradaba a pesar de su incomodidad, las marchas, los aprendizajes de tiro y las guardias de tres horas. Aunque era agosto, las noches en aquella región traían relente y había ponerse el capote.  Me gustaba el compañerismo y la resignación ante la suerte incierta del soldado.
Noche y día no dejaban de pasar transportes y camiones camino del frente y columnas motorizadas.  Saludaban brazo en alto con esa inconsciencia indiferente con la que las juventudes de aquella leva fuimos a batirnos en aquella guerra. Para algunos sería el último viaje. Cantaban y soltaban inconveniencias o simples burradas a las mujeres de aquellos pueblos que acudían a ver la riada de gente que se dirigía al frente.  Para algunos será el último viaje, pensaba yo, asaltado por los pensamientos lúgubres que, al principio, no me dejaban en paz; después, ya no. Uno se acostumbra a la muerte de los propios compañeros que caen a tu lado; ese paco, el golpe seco, el hilillo de sangre orlando la comisura de los labios, los ojos que miran fijo y ese llegar al tuntún de las balas perdidas. El tiro que han dado a ese podría estar dirigido a mí.


Pero también las guerras van íntimamente asociadas con la idea del sexo furtivo. A muchos de mis camaradas se les hacía la boca agua cuando les dijeron que en el Alto del León combatían milicianas, algunas eran unas gachíes de las de fuera borda y, como no creían en el infierno, muy dispuestas a hacerte un favor, porque eran de ideas avanzadas, cosa que no pasaba por nuestro pueblo, donde los ratos de amor se pagaban con la vicaría. Algo de esto está pasando en este tiempo nuestro del destapa. La gente de ideas ha vuelto a dirigir el cotarro y, como las mujeres le han tomado el gusto a lo de quebrantar el sexto mandamiento, pues los hombres vamos a acabar subiendonos a los árboles, como le pasó al Pintillo cuando marras. Esto de los árboles no es más que un símil. Más bien acabaremos encaramados a las paredes.
Ahora que lo pienso yo me batía por el orden, por el respeto a la vida, por la tradición santa, por la justicia social, pero, visto el panorama de nada nos sirvió a mí y a otros cuantos como yo estar tres años pasandolas estrechas pegando tiros a campo abierto por todas las regiones de España. Los rojos habiendo perdido la guerra ahora resulta que la han ganado porque han vuelto en circulación las instituciones y pensamientos que nosotros propugnábamos: el federalismo o el troceo de España, la Constitución, el libertinaje sexual, el odio de clase.
Van al matadero y de nada servirá el sacrificio de estos, pensaba yo para mis amígdalas al ver enfilar las rampas increíbles del Cristo del Caloco con unos desniveles de hasta el diez por ciento. Algunos vehículos se quedaron sin frenos y cayeron al precipicio. Otras veces ardían los motores y los ocupantes y servidores de pieza - vimos pasar a la gran artillería- se achicharraban. Pese a todo, parece ser que los españoles le habíamos cogido el gusto a hacer turismo, aunque sólo fuera entonces turismo guerrero. Era para muchos de nosotros la primera vez que salíamos de los términos conocidos de nuestro terruño.
 
Idea del Cid.


Mientras hacíamos la instrucción bajo las banderas de la Quinta Centuria, creo que aprendí que en la vida hay algo más que vegetar, comer y dormir y trabajar. Es la idea la que manda, una noción de grandeza que nos levanta a ras de suelo y nos hace flotar por cima de las mezquindades. Se me venían a la mente los pensamientos de la España heroica, la del Cid, aquella que nos inculcó doña Escolástica en los bancos de la escuela situada en una casa paredaña con los muros de la ermita del Rehoyo.
Este personaje me pareció como el ejemplo a seguir por los caminos de la abnegación y del honor. En su yelmo de yerro estaban escritas las leyendas matrices que inspiraron durante bastantes siglos a los españoles una fórmula de vida caballeresca. Era tierno y pugnaz aquel hombre el de la barba vellida. “Vivádes, Rodrigo, mucho más que nos” y se puso sobre los hombros la gonela de lino y se fue camino de Valencia, a combatir moros, a ganar su pan. Nosotros estábamos allí peleando por el Pan, la Patria y la Justicia. El enemigo había desembarcado en nuestras costas. Esta vez el follón y embustero salaz no era el turbio almohade  sino un contubernio internacional de mercenarios forasteros que venían a por nosotros. Estaba la patria en peligro.
 Los vascos de Aguirre y los catalanes de Companys en comandita con las hordas rojas del comunismo internacional que sufragaban ocultos grupos judíos querían desmembrarla. Y la patria es el espíritu común de un pueblo y nos la arrebataban quemando iglesias, fusilando a curas y dando el paseo a todo quídam, por el simple hecho de ir de traje y corbata.
La chispa de un odio secular había prendido la paja de todo el almiar. Se preparaba una gran almenara. Pero allí estábamos nosotros dispuestos a lo que hiciese falta, habíamos salido en defensa del ideal, tercos y acérrimos en la arbolada  de nuestra libertad, como buenos españoles. Considero que todos los hermanos míos, tanto Felipe como Manahén, Silvino y yo mismo, honramos el uniforme. Dejamos el surco y las hoces para venir a combatir bajo las filas de Franco y de Mola.


 El sargento que nos adiestraba en los rudimentos del manejo de las armas nos hablaba de gestas gloriosas como la batalla de Simancas, donde cayó el primer califa, y Arapiles en que sucumbió el gabacho. El Ejército Español ha sido siempre paladín del honor y la libertad. Se llamaba Morodo y era un aragonés de Caballería, perteneciente a lo que quedaba de un Regimiento de Jaca que, después de muchas vicisitudes se había pasado al bando nuestro desde el de los rojos.
 El arma principal, aprendimos de boca de Morodo es la prudencia y la discreción en un militar. Nos propuso como lema de vida, algo que difícilmente se cumple, ser leales en el pensar, veraces al hablar y expeditivos en la obra, investidos de una de las grandes virtudes castrenses, esto es, la fortaleza que nos hace querer el bien para evitar el mal. Los rojos estaban despilfarrando medios. No se puede ganar una guerra quemando templos y marchar al frente con la mentalidad del que va a correrse una zambra. En nuestras filas había una mayor disciplina. Contábamos con unos mandos que sabían lo que se hacían.  Por eso, no por otra cosa, ganamos, pues estábamos en inferioridad numérica, la munición escaseaba y a veces tuvimos que disparar con tercerolas de la Guerra de la Independencia. Luego estaba el saber por qué luchábamos. Por un proyecto de vida en común, por un orden, por la devolución de una grandeza a la patria que le había sido arrebatada por los políticos de turno, incapaces, venales, corruptos.
 Desde el noventa y ocho para atrás sólo habíamos tenido que desgracias y descalabros. Sólo quedaba en medio de aquel mar de naufragios un ejército mal pagado, despreciado y humillado y al que se mandó a la guerra de Melilla por los mandatarios de la carrera de San Jerónimo que podrían hablar muy bien y ser picos de oro pero que en punto a la cosa pública y a la sabiduría de los intereses de la tierra a la que gobernaban daban nulo. Podréis abandonar vuestras mochilas y dejar tirados vuestros capotes en la arena porque son prendas vuestras, pero nunca habréis de dejar tirada la bandera que es símbolo de la patria invencible, lema de amor que nos interconecta a todos los hombres que formamos España. Esta frase que pronunció el general Prim en los Castillejos gustaba de ser repetida por el sargento Maroto, nuestro camarada.


Sed precavidos ante los vicios que amarran la voluntad y turban el entendimiento. Bebed con moderación porque el vino a veces os puede conducir a la ruina. El honor es una fuerza que nos lleva al cumplimiento de nuestro deber. Si se pierde jamás se recupera. Hombres de honor queríamos ser. La mili fragua a los hombres y ahora pienso, cuando recuerdo aquellas jornadas, que guardaron para siempre ese sentido de iniciación sacramental que imprime carácter por los siglos de los siglos. La privilegiada situación geográfica de España había suscitado siempre las apetencias del enemigo. Estaba yo de acuerdo con el sargento Maroto en esta su disertación sobre las causas del estallido de aquella conflagración, que fue la primera guerra de la bestia en los lares europeos, poniendo cristianos frente a frente, para sacar ventaja de la situación.
 No eran los rusos sino ese gigante sin Dios, patria de todos los furores, que se acercaron a la sazón, diseminando pássim cuajarones de sangre, a nuestros tesos, el gran agente del animal apocalíptico. Había que darles malón, teníamos que parar de nuevo a los gabachos, diferir la hora del té de las cinco a los británicos, así se les atragante, y toda esa gentuza que había asomado su sucia cara por entre las bardas del Pirineo con ánimo devastador, y los ojos verdes de envidia, porque nunca pudieron perdonar a los españoles que tuviésemos ese espíritu de independencia y de libertad que nos condujo a dominar un continente.  Me cagüensu. Siempre se dieron maña, puesto que son listos, para urdir sus tejemanejes. No les gusta por los visto que hayamos sido los adelantados de América.


 Ahí quedaron empachados de derechos humanos, campeones de un mundo unipolar. Mirad en qué hemos acabado, y, lo peor, la suerte que aguarda. El que venga atrás que arree. Pero a nosotros nos cupo el orgullo, soldaditos de España, de haber derrotado al universalismo de los sin Dios, a los fanáticos del fundamentalismo yanqui, nuestro enemigo que siempre se presenta disfrazado; en una mano, una tea, y en la otra una montera. Si hacéis lo que yo mande, seréis felices, pues nuestra constitución garantiza alcanzar la felicidad, “pursuit of happiness”, pero, qué va, eso también lo prometió Fernando VII y luego nos dejó en la estacada, vayamos todos y yo el primero por la senda de la democracia, camino de cabras que atraviesa no pocos vericuetos.
 Dinastía amordazada y gafe para el país, en poco más de un siglo, más de cien gobiernos, cinco cambios de régimen, tres guerras civiles, con otros tantos derrocamientos, destierros, la desmembración del ejército, la última la de Azaña que suprimió los mandos después de la sanjurjada. Eran sus pretensiones acabar con la sagrada institución, columna vertebral de la patria, disolver la familia, venga amor libre, duro con ella, viva la virgen de la democracia. Las vestales se quedaron solas. Pero Silvino, hermano, tú y yo dimos el paso al frente.  Con dos cojones.
 A ti te llamaban el Pintillo, decían que no llegarías a nada, pero, Jodó, cuando apareciste por el camino de Fuentesaúco con tus galones y la laureada. Eras una personalidad. Algunos se posaron de rodillas a tus plantas y te trataban de vuecencia, que es el tratamiento que hay que dar, cuando se está bajo las armas, a los diplomadas con la medalla laureada, y a todo aquel que luzca estrellas, de general para arriba, esto es general de brigada, de división, capitán general y generalísimo. Ahí es nada. Fuiste su paño de lágrimas. No dejaron de darte la tabarra con el tema de las recomendaciones para que enchufaras a sus chicos llamados a filas. ¿No se acordaban de cuando te metieron miedo el martes Lardero que ibas con las ovejas y a ti te asustaba la soledad de nuestros parajes, los tesos de Membibre de la Hoz eran secos y como desamparados y qué hace un niño de ocho años detrás de las ovejas? Vamos a ver.
Tú te enseñaste a leer y a escribir tu mismo y hacías muescas en el cayado donde con la navajilla de cortar el pan también pintabas vírgenes. Te enrolaste en el ejercito voluntario como quien se escapa de casa, ya no podías más. Que se dieran con un canto en los dientes los que te llamaban motes y habían hecho de tu persona chivo expiatorio de todas las tomaduras de pelo en el pueblo.


 Al carajo tus detractores. La vida militar es estamental y disciplinada, se gobierna por los sones de las distintas llamadas de la corneta que suena a diana en la madrugada, luego toca escuadra, y después asamblea, fajina a la hora de comer, y por fin oración, retreta y silencio. El 16 de julio del 36 tocaron a generala, o alarma, que es la gorda, o el golpe de llamada que apresta a defender a la patria y empuñar el mosquetón, en todos los cuarteles de España, y allí estábamos tú y yo, Silvinete, con el petate al hombro y el macuto al costado, la cantimplora al cinto y las armas reglamentarias, detrás del abanderado que llevaba el emblema de la cruz de Santiago y el Aguila de Patmos. En unos días se produjo una transición vertiginosa en la cual cabalgamos del “no pasa nada” al “a ver qué va a pasar aquí”y nos alzamos en disidencia abierta con el gobierno. Se había ido el rey y en buena hora marchara.
Quien mejor supo definir a la monarquía española fue Velázquez el cual pintó a esa figura patética de personaje borroso que se pierde en la profundidad de campo de ese poema de primores pictóricos que forma el cuadro de Las Meninas. Un rey entrevisto y borroso como fuera de contexto, sombra imperceptible. Con fuero para sofaldar mozas, ir de cacerías y hacer lo que le diese la gana. Allí venían estudiantes universitarios falangistas que por lo que contaron en las trincheras y en los blocaos habían hecho promesa de odio eterno a los Borbones, culpables de todas las desgracias patrias al ser gafes. Gente entrevista y hemofílica. Había un veterinario con perfil de tapir.


 Era el encargado de cuidar de los mulos de guía del Regimiento de Montaña. La hidra se devoraba a sí misma pero tenía que ser así. Habíamos desechado las concepciones totémicas pero un mundo cruel y sanguinario, imperio de la apostasía, se venía hacia nosotros. ¿Qué quieres, monstruo devorador de ánimas? Yo sólo reclamo carne fresca. El sufrimiento todo lo purifica y nosotros habíamos marchado al frente no precisamente a escribir novelas. No acudía la inspiración, pero veíamos las circunvalaciones de la rueda voltaria. En lo alto de los montes habían instalado un reloj que sería desde entonces el centinela de la historia. Un azor bajaba del cielo y en son de amenaza abría su enorme pico, una garganta profunda y nos mostraba su imponente gazmol donde ocultaba la munición sagrada, úvula infernal. No hizo en todo el tiempo otra cosa que mostrarnos el galillo sanguinario en cuya acción tantos sucumbieron. La función crea el órgano. Y nosotros descubrimos cuando vimos circunvolar a aquel azor asesino por las crestas del altiplano del Caloco, que el humano linaje sólo conserva el instinto cinegético cuando se lo inocula un ave rapaz, cuando se queda ojeando fijamente al contumaz basilisco, para su perdición.
 Aquella pájaro había sido enviada por Moloch. Nos miramos entonces unos a otros alarmados. En el sargento Maroto apreciamos al ver planear a aquel volátil la ingenuidad y la gravedad que están inscritos en el semblante de España. Todos nos lo creemos. Nuestra paciencia es tarda, pero, cuando las cosas llegan a un límite, todo parece  estallar. Es la escolopendra que se enrosca a nuestros tobillos.
 Nos encontrábamos solos batallando en medio de una ingente selva heroica. De improviso, in ictu oculi, para pasmo de los arúspices y agoreros desapareció el ave de presa que planeaba por los cerros del Alto del Cristo del Caloco. Mientras tanto, seguíamos contemplando por el camino el ir venir de ataúdes forrados de brocatel, los primeros despojos de aquel enfrentamiento de muerte con la bestia.  
 
Entre la Mocha Grande y la Mocha Chica.


Desde el Caloco, hacia mediados de diciembre, no se me olvida, mi columna recibió órdenes de avanzar hacia Madrid. Nos acantonamos en Villanueva del Pardillo. Allí transcurrió mi primera Nochebuena en combate, nunca pasé tanto frío en mi vida, el capote de campaña y dos pasamontañas no fueron bastante para disminuir el hervor de la helada. Pero no faltó turrón y cante ni tampoco Misa del Gallo, celebrada por el páter del Regimiento de San Quintín, un monje de Silos, dom Evaristo Quintañón, que el pobre encontraría meses adelante la muerte indecorosa que le dieron los marxistas.
Habiendo caído prisionero y contraviniendo las normas le torturaron e hicieron toda clase de salvajadas, le condujeron a una casa de tolerancia y un comisario le amenazó con una pistola, que si no jodía con una flamenca que era hombre muerto. Si no te cepillas a esa furcia, te cepillo yo a ti. En honor de sus votos, al apresuramiento y zozobra de escena tan macabra, o a su impotencia sexual, no pudo consumar la coyunda y fue disparado, un tiro en la nuca. Una centuria de las falanges sevillanas vinieron a hacernos amena la velada y se arrancaron por seguidillas. De aquellos pobres no quedó ni uno, porque su posición fue la primera en padecer el impacto de la primera embestida roja desde Brunete sobre Villanueva de la Cañada. Por falta de personal, las cuatro vigilias en que se divide la noche militar, como la romana, tuvo que ser cubierta por dos turnos en lugar de cuatro. El termómetro descendió a los trece bajo cero y de las riberas congeladas venía un biruji que no podía ser combatido ni con la mejor coñá que aquella noche, por ser Navidad, nos dieron en ración doblada, dos copas. Nuestra posición estaba enclavada en el Vértice de las dos Mochas, la chica y la grande. En una de ellas resulta que ahora vive mi sobrino, el periodista que se ha ido a vivir, no sé si por designio específico del destino o una de las casualidades misteriosas.
Lo que es ahora un barrio relativamente elegante y apartado de los grandes lóbulos de la autopista fue nuestro hábitat durante casi medio año. También los lugares destilan como una energía invisible que atrae o rechaza, como si se tratase de una química de la piel de las almas. Yo creo en eso.


Me parece que debe de haber algo. ¿No os ha ocurrido que cuando llegáis por vez primera a un sitio os cunde la sensación de haber ocupado en alguna vida pasada aquel espacio? He ahí un determinante que demuestra la veracidad de la tesis de la transmigración de los espíritu y la reencarnación demostrable. De cada piedra del camino emana una energía genetliaca, algo solemne en la cadena de la transmisión de la vida; eslabón que engarza el paleolítico con las postrimerías.
Sea como fuere, el caso es que este sobrino que digo fue devorado por esa fuerza de gravitación que une a los que sueñan en una misma idea y los convoca a un ámbito determinado, por dictámenes de los poderes cósmicos.
Estas consideraciones las llevo dichas en un tono desordenado, como soy yo. Son ideas que dejo caer a troche y moche, no obstante, me parece que conservan dentro de su descabalamiento un tono unitario, es la sinfonía de los que cantan en un coro a múltiples voces enarbolando la bandera de las causas perdidas.
Así salen de mi corazón. Son como cartuchos de máuser que saltan en el retroceso, cuando empuño el arma por el guardamonte y tiro del gatillo. Cinco disparos, cinco. De repetición, de trayectoria tensa, no curva. Hice fuego la mayor parte del tiempo que ocupamos el Vértice Mocha que fueron varios meses, desde enero hasta los primeros compases de la gran batalla de Brunete.
Pido perdón a Dios de algo que estoy segurísimo: la muerte de pelotones de internacionalistas que caían sobre nosotros como si fuesen fieras, pero no soy un asesino, en la guerra no es pecado el homicidio porque se actúa en legítima defensa; en cualquier caso, he de apuntar que nunca clavé mi ojo en el alza de mi arma semiautomática con enojo. La ira nunca me dominó. Creo que es lo que me diferencia de mi sobrino. Él no estuvo en esta guerra, la vivió por los libros. Ha matado a bastantes rojos con la imaginación.
A mí, por el contrario, cuando escuchaba el sonido del casillo de la recámara y notaba accionarse el percutor y los tetones, se me venía el alma a los pies, hubiera pedido a mis funestos hados que me hubiesen alejado de aquel mogote que pronto empezaron a llamar los caballeros legionarios, los tiradores del Sidi Ifni, y los Regulares de Melilla La Torre de la Muerte.


Los Internacionales ensayaban su puntería contra la atalaya del destacamento desde la cual se dominaba el cerro. Delante quedaba el valle poco pronunciado del Río Guadarrama. En margen izquierda aparecían torrentes calizos de tierra muy inhóspita y descarnada sirviendo de soporte a la meseta de las majadas. Por la izquierda estaba un caserío que desapareció cuando hicieron acto de presencia los fogonazos de las preparaciones artilleras de los ejércitos. El puente que unía por carretera a las localidades del Pardillo y Majadahonda corrió la misma suerte que el caserío que vivió a la sombra del bastión medieval de Villafranca. Los muros de este edificio de planta cuadrangular que datan del siglo XIII resistieron mejor los embates aun habiendo sido uno de los más trágicos escenarios del contencioso brutal.
 
Trillar y beldar.
No me llegué a hacer nunca a la idea del peligro que corría, porque uno termina también por acostumbrarse a la brutalidad y a la sordidez, pero nunca a la abulia de las trincheras. Es lo que más desgasta el sistema nervioso y lo que desde cualquier punto de vista encarna mayores peligros. Me estaba volviendo un animal. Se opta por no pensar, siguiendo los impulsos del instinto.
Casualmente pensaba, con todo, que allí en la vaguada podía haber alguno de mi pueblo, el Chafa seguro que estaría porque había contemplado ideas revolucionarias que, dada la solidez espiritual de Membibre de la Hoz tan de parte de las derechas no llegaron a cuajar, pero en más de una ocasión había dicho que había que acabar con los caciques y le colocó un gato muerto a la puerta del cura, amenazas que nunca llegó a cumplir, porque le faltaban redaños y sólo se iba la fuerza por la boca.
El hecho de que estuviésemos diferenciados de bando no debería significar que nos matásemos, pero en el treinta y seis había comenzado la caza del hombre.
También me costaba trabajo pensar que una de las balas mías fuera a romper un pecho conocido. Debido al horror que he tenido a la sangre o por un error fatídico podría terminar siendo un asesino.


En ese supuesto, la actitud hacia el enemigo no podía ser otra que la compasión. Ellos habían sido víctimas del fraude engañoso de los manipuladores de opinión, de los que llevan en sus manos las riendas del poder y programan los golpes entre bastidores; esos se mantienen contumazmente a distancia.
En el parapeto empecé a destacar por mi puntería. Me llamaban Ursino El Fijo. Los peladillas que yo enviaba a los rojos eran certeras y debió de correr la voz en sus posiciones de que había un falangista segoviano que hacía siempre fuego a blanco fijo. Cuando yo estaba de guardia todos los enlaces debían de andar precavidos, porque con las balas no se juega y con las de El Fijo todavía menos.
Lo de la puntería se lo debo a mi padre que fue de mozo un extraordinario casador, aunque algo de mi cosecha también saldría, porque siempre fui tenaz y laborioso en todo aquello que me proponía amen de haber criado fama de habilidades en cuestiones de la labranza. Rectos salían los surcos de la besana de mi arado. Carro que yo ataba no se volcaba. Cuando daba haces ni una espiga se perdía en las fajinas. Y es que Dios me había hecho curioso y elegante.
En el escuadrón cuando había que hacer una labor mecánica o de policía que en la vida militar vienen a ser las tareas administrativas de lo civil siempre me llamaban a mí.


-El de los ojos de perdiz no puede ser más listo - decía el sargento Maroto - aunque, como yo tampoco tuve tiempo de ir a la escuela y antecedía al Pintillo en las tareas de borreguero, apenas haya aprendido a leer y escribir, malamente.  Eso lo dejo en las barbas a mi sobrino Antoñito, el primogénito de mi hermano Silvino. Como es periodista y ha escrito mucho, y tanto que su padre decía de él, hay que ver cuanto libro, hijo, esparcete un poco, deja ya de leer, chaval, que los sesos si no se volverán agua, quizás sea capaz de poner en solfa estas consideraciones sobre mi experiencia como soldado de infantería en aquel llano infinito de las dos Mochas.  Aficionado a clavar los ojos en cualquier papel, descolló en las tareas de reportero y corresponsal, escaló las cumbres del quehacer periodístico, pues llegó a ostentar el cargo de enviado especial a muchos países, pero, cuando vino la debacle borbónica, fue objeto de sañosa persecución.
Llegaron los Relindos, los Cuajaleche y los Trociscos con sus espicha las chicas del destape(spice girls, in other words), sus alabarderos de maricón el último, y sus programas de propaganda torticera y mendaz que parece que todo lo aniquilaron; pasaron la apisonadora, no volvió a crecer la yerba, a Camuesa no la conoce la madre que la parió; las purgas que llevaron a efecto fueron terribles, muchos más terribles que las realizaban con bozal y entre bastidores, para que nadie se enterara de que allí había campos de forzados y que se practicaba en sus calabozos de horrores democráticos el tercer grado en comandita. Se sirvieron en este menester de esbirros especiales importados de allende el charco; eran de los que no mostraban la patita, ni hacían alarde de sus enjuagues, se trataba de gente sibilina, avezada a la clase rifirrafes que traen consigo todos los cambios de tortilla. Siempre se destacaron en el negocio de la conspiración, urdir infamias.
El Relindo y su cómitre, ya digo, el tonsurado con sus adláteres entre los que figuraban una fulana experta en transiciones democráticas, que se llamaba Pobieda, y era caldo de todas las salsas, aparecía por la pequeña pantalla el rostro pálido de las sombras, podía ser la bestia, ahora que lo pienso, con aquella catadura de monigote estatutario de la Isla de Pascua. Pobieda era mañosa en las artes de saltarse el escalafón. Habían insultado a la bandera, habían cometido delitos de lesa patria, y toda suerte de infamias, ay dolor.


Pero, como pretextan ser el mascarón de proa de este pabellón de desastres por el cual derrota todos los días la que otrora fuese la excelsa nave española, donde hay rebelión a bordo, con los de Huneinlaufen- un huno en toda la regla, invocador de la pureza racial de su estirpe-, Rasgabor El Rascador y su cuadrilla, que la obsesión vasca es lastre que colea desde el noventa y ocho, pero aquí los que mandan son los judíos. El barco se irá a pique pronto. Ellos tienen bulas para hacer y deshacer, maltratan el país, maltratan el derecho, maltratan la lengua, porque los vejadores aquí no son únicamente los maridos engañados que llegando una noche a casa borrachos encuentran a la mujer con otros, y se arma la de dios, que el alcacer no está para zampoñas ni el verde para pitos, pero se obsesionan con lo mismo, son como porteras sicalípticas, oye, celestinas redomadas de furor asesino. No sé si me entendéis, ni si cumples o no cumples, que aquí la gente se ha vuelto de muy baja estofa de últimas y para eso estuvimos tirando tiros aquí en Mocha Grande para que todo cambiase pero las cosas fueron a peor, malhadados que fuimos del destino.
Ellos tienen bula, siempre vara alta para hacer y deshacer, gozan de todos los privilegios de la inmunidad parlamentaria, aquí los más tontos se comen la mejor tostada, no dejáis de hacer el burro, joder, pero mira que es os lo tengo dicho, no hacéis caso y luego pasa lo que pasa; han llegado a ser nombrados incluso presidentes de la cosa y a decir que todos los males de Europa se encierran en la persona de un tal Milosevic, al cual hasta que no se lo carguen no paran.
-Samaritana, dame de beber.
-Aguanta, reportate, que aquí el que aguanta gana, hijo.
-Esta guerra la volveremos a ganar también.
-Uf, no sé, no sé.
-¿No te parece que ya está bien?


 Como somos masoquistas y obsesos mentales, no paramos de trillar siempre la misma parva, de dar vueltas y más vueltas. La noria de la actualidad gira sobre los mismos ejes. Mandan en el país las tarascas cibernéticas. Cito nombres: María la burda cuyo nombre está de plantón en la primera cadena, y en la otra, como un vulgar cabo cuartel de imaginaria, teresa la basta cuévanos de odio feminista, malos rollos y zozobras, empingorotada de joyas, vestidas por sastres de talla colocando a las hijas de las amigas y que todas vengan al “po grama”(un verdadero pogrom de la inteligencia y del decoro). Así pasamos nuestra pobre y aporreada vida de televidentes del coro al caño todas las mañanas, entre María la Burda y las terneronas de la Telebastaya, imbornal de los infaustos correveidiles del fomes del fumazo, celestinescas fámulas del cotilleo innoble y salaz. No las hagáis caso, dejadlas, hijas, que ellas solas se irán, pero a tan infames hordas del libertinaje en el escaparate del hogar y pornografía servida a domicilio las trajo el caudillaje del gran Filipo, al que ya tenemos que condenar de por vida a ser escrito en minúsculas, porque hizo trampa el muy ladino, que llegó escondido dentro del matute ideológico y la laticlavia de un profesor de Oxford al que llamaron Cazcarrias Cascarrabias del que nunca más se supo, el gran mago de la masonería en grado treinta y tres, un tonto de treinta y tres idiomas, que hablaba y escribía, todos mal pongamos por caso; fue el que trajo la plaga, blandió el filo de las venganzas, esgrimió el dalle de las cuentas pendientes, fuimos muchos los tallos segados por su guadaña. El amo de arriba dio el visto bueno, me las pagarás todas en un carrillo y a la vez, plata juntas. Te aviso perro cristiano, campanas de Compostela a lomos de gallegos y castellanos, los judíos de Londres se frotaban las manos, sonrisas de oreja a oreja, un carnicero al que nombraron ministro hablando por los micrófonos de la bibisi en tono amenazante y al final, lo mismo de siempre, el himno de dios salve a la reina.


La intervención del canciller Culin que por cierto no estaba borracho aquella noche fue nominativo de todo lo demás, pero en sus ojos se columpiaba la chispa exhibicionista de la petulancia. Manda cojones y vengan tarascas. Las palabras de aquel superministro con las crines rojizas como los de un marrano jaro fueron la infame siembra de cruces profanadas por estos pagos. No entraron, arrasaron y sin tener que hacer uso de las armas, la gran Camuesa en peso se rindió a sus plantas, había triunfado su plan de balcanizar la Europa con tejes manejes de muchos puntos sobre las íes y mucho ir y venir haciendo flamear al viento los manteos de la laticlavia, se hincharon de fiemo las charcas y ellos se forraron económicamente volviendo de nuevo por treinta sículos los modernos campos de Haceldama. Pero lo hicieron todo con buenos modos, aprendieron su lección sobre la palestra trágica de Brunete, y comprobaron que aquellas no eran formas, no.  Estaba un corro de chabacanas agoreras haciendo el espejo plaza y un hurí dijo a la concurrencia, jodete:
-El que manda manda y no sólo ordena sino que manda. Firmes. ¡A sus órdenes!
 Degradaron a ni sobrino, quisieron evacuarlo del mundo de los vivos, pero su sombra se adhiere a estos peñascos donde rebotaban aquellas balas rusas de ancho calibre y esta tierra regada con tanta sangre de los nuestros. No consiguieron desvanecer su memoria, pues mi sobrino es listo, se dio al vino, se hizo pasar por loco, además, era gran devoto de la virgen de Rehoyo, como va dicho, y la señora desde el principio le otorgó su valimiento; no lo tuvieron, pues, tan fácil para trincarlo. Si te escondes en la bodega, a lo mejor ahí no pueden ir a por ti, cuando se producen la tormentas históricas, en los tiempos de catarsis, las cubas brindan un buen refugio, estás allí hecho un ovillo en el tibio rebajo maternal del mosto, que la borrachera nos hizo supervivientes a muchos. Para eso está ahí Baco enarbolando el laurel de la parénesis y paralogismos de tacto dulce que lleva a los mortales a los brazos de Morfeo algunas veces, otras, al caos. Así fueron las cosas en la penisla de Camuesa antes con todos los honores llamada La España, si así os parecen.
Habrá matarlo al puñetero si quieren que se desdiga, porque es hombre de principios, algo chapado a la antigua, terne en sus convicciones y antes deslomado que renunciar a ellas; si lo sacan a la pizarra a mi sobrino, más de uno y más de dos se va a llevar un buen susto, pues es capaz de cantarle las verdades al lucero del alba, y lo más seguro es que confunda a los doctores del templo que hablan en las mil lenguas de la torre de babel y si se produce otro guirigay, seguro que volveremos a ganarlo, porque carta en la mesa presa, y los que murieron de aquella endecha no lo harían en balde, dieron su vida para que otros vivieran a su vez.


Otros han recogido la antorcha y continuarán la obra iniciada por nosotros. Desde una tronera, ad te de luce vigilo, de los muros  de su chabola, un polvorín de libros, situado, qué casualidad en el mismo sitio donde estuve destacado durante la batalla de Brunete.  Luego que no me vengan diciendo que no hay designios divinos sobre la vida del hombre, pero la Providencia debe de hacer estas cosas. Yo tengo un catalejo habilitado en lo alto de los cielos y con el permiso de san Pedro observo las cosas que hace mi sobrino predilecto, habitante del alfoz de Living Stones, casas que crecieron sobre el campo sagrado, sembrado de cruces del os trigales de la Despernada, lo que se le pasa por la imaginación, sus múltiples lecturas, los descorazonamientos, sus borracheras intelectuales y las de las otras. Le veo pasar muchas tardes delante de mis narices. Como soy un ánima y no precisamente de las del cañón de mi ametralladora MacIntosh y del rifle Hotchkiss  que llegué a saber manejar divinamente, no se da cuenta de mi presencia, pero me quedo con ganas de traspasar la barrera del sonido y de la eternidad y preguntarle:
-¿Dónde vas, hijo?
Y de buena gana me hubiera respondido que rezase por él, porque en estas circunstancias y habida cuenta de como está el patio lo único que necesitan hombres arruinados como él son plegarias y una intercesión carismática del poder de los ángeles para sacarles del atolladero, para que no le den a la frasca, no la emprendan con la mujer a navajazos y acaben en la carta. Este género de vida que yo llevo no es vida ni es nada, es una mierda. Ya lo sé, muchacho, pero paciencia y barajar. Yo suspiro por el día y la hora en que vengan los nuestros, que flameen banderas misteriosas en lo alto del cielo.


Remonta la loma donde estaba la posición en la que estuvimos atrincherados casi medio año y atraviesa el llano con paso lento, cruza la carretera donde se encuentra la estación de servicio y que nosotros denominábamos enclave Mosquito y anda lo menos tres kilómetros por la linde del aeródromo y sube por las barrancas de Colmenarejo, dejando el valle del Aulencia a mano izquierda, allí donde la artillería roja nos hizo tantas bajas y tuvimos que evacuar tantos moros, los pobrecitos que murieron dando vivas al Profeta.
Parece un alma en pena huyendo de la mujer y de los hijos que no le comprenden, que le chillan y le maltratan.
-No tuve mucha suerte en esta vida, tío Ursino.
-¿Y qué le vas a hacer?
-No sé si lo podré aguantar. Cualquier día cometo una torpeza.
-Qué cosas dices. Hablar así por que estás deprimido. Mañana cambia el viento y a se mudan tus pesares.
-Dios le oiga y que la Virgen del Rehoyo interceda por mí, pero le participo que soy muy desgraciado.
Lleva en su mano una garrota y casi le conozco al verlo venir de lejos por sus andares cansinos, que me recuerdan la manera de moverse del abuelo Parra. Y va escuchando la radio siempre con los cascos puestos, como si le aburriera lo que escucha en su alrededor, la prosaica realidad. Va huyendo el pobre hijo.
-Qué es esa radio que llevas en las orejas.
-Una gramola y estoy escuchando la misa de los popes.
-Eso no es católico.
-Pero es cristiano.
-¿Has cambiado de religión? A estas alturas de tu vida no creo que sea muy aconsejable.
-En este aparato triunfan los coros angélicos.
-Nadie lo diría. Es un grabador muy pequeño.
-Pero lleva un micro- brizna. Han adelanto mucho los tiempos, tío Ursino.
-Y ahora que caigo en los andares me recuerdas a tu abuelo que paz descanse y que está conmigo, pero en la manera de hablar que parece que cantas y sueltas una retahíla pues eres mismito que tu padre cuando estaba con las ovejas.
-Estoy oyendo un responso. De esta forma quiero honrar la memoria de los que murieron por Dios y por España en estos contornos.


-Qué cosas dices, sobrino. Eso ya no se lleva, no hay que morir por nada.  Hay que vivir por todo.
Desde mi tronera de los muros celestes, con el debido respeto de san Pedro, siempre en el cuerpo de guardia, el que da los pases y hace los registros, le veo pasar a mi sobrino Pélope el periodista sin periódicos, el comunicador con el que nadie se comunica, puesto que lleva vida de incógnito. Lo han hundido, parece que dijeron morderás el polvo y él pronto comerá yerba. Parece un hijo de Tántalo, no el primogénito de mi hermano Silvino.
-Pesa la vida, ¡eh!
-Un poquito, mi querido tío- me dice-, aunque de remate yo siempre me las apaño. Pero ya lo creo que pesa y pasa.




Remonta la loma por el lugar justo donde estaba ahincada nuestra posición y sigue la senda polvorienta el andar cansino como de hombre que ha perdido la brújula y enfila la llanada, llegando en sus paseos hasta las estribaciones de los montes. Allí en una barrancas sobre el arroyo Perales habré visto yo ya unos cuantos moros muertos. Con su cachava en ristre y unos auriculares de radio de bolsillo en el que resuenan grabaciones de programas radiofónicos captadas al desgaire en esa década de expectaciones que fueron los años ochenta, en eslavónico. Se trataba de capturas de la belleza que circula por los aires y que luego retuvo prisioneras en esas prodigiosas bandas sonoras. Milagros del plástico que celaba prodigiosos himnos polifónicos, salmodias entusiastas, peanes incombustibles que brotaban de la garganta de arcángeles escondidos en el envés de las auras. Quería honrar la memoria de los caídos. Loor a Camuesa. Pélope era contumaz en aquello que pensaba. Su alma la tenía colgada de estos retamares heroicos. Al menos, no había puesto su conciencia en venta. El horror a la sinagoga le había conducido al redil de la ortodoxia, no quería tener nada en común con las zalagardas del razón de Estado de la pestilente Cátedra de Quínolas, donde reina el gran chamán de ojos hundidos y misteriosos y manos temblonas de las que se cruza algún sopapo, y pega duro, cuando te clava en las narices mismas su sortija de ónice ves las estrellas, pero, como todos dicen que es un santo, que acaba de canonizar el juego del julepe, todos a callar, ruede la bola. El chamán de aspecto melifluo y abacial con su albogalero y un escarabajo de oro, viejo y cansado pero con muchas ganas de mando, le saca a mi sobrino de sus casillas. No aguanto a los impostores. Es más fuerte que yo. Apacienta mis corderos... sí, sí, mis intereses. ¿y de la oveja artuña, qué? Eres un rebelde... no se puede ir por la vida pensando en alto... te matarán... te has puesto en medio del camino de gente muy fuerte... que no se hagan pasar por príncipes, tío Ursino... ya, ya, pero ellos tienen la sartén por el mango... defienden sólo sus preeminencias, quieren seguir mandando, ser es prevalecer, seguir ganando sus buenas perras... vives encastillado... las Living Stones cambiaron del todo tu vida, debe de ser por el flujo del fuego fatuo, hijo mío... a ver que hagan y deshagan, que me manden a la cárcel, que me pongan los muebles en la calle, me echen de un hogar que no tengo, lejos de un tálamo que ya no me pertenece... de una mujer que no es mía, que me grita como una Euménide... de los hijos que me salieron canallas... de los vecinos que me difaman... yo estoy en mi casamata, estoy y no estoy, aguardando al que venga a darme la patada a la puerta... rondas del sanedrín... pero yo no me rendiré, ah, no me rendiré... no claudica esta plaza, tendrán que sacarme con los pies para adelante.  Mientras tanto, me hartaré a ver telediarios con las mentiras programadas y más de lo mismo. Los pensamientos con que hendía el aire la mente calenturienta de mi sobrino llegaban hasta esta posada de bienaventurados o limbo excelso. Hay que reconocer que no es de los que se ahogan en un vaso de agua, pero justo será decir que su mala cabeza le ha llevado a la situación en la cual se encuentra. Lo sumió en un letargo que desembocó en la desesperación, después vendría la pesadilla. El abandono le hace sentirse solo e incomprendido. Venía en busca de refugio a la posición, pues aquello para él era como una querencia. Los espíritus de cuantos cayeron le infundían ánimos para seguir resistiendo agazapado en el alguarín atestado de libros, toda una casamata intelectual desde la que aguardaba mi sobrino el día de la liberación. Se acabarían los días de la ira, precedentes al tiempo de la rosa. Hablaba solo consigo mismo en la garita, y preguntaba a las estrellas que relampagueaban lejanas y como perdidas en el espacio y en el tiempo si había llegado la fuerza. Esta era la razón por la cual le gustaba el barrio de Arguelles, entraba en los chiringuitos y bebía más de la cuenta a la memoria de las primeras banderas nuestras que entraron por Princesa.
Después de saludarnos con los ojos del alma, puesto que con los del cuerpo no nos vería, enfilaba las rampas que conducen hasta Colmenarejo pasado el campo de aviación, en las vertientes de los barrancos asoman su cresta verdescuro de llama forestal las primeras sabinas, huele a tomillo que es una delicia y el aire se hace más limpio en medio de esta soledad evocativa de retamares y de acianos. Esa era una zona desenfilada cuando nosotros combatimos donde se llevaba a los heridos; precisamente, a uno de Toledo a falta de camilleros le porteé yo a las costillas y me debió la vida. El olor a sangre fresca, le recuerdo como si fuera ahora mismo, se emparejaba con el de las jaras. Al toledano le sacudieron en una pierna, fue un tiro de suerte con todo y eso. Todo el campo estaba cubierto de mulos muertos y de moros malheridos. Estos destacamentos marroquíes son los que tuvieron más bajas.


Buscaba, inspirado por ese numen que sopla al oído de hombres que como él buscan la verdad, la querencia vivificante de nuestro sacrificio, eso le infundía bríos. Mientras él deambule por estos parajes solitarios y siga admirando el vuelo de los aviones y de las libélulas que pasan en vuelo rasante, como interpretando en sus viradas la canción de nuestro heroísmo, los habitantes de Camuesa podrán irse a dormir tranquilos acariciando el recuerdo de los pilotos de la división Condir.  Los delatores de la mente entrelazada y porquerizos del Gran hermano no podrán dar vuelta a los acontecimientos, lo que pasó venga en buena hora, las cosas no tienen vuelta de hoja. Hay tardes que le he escuché pregonar desde las garitas del firmamento donde monto guardia junto a los luceros en espera de las trompetas del juicio final tres vivas a Camuesa, secos y vibrantes, allá donde cayó Dema y su gente. ¿Caprichos del destino? ¿designios de la Providencia? ¿Conservan alma propia los lugares?
 
La tronera.






Las horas se eslabonaban lentas de aburrimiento en la trinchera. El cuerpo mide el territorio, aplastas el humus fructífero con la barriga y la imaginación te juega de vez en cuando malas pasadas en esa simbiosis de vida y la muerte que tuvieron para mí las barbecheras de Brunete.  En sus baños se fundían la vida y la muerte.  Todo lo que sube baja. Pudrete grano para ser espiga mañana. El cielo, la tierra, la lluvia, la noche estrellada, y más allá Dios, pero, agazapados en el parapeto un soldado siente el latido de la nada que embruja los pensamientos mientras las balas a mil metros por segundo estallaban cerca de ti. Las peores no eran las que perforaban el corazón o te hacían un agujero en la sien. Eran las que estallaban en el interior de tu cabeza. Más terribles que el fuego real era el bombardeo psíquico.  Para esos morteros que el recuerdo nos envía o el miedo al futuro no hay desenfiladas que valgan. Ya sabes lo que te quiero decir.  Sonaban a cualquier hora del día y de la noche las descargas. Habíamos ocupado la cota de la Mocha Chica a primeros de enero de 1937 en los primeros movimientos envolventes de cerco a Madrid, las luchas en la Universitaria y los combates cuerpo a cuerpo y casa por casa en Rosales, el Paseo de Extremadura y el Parque del Oeste.  Los legionarios de Yagüe alcanzaron casi el Puente Toledo. Fueron luego repelidos por el ardor combativo de los republicanos. Pasadas las navidades se estabilizaron los frentes. Contaban algunos las heroicidades de los regimientos indígenas que se batieron como tigres. Los imanes les habían prometido el paraíso de Alá a los que sucumbieran en la guerra santa. Para mí esta valentía de los expedicionarios marroquíes fue determinante factor de victoria. Teníamos por detrás la bajada del Aulencia y por delante los marjales del Guadarrama ocupados por el enemigo. Al sudeste, el castillo de Villafranca, al que los moros debieron de reconocer en algún mapa del corazón como suyo porque, chacho, como se batieron aquellos tiradores de Sidi Ifni. Escuchábamos hablar en árabe constantemente. Flameaban los alquiceles de los de Regulares y la capucha de las chilabas servía para abrigo en los relentes y su lana bien entretejida salvaba la vida de los que la llevaban porque las envueltas de los proyectiles se enredaban en aquella piel de camella. Alá es grande y misericordioso. Aquellos batallones de rifeños estaban seguros de su triunfo y peleaban con desdén de la muerte y tesón antiguo. Para ellos había empezado la reconquista. Las posiciones nuestras estaban la más cercana la del Pardillo, el Vértice Mosquito, por detrás, los Llanos casi a la espalda y cubriendo nuestro flancos estaban los falangistas sevillanos. Eran gente muy gozosa. Se les escuchaba muchas noches tocar la guitarra. Denominábamos esa sección el Tablao flamenco y eran tan maravillosos en sus interpretaciones que cuando se arrancaban por fandangos los cañones y las ametralladoras enmudecían. En cierta ocasión y para no ser de menos en los blocaos republicanos sonaron composiciones y una voz maravillosa interpretaba soleares de Angelillo y del Pena. La guitarra y el arte parecía ser lo único que nos unía a los dos bandos combatientes. Como los parapetos estaban tan próximos la guerra se interrumpía para dar paso a concursos de cante jondo para ver quién lo hacía mejor. Hubo varios relevos pero a mí nunca me cambiaron destacamento, no sé por qué. Sabía que cuando se preparase la gorda, ibamos a ser carne de cañón. El gran fregado dio comienzo la noche del cinco de julio. Habíamos estado observando movimientos de tropas toda la noche. Caen los primeros pepinazos de la gran preparación artillera, anticipo de los encarnizados asaltos de los que iba a ser testigo - y no sé de qué forma- superviviente pues vi caer al lado mío a la mayoría de mis compañeros. En mi tronera me sentía un topo que perfora su galería para escapar de las fauces de la muerte.  Lo que más recuerdo de aquellas horas cruciales fue la sed y el cantar de mis tripas. Me había entrado descomposición no sé si por el rancho de la víspera o el miedo que agarrotaba mis nervios. El sargento Dimas, uno de Caballería, que tampoco fue desplazado, lo mismo que yo en ninguno de los reemplazos me largó su cantimplora. No estaba llena de agua, contenía aguardiente.  Prueba esto, Ursino. Oye y mano de santo, el dolor de tripas parece que se me pasó, pero no la comezón de los piojos, pues liendre había mucha. Los sacos terreros eran un útero que nos ponía a cobro de las inclemencias del fuego enemigo. ¿Qué tienes, miedo, Parrita? No por mí, sino por lo que hay después. Los atacantes estaban tan cerca que les veíamos merodear a unos ochenta metros a la agachadiza. Llevaban puestas las máscaras antigás. Eso les daba un aspecto terrorífico, como de huestes demoníacas. Habrá que echarle valor. Los falangistas sevillanos de Villanueva de la Cañada habían sido arrollados en el avance sobre Brunete. Tú eres un topo, tienes la piel de zapa suave como el satén y las patas zapadoras y la cola como un almocafre, sobrevivirás, no ha llegado aun tu hora. Me había identificado con la madriguera. Mi aspecto se había vuelto de columna rostral y mi gesto de palmípedo. Sí, la madriguera del topo. La pala del enterrador. Aquí van a quedar sepultado tantos. Sí, oye, escucha lo que dicen: alférez provisional cadáver seguro. Una bala rasante al alférez Manuel Sánchez Espiga y muy poco después caía el alférez Toledo. Uno se aclimata a todo a ver morir a tu lado a un camarada. Despierta, qué te pasa. Sí qué te pasa, qué te pasa. Que estaba muerto. Yo estaba en mi tronera, escondido en mi pozo de tirador. Un soldado tiene una visión sólo fraccionada del desarrollo de los acontecimientos en una batalla. Adentro, dentro. No asomes la gaita que te atizan. Me hice un gran observador de la condición humana. Mascas el polvo y reconoces el absurdo de la guerra, una pelea entre hermanos. ¿No se podía haber evitado? Los del blocao frontero también eran españoles y se arrancaban por fandanguillos, batían palmas divinamente y sus coplas no desmerecían al lado de las nuestras. El arte no debiera encasillarse en adscripciones políticas. Que no se puede poner a Velázquez al lado de Picasso concedido. El mundo cada vez está más partido. Un abismo se abrirá entre sos bandos irreconciliables. De acuerdo. Pero el problema bien podrían haberlo arreglado los políticos. No dio tiempo casi. Dentro de la chabola te aclimatas a una vida animal. No vives, vegetas. Lo único que te domina es el instinto de supervivencia. No pienses en nada. Si me matan ahora ¿ qué será de mi Merceditas? Y tú dale con tu novia. No pienses en la bicha que el pensamiento la convoca, ya vendrá por ella sola. Yo me hice amigo de una mosca de las llamadas caga lonas que trepaba hasta la posición desde las filas rojas. No la vimos venir, pero “no llores, Abdelazís, tampoco  llores, Abenamar, que los dos vais a España”. Mi mosca amiga, visitante hospitalaria se colaba por el rectángulo del visor de enjarje del cañón ametrallador, procesionando como una baqueta que deshollinase sus entrañas de pólvora. Ajeno el parásito a los avatares de la contienda, con salvoconducto, cambiaba de trinchera sin necesidad de salvoconducto, y se “pasaba”, como hicieron tantos y tantos hombres de pana, aturdidos, en los primeros días de guerra, y sin saber de qué iba todo aquello, ni por qué se luchaba, parecía disfrutar de lo lindo de una inmunidad garantizada, gozar del sol, montar a la hembra que se le cruzaba al vuelo, echar su simiente, abrir sus larvas: se lamía sus patas, evolucionaba por los huecos de la techumbre y después se largaba sin dar razón de sus entradas y salidas, sin tener que dar el santo y seña al centinela. Teníamos a una compañía de Fortificaciones al otro lado. A veces podíamos escuchar sus conversaciones, ellos también se quejaban de las moscas cojoneras y de la liendre que hacía estragos. Envidiaba la libertad rumbosa del díptero que exacerbó en mí la capacidad de observación. Al cabo de unos día pude aprender algo de sus costumbres hasta que una bala perdida la estampó contra la pared. Para ti van destinadas las metrallas de los frentes, una mosca también puede causar baja y ser objetivo de balas perdidas.


 Me salvó la vida, sin embargo, porque en el momento que el disparo penetraba por el agujero de observación yo hice un movimiento con la mano para sacudirme al molesto bicho de la frente, agaché la cabaza justo al instante mismo en que racheó la bala por encima de la cabeza. Estás de suerte, muchacho. Volvió otra al cabo de un rato e hizo los mismos alardes de equilibrio en su vuelo esquivo y fue a lamer la sangre de su hermana muerta en acto de servicio. Nunca olvidaré aquella trompa voraz chupando como una diminuta maza, sus ojillos monstruosos y aquellos artejos que agitaba sin parar, así como sus antenas de colocación, el radar infalible que estos insectos llevan acoplado en sus antenas. Las moscas solían presentarse a hora fija tras haberse dado un banquete sobra la panza de una mula correntona que yacía tendida entre dos fuegos. Ninguno de nosotros tuvo arrestos para ir a evacuar el cadaver  mientras su acemilero lloraba a lagrima viva pues habían liquidado a su compañera de tantos transportes, de tantas marchas y contramarchas. Nada menos que desde el norte de África pasando por Jaca y Alcalá y otras partes donde posó el escuadrón, había venido a dejar el pellejo en La Mocha.
Los soldados de Caballería son una gente especial, miran y huelen diferente y hasta utilizan un lenguaje especial de recias palabras que recuerdan el tiempo glorioso en que las guerras se hacían a pata, con tracción de sangre, a lomos de caballería.
  Era un mulo de un regimiento de montaña de los que llamaban de guía, cientos de ellos cayeron en Brunete por aquellos días. Ellos se encargaban del transporte de la munición y del rancho convirtiendose en blanco muy vulnerable. Se puso de moda entre los tiradores gastar peines de munición para hacer boca contra las recuas  que veíamos correr a los cuatro pies despavoridos delante de nosotros como una manada de elefantes sin cornaca, como un rebaño sin pastor, sin el cabo pieza que les gritase arre o so. 
Ofrecían tantos cadáveres de animales y de hombres tendidos junto a las matas de retama, al amor de los caballones y de los surcos de trigales incendiados, un aspecto de vasta desolación. El aspecto era abracadabrante.


 El hedor era insufrible. Como come el mulo así caga el culo y así huele cuando lo revientan con tiros de fusil, Los combatientes enloquecían de súbito; se dijo que entre los de las brigadas internacionales se producían deserciones incontables al no poder soportar el olor que exhalaban las pobres mulos de guía destrozados por los disparos. A otros les salvaron la vida pues en el avance encontraron detrás de los troncos derribados parapeto. No era una buena desenfilada que digamos. Menos daba una piedra. En guerra, uno se acostumbra a todo, incluso a las emanaciones pestíferas de la carne en putrefacción. Resulta increíble la capacidad de aguante que tiene el ser humano cuando nos ponen en el disparadero, a pecho descubierto delante del punto de mira de una espoleta que se acerca cantando turbios himnos de muerte y de pesar hacia ti, dejas de sentir el cuerpo, te conviertes en un fleje que salta.
Hay que cubrirse. Los peores tiros son los de rebote. Allí estaban, algo obsceno, soldados y caballos con los mondongos al aire, las vísceras desparramadas, muestras cálidas de una lección anatomía esplagnológica, aun humeantes, el último calor de la vida que se va, como cuando acuchillan a un marrano, tendidos al sol, sobre una toza. La artesa de los campos de Brunete se convirtió en exhibición espantosa de este triunfo de Tanatos. Hay que ver lo poco que somos.
Tuve miedo, pero no llegué a la lamentable situación por la que pasaban algunos compañeros que apenas comenzar el combate se lo hacían en los pantalones. En las chabolas olía por eso a mierda.
-Mi sargento, pido permiso para ir a tirar de los pantalones.
-No te va a dar tiempo.
-Pues me voy a ir de vareta.


Bastantes hubo dentro de la posición que no pudieron aguantar el retortijón y se cagaron pie abajo. El miedo, la disentería, las moscas los tuvimos por compañeros. Otros, más  púdicos encontraron la muerte en postura poco gloriosa, les atizaron en el instante mismo en que descargaban el vientre, hace falta tener mala pata. De no haber abandonado la posición, no les hubiesen pegado un tiro en el salvohonor, pero en el frenesí del azar a veces pasan esas cosas


 No eran sólo los mulos los que morían. El calor de aquel tórrido verano en que no pudimos enterrar a nuestros muertos hizo de aquel campo de batalla un infierno no por la muerte en sí sino por las circunstancias increíbles en que hubimos de resistir.  De la centuria de Salamanca y el Quinto Tabor de Larache, quinientos hombres en total que integraban la guarnición de la Loma Artillera sólo pasaron revista catorce cuando tocaron a fajina Quijorna. El Ejército de Maniobra que mandaba el general Modesto al cabo de los encarnizados combates y de muchas bajas propias ahincó la bandera tricolor en el mástil de la plataforma. A mí me dieron por muerto, pero sobreviví merced a una artimaña. Al oscurecer del día nueve de julio salté del parapeto para ir en auxilio del comandante Dema Giraldo, al que una bomba de mano había lanzado contra el tronco de una encina corpulenta. Le había destrozado un brazo y sangraba abundantemente pero con la mano que le quedara útil aun tuvo arrestos para desenfundar un revolver de cachas de nácar. Con él seguía haciendo fuego. Conté hasta treinta cadáveres de asaltantes rojos que habían quedado agarrados a las alambradas de bruces mismo contra los pinchos. Los obuses y la artillería de los carros nos envolvían en una cortina infernal de polvo y fuego de tal manera que todo el sector estaba siendo batido con eficacia y el perímetro de la Mocha no presentaba un palmo de territorio que no ofreciese la muesca de una horadada de  embudo. Dema estaba recorriendo en el instante en que fue alcanzado el blocao infundiendo ánimos a los defensores. Tenía el botón de la guerrera desabrochada y los ojos enfierecidos. No es que estuviese borracho, pero he de decir que hay ocasiones en la vida en que la humana fragilidad sería incapaz de resistir la virulencia de un ataque como el que tuvimos nosotros sin recurrir al andarríos  del valor. Nuestro comandante parecía fuera de sí sobre todo cuando vio caer a su segundo a pocos pasos, el alférez Martín, agarró toda una caja de bombas de mano y un par de botellas de coñac. El Fundador nos infundió ánimos. Había muchos heridos con metralla en el cuerpo, las heridas causaban dolores insoportables y a falta de ningún analgésico el brandy hacía que nos sostuviéramos en pie. A mí, que me bebí casi una jícara entera de aquel licor de la mejor reserva que nos habían dado los de Intendencia del Tabor, me salvó la vida.
-Toma, Parrita, prueba. No le hagas ascos.  Puede ser esta la ultima que cojamos. Arriba España. Sentí su aliento cuando yo estaba accionando la ametralladora. El giro del abanico había puesto en fuga a los milicianos que venían a nosotros al arma blanca. Ellos también estaban borrachos
 - Aguanta lo que puedas.
No apeaba aquel grito de los labios el valiente comandante, al que se le veía desesperado porque no habían venido los refuerzos que había solicitado al puesto de mando; sin embargo, antes todo que la rendición.  Era un hombre no muy alto, pero recio, el rostro falcino y alargado, creo que le faltaban algunos dientes. De su kepís color tierra de bordados rojos en la tapa le caían unas carrilleras que le quedaban holgados y se le marcaban los huesos del occipital con violencia.  Hablaba con acento del sur y se movía de aquí para acá con la agilidad de una ardilla. Estaba borracho de sol africano y de amor a España.
Repté hacia la base de aquella encina intentando hacerme con el herido arrastrandolo por los pies. Ya no recuerdo más. En aquel momento fui alcanzado por una esquirla y me desmayé.
 
Nave oneraria del valor.


Se encuentra todavía aquella encina bajo cuya sombra encontró la muerte crepitante el capitán Dema Giraldo y donde atizaron a aquel falangista de un pueblo de Segovia en una costilla, que resultó ser mi tío Ursino, al ira auxiliarlo. Los camilleros de una unidad del XVIII Ejército lo encontraron desangrándose. Fue uno de los catorce que el batallón de asalto de la columna Modesto capturó como prisioneros.
Símbolo espiritual de las dos facciones enfrentadas aquel árbol la tarde del tórrido julio cuando se produjo la reconquista por las tropas de Modesto y de Jurado podría ser el cronista de las vivencias acontecidas en aquel lugar. La fuerza del destino ha determinado que no fuera talada, yo me santiguo cuando paso cerca del sitio donde ahonda sus raíces milenarias, el tótem verdadero de las Living Stones, el barrio adonde mi suerte o mi desgracia me ha arrastrado, vivo a escasos metros donde peleó y fue herido salvandose de ser fusilado casi milagrosamente el Ursino. ¿El imán de la sangre? ¿Soy yo una reencarnación, casi un fantasma de la causa que llevó a mi tío a pelear a Brunete?
Podría argumentar este dato a mi favor como una muestra de que en mi exilio interior y la cruz que estoy padeciendo, un verdadero calvario de incomprensiones y de suplicios que parece que todas las fuerzas oscuras han querido hacer de mí una suerte de rehén de sus revanchas o de sus neuras. La verdad es que lo estoy pasando atroz, no es lo mismo decirlo como verlo y no quiero alargarme en detalles porque a quien se lo dijera no me creerían vengo a llorar muchas tardes al pie de la encina oneraria. Y, encima, se reirían de ti porque estos tiempos desconocen la misericordia.
Es la nave que porta el fardo de mis culpas y todo ese cargamento de trigo espiritual necesario para que el hombre en sus funciones anímicas no perezca de inanición. Me acoge bajo sus ramas que conocen tantos secretos del pasado de mi pueblo, de la ingratitud de los míos, el silencio culpable de la comunidad frente a estos hechos que han sido elididos de los manuales. En los textos de historia no se menciona el nombre propio de España. Han encontrado un seudónimo. Y esto acentúa el valor de aquellos falangistas de aquellos expedicionarios de Larache que murieron con el nombre de España en sus labios. Arriba España. Todo por ella. Confío en que la mía sea la última sangre derramada entre españoles, que ésta sea la última guerra civil.


En el siglo anterior habíamos tenido tres amen de las múltiples algaradas, cuartelazos y conmociones. Luego vino la guerra de Marruecos que puso la guinda a estas historias. No pararon las conjuras.
Vago por los pueblos con mi tenderete de libros a cuestas. El personal nada quiere saber. Los jubilados están jugando a las cartas. Nadie quiere saber de esta reivindicación de la memoria que me he propuesto.  Ese es el mal de este país aparentemente ahíto de historia y ahora con la panza medio llena que nadie quiere saber. El interés y la curiosidad moral es nula. Volvemos a ser un pueblo triste y cicatero.
-Remember Brunete.
-¿Qué?
-Recordad a Brunete.
-Vamos no jodas, vete con tus historias a otra parte.  No queremos saber, que se olvide la traca.
-El conocimiento y el recuerdo nos devuelven al amor.
-Altas palabras. Hablas como un cura.
Los pistoleros del norte seguían descerrajando tiros, Eta no quería aplicar punto final a sus matanzas, poniendo bombas bajo los asientos de los coches aparcados. Aquí estábamos con el corazón en un puño, cada día de funeral, ministro de la gobernación se embutía el terno de frac, ponía cara lúgubre, de compunción visceral, y se colocaba en los duelos después del coche de respeto, las multitudes llenaban las plazas gritando basta ya, mostrando a los asesinos sus manos blancas, en los ayuntamiento los de la función pública suspendían el tajo para guardar un minuto de silencio por la nueva víctima, la lista de bajas crecía. Mano dura, medidas coercitivas, pena de muerte.  Eso es lo que se necesita, nada de paños calientes, una cura de caballo, la patada en la puerta, la ley de fugas, el ojo por ojo, titilación de la órbita, la ley del Talión. ¿Cuánto le duraría a los israelíes del Moscad el bocazas del Arzalluz, cuánto el Anasagasti templando sus gaitas, cada vez más empecinado en demostrar que no estaba calvo y que era un moderado que respaldaba a los asesinos de tapadillos?




Al ministro de la cosa se le ponía en el transcurso de las horas más jeta de sepulturero y no paraba de cantar aquello de ya la llevan a enterrar y entre todos la mataron y ella sola se murió. ¿A quién a la Nicolasa? ¿A quién va a ser si no? Parecía un zacateca inglés pariente de Juan Simón. Nuestra necrofilia se hizo oficial. La cartera de interior estaba abocada a transformarse en una empresa de pompas fúnebres. Las prensa derramaba cada vez más lágrimas de cocodrilo, y los pedrosjotas cualesquiera, los tonsurados de la noticia y de la pela, les habían dicho en Absterburgo tú ponte ahí y a callar, porque de ahora en adelante vamos a necesitar mucho detergente, labor de mopping up, ¿el aljofifado de los charcos que deja eta en las calles españolas, matan, quedan impunes y el país va bien, paisa, quién la llevará a cabo? Vamos a necesitar una fregona especial y meter merdellonas en plantilla con carácter especial, y tendrán que ir a la casa del primer ministro del consejo de Estado a obligarla a la jefa que se ponga el almaizar de una puñetera vez, hostia, la toca, el velo, el griñón, que tapadas estáis más guapitas, el humeral, todo lo tendrá que llevar, porque está sucia, España está sucia, se habían puesto a cantar sobre la tumba de Larra el mambo con letra de se va el caimán, después de candar con siete cerrojos la tumba del Cid Campeador.   Muchos aspavientos hipócritas, el grito de plañidera en el cielo, alardes de editoriales cuando las balas segaban la vida de hombres buenos, ciudadanos de pro. La sociedad se había olvidado de Brunete.  Aquí lo que importa es estar cómodo, cada uno va a lo suyo y Adán, padre del género humano, Noé, de la posteridad, y Abrahán, de los creyentes. Pero eso no son más que especulaciones. Rizar el rizo, ya ves. En lindos atolladeros nos metemos con tanto pensar. Si estamos en el marasmo ¿a qué viene eso de la hidroponía? Que vuelvan los alquimistas y este mandato nuevo habréis de darles: para empezar hay que capar a la Lógica y a todos los lógicos; más tarde, ya veremos, y primordialmente enriqueceos, quiero hacer de vosotros los inquilinos más ricos del cementerio. Aprended el oficio de alquimista antes de morir repitiendo cada noche después de los jesusmíos la canción del Alquimista Esforzado: “my job is to turn metal into gold as soon as posible”[3] y para ello vine al mundo y fui encarnado. Aquí está un aspirante a millonario.
  Esta toponimia había sido borrada a posta de los libros de texto.  En ese sentido los más contumaces eran los maestros de las ikastolas.
 Morían médicos, funcionarios de prisiones, militares, catedráticos. La encina oneraria seguía guardando las memorias que el tiempo echó a rodar bajo su copa gigantesco. Ten presente que España resucitará alguna vez que estos que perecieron en una batalla por una idea, con un nombre en los labios, o que tal vez no murieron por nada, porque formaban parte de los que no estaban en el registro, esa inmensa turba de juan lanas y de juan español, pero que fueron la reserva dinámica de nuestros alientos, los que siempre pagan los platos rostros de las torpezas y ligerezas de los de arriba, vendrán a pedirnos cuentas. Al pueblo se le puede engañar una vez, dos veces, pero no siempre. Vendrán. Esa es la fija. Blandiendo una tea o un cuchillo, o haciendo sonar el trombón de la revancha.
Me parece que las vamos a pagar todas juntas. Mas no será porque yo no haya hecho cuanto estaba a mi alcance para evitar esos atropellos. Hasta la urbanización en la cual habitamos la nombran en inglés, “Living Stones”. Es un retruécano del grupo musical, el que atronaba las discotecas con su “Satisfecho”, himno de un rock diabólico.
No vamos a negar que el señor del mundo se pasea por todas las partes en plan vencedor seguido de larga escolta de adoradores, de sus brujos y quirománticos.


Nos echaron a todos mal de ojo, alguien está trabajando por ahí en eso el hechizo fascinante que nos meta los pollos en el corral de las desgracias. Sufre, cabrón, purga la pena, habrás de pagarlas todas juntas. ¿Qué mal os hice? Se estrellan contra mis rostros las bofetadas, graznan los ánsares capitolinos con sus voces chascadas, el mundo anda muy revuelto. La Prowes Sóror, la nueva mujer de la hora de la ira aterriza en Seúl con un sombrero de copa negro que debió de portar sobre su cabeza, hasta que se la cortaron en la Torre de Londres, Guy Fawkes el conspirador papista, parece una sombra recién desembarcada del barco de los Padres Peregrinos, o una  viuda con todos sus lutos camino de la iglesia a punto de comenzar un oficio de tinieblas, esta mujer engaña hasta su propio apellido y a sus carnes postizas, miente por toda la barba que no le crece ni en las nalgas, vete a saber si no es hermafrodita, bollos a todas las horas en las tardes con Terelu en la casa blanca, que la hidra ya es llegada, ya está la serpiente entre vosotros, esa que adoraban los ofitas, y que han puesto los de Eta en su anagrama; si no lo creéis, mamoncetes,  mirad debajo de las faldas. Sonría a la niña bonita, baile la danza de las fiestas peanes, mueva los brazos, y haga dengues y contoneos del morris dance, haga maulas, acepte las flores que le ofrecen las púberes canéforas, previamente inspeccionados estos ramilletes por sus matones de seguridad, pero sus ojos despiden chispas de una ferocidad de hembra insatisfecha. Suyo es el mundo. Han ganado, por fin acabaron con el “tiranuelo” Hondarras, sedimento del nacionalismo execrable, el que no interesa un pijo, porque para el amo de la cudria los términos de nacionalismo y de terrorismo no son unívocos, tiene un cacao mental llevado de su afán de dominio pues divide y vencerás. Hondarras no se dejó, plantó cara y acabó ante los jueces del Monte-es-Orégano, acusado de crímenes de lesa humanidad. Lo han declarado persona non grata y  enemigo del pueblo como hicieron con Cuadral. Nada hay que se les resista, imponen su cetro.
Han llamado a los ebanistas para que les hagan un cadalso a la medida, mal rollo el que comparece ante vuestra vista, pobres seres humanos engañados, todos estáis en la lista, os irán llamando uno por uno, están convocando plazas para verdugo en todas las provincias del imperio.


No hace falta gran cosa para pasar las pruebas, basta el aval de bruto y de musgaño. Es así que el mundo se está llenando de sayones y de ayudantes de verdugo con mando en plaza de horca. Un patíbulo en cada casa y el conmutador a distancia para observar la vulgaridad que nos desgobierna proclamada por los pregoneros de la Telebastaya que desparrama sus vigilantes. Oronimia, violenta esposa de
Saturno, morritos del alma, que bien te lo curras, te has ganado a pulso la plaza, ibas de nueve meses a fichar como todas las mañanas, te dieron media hora para  parir y vuelves al curro apresurada desde el paritorio dejando al nene en la incubadora, no sea el demonio la pajera te birlen el altozano. Profazo y profecía eso eres tú, torda de caderas anchas.
Estas son cartas, si quieres barajas, si no te gusta el juego, te retiras: Pendil Pelliza fuero tendrá de pendolaje, guía que sigue siendo, testarudo e incombustible de nuestras noches blancas en manumisión, nuestras manos recuerdan al esclavo que fuimos; los jóvenes se suben al bus de la vieja o se enrollan con gran hermano, silba de una vez la canción triste de la calle del Gilipollas, mientras el espíritu de la apostasía cabalga en un caballo blanco; el loco de la colina, the Beatles, here you are, nuestra vida hecha está de plagios, nos espiamos unos a otros, ha sonado la hora del destape y la gran carrera por ver quién fusila aquí. Nuestra Oronimia Trocables  regresa a los estudios con el cordón umbilical en el culo como a quien dice, el recién nacido en la casa cuna, es que no quiero que me quiten la silla, sabes, hay tortas por un programa. Eliseo, una de calamares, tres tortillas, cámara, acción.


Te confío todos mis secretos, el palpitar de mi derrota, encina oneraria, el dolor de los que habiendo ganado ven por tierra su victoria, llevan una vida de topos en los zaquizamíes y pisos francos de los edificios de cinco estrellas o de un sotabanco maldito o una buhardilla en un lugar del extrarradio, allí se atrincheran, los libros por sacos terreros, papelotes y archivos, imágenes de vírgenes necias y prudentes, todas desconsoladas, altavoces de emisoras lejanas, café, vino y tabaco, que las guerras de ahora se siguen ganando a fuerza de lingotazos, soplen y marchen, hay que avanzar, el alcohol es la madre del cordero. Y un teléfono a mano para llamar protestando a los programas de música bailable, y a los talk in donde explaya Jáuregui sus paridas y la Ceñuda carente de ideas no se desamarra del pesebre. Veo. Veo. Pues entonces eres un vidente.  Como la del Escorial. Pues larganos un mensaje, anda, queremos que se aparezca. Yo me aparezco, tu te apareces, ella se esfuma, es la espina dorsal de la espuma, y así claro no hay quien pueda. Aparte de eso, me parece que es sospecho que en esta bendita tierra de María Santísima andemos siempre entre la corrupción y la aparición. O el milagro, o la lotería, una de dos. Tienes que abrir la caja de Pandora exclamando entre estertores y con una voz lóbrega como de película del exorcista, con tremolas y música de ambiente.  Hijos míos. Demostrarás los primeros sábados de mes que tienes hilo directo con el Jefe. Dios se ha echado un móvil.
Luego vendrá Torbado disfrazado de cofrade con un enorme cristo al pecho y fumando en pipa y nos relatará el inmenso cachondeo de las apariciones. Hay que aportar. Se pasará siempre la bandeja después de los mensajes. Quedan bendecidos todos los que entren en este lugar. Levantad todos los objetos. Orad por el papa. ¿Por cuál de ellos? ¿Por Wojtyla o por Clemente? la impostura nos está pisando los talones. Ah, qué sacrilegio nos acabas de largar. Santa María, Madre de Dios, guardanos de los profetas hueros y de los pontífices que despotrican, de los curas orangistas y de los profanadores de las conciencias. Vamos a montar un negocio de agua milagrosa. La organización acaba de comprar la finca por ochocientos millones, pero el fresno misterioso de tronco retorcido y aspecto fantasmal poco se parece a ti, encina oneraria, aquél mete un poco de miedo y tú das paz, porque honras la memoria de la sangre derramada combatiendo a los enemigos de la patria.
Se estrecha el cerco.
-¿Quién vive?
-España.
-¿Que gente?
-El quinto regimiento.


-Ahora sí que la hemos cagado. Esos no son de los nuestros.
-Entre Franco y Miaja ¿qué más da? Los dos son dos oficiales, sirvieron en la guerra de África, con la diferencia de que uno milicia en infantería, el otro, en zapadores y han sido cantados, cada uno en su peana por dos poetas hijos de una misma madre, los hermanos Machado. A Miaja le canta así Antonio:
Tu nombre capitán es para escrito en la hoja de una espada que brille al sol para rezarlo a solas en la oración de un alma, sin más palabras, como se escribe César, o se reza España.
Y Manuel elogia al otro abanderado poco más o menos en los mismos versos:
Caudillo de la nueva reconquista, señor de España que en su fe renace, sabrá vencer y sonreír, y hace campo de pan la tierra que conquista. Sabe vencer y sonreír. Su genio militar campa en la guerrera gloria...
Terminado el tiempo de los dictadores paternalistas y la del proletariado comienza la era del mazorquero. Dejará de escucharse en pleno combate el tambor de los poetas, porque, cesadas las guerras, aquí no habrá más que paz armada. El rodillo de la apisonadora democrática convertirá al mundo en un campo de concentración, en un cementerio. Los ciudadanos gozarán del pleno derecho de la paz del nicho. Podrán estar tranquilos por el momento quedando en el cuadrado del sepulcro  a salvo de la mentira, la envidia, la delación, los cuernos, porque aquí, ya advertía Campoamor, el labrador más honrado es capaz de envenenarte la sangre y el ganado.   
Sin embargo, los protagonistas de los recios choques en medio del fuego graneado y los asaltos al arma blanca que tuvieron por escenario el campo de Brunete, no podrían tener en cuenta tales reparos, su única preocupación, salvar el pellejo, claro.


Al oficial de Regulares le había cogido en plena cara una bomba Lafitte, le trituró el pecho la descarga. Dema Giraldo estaba todavía con todo el conocimiento cuando el enemigo se hizo dueño del sector, le quedó tiempo para hacer fuego con un colt de cachas de nácar abatiendo a los que avanzaban en la primera ola, pero en unos segundos se rompieron los caballos de frisia, los de zapadores cortaron los alambres de espino con una cizalla e hizo acto de presencia un pelotón mixto, hablaban en varios idiomas, inglés, ruso, francés, catalán. Se le había acabado toda la munición:
-Arriba España... Ay, madre, ay madre.
En esos instantes se acercó hasta el tronco de la encina donde el capitán de Regulares se había incorporado un poco, para que la muerte no le cogiese, como a otros de cúbito supino, un guripa esparteras, la manta terciada sobre el pecho y unas grandes patillas, pudiera pasar por un legionario pero pertenecía al cuerpo de asalto del Campesino y sin pronunciar palabra aquel soldado enjuto, de piel tostada por el sol, y hundió el machete hasta casi la guarnición, nadie sabe si movido por la compasión y la saña, en el vientre del herido. Dema se le quedó mirando entre sorprendido y retador y en las angustias de la agonía todavía le cupo la oportunidad de echarle en cara su alevosía:
-¿Por qué? ¿Por qué, hijo mío, por qué?
Trató de llevarse la mano a la frente para persignarse pero no tuvo impulso. Y en ese preciso instante emitió el último suspiro dando una gran voz.
La encina oneraria me pareció el árbol de la cruz. El llano de las Mochas se oscureció de súbito, como si el sol tuviese deseos de demostrar así a aquella matanza entre españoles y dejó de enviar sus radios al campo de batalla.


A unos pasos de la encina yacían diseminados los cuerpos de los atacantes y los defensores, todos gentes de pana, las mismas miradas que se quedaron vacías al unísono, el mismo cigarrillo y de la misma marca en la comisura de los labios al instante de ser alcanzados por la metralla, el mismo día y a la misma hora milicianos y falangistas habían dejado de fumar, cesaban los cantos recios, el sol de plano, las aradas que daban pan y el espectáculo que brindaban a los ojos las encinas centenarias donde los bandos de perdices muy habituadas a aquel lugar de paso donde estaban los grandes cantaderos del Guadarrama presenciaban la matanza encaramadas a las robustas ramas y ocultas entre las hojas puntiagudas de un color verdegay, no les espantaban los estruendos de las detonaciones de las armas automáticas, la perdiz es un ave voluntariosa de costumbres querenciosas, cuando barrunta tormenta se enrama en los arboles cuanto más sólidos y de fundamento mejor, encimas y robles, entonces se hace bastante fácil cobrar a los cazadores. Según los perdigueros asturianos y los gallegos, cuando la perdiz se encapilla en el carbajal- encarballarse- o se esconde entre las matas de urce es que va a haber tormenta, ofrecen blanco fácil, se quedan paradas y no obedecen a las señales del jefe del bando cuando les engatillan un disparo, creen que es un trueno la causa de la detonación.
Igual que perdices en alcanda o ruiseñores en una jaula de oro murieron mozos españoles, lo más granado de una generación, y dejaron por obligación el latoso vicio de la cigarra. Bambú y Gol se llamaba la marca de los librillos que iban en todas las petacas, sólo los oficiales y algún que otro comisario se atrevía con las labores selectas de virginia o del tabaco egipcio, que se fumaba en aquellos cigarrillos petizos de forma ovalada, el resto eran ideales, mataquintos, los franceses no se cansaban de repartir aquellos explota pechos apellidados galos que ya debía de fumar Vercingetorix para aliviar los trabajos de la guerra de las Galias.


  Un poco más allá como de una marmita que se va apagando en la lumbre la torreta de un carro de combate que había sido abatido con una botella de gasolina por un falangista. A sus ocupantes, todos ellos jóvenes y muy rubios apenas les había dado tiempo a saltar. Las piernas de uno había quedado amarradas al releje delantero y otro, que debía de ser el servidor de la ametralladora quedó pingado de medio cuerpo para arriba, las piernas y el tronco no pudo izarlos como si un perro de mala idea le hubiese prendido de los pantalones sin soltar las mandíbulas; el perro de la muerte.  Todos debieron de tener una muerte espantosa. El motor seguía ardiendo cerca de los caballones de un majuelo. Las roderas de los carros de asalto habían destrozado la mayor parte de las cepas. No habría uvas dentro de unos meses. La añada del 37 fue la más infausta de todas en aquellas viñas que pertenecieran a una de las familias más aristocráticas y con más alcurnia dentro de los anales y blasones de la genetliaca  española, los Ribera.
-Pegale un tiro, Chafa y rematalo, que ese debe de tener siete vida igual que los gatos. No bastará que le hundas el machete hasta los bandullos.
El sargento Ponderal le gritaba al cabo de su platón con todas las fuerzas de sus pulmones los deseos de venganza, pero éste no sabía qué hacerse. Una nueva transfixión no dejaba de parecerle amén de un crimen una idea macabra, el otro estaba indefenso. Además “estoy por decir que yo le conozco no será Ursino el panadero, el hermano del Pinto, que es de mi quinta, el hijo del tío Parra, hay que ver las vueltas que da la vida, resalado, tú me levantaste la moza, y ahora te tengo yo aquí delante de la punta de mi bayoneta, podría hacerte longaniza, pero eso no me parece de cristianos, somos combatientes nada de asesinos, lo dijo un instructor ayer en La Plana Mayor de Mando”.
El sargento Ponderal había sido el primero en escalar aquel parapeto de sacos terreros en lo alto de la loma artillera. Era un castizo de los Cuatro Caminos, voluntarioso, guasón y acostumbrado a vivir entre galápagos, luego no era nadie, pero tenía ese desparpajo candoroso de los hijos del arroyo, la lengua suelta, absuelta y pugnaz a la que acostumbra la vida en una corrala. Noble y heroico pueblo de Madrid duro y a la vez tierno. Nada tenía que ver con los políticos ni con los mandamases. Estaba allí porque creía en la República, porque esperaba en un futuro mejor para sus hijos que no estuviera dominado por el hambre, la pobreza, los desafueros de los poderosos contra los humildes.


Era un castizo, un hombre de una sola pieza Ponderal, el valor se le supone y el honor eso ni se pregunta, lo lleva en la mirada, eso ni se pregunta. La amarga suerte, el destino implacable de aquel verano turbulento estaba haciendo las pocas limpias jugadas de llevarse por delante día a día, minuto a minuto, a medida que se iba ensanchando el estadillo de bajos tíos tan grandes como aquel sargento de milicias. (Estoy aquí peleando por el pan y la justicia, por el derecho a un trabajo digno, no quiero en adelante tener que seguir viviendo de limosna, para que ni a mi hija ni a mi mujer la sofalde uno de esos caciques cagüensu o acabe entre las zarpas de un cura libidinoso. Viva Stalin. El héroe soviético nos librará de las garras de lo usureros yanquis”).  Sobre poco más o menos era el mismo ideario por el que se batían los del otro bando. Todos querían conseguir una España nueva lejos de la carcundia, la mezquindad y prepotencia de los de siempre. Se habían alzado contra el dominio de los caciques y contra una iglesia dominada desde el Vaticano, una potencia extranjera.
Se les había hecho ver a unos y a otros que el papa era el vicario de Cristo, eso era una infamia, había manipulado de siempre los intereses de unos cuantos. Roma había dado la espalda al Evangelio de la misma forma que Zion es una traición a la esencias de Israel.
Todos estos errores habían determinado que la tierra santa se estuviere convirtiendo en tierra de maldiciones y el mundo en un polvorín a punto de estallar.
El Chafa y el Ursino amaban a la misma mujer, eran del mismo pueblo, pertenecían a una cuadrilla idéntica y merendaban en la misma bodega escabeche bonito y lonchas de pan blanco, pan del pueblo, se habían emborrachado a la par, pisaron uvas gemelas en el lagar, al prensarlas salía el mosto de vida, y ahora estaban pegandose tiros en un brunete.
Pues vaya unos paisanos. Esa es la fija, que aquí siempre estamos haciendonos la guerra, se invocan ideas políticas pero estos programas convivencia no son sino la máscara tras la que se esconde un encono de siglos.
“Claro está que tú y yo no podemos despedazarnos igual que si fuéramos perros”.


Dos poetas hermanos, los Machado, dedicaron versos a dos generales. Dos militares mellizos, los hermanos Pozas, cada uno por su parte, eran los ayudantes de campo y del general Rojo respectivamente.
Maldito sea el que inventara la guerra y mil veces maldito el que inventara la guerra civil.
Pero esas ya arrasaron lo bastante nuestro territorio. Hubo tres y otros tantos amagos en forma de conjura en menos de noventa años. De seguir así los españoles, tendréis que acreditar otra nueva condecoración. A la medalla de sufrimientos por la patria se agregará la cruz de Caín.
Cristo, ten piedad de nosotros, estuvimos muy lejos de tus enseñanzas.
Otros dos hermanos, uno estaba en el Quinto Regimiento y otro pertenecía a la Quinta Bandera de falange. Ambos perecieron en Brunete cada uno combatiendo su respectivo lado de la trinchera.
“Pero yo al alistarme en la columna Mangada estampé una firma debajo de la reforma, el progreso, la suavización de las condiciones de vida, la conllevancia entre nosotros que nunca ha sido buena, por estar nuestra mente llena de prejuicios y de tabúes, ¿no es eso?”
Ponderal estaba aquella tarde muy reflexivo, debía de ser el calor, un dogal de esparto parecía tensarle la garganta, tenía seca las fauces, y no hacía otra cosa que pensar en aquel aguamanil que tenía en su cuchitril la portera de su casa en la calle Carnicer.
-Echa un trago, hijo y se te pasarán las ansias. Todavía no nos la han envenenado los facciosos, es agua de Lozoya.
-Esto no es Lozoya, seña Engracia. Sabe a pozo.


Todo sabía, olía y tenía hasta un color diferente aquel verano. Pararon las verbenas, cerraron La Bombilla y no había toros porque el albero de Carabanchel se había convertido en escenario de una cruenta batalla donde, trabada la lucha casa por casa, se echó a los legionarios de Yagüe y a los moros de Castejón hacia el extrarradio. En noviembre las columnas facciosas habían alcanzado unas escuelas situados a la derecha del Manzanares justo donde empieza la luz del puente Toledo. (Les hostigamos con bríos enormes y recularon hasta la misma cárcel, allí cayeron muchos de los nuestros)
Madrid era una ciudad fantasma, enervada en su lucha en cuclillas sobre el parapeto, pero sin miedo. Estaba prohibido encender hogueras, las ventanas estaba acolchadas con sacos terreros para no atraer el cañoneo faccioso o convertirse en blanco de la aviación.
Ponderal guardaría un recuerdo cálido de aquellos días. La fraternidad entre los madrileños había crecido de forma espectacular y las mujeres se abrazaban a ti con sólo ver el uniforme de la república, el pañuelo rojo, el gorro caqui ladeado, la estrella de cinco puntas por encima del borde del losange. Había tenido varias novias en tan sólo quince días.
El estallido bélico hizo que las madrileñas perdiesen sus tabúes, el puritanismo moral legado de muchas generaciones. Se había producido situación similar a cuando se descorchan botellas de champán. Grande era el ansia de libertad.
Pero él no había participado en las sacas especiales, ni en los fusilamientos sistemáticos que tenían lugar cada mañana en la cárcel vieja de San Antón, Porlier, Yeserías, no participó en el asalto a los conventos. Cuando vio las momias que exhumaron en la iglesia de San Sebastián miró para otro lado. Los esqueletos puestos de pie sobre sus ataúdes o de medio lado apoyados cerca del cancel o atados a la verja tenían un aire de espectros tristes. (Da mala suerte meterse con los difuntos, esto no está bien), pero el populacho había entrado a saco en las sacristías por el suelo, desparramaba los ornamentos litúrgicos de las cajoneras, se llevaba los blandones y candelabros, arramplaba con las cajas de latón del cepillo de las limosnas.
Algunos milicianos se retrataban en el atrio con la casulla de un cura o un humeral sobre los hombros y se iban a tomar cañas tan panchos a la calle Echegaray y a la Cruz, ponían el hábito de santa Rita a las puta, o las desnudaban y cuando estaban en cueros las hacían colocarse el sobrepelliz transparente de un monaguillo.


-¿Qué, te gusto así más, chato?
-Alza la puntilla, Paloma, que te mire bien.
-Venga, que te voy a ayudar a misa. A la hora de alzar me pones mirando para Las Ventas del Espíritu Santo y me consagras, como está mandado.
-Hay que ver lo basta que eres y lo buena que estás.
En aquella orgía de libertad se convirtieron algunos abusos que el propio sargento de Milicias sería el primero en reconocer, pero en cierto modo era lógico. El pueblo respondía con tales salvajadas a una represión de siglos, pero él era un soldado, no un comisario del pueblo, no estaba ni siquiera afiliado al partido comunista, simpatizaba con el Poum. (Esas barbaridades me sacan de quicio. Cuando vi a aquella compañera haciendo esos dengues con el roquete creí que me iba a dar algo).  Ponderal que había nacido el año 13 y era de la quinta del 33 se sentía inmerso en un ambiente de vorágine, algo nuevo para los sentidos despertado por el aleteo de las pasiones. Su generación se vació en los campos, dio lo mejor de sí misma, que no pudo ser más.
Reconoció que aquella caliginosa tarde en el majuelo de la Mocha Chica cuando su pelotón avanzó hacia la Loma Artillera a costa de infinidad de bajas.
Antes de iniciarse el asalto había llegado uno de Fortificaciones y descorchó tres botellas de “Machaquito”.
-Vamos, beber. Lo vais a necesitar. La hora es dura, para saltar ese parapeto hay que tener un par de cojones.
Dos, tres, hasta cinco buchetes de aquel aguardiente propicio ingirió, empezó a pasarsele la tiritona. Era un líquido como milagroso.
-Como que hay Dios que los tenemos copados. Seguidme.
Y saltaron con él un tal Negrela, gallego de Ferrol, y aquel Chafa de Segovia, que era un demonio, y otros cinco o seis más.
-Yo iré contigo, camarada sargento, hasta el fin del mundo.
-Cúbreme.


Siguieron al carro de combate ruso que abrió rampa. Vio venir a uno de los otros lanzarse como un loco contra el tanque agitando una botella de gasolina inflamada. Cayó a poco metros del blindado pero cuando quisieron recordarse éste era ya un mar de llamas. (Hay que reconocer que los tienen bien puestos, se defienden como gatos panza arriba, suicidas)
A Negrelas le vio pegar tumbos y caer hecho un ovillo junto a uno de los sardones que crecían en el desmonte.  No dijo nada el pobre hijo, había acabado para él toda la guerra. Manoliño ¿ qué foi? Nada que rompió la lúa. Non tiño sorte.
-Han matado al gallego, mi sargento. Esos hijos de puta. Pobriño. Arrea, camarada Ponderal que estos van a tener la respuesta que cumple - exclamó el Chafa resolutivo.
En un par de salto evolucionó por la rampa sin desenfilada ninguna y se plantó ante el parapeto, entró pegando tiros y clavando el machete contra los sacos terreros, milagroso que no le dieran, pero el cuerpo de aquel bragado castellano parecía estar guarido de un imán con el cual iba hurtando el cuerpo a las balas.
No era un homicida el sargento Ponderal pero aquella tarde cuando incrustó todo el acero contra el pecho de un moribundo se le fue la mano. A lo mejor le había hecho un favor ahorrandole sufrimiento. La compasión y la rabia se entreveraron en su semblante ante la expresión de dolor del oficial de Regulares. Con un grito muy fuerte de arriba España expiró. Mira que hay que fastidiarse; éste pudiera ser de la misma laya, estamos hecho de un material único.
Quedó con la cabeza apoyada sobre el tronco de la corpulenta encina, aquel quejigo al que le llaman el árbol de Júpiter que se alzaba majestuoso señorial, evocador de un tiempo milenario que no se abarca así como así.
Atardecía. El livor del rostro de Dema Giraldo adquiría una expresión fatídica bajo el reflejo del último rayo del ocaso.


Escocían los ojos, olía a gas y a perros muertos, a orines y a estiércol caballar. Flotaba sobre el aire azul el rostro impávido de Diego Velázquez alzando el pincel sutil que pintó tantas veces aquella atmósfera de entrelubricán en sus retratos cortesanos y Quevedo y Lope de Vega debían de presenciar la escena con terror.
Los españoles cuando se ponen a matarse unos a otros saben hacerlo a conciencia. Goya había profetizado la escena en sus sueños de la razón. El cuerpo del cid debió de conmoverse en su tumba.
Un lúgubre cortejo de damas enlutadas ascendía por el camino real que conduce al Escorial por Colmenarejo, ya acometían las rampas en línea recta, ya se ponían a derramar lágrimas sobre los despojos de algún valiente.  Eran las mujeres de España, la voz caliente de la sangre que sabe decir el ay hijo.
Estamos todos de cuerpo presente.  Han matado a Dema Giraldo. Mueren siempre los mejores.
(Era un combatiente como yo.  Por eso quise darle el tiro de gracia, quería simplemente evitarle sufrimientos, eso quería hacer, aunque a lo mejor no estuve fino, soy una mierda, en la guerra nos convertimos todos en una mierda, el frente no huele más que a mierda. No, Ponderal, no tienes derecho. Era un enemigo del pueblo, no me vengas, tú ahora, gusanillo de la conciencia con prejuicios burgueses, ellos son los rebeldes, ellos se sublevaron, nosotros no, ellos trajeron a Madrid a los moros y quieren una nueva invasión del territorio patrio, otra reconquista).
Al lado de las cartucheras desplomadas yacía el macuto y del macuto del capitán de Regulares había rodado una cantimplora de estaño con una faja de estameña, echó un trago. No era agua de pitorro, sino coñac del bueno. Somos lo mismo, pero ellos beben brandy del bueno y nosotros cazalla, pero es la misma muerte, el mismo idioma, el mismo miedo, igual quitapenas, un tío que los tenía bien puestos. Entonces el sargento Ponderal se cuadró. Por sus ojillos de gazapo casi rodó una lágrima. Maldita guerra. Loor a los héroes, ele ahí los tíos. España no tiene remedio.
 


Los cincuenta metros cuadrados de la encina albar, que aun pueden contemplarse en el barrio de Living Stones, cruzado el río Guadarrama, donde está hay varias urbanizaciones y una estación telescópica - digo yo que desde allí se hará más fácil contemplar el espacio iluminado por el cuerpo como antorcha de los que cayeron y que hoy montan guardia junto a los luceros, ora el puño en alto ora la palma extendida hacia el horizonte, pero los pechos descubiertos y la mirada perdida hacia el horizonte, blanco de los fuegos indiscriminados que llenaron España de espasmos asesinos, un fratricidio no se tiene todos los días, pero se las estaba viendolas venir, la cosa se iba barruntando- son un monumento a la naturaleza carpetovetónica, gloria del bosque mediterráneo, menhir patrio   y, en particular, testigo de cargo de una matanza.
Conozco bien este magnífico ejemplar de la quercus glandífera, árbol de Jupiter adorado en la antiguada por nuestros antepasados, y hasta he llegado a amarlo en su trono de radios espectaculares y retorcidos. La encina en mi caminar se me hizo confidente de los hechos presenciado en el verano furibundo.
Ha sido también mi oráculo.
Su presencia, hito que divide las dos rasas, advierte de la tranquilidad diáfana que envuelve los lóbulos dorados de estas muelas en el paisaje de cañadas y de vegas escondidas. Sus ramas ostentan la custodia del arca patria apuntando hacia el norte en un plus ultra de hoja perenne. Uno pone el pie en un camino que lleva al peregrino místico por la antigua cañada real hacia los alcores de Colmenarejo; allí la retama y la amapola, la hierba perrera y el cardo se desvanecen y aparece el urce perfumado, la jara levantisca y acre, y rodetes de tomillos enanos que embalsaman la brisa de odoraciones vivificantes.


Los llanos acaban prácticamente pasada la carretera al pie mismo de los desmontes donde se inician los cordales de la sierra. En los comedios proyectaban su alzada los muros de una alquería; antes de la guerra fue una casa de labor de traza manchega, con mucha holgura en las corralizas y patios interiores. Esto era un arrabal del viejo pueblo de Romanillos ya desaparecido. La artillería del Campesino y los aviones de la Condir al alimón dieron cuenta de ella. Desapareció del mapa por completo y Regiones Devastadas no hizo el caso de su memoria, pero en esta antigua casa convertida en una choza grande habitaba una familia de chatarreros.
Conocía a algunos de sus miembros. Todos presentaban chirlos en las mejillas y al que no le faltaba un ojo te saludaba con un muñón, lo que delataba los peligros de su oficio, pero sobre estos surcos que ensanchan la mirada cuando se cataloga el panorama hubo durante algún tiempo tajo suficiente. todavía aquella pobre gente derrotaba por estos tesos en las heladas mañanas de enero, en plena calima estival para hacerse con un poco de plomo o de estaño, escarbaban las obradas del encinar o husmeaban por los baldíos y llecos de los barrancos para encontrar cobre y vainas de obuses. Con frecuencia al maniobrar los explosivos eran víctimas de su propio hallazgo cuando no topaban con el esqueleto de algún morito que nos vimos a liberar de los liberales.
Era un modo de hurgar en la zanja de los que sucumbieron por mor de un enfrentamiento de tenor apocalíptico. El sanedrín anglosajón pagaba a los dos bandos enfrentaron a cuyos próceres cantaron dos poetas hermanos carnales. Era una guerra entre hermanos.
Un ángel bajó y removió las aguas del estanque. Los españoles no nos queremos, acaso porque no nos gustamos y aquella pobre gente recogía los desperfectos del plomo que destroza la carne, de la metralla que derribó la casa, aquella casa blanca, con sus bardales en forma de visera, el estragal y el pórtico. Balas que querían destrozar nuestra pena, lavar el pasado de culpa y de infamia.
 
Otra vez la del alba sería.
Luego pignoraban los cascotes de los proyectiles que volaron los puentes, talaron los fresnos de la ribera y desmontaron las torres blancas de los iglesarios con planta de cruz y chapiteles ochavados.
El rumboso nido que habían edificado las cigüeñas en la aguja de la cúpula empinada de la iglesia de los Santos Mártires se vino abajo con gran fracaso de alas, dolor de hogar violado y de tamujo aventado sobre las cumbres. Entonces dimos en tierra los españoles con un proyecto de futuro.


-No más iglesias. Sinagogas aquí.
-Hay que ver qué burros sois, diaño. Os habéis pasado la vida queriendo liquidar vuestra propia sombra.
Luego vinieron los especuladores de los bienes raíces y en los campos de la guerra edificaron nuevas urbanizaciones, levantaron chalés sobre las ruinas de las casamatas.
La artillería estaba clavada en su posición. Vi a lo lejos los paineles de jalonamiento, los lienzos blancos que indicaban el lugar exacto de cada pieza. Seguían abriendo fuego desde cerca de Villalba. El general Casado estaba al frente de la operación, una preparación artillera en toda la regla y gran escala, pero allí estaban flotando al viento los mantos de seda de aquel moro encastillado. Resistió hasta que se le acabaron todos los panes de munición hasta que la tralla de un obús de un calibre alto, debió de ser uno del ciento cinco, casi artillería de costa hizo blanco contra la torre que se vino abajo como una melaza.
-Que es una gachí, tío.
-Es un marroquí con toda la barba.
-Que no. Que es la Madre de Dios. Me lo vas tú a decir, camarada.
-Salud.
-Salud. Y viva la república.
A los traperos de la guerra se les acabó el tajo, expiró el plazo, no hubo más restos de cañón que exhumar para nuestra vergüenza. El gobierno enviaba fuerzas de paz a Sarajevo. En Yugoslavia hubo otra guerra civil de mil demonios y los ingleses se sacaron de la manga uno de sus típicos estereotipos con que dan la vuelta a la historia y ponen del revés los hechos evidentes, cantantes y sonantes: “ethnic cleansing”, depuradores de pueblos.


Sin embargo, eso de la limpieza étnica como las ejecutorias de hidalguía son un embuste hecho a la medida del sionismo terrorista. Se desenvuelven bien en esa táctica. Primeros los nihilistas rusos que emigraron a Palestina. Un tipo que voló la embajada inglesa con todo el alto estado mayor, que se llamaba Manahén Begawan, alcanzó el grado de primer ministro. Llegó al cargo con las manos manchadas de sangre. Había volado el Hotel David de Jerusalén. La tea aniquiladora que no selecciona sus víctimas pero que aterrorizan a la población en una mano y en la otra, la de la propaganda, reparte consignas mostrandole un poco los dientes a la historia. Son muy listos; saben que ésta sólo la escriben los vencedores. En esos son unos expertos consumados. Así, la fuerza del chantaje y la mentira se impondrá en este planeta y, si es preciso, si la humanidad no les permite salirse con la suya o hacer caso a sus soflamas, lo volarán cualquier día estallando cargas nucleares. Días aciagos nos aguardan.
Pese a tales advertencias las muchedumbres- saben convertirlas mediante el terror y la alienación de los que están siempre dispuestos a poner una carga de dinamita o a envenenar las aguas- cayeron en el garlito de la maquinaria propagandista de la bibisi, nuestra abuela de los informativos, otra cuenta de la vieja y la suma y la resta no nos sale, como lo del holocausto.


Luego vino Tony Twit a darle el abrazo de la muerte a nuestro ínclito Charlie, le convidó a merendar en la bodeguilla, se bebieron el mejor vino de la ribera y tacos de jamón de bellota, justo y para no variar la tradición, lo que había hecho Churchill cincuenta años antes que a ese inglés bien que le gustaba el pimple, soplen y marchen, cantando el Dios salve a la reina y el Britania en la rula de las olas. Spain is not democrappyic enough[4]. A los postres, después de un canapé envenenado, alguien mencionó el submarino nuclear que carenan los mejores calafates del Reino Unido en la Bahía de Algeciras. Del “Incansable” no se hable más, porque eso es mentar la soga en ca el ahorcado. No pasa nada. ¿Cómo que no? Tiene una fisura. Hubo un combate naval en el mar de Bering, los ingleses haciendo honor a su condición de piratas y de nietos invencibles de Drake enviaron al fondo del mar a un sumergible ruso. Un acto de guerra que ha sido silenciado por todos los papanatas orales y escritos al servicio de la serpiente que repta. Era un ruso. Pero aquel imprevisible ataque no desencadenó la gran guerra nuclear. No juguéis con fuego, que vuestro propio incendio os quemará, seréis cegados por el humo que apacentáis. Que nadie me hable del Tireles. A Charlie se le atragantó el café con una gotas e hizo gracia a sus pulmones de un veguero de Vuelta Abajo, a Swithin Cooper se le pararon los pulsos y pensó para sus adentros “a ver si va a pensar ahora éste que estamos metidos en lo de Hinaulafen”. Sin embargo, Charlie ni se enteró, ambos líderes brindaron por la amistad hispano británica y se fueron a casa tan contentos del bracero de sus respectivas, cada uno con la suya, claro está.
-¿Cuántos judíos metieron al horno de san Nicolás Himmler y su cuadrilla?
-Vete tú a saber un porrón. Seis millones.
-Menuda trola. Los seis millones resucitaron todos en California y en Buenos Aires al cabo del tiempo. No fue más que una entelequia con la que juegan la baza de borrar la memoria de Cristo. Pero vete tú a estas alturas a decir esto por televisión.
-Te fusilarán como a un palestino. Si niegas el holocausto acabarás en la cámara de torturas, te pondrá la máscara de gases asfixiantes para que inhales.
-¡Hijos de Satanás!
Vino entonces un inquisidor moviendo la cadenita con todo el empaque petulante de un tal Periostio Periodista y acuchilló mis pensamientos. Me acriminó porque soplé contra el fuego sagrado.
-Esa es vela que nunca podrás apagar- exclamó.
La modernidad se había convertido en chatarra de los últimos presidios de la guerra mundial, pero de los campos de Brunete nos se acordaba nadie. Es más: estaba mal visto mencionar el nombre de la vieja aldea polvorienta, porque aquí no se puede ni nombrar el tiquín con el que el cachetero te acuchilla, ni sacar a relucir derrotas inoportunas que la bicha tiene mal fario.


Después de la entrevista el primero del Consejo pidió agua con bicarbonato y una aspirina. Twit, con su cara de tonto, es de la meten doblada. No pudo salir peor aquella reunión de alto nivel en los chiscones de la Bodeguilla. Si les sacas un vaso de buen vino a un inglés no se te despegará hasta que se beba todo un túnel. así dicen que Churchill se benefició de la mejor añada de un año mágico según los calendarios enológicos, la del cuarenta y cinco, recién acabada su guerra.
Lo que cumple es narrar victorias y referirse no a los muertos - esos no los quiere nadie- sino a los vivos.
No se trata más que de una táctica de la Barragana Suprema. Aquí no se reconoce a los perdedores. El lema es dar noticias buenas de lo propio y malas del contrario. De esta forma, Rusia se ha convertido ahora mismo en blanco de todas las iras del báratro.
Sin embargo, hay que reflexionar sobre el calado de tal añagaza. Si tanto se meten con Rusia, es porque resiste y su oposición a las propuestas de dominio universal y mando único, eso que defendía una purpurado investido con el laurel del premio a los derechos humanos en Oviedo y que ha sentado papable, todos le nombran heredero de Cúpula, ojo al cristo y oído al parche, pero la pinta tuya no puede ser más mafiosa, eminencia. Podrás ser obispo de Roma y después santo, pero a mí no me la das.
Lo que se acerca así pues será un imperialismo a lo burro fundado sobre el soporte de toda la algazara dicharachera del periodismo de manada, de la habladuría enconada y de las mezquindades de baja estofa. Con la iglesia topamos, Sancho. La aldea global será un gran bulevar. Todo te lo daré si prosternándote ante mí me adoras. Vade retro.
Y el príncipe leía sus discursos en la toma de juramento, en la entrega de premios que concluyó con el canto del Asturias patria querida resonante de días de humo y de rosas y de vapores báquicos.
-Vamos apuntala y “amina”.
-Soy un revisionista inconformista. Aina Mais. No comulgo con ruedas de amolar.
Al heredero de la corona se le está cayendo el pelo, se le ven apareciendo las entradas.
-¿Se casa por fin?


-Se casará pero no reinará. Está escrito por ahí.
-Uy no digas eso. Se van a poner buenos los de Telebasta en la cadena uno y en la dos, Telebastaya, y harán coro con ellas dos la Radio Pollina, la Cadena Albarda, y el Sindico Comecocos ya verás. ¿Y la reina qué te contestará? Clavaste en su pecho el más afilado puñal.
-Hecha una Euménide.
-Perdí el decoro.
-Te meterán entre rejas.
-Lo sé. Acabaré en galeras, pero bogando con el esparavel detrás seguiré cantando a la chusma y al cómitre mi himno a Brunete. Remember. Es un epicedio. Gloria a los muertos que derramaron su sangre por Cristo.
-¡Contestatario!
-Consectario, sí, contra la revancha. Será necesario alcorzar un poco esta pocilga.
Mis chatarreros, buscadores del dolor enterrado al pie de la encina donde sucumbió la Quinta Bandera de Salamanca y todo aquel plantel de Tiradores de Sidi Ifni, lo mejorcito de la mejala, al lado del tronco añoso donde expiró el gallardo Dema Giraldo y sus dos alféreces provisionales traían a mi espíritu las mejores memorias de la patria.
Los campos de Brunete fueron los escoriales donde se amontonó el hierro de la batalla. Nunca serán, pues, baldíos de la memoria. Su gesta está presente.
Al otro lado de la sierra, pasada la Bola del Mundo y de Los siete Picos, yo veía a los chatarreros que prestaban escolta a la columna, detrás de la ambulancia de los sanitarios y del páter, cuando acudíamos mis hermanos y yo a despedir a mi padre cuando iban de maniobras al Campo de Tiro de Brunete.
Era una caravana expectante de gente con los andares apresurados y lúgubres. Sin pasar por universidad ni haberse recibido con el grado de oficial  en Zaragoza, sabían de metralla más que nadie, eran artificieros expertos en el campo de maniobras de nuestra vida.


De oído conocían el calibre de cada pepinazo, la trayectoria tensa y cortante de los pacos y el tartamudeo de las ametralladoras.
Aquella encina de mi destino me ligaba a ellos y a su suerte de chamarilero de historias. Supe al verlos pasar que mi futuro estaba en la venta ambulante.  Cargué las cajas de libros en el coche, clavé los apeos, ya tienes un tenderete.
Los proyectiles del quince y medio tenían una trayectoria curva, silbaban sobre el viento igual que un pájaro de malas entrañas. A las bombas de mano no se las sentía llegar mudas como habían sido diseñadas por el fabricante pero hacían una caracola de cometa detrás de la mano que las tumba.
Fuego diurno y fuego nocturno, balas dumdum y muerte al tuntún y de pronto aparecía un fulgor en el aire, un estallido, se agitaban los resortes de la centrifugación y el clamor de un gemido. Ay madre. La vida de un hombre que chascaba. Las granadas enemigas eran como el bóreas de una pesadilla, te agachas y zas, no hay perdón.
Así y todo los barridos de ametralladora son los peores, el plomo se clava en tu piel y no te das cuenta, no lo sientes, hacen carne sin las alharacas de los fuegos de artificio del obús que te echa la zarpa dejando el terreno de partículas multicolores. Es el temible haz de cola de milano -así se conoce en la jerga balística- que siembra los blocaos de cadáveres.
Y bum, bum, bum.  Ya tenemos el geiser que lanza al aire objetos sólidos y cuerpos de camaradas mutilados. A mí me dieron, a ti te han dado, ay esta puta guerra, meted vuestra pistola en un cajón y la mejor hoja de laurel la del puchero con los guisos y con los estofados, no quiero medallas ni condecoraciones, quiero vivir, que me dejen, que me olviden a la sombra de un castañar en mi casa de campo.


Cuando te alcanza el disparo no lo sientes. Cuando te rebana un obús la pierna o un brazo, menos. El dolor viene tiempo más tarde cuando el frío hace acto de presencia, heraldo de la muerte. sólo algunos historiadores, cotejando datos y declaraciones, comprobaron que en Brunete se acababa de alzar el telón del apocalipsis. La trilita que desgarra la carne y la angustias y la comezón de los muñidores de la mentira, de los comisarios de la verdad absoluta, que iba a destrozar las familias. El sexo, como arma blanca para utilizarlo en el cuerpo a cuerpo de los malcasados. Se escuchaba por todas partes el silbido de la serpiente.  Un mundo desaforado se avecinaba, la rebelión en la granja, el todos contra todos.
 
Almiares de carne humana y  huesos enterrados.
En balística la proporción lógica causa efecto transforma la materia. Es la única idea, hacer daño. Nadie sabe de la capacidad del intelecto humano al servicio de la maquina incierta e incontrolable. Parece que acumulas potencia destructora en tus manos con una simple ecuación que combina contrarios elementos en la materia. El cuadrado de la masa por la velocidad fueron factores que indujeron a Einstein a su descubrimiento macabro.
El cálculo topográfico conjuga también al milímetro esas variables.
Tú tiras de la maroma, tapas los oídos y te desentiendes. Si te ponen en el traspontín de una  antiaérea con tu ajuar de camuflaje, no eres sino una mandado. Las ovejas que matas, la carne que destruyes, los arboles que te llevas por delante en un periquete, las rebabas que escupe tu bayoneta calada al hendirla contra el enemigo, la sangre que mana, los urces sin savia, los mulos con sus respectivos acemileros que destripas, los tejados que vuelas, no son tus víctimas. Un soldado de España nunca podrá ser un terrorista. Ahí los pistoleros de Negrín, calcados al pie de la letra en sus funestas estrategias de matanza por los sicarios de Arzalluz (miradle ahí con facha de enterrador de nuestro país con toda la furia a cuestas de avenate al que dan bascas hispanófobas, y nadie le hace frente, ni se le rechista, parece un dios, todas las mañanas se va de chiquitos por las Siete Calles, el chigrero se confunde y en vez de vino le da a catar sangre humana con etiqueta del mejor vega Sicilia).


Un artillero tampoco es un asesino, pero ¿se puede llegar al homicidio en nombre de la patria? Eso que se le pregunten al jefe de la banda, al que he dicho antes. Que no se entera. Todavía anda por las ramas de su árbol sagrado, ese roble de Guernica de inclinaciones antropófagas y desde esa cima expectora todas las tardes amenazas. A la cabeza de un partido político diseñado en el modelo del Irgan. Parece ser que a los camuñas y tiranos como él les va bien la vida. Hasta se manifiestan en su favor las madres de la Plaza de Mayo, le hacen corro de harpías jaleando sus crímenes cometidos en nombre de la libertad y de la patria vasca.


Pero, ojo, con irritar a Jupiter. Su trono está sobre una encina que vivió las cargas a retaguardia en los predios de las dos mochas. En cualquier instante nos puede lanzar una ráfaga de su lanzallamas mortal. Quedará ese carballar destruido, pisoteados sus fueros. Los dardos jupiterinos se encargarán de hacer que el roble en cuestión deje de dar bellotas y su cancerbero hortelano y criminal señor pronto a dar malvas. Arzalluz se irá al carajo manda cojones. Borrarán su memoria de hombre diabólico del mentón prominente antes que le corresponda si nos sigue chuleando. A ese lugarteniente renuente a pasar por calvo también lo pondremos en suerte.  Le vamos a enviar un barbero de Sevilla para que le haga un corte a navaja permanente de gratis al objeto de que deje de agitar como ikurriña inflamada ese flequillo amenazante de calvo presumido la testa llena de sarna y el alma dada de pez. A las calderas de Pedro Botero duro con él. Tiene vara alta con los americanos, es el darling boy de la bibisi, aparece en la sien- nene cada por tres, pues mejor me lo pones. Un tiro en la sien, dejará entonces de piarlas. Impacto sobre el objetivo, parte de daños y perjuicios y pelillos a la mar. Todas esas cosas no le incumben al brigada de retén. Si se pone chulo llamaremos a la vigilancia. Irá derecho al cala. Allí será el rechinar y el crujir de dientes con otros maromos. No hay derecho, hombre por dios, porque he sabido que cada vez que los cachorros del hombre satánico del norte hace carne sus camaradas en la cárcel brindan con champán y viven allí a todo tren vida regalada a cuerpo de rey y ojito con pasarse amenazan a sus carceleros. Se cambiaron las tornas y los custodios pasan a ser los que están en la mazmorra y no los asesinos. Pero el peor terrorismo no es el de esos sayones sino la indiferencia de una sociedad que sólo se preocupa de sus regímenes de adelgazamiento, donde los maltratos psicológicos se han convertido en moneda de cambio en el interior de los hogares, el cabeza de familia sin autoridad, la esposa que intenta realizarse fuera del hogar y la prole bien crecida, amamantada e instalada, que renuncia a abandonar el nido. Un flash de un atentado y el personal continua enganchado a los programas de Ama Rosa siempre tan repeinada con su escolta de boys y arropada por sus negros que recitan la letanía de sus plagios. Se fusila, se copia, se afilan los colmillos del vengador. La mentira y la emulación propios son la principal añagaza del enemigo de los hombres, y no nos engañemos constituyen el privilegio de los que disparan contra nosotros, nos hemos quedado sin anticuerpos para organizar la defensa moral. La patria muere atacada por el sida. La democracia se ha quedado sin respuestas. Entre todos la mataron y ella sola se murió. No es fácil de sobrellevar este clima de terror reconcentrado y como en recamara. Es mucho peor que el de los atentados con coche bomba con los que irrumpe cada vez con más frecuencia haciendonos presentir el polvo macabro de la derrota eta y sus padrinos trilateralistas. Somos casa en facción y así iremos a la ruina, bajo el punto de ira de las armas de trayectoria tensa del Hermano del Norte, del fraude de políticos poco avisados como Corla y la miseria moral que nos cubre hasta el cogote.  Todos estos son cartas triunfales con los que juega ahora mismo el tahúr asesino dispuesto a acabar con un enemigo contra el que está dispuesto a vengarse. España desamparada y desarbolada será troceada y balcanizada como lo ha sido Yugoslavia. Es dictamen del sanedrín universal.


Únicamente los chatarreros de la postguerra predecesores de los barrenderos de la sangre que aljofifan la suciedad post moderna y post industrial y barren el zarzamillo de los añicos de las ventanas venidas abajo -Madrid otra vez bajo las bombas con la luz apagada, ciudad cercada que resiste- evalúan estragos mediante reconocimiento in situ. Son los audaces recogepelotas de letales duelos artilleros. Se hacen cargo mediante la correspondiente monda de los restos apilados en los almiares de carne y de huesos destrozados. Madrid se ha convertido bajo la invasión de los nuevos bárbaros del norte en un henar suculento de cadáveres. ¿Quién nos va a salvar los muebles? ¿Quién nos librará de la onda expansiva de los macarras del tesón separatista? Me temo que los gritos de basta ya y de eta yo no serán suficiente.  Más muertos vendrán si no hay una terapia más radical. Aquí haría falta un nuevo remember Brunete.
Los chatarreros, los traperos de la misericordia, los enterradores de la amanecida son buena gente pero no habrá fregonas ni escobas suficientes para purificar el ambiente de tanta borrachera de sangre. Son buenos samaritanos, cumplen de esa manera una obra de misericordia mientras los cofrades de los asesinos en la trena española, verdaderos hoteles de cinco estrellas para estos miserables, celebran las batidas de sus comilitones en celdas con nevera, televisor y gimnasio a costa del contribuyente, se mofan y amenazan a los carceleros con un mañana te toca a ti ya sabes. Con todo y eso, este no es el peor terrorismo sino el que han traído estos tiempos de desamor, y de putería imperante, época de Teresiñas que gritan consignas feministas como perras atrailladas y de unos medios de expresión dominados por la serpiente que da pábulo a los que ponen la bomba, y habiendo infiltrado la red tanto a guardias como a asesinos nadie será capaz de poner el cascabel al tigre. Llevamos una fiera de desilusión dentro de nosotros.  Eta no es más que un síntoma de la descomposición que amenaza al país, el último peldaño de la violencia interna, una feroz maquinaria de odio visceral que agarrota los nervios y destila por doquier podridos humores. Esto tendrá que estallar.


Su profesión meritoria es una profesión a extinguir, el oficio de chatarrero quiero decir, desde que en los campos de Hiroshima no pudieron trabajar. Las radiaciones son muy peligrosa. Allí no fueron avistados con su castina fundente ni la azuela de tanteo. El hermano americano quiso poner contra la pared a esta tribu de esperaderos de la pólvora, los estibadores de los barcos de la muerte, de las minas contra personal y contra carros que siegan piernas y brazos. Los americanos, adoradores de un dios terrible y celoso, monstruoso como la estatua sedente del Lincoln del capitolio, quieren acabar hasta con los chatarreros y barrenderos. Eso es tracción de sangre y en su país se apuesta por la tecnología de nueva generación.
Vamos a ponernos serios: de lo que se trata es de sentar a Europa en la silla eléctrica; sonó la hora de la zafra grande, invoquemos la cámara de gas. Ellos tan legalistas y legitimistas traerán a la tierra el trágala de la tiranía esgrimiendo la palabra, como un conjuro, como un abracadabra, monserga de los derechos humanos, un concepto que va en contra del derecho de gente.
Las horcas caudinas por los que nos harán hincar la cerviz serán estrechas y de techo bajo con los tejados para abajo y los cimientos para arriba y esto no lo va a arreglar ni el Corla con sus amonestaciones a la tranquilidad porque después de todo España va bien. Bien jodida y de cabeza, pero cómo va a mandar en un país un fulano al que se le ha negado la patria potestad en su vivienda y no domina a su mujer que no se quiso poner el almaizar sobre los hombros ni el humeral de las veladas y mucho menos la toca.
Tocas y humeral a estas alturas del siglo XXI, vamos, anda ya, no me vengas con disparates. Aquí todas somos feministas, hacemos uso de nuestro cuerpo con el que nos apetece y nos viene en gana hasta el pecado mortal, que eso del hijos sí, y todos ellos de padre desconocido, maridos menos nos parece muy a tono con los tiempos que corren, tú me has oído, Chirle- charlo, sabes muy bien lo que te quiero decir, ahora ya no se sale a misa y vamos todas al desfile de modelitos destocadas y descocadas. Nos asiste el sagrado derecho a la libertad sexual. Eso es sacrosanto a qué darle vueltas y no me pongas en el disparadero que puedo ir a la guardia civil a denunciarte por comportamiento vejatorio hacia mi persona, nada me importa que seas presidente.


Volaron el campanario.
El campanario del templo parroquial de Quijorna tenía un bonito techado de eridelas cuadrilongas y tejas imbricadas que daba a su sombra sobre el paisaje de ocres tamizados de oro un aspecto de pueblo casi francés. La artillería concentraba el fuego sobre aquel objetivo. Cuando las balas impactaban sobre el bronce, se producía un repique o un voleo, según el calibre. Entonces los falangistas burgaleses se persignaban y se infundían ánimos unos a otros diciendo:
-Vaya. Tocan a misa.
Aún bastante tiempo, las treinta y tantas horas que duraron las escaramuzas se seguía escuchando en medio del tumulto la voz del bronce. Algunos creyeron que por milagro y un signo que predecía a las claras de qué parte estaba la deidad en aquel lance.
-Tened fe y resistid, hijo míos - gritaba un teniente que mantuvo en jaque durante un día entero a toda la artillería y la caballería del Ejército de Maniobra. Cuando no pudo resistir más porque de retaguardia no le llegaban tropas de refresco ni la munición requerida (bombas de mano y armas anticarro) se pegó un tiro.
En lo alto de la cúpula un morito del Tabor de Larache se encastilló e hizo una numantina defensa disparando desde los cuatro ventanos que mantuvo a raya a las tropas del ejército republicano; las columnas marxistas no daban crédito a lo que vislumbraban en el horizonte: un ser con faldas accionando furiosamente el disparador, gastó más de cinco cintas sin fallarle la refrigeración, certera la mira, diezmaba a la infantería que embestía contra el sector de Quijorna camuflada detrás de esparteras y matorrales, llovían tiros y versículos del corán, deprecaciones al dios baluarte de toda grandeza y misericordia, numantina poliorcética de un rifeño tan agitado por la causa de los nacionales que parecía haberse vuelto loco.
Iba vestido de blanco, tocado de un turbante verde, el alquicel al viento de una gasa casi transparente.


La posibilidad de que fuese una gachí sirvió de acicate a las avanzadillas del general Pozas, todos querían llegar el primero para hacerse con el trofeo, Marte y Venus se dan la manita y obligan a espejismos maravillosos. Es una mora. Que no hombre que no, ¿cómo va a ser una dama? Los marroquíes son muy caballerescamente meticulosos en esto, más que nosotros, y, por moros celosos, no permiten que las mujeres vayan a la guerra.
Cuando apareció disparando contra los blindados rojos, los mandos que seguían el desarrollo de la batalla con prismáticos tuvieron que restregarse el globo ocular no fuese a ser lo que estaban viendo el resultado de una ilusión óptica. Ha llegado Almánzor con toda su hueste.  Va a vengar a Boabdil el Chico.
-Eh vosotros, a por “ella”. Neutralizarla. A qué no tenéis cojones.
-De esos tenemos como el que más, pero también tenemos instinto de conservación. A ver quien es el majo que se arriesga el pellejo subiendo a la torre en medio de esa tolvanera de plomo.
Un soldado ataviado en traje de mujer que al poco rato de iniciarse la refriega mostraba manchas de sangre en su aljuba.
Podría ser un espectro, el espíritu de un fantasma, tal vez el mismo arcángel san Miguel en persona blandiendo su flamígera espada.
Los dactilógrafos del Morse se agitaban convulsivamente y de consuno con la telefonía portátil de campaña se pusieron a vomitar partes. Toda la megafonía legitimista, tan legitimista que había legalizado el crimen y la saca en la retaguardia, entró en funcionamiento y se escuchó el ultimátum de un comisario sonando por el megáfono exhortándole a que alzara bandera blanca.
El intérprete le instaba desde un pozo oculto de tirador a que se rindiese en nombre de Alá.
-Él es el más grande y misericordioso y premiará a los que entregan su vida en defensa de la justicia.
Volvió a gritar haciendo bocina como un almuédano lleno de fervor religioso:
-Alá al kader.


-Venga, Mohamed, baja de ahí en eso. No tienes ninguna escapatoria posible ¿no te das cuenta de que te tenemos cercado?
La contestación fue una ráfaga colectiva. La cinta articulada de su arma automática soltó cien cartuchos. La linea de colimación era perfecta, destruyó otros cien objetivos. La toma de gases y el embolo hacían sincronía de unísono y hasta parecían que ululaban a gritos agónicos el himno guerrero de la Legión. Era el estruendo de la jarca en el desierto con su grito de clamor de toda la caballería de Alá.
El novio de la muerte operaba la ametralladora con una mano y con la otra esgrimía un ejemplar del Alcorán.
-No me rindo a los enemigos del Profeta, acabaremos con los judíos que han manchado esta bendita tierra.
Sus palabras sonaban claras, rotundas, temibles, casi proféticas. Eran oratoria pura de la yihad.
Corrió entre las trincheras la voz de que era una mujer, una tía con los ovarios en su puesto, y no una de las pedorras de Echegaray y Ballesta que se trajeron consigo los milicianos al campo de batalla para dulcificarles la vida bajo las armas. Infectaron las trincheras de ladillas, soltaron sifilazos a mansalva y convirtieron el Alto León en un lupanar. Para deshacerse de su presencia tuvieron que correr y no pararon hasta la puerta de casa, al grito de ya vienen, ya vienen a pegarme algo, ay, madre lo que me pican los testículos escarificados.
Pero otros se inclinaban dentro de la espiral de rumores por la versión más misteriosa. No se trataba de una amazona, sino de la Virgen María en persona- esto era ya la rehostia- que había bajado a Brunete en carne mortal, como lo hizo en su día al pilar de Zaragoza, sumándose a la causa nacionalista, para defender la torre de un templo católico al que las turbas desalmadas pretendieron fusilar como ya lo hicieron en el Cerro de los Ángeles con la estatua del Sagrado Corazón.


La Madre de Dios posó sus benefactores huellas sobre las tejas de pizarra del chapitel eclesial decantandose en su intercesión a favor del bando de Mola y de Franco. Fue jaleada la noticia a los cuatro vientos sabiamente manejada por los expertos en información de los batallones de Yagüe. Corrieron como la pólvora por las trincheras nociones del suceso. Era el caso que Dios se había sumado a la causa de Franco. El Padre de los Creyentes vetaba a los rojos.
Ello aupó la moral de los requetés de Navarra, los más religiosos y que lo estaban pasando mal con bajas escalofriantes por falta de adaptación al territorio. La calorina y la sed minaron su disposición para el combate.  Nos vino Dios a ver, un ángel de los cielos debió de haber soltado la armella del tirafrictor de la bomba de humo y la carga fumígena de aquel hecho milagroso apuntaló los ánimos desvencijados para la lucha. Teníamos de frente a un enemigo que atacaba con sorpresa, arropado por los blindados que hicieron aparición como fantasmas por los encinares. Los destacamentos del Vértice Los Llanos y del Pardillo acababan de enarbolar bandera blanca. Los de la Loma Artillera donde estaba mi unidad habían perecido casi todos y sólo quedamos un puñado de supervivientes que fuimos hechos prisionero. Yo me salvé gracias al Chafa, precisamente, el que fuera rival de amores, nunca se lo podré agradecer, fue un recuerdo el más grato que guardé de mi estancia en aquel infierno de Brunete y cuyas circunstancias trataré de explicar más adelante.


Pero si parte del nuestras lineas se mostró indeciso y vacilante, o, como decía Pepe Lita, el asturiano que hacía de enlace entre nuestra centuria y la comandancia de puesto, el de Quijorna fue el que mejor resistió. Quizás pudiera incidir aquel hecho anómalo del tirador de la policía nómada en lo alto del campanario, que tomó por alminar de mezquita la torre de aquella iglesia consagrada en el siglo diecisiete, haciendo fuego a discreción con su Alfa 7,92. No estaba chaveta. Sabía lo que hacía. Cuando se le acabaron balas en la recámara optó por las bombas de baquelita, granadas rompedoras y en última instancia cuando no tuvo más remedio se lió a tiros en seco con un arma corta de nueve milímetros cuadrada junto al pecho como una aljaba. Su audacia tuvo en las filas nuestras un efecto multiplicador. ¡Vaya un tío! Un disparo artillero incidió en el hastial del edificio volando su improvisado nido. Su ocupante saltó al vacío. Fue una suerte de suicidio. Era un sargento de Regulares. Había preferido la muerte a la rendición. Luego creo que le condecoraron con la Laureada.
A los judíos de la Brigada Lincoln se les rebajaron las ínfulas después de aquella noticia. España no era Cuba ni tenían de frente a un ejército integrado por mambises. Este hecho que algunos medios calificaron de sobrecogedor y exponente del fanatismo de sus contrincantes les daría mala espina. Barruntaban derrota. Si esa hebrea renegada - pensaron los comisarios de la estrella de cinco puntas para su capote- que parió al mayor enemigo de Israel hace causa común con los moros y los católicos hijos de la superstición, va a ser el apaga y vayamos.
Y salieron zumbando. Tomaron algunos el primer avión para Nueva York o se volvieron para Kansas city. Se marcharon blandiendo el puño en alto amenazas y promesas de vindicta, geo-estrategias globales, políticas y politicastros. Nos dejaron acá a Ernesto Papa Doc, que se iba todas las noches de putas a Chicote y entre libación y libación escribía novelas, inventando una nueva sección en periodismo, el de corresponsal de guerra, género no objetivo que pertenece más a la sección de la publicidad que al de la noticia.
 Ya estaba en el  pensamientos de los internacionalistas, muñidores de la moderna leyenda negra contra España, crear el monstruo de Henry Kissinger dispuesta a dar los abrazos de la muerte e investir caballeros a los agentes del terrorismo sectario. Os enviaremos a Corlas, os minaremos Lavapiés, atentaremos en Vallecas, soltaremos a los dogos de los asesinos del norte, alfombraremos Madrid de trilita.
Antes de zarpar profanaron la estatua de Isabel de Trastámara bautizando su velo y la corona regia de mármol con excrementos caninos, en gesto de los que no perdonan.


Qué cabrones. Sólo saben que mentir y que hacer daño. No me extraña que la gente no les pueda ver. Van por el mundo sembrando el terror, guerras, desolación. Nunca habréis oído hablar de un judío simpático. Hasta su humor es un humor de rebotica. Se pasan toda la vida inventandose holocaustos. Venterneros del odio, patrones de todos los canallas, el gran sanedrín es un coro de protocanallas.
Nos enviaron ya lo formulé en más de otra ocasión al del Bigotito chirle charlo, el que se acuesta con la valenciana de culo caído y trajeron remesas de milicianas y comisarias que apostaron en todos los canales de televisión, percheleras ceceantes que sabían mover las nalgas con poderío. Unas eran ninfas del amor, otras se dedicaban a eso de la tercería, un oficio que siempre tuvo con bastante gancho en este país celestinesco, se pegó a las masas su morbo y otras escribían libros por poderes, pagaban a un negro para que fusilase los bestseller en inglés. Llanto y dolor en las casas, desvalimiento. Los hijos pegaban a los padres y los echaban de sus casas para meter al negro que le bailase el agua a la madre, escuchábamos a todas horas insolencias y paridas acojonantes, crónicas marcianas que soportar en nuestra mesilla de noche, nos amenazaron con un bardaje que saltó a nuestros parapetos desde la tierra de Bolívar que no podía ser. Nadie sabe lo que tiene el negro que escribía novelas por entrega a las madamas de los programas rosas. La patria fue de esta forma cayendo poco a poco en las garras del sionismo. La pata de la raposa afirmaba su equilibrio sobre los trípodes, los angulares que todo lo ven y los micrófonos matarratas, bombas de mano de la vulgaridad que se ha vuelto como una piel de zapa en nuestras vidas prácticas en la doble moral. El personal se desnudaba ante las cámaras o sacaba a relucir toda la mierda de su vida en un interrogatorio de liviandades conducido entre arrequives, momos seductores y gestos ensayados ante el espejo por  una inquisidora de tiros largos con mucho morbo, pero muy cursi, sobre todo.


Se las daba de tía buena e incluso de escritora con una audiencia de un millón de lectores. Hasta publicaba cosas ¿Cómo puede sacar tiempo para escribir con lo duro que es nuestra Pantera Rosa?  Pluriempleo y codos. Es la receta del triunfo. Jóvenes sin trabajo la ardua pela el empleo en casa dejad de maltratar a vuestro pobre viejo que él no ha debido de cometer otro delito que el de ser vuestro padre, pero esta sociedad roma lo considera pecado mayor, mira que criar cuervos para que te saquen los ojos, tú matate a trabajar para sacarles adelante para que luego te insulten, te menosprecien cuando no te aticen como dios manda que estos mozos de la nueva leva sin mili se han vuelto verdaderas hienas, venid a ver cuál es el secreto, la clave del éxito, sed todas como la Pantera Rosa. Presume de divorciada. Le puso los cuernos al cineasta. Ese que monta películas insoportables y tiene tan metido en la cabeza a Humprhey Bogart que  rueda sus escenas entre humo de cigarrillos americanos, ay que me da la tos, le ha nacido complejo de sala de proyecciones, pues se pasó la infancia y la juventud en una butaca del cine Montija, o iba al Europa donde entraban dos y salían tres, que menudo sacomano, querían imitar los besos de Clark Gable las parejas pero a lo burro y la mimesis incidía en una aumento de la natalidad, pues ese que tiene la cara de haba alargada y miserable pues se llevó al huerto a la Pantera Rosa, luego se divorciaron y a ello la pusieron en la tele y por las tardes a construir argumentos de novelas del colorín colorado este cuento se ha acabado, muy en plan de feminista o así, porque sus programas se abrían con una de esas pedorras que se dicen vejadas, ahora vas y lo cascas. Tres horas insultando a la familia burlándose de la institución sagrada exaltando el sexo, el lo hago porque me apetece y el a nivel de pareja, ay señor, ay señor, y luego vas y lo cascas y se descubre el pastel y resulta que no era ni escritora ni entrevistadora ni nada y muy mala periodista que puestos a decir al go siempre se saca uno esa profesión. Encima tenía un negro que fusilaba a Barbara Garlan a placer y el cómitre ahora vas y lo cascas se vengó descubriendose el pastel que la Pantera Rosa no era nada. Sólo la entretenida de un jefazo de la Cadena Cónica, el amigo del gran Filipo el que estuvo en América de corresponsal y al que coronaron rey midas en una sinagoga.


Telebasta y Telebastaya la de las manos asesinas fueron una institución que sustituían a las iglesias selladas a cal y canto. No se cansaron de gritar consignas. Entronizaron una monarquía de cimbel y de reclamo. Nos dieron la promesa de un heredero que nunca reinará y será la culpa de los aduladores palaciegos, de la prensa de cantón y de los enterradores de la monarquía que acuden a los programas zapapico al brazo para sepultar honras, de las cotorras de Transmisiones micrófono sural en ristre, los hermeneutas recién traídos de la Peña Infiel, los vampiros del hola. Las hormigas podrán retratarse con las testas coronadas, os atiborraremos de baratas filosofías y malas novelas de los hijos de Marías, las conjuras del Ansón y os rebozarán en la baba del odio telemático  que destilan los comentarios de Faro Cohén. Este tiempo de tornadizos es de locos repúblicos y a río revuelto ganancia de pescadores. La serpiente siempre muda su camisa.
Todo eso está muy bien, pero remember Brunete.  Aquí les dimos una buena soba a los judíos. En el 92 os echamos y en el 36 os tiramos al mar. Habrá una Bereque  pero se le eclipsará la buena estrella y dejará de tener baraca. Vais a perder la batalla de David contra Goliat, os vais a enterar de lo que vale una lendrera, probareis de vuestra propia medicina, y a beber las mismas copas del llanto que habéis causado a la humanidad. Aceite de ricino para desayunar y para cenar granadas rompedoras. Seréis ahorcados, criminales, con la soga del gran cadalso que levantasteis en vuestros tronos del aire. Remember Brunete.  Estas dos palabras serán el lema de los conjuros de vuestras propias cenizas.
 
Los carros de combate al aparecer por la contra pendiente ofrecían un aspecto de langosta apocalíptica. A los pocos minutos de entrar en acción un majuelo que teníamos delante quedó hecho trizas. Los relejes lo devoraban todo. Sin embargo estas máquinas aterradoras con su cabeza descomunal y la trompa del cañón de nueve milímetros en la torreta tenían un telón de Aquiles según un teniente que instruía a nuestro pelotón.


Son sordos y medio ciegos, avanzan en una única dirección y no pueden voltear cuando alguien les llega por el flanco o a retaguardia con una botella de gasolina. La falta de versatilidad maniobrera les rinde vulnerables. Los lobos tampoco pueden tornar porque parece que llevan el pescuezo soldado a la cabeza pues así el tanque. Por eso tienen igual que acometer en manada utilizando el factor sorpresa.
Esta condición lupina así como la ferocidad del acero y del hierro fundido les da un aspecto conminador. Cuando asomaban por el horizonte el hocico y chirriando con estridencia fatídica las cadenas de los relejes, bufando con crestas de humo exhalando por los tubos de escape y ganando superficie sin que nadie sea capaz de parar su marcha, nos echábamos a temblar, algunos soldados no podían remediarlo porque veían ante sí la muerte por aplanamiento bajo su rodillo tétrico y se iban de vareta. A mí me ocurría eso mismo. Yo también me meaba por la parta abajo, me castañeaban los dientes.
Los blindados eran de fabricación rusa, muy tosca con pocos arrequives, pero poderosos y contundentes, pero por el ruido que metieron debían de consumir todas las existencias de gasolina del parque móvil. Sin embargo, ellos tenían excedentes de combustible y de munición, precisamente algo de lo cual nosotros no andábamos muy sobrados.
En cuanto a valor creo que estábamos a empate. si cojones tenían los rojos, porque eran españoles un factor que nunca hay que olvidar, nosotros teníamos tantos más, y no va a ser cosa de hacer aquí alardes. Tenían armas mucho mejores pero no las sabían utilizar, organización también parecía faltarles, mientras nuestros mandos exhibían sobre el terreno una coordinación aquilatada. Ellos atacaban en ráfagas, aunque, todo hay que decirlo, el ataque por sorpresa de la madrugada del seis de julio fue una operación estratégicamente de libro.
Se te quedaba la boca seca al ver avanzar a los acorazados visión solemne de la guerra moderna.
-No tengáis miedo. Haced fuego sólo cuando estén a mira.


Dema visiblemente agitado con el arma montada recorría la posición. Su canguis competía con el nuestro. Daba violentos tragos a su cantimplora llena de anís del mono.
-Son rusos.
La palabra Rusia era muy pronunciada por aquella fechas entre el sobresalto y el temor pero también con la esperanza de que por fin había una nación comprometida con la causa de la república. Los que habían programado la carnicería habían decidido que Stalin fuese estrella invitada en el sarao. El caudillo soviético desconfiado y audaz entró al trapo pero no tardó en olerse la tostada. Sólo se sentía el personaje del reparto de una tragedia griega por entregas. Su actitud fue cambiando a medida que fueron desvelándose matices desconocidos de los acontecimientos. Al final de colaborador pasó a ser enemigo formal de la Bestia sin Rostro.
Quizás simpatizara en el fondo con Hitler pero en aquellos aciagos días que se avecinaban los campos de exterminio eran para todo el mundo. Puede que los judíos fuesen la clase exenta y privilegiada. Lamento que eso no se podrá decir sin correr riesgos y mucho más en este momento.
Se quedaba la boca seca. Era como si un estropajo hubiera sido introducido a presión sobre tu garganta. Los trompies en ajuar de combate habían empezado a tramontar el repecho. Quedaban a menos de doscientos metros de nuestra posición. Dema dio la orden de contraofensiva. Unos saltaron hacia adelante y otros los vimos correr como almas en pena hacia la carretera del Pardillo. Eran las primeras deserciones. En el grupo de prófugo se encontraban dos camaradas de Ciudad Rodrigo. El otro era de Toro. Los blindados, aquellas cigarras apocalípticas, asustaban a cualquiera.
-No sois hombres - gritó Dema a los que veía poner pies en polvorosa.
Hizo una ráfaga que alcanzó al que iba zaguero. El tiro, de una puntería certera, le impactó en el cuello. Nuestro capitán le ahorró sufrimientos. Lo mismo debía de dar morir un poco antes que un poco más tarde. Debajo de los relejes de los orugas soviéticos o abatido por el disparo de un tirador de Larache.


Aquellos armatostes eran vulnerables. Observamos cómo el valiente Dema se acercó a rastras a la grupa de uno de ellos con una bomba incendiaria. En un segundo el vehículo fue una almenara. Escuchamos gritos terribles en ruso de los que viajaban a bordo al ser alcanzados de lleno por un vórtice ígneo de cerca de mil grados, temperatura comparable a la de un alto horno.
El blindado que venía detrás al ser testigo de la desgracia de sus compañeros frenó en seco y comenzó a disparar sin ton ni son y otras tres unidades más aparecieron embarrancadas en fila india. El jefe había dado orden de regresar. Intrépidos infantes del requeté y de la falange colándose en las filas rojas habían neutralizado el primer ataque acorazado que se registró en Brunete.  Los lanzallamas se encargaron de demostrar que en la guerra el acero puede ser desbancado por el coraje.
La muerte de aquellos pobrecitos achicharrados debió de ser dantesca. Una pira de hierros retorcidos. Olía en el campo a carne de churrasco igual que cuando en Membibre por san Martín asábamos cordero a la estaca. Me dieron pena aquellos pobres rusos a los que habíamos tenido la ocasión de oír durante las largas sesiones de escucha en la duermevela antes de la batalla. Hablaban aquella lengua tan melodiosa y llena de cadencias. Parecían personajes de un drama de Chejov ajenos a la tragedia que les depararía el destino días más tarde.
Algunos eran muy rubios. Les vimos bañarse en el Aulencia una sofocante tarde del mes de junio.
-Tiro contra ellos.
-Deja, deja que se bañen a gusto. Son soldados como nosotros. No saben lo que les espera. Que gocen del sol de España.
Aquellos simpáticos mozos de Murmansk, Kiev, Moscú y Leningrado, impresionados tal vez por la benéfica temperatura diríase que en lugar de haber venido a la guerra creían estar haciendo turismo en la provincia de Madrid.


Se bañaban alegremente en un recodo de la ribera allá donde resultaban más espectaculares la vista del castillo con su torre del homenaje en el alzado piramidal del cerro y las almenas vigilantes, ocres con el incendio rojo del crepúsculo. Habían encontrado el lugar ameno, esa querencia que desencadena verdaderas tormentas de actividad en el ser humano el cual tanto se afana por encontrarlo. Debían de sentirse protegidos por la silueta majestuosa de la fortificación mudéjar dominando el alcor y la ribera orlada de las banderas enardecidas de los chopos.
Atardecía y se escuchaban voces de mujeres. Algunas milicianas se bañaban con los soldados soviéticos despojadas de su atuendo y con todo al aire.
-La madre que las parió a esas tías - dijo Pepe Lita.
-Por el habla deben de ser de Vallecas, mi teniente.
-Les tiro una ráfaga. Las tenemos a huevo.
-Deja, deja - insistió el alférez Martín- me parece que vamos a ver toritos.
-Joder. Con las ganas que tengo. Hace ya tanto tiempo que no veo a una gachí.
-No te creas que eres tú solo el que no se come una rosquilla de palo.
-Los rojos lo tienen mucho mejor por ese cabo. El mando les pone putas en plena línea de fuego.
-Así no habrá desertores. No tendrán que escaparse a Madrid para satisfacer sus necesidades.
-Dí para engrasar el mosquetón y todos te entenderemos. Que lo de necesidad fisiológica es otra cosa, cabo Recelado.
-Limpiar el ánima con la feminela.
-No seas tan gráfico.
-Fusiles son los dos.
-Hay que deshollinarlos de vez en cuando.


Toda la posición se mantenía expectante.  Todos estábamos excitados ante aquel insólito espectáculo de las tías en cueros. La vega del castillo de Villafranca vivía un anticipo del despelote y del destape que habrían de producirse cuarenta años más tarde. Todos, menos un flecha al que llamábamos Bogajo que era seminarista y estaba a punto de cantar misa, nos dábamos ración de vista, un lote, vaya. Un artillero había aportado uno anteojos de campaña con periscopio bifocal y pudimos seguir el curso de los acontecimientos que tuvieron lugar sobre la fresca y cencida hierba del soto.
Aquel par de merdellonas le tomaron gusto al oficio y tuvieron coyunda no sólo con los tanquistas rusos, ofrecieron su pecado mortal a los combatientes del sector.






Lo hacían a plana luz del día sin recato alguno.  Había para todos. Luego veíamos cómo presentaba armas todo un afortunado batallón. Para traer ninfas del cantón deberían de estar muy seguros de que la batalla aquella la iban a ganar y el gesto debió de tener su aliciente propagandístico, querían que los de Franco nos convirtiéramos en vulgares mirones. Las guerras se combaten a base de dinero y echarle mucha carnaza de mujeres pero nosotros a ese respecto estábamos a blanca, el páter del batallón durante las misas de campaña no se cansaba de repetir que era malo y que si lo hacíamos acabaríamos de cabeza en las calderas de Pedro Botero. Únicamente los legionarios trajeron sus cantineras de recua pero no debían de ser de mucha confianza puesto que ni ellos las hacían demasiado caso y se iban de picos pardos a las ciudades de retaguardia, a Avila, Segovia y Medina del Campo, Arévalo en determinados casos, pero esto no era plan. Los de fortificaciones tenían mucho más suerte porque tenían un Líster que si no hubiese sido porque era rojo a mí era un gallego que me caía bien. Varela no permitía el trato torpe entre nosotros y eso debía de hacer bajar la moral de combate en algún punto. No está bien que yo lo diga pero en parte fue uno de los problemas más acuciantes que tuvimos algunos de nosotros, alevines, pobres, que nos veíamos lejos del pueblo y nos dijimos ahora es la nuestra, ancha es Castilla y en esas circunstancias de albedrío eufórico te entra de repente la melancolía de mujer, ganas de hembra. Eres joven, a lo mejor mañana te fusilan si caes prisionero o te tritura un tanque o vuelas por los aires en volandas de la metralla de una bomba de mano y ¿qué hiciste en esta vida, dí? Pues sólo se vive una vez y uno va a la guerra a mejorar la raza, a conseguir la victoria o la muerte.  No me seas borde, mira qué pensar en esas cosas, Ursino, tienes demasiada imaginación, se te va la olla, lo que cumpliría es que te estuvieses quieto, mira los tanques. Ya se acercan a ti. Si te alcanza un disparo de su cañón de retroceso, mañana estaremos en Membibre de funeral, te tocarán las campanas, don Amancio te cantará el gorigori y el abuelo Casiano se subirá a la burra o enganchará el carro, Jovita, chica, que me voy a Cuéllar a cobrar el giro con la gratificación, ascendieron a Ursino por méritos de guerra con la laureada a título póstumo, te llorarán, qué bueno era y el abuelo se embolsará los cuartos de la indemnización, la última masita. La Merced irá al funeral de riguroso luto pero a los tres meses se vestirá de alivio y se casará con otro. No hacía más que darle vueltas a ese pensamiento de la muerte porque dicen que Eros y Tanatos son el Castro y Pólux los mellizos de la simbología esotérica, vienen juntos como los contrafuertes de dos ventanos geminados cabalgando a la par. No me hagas caso, es que cuando tienes a un carro de combate a dos palmos de tus narices piensas que todo puede ocurrir, remember Brunete, llevarás luto por mí, Mercedes yo sé lo que me digo, te quiero. Esos rubios de Leningrado ay que ver que cuajo como se bañaban mens sana in córpore sano y al arrimo suyo venían las tías esos pendones que seguían a los guerreros como perras salidas. Decíamos que qué asco con la boca pequeña mientras tragábamos saliva que por dentro nos moríamos de envidia. Varelita debiera de copiar de Líster y del Campesino esa deferencia con sus soldados y no tanto pasearse de punta en blanco. Es un tipo que tiene una vocecilla de señorita pero dicen que tiene un par de huevos y es muy disciplinario que el otro día mandó fusilar a dos requetés por haberse dormido en la posición, habían hecho que llegar de Santander y estaban derrengados con cuarenta de fiebre. ¿A qué habremos venido a este pueblo infernal que hasta hace poco día no conocía nadie y del que hablan en la actualidad a toda plana? A dejar aquí los huesos, a convertirnos en mojama y que nos den luego unos centímetros cuadrado en el Valle de los Caídos. Nos estamos sacrificando por el futuro de la patria, pero yo no oigo cantos triunfales desde este pozo de tirados. Únicamente el ralentí de los motores de la división Smirnoff - se llaman como el vodka oye - que bufan allá abajo en la ensenada y aspiro el aire contaminado de la trinchera y las pestíferas bocanadas de burro muerto. Advierto los primeros contrafuertes del castillo medieval. Recuerda las fiestas de los salones, los relevos de la guardia en la torre homenaje, un largo mirar. Naciste para ser piedra de almena. Los tanques rusos se acercaban hacia nosotros a banderas desplegadas sin tapabocas cubrepunto en la mira del ánima. Preparados a disparar y a hacer boquetes. Un moro junto a uno de los caballones incendiados en la parte de atrás allá donde los surcos habían sido almenara reciente se prosternaba en oración a su dios batiendo suavemente con las palmas de las manos vueltas hacia adelante el santo suelo. Con las mismas que acababa de pasar la feminela para engrasar su precioso máuser adoraba a alá. Sujeté el fleje expulsor de la bomba de mano con los dedos. La baquelita de la caja del contenedor tenía un color negro brillante, fúnebre en todos los sentidos, icé la carga explosiva en el vacío moviendo el brazo con todas mis fuerzas y la carga de trilita produjo una suerte de ruido especial como el de un beso del espárrago al entrar en contacto con la parte superior. Sonó un desbloqueo, luego una detonación. La carga inerte se estampó. Me agaché y protegí la cara escondiendola entre los brazos. Un compañero, servidor de la ametralladora que operaba a mi lado, prorrumpió en un hurra ovante.  Sus palabras estallaron lo mismo que un triunfal latigazo. Se alzaban los gases fumígenos. Para ser la primera vez que utilizas una peladilla de esas no marraste el golpe, Ursino. Es que yo creí que el blindado que venía hacia nosotros era una borrega desmandada de la casa de mi padre. El émbolo de la ametralladora seguía su trabajo. Se escucharon alaridos temibles y empezaron a salir rusos del vehículo cazado, achicharrados, cubiertos en llamas. Otros carros que venían a la zaga explotaron su misma rodera entre las encinas pero eran más cautos, iban a chocar con nuestras lineas medio a tientas y a ciegas y del todo sordos. Era un terreno batido por nuestra propia artillería que se entregaba a los peligrosos alardes de fuego amigo. Decid a los de Medina que cesen de batir el flanco que nos van a dejar sin gorros. Detrás de los rusos venían los infantes del primer asalto. Los atalajes de las máscaras antigás les confería un aspecto fantasmal. Fueron casi todos segados en las oleada pero algún descolgado, rebasada la trinchera, fue a aterrizar frente a nosotros. Teníamos tendidos paineles de señalización para la defensa antiaérea. Sirvieron de poco. Lo mejor en estos casos es ocultarse en la madriguera. Los zapadores habían colocado como cebo de los chatos una simulación de baterías de cartón que nos resultaron muy útiles. Contra sus petos de plástico fueron a estrellarse las bombas incendiarias. Eran gases vesicantes. Creo que en Brunete se ensayó el napalm. Salvése el que pueda, escuchamos decir, pero nuestro abandono y nuestra indefensión habían crecido con el paso de los minutos. Teníamos sembrada de cadáveres la zanja. Muerto Dema, no había razón para resistir.  Uno de Ciudad Rodrigo alzó bandera blanca. Nos disipareis. Nos entregamos. Nosotros también somos obreros como vosotros. Viva la república y la revolución social. Poco les valieron aquellos remedios, ni el trapo blanco que al poco quedó en rojo. Los atacantes estaban como poseídos por una fuerza del mal. Por salvar el propio pellejo. En la guerra si no matas mueres y ese instinto de supervivencia les había hecho ser feroces. Todo el territorio estaba iperitado de impregnaciones de  radiactividad. La peor de todas, la de la venganza bajo una nube de plomo. Aguantamos el chaparrón de acero como dios nos dio a entender a una temperatura ambiente de cerca de cincuenta grados que creo que hacía aquella tarde. El olor a gelatina del napalm se condensaba con el del petroleo. A algunos cadáveres les salieron ampollas después de haber exhalado el último suspiro.
Eran gases vesicantes.
Las tropas de asaltos se nos presentaron como si fueran furibundos argonautas vengadores de una hecatombe estival. Los atalajes de su escafandra estival eran verdaderas guitas del infierno, correas de la muerte.


Y luego estaban aquellos anteojos de baquelita por los que las pupilas amenazadoras como bombas de mano se salían de las órbitas.
-El tiempo de la venganza ha comenzado -atronó uno de los sitiadores con voz recia formidable, casi de ultratumba -cavete ne forte graventur corda vestra in ebrietate et in crápula et in cogitationibus seaculariis[5].
-¿Qué significa eso de cavete?- me preguntó Pepe Lita, el asturiano de Soto de Luiña, nuestro enlace y al que el comandante había ordenado que quedase de cabo de pieza vigilando el libre funcionamiento de la ametralladora.
El páter, don Amalio, que en aquel momento acababa de dar la Extremaunción a Jorge el de Bogajo, explicó que se trataba de un imperativo latino que significa tener cuidado, andar con precaución. Jorge iba para cura.
-Coño. Hasta para morir hay que saber latín.
-Estos son la zupia que ha recogido Negrín en sus levas por los Carabancheles y otros barrios bajos de Madrid para traerlos aquí a morir.  Remember Brunete.
-Esta noche habrá luna y yo no la veré brillar- se franqueó el bueno de Pepín Lita conmigo.
Ya estaba la ninfa Oréade en lo alto del firmamento y se mostraba tan campante.  Me acordaré de ti, muchacho.  Les será fácil borrar el rostro de los que han caído. Mas no así la gesta. Su alma y su nombre serán imborrables.
Un ranchero no trajo brulote (aguardiente de azúcar).
-Venga, bebe. Cavete.  Hay que estar preparados. De ir para alante que por lo menos nos lleven bautizados. Los efluvios de aquella mezcla etílica nos metió en el cuerpo mucho coraje. Ibamos para la muerte con vientos en las velas.
-Fuego.
-Fuego a discreción.


Apretamos con mano temblorosa y vacilante el detente del mosquetón; proseguía la sarracina, un almodrote de pólvora y de misiles que llegaba por todas las partes. Reconocíamos la voz de los nuestros sólo hasta que sobrevino la debacle. Los llanos de la Mocha se habían convertido en falbalá de polvo y llanto, de crujir de dientes. Casi se sentía el ruido de los cascos de los caballos de san Juan al trotar por la planicie. Todo ardía y era destruido.
-Pienso en el Oviedo de Fruela arrasado por los árabes- dijo Lita de pronto -. Pero Maragato luego derrotó a Mohamed en la batalla de Pilares. Así ocurrirá con nosotros.
Era la catástrofe, el derrumbe general. La parusía escrita por un judío antirromano. Alguien que contempla la segunda venida en el espíritu de la modernidad. La revelación no es más que un cambio y allí estábamos nosotros siendo revelados, que no relevados. Unos días de permiso era lo que nos hacía falta pero nunca se nos dio.
Pensé en el fuego eterno y en la esperma yerma que afligiría a los ninivitas cuyo gran pecado fue el de sodomía tan desagradable a los ojos de Dios puesto que presupone una prevaricación de la naturaleza. De esa manera habían empezado a pingar nuestras existencias sobre el vacío.
-¿A qué viene eso?
-Pues que lo pienso.
-Hay que ver las cosas que se ocurren, Lita.
Tenía el pelo negro como el coaltar, puro alquitrán y una buena disposición de miembros, un cuerpo hecho para arremeter, para irse a la cobija, era el del enlace.
El páter se puso la estola y enarbolando un crucifijo se  fue acercando hacia los tanques mientras entonaba las estrofas de un penitencial mozárabe, el Attende, Domine, et miserere.


Vimos entonces a un sepulturero con un legrón abrir un trenque. Su agitada figura era semejante a un espectro, a una aparición que nos sacó de nuestras cavilaciones enigmáticas. Los rojos se nos echaban encima haciendo un alarde alaridos y de cápsulas fulminantes gritando lo mismo que nosotros lo de fuego a discreción. El campo se llenó de cadáveres y de trayectorias invisibles de los disparos haciendo blanco sobre las crestas. Estábamos en medio de una refriega con cargas de la caballería ligera. Aquella era una película de indios con fuego real.
Los teníamos a una distancia donde son peligrosas las bombas de mano y se impone la lucha cuerpo a cuerpo: a menos de diez metros.
Yo también hube de saltar de la tronera en aquel instante. se había atorado un proyectil en el ánima de la ametralladora. Estaban atascados los émbolos.     
 
 
 
  El feo misterioso.
Aquel señorito al que llamaban el feo misterioso era el que iba a bailar a la Bombilla. Fue el que hizo de la bella y gentil Alcalá, convento suplicante de la ciencia y la unidad querida por Cisneros, una almenara de odios. No reivindique nadie su memoria que él fue el culpable de los dos millones de muertos cuya losa pesa aún sobre nosotros. Los que dicen que era un gran escritor se manifiestan con la euforia de los que creen que acaban de descubrir las sopas de ajo. Luego la preparó me cagüensu, y ahora todos a aguantar mecha con tanto lío que no queda otro remedio. Pero pasaba que la guerra parece ser cosa muy de españoles que cuando se ponen a hablar siendo de inclinación inteligente acaba en un monólogo sin concesiones y entonces ha de ser la lid, pues ninguna otra salida queda.
-Quiquiriquí, sacarme de aquí.
-Quiquiriquí, que vienen a por mí.
Entrabamos en un laberinto de miradas y de espejos donde el azogue refractaba la luz de una espada brillante.


Nos vimos todos ya de cuerpo presente.  Era llegada la hora de la desesperación sin misericordia ni contemplaciones. Hubimos de sujetarnos de forma permanente a una dieta de gazpacho con guindillas y arroz con garbanzos. Por dios os lo pido no revolváis el potaje. Nos acivilamos, todo el país pareció caer en la noche. Se oían gritos por los barrios de gente acuchillada. El auriga sujetaba el acial y nosotros, bestias de carga, nos empeñábamos en seguir pegando cabezadas y pertugadas. A Garcilaso, luz muy esclarecida de nuestra nación, lo sustituimos por García Lorca. Los palenques literarios mostraban a los enanos encaramados a la altura de los gigantes. Me acosté con una negra de Santo Domingo. Unas nalgas preciosas, tú. ¿Dónde? En un local de ambiente que llamaban Zelbeñie de la calle Magdalena. Era un chigre como todos pero con la particularidad de que por cada mil duros que te gastases en la consumición se te permitía besar a una camarera en la boca. Por cada dos mil en las nalgas y por cinco mil te acostabas con ella. Por eso le llamaban Zelbeñie o Beso Gradual. Lo había abierto un comisario soviético de raza judía que por lo visto era de libidinosas inclinaciones. Buen morbo se gastaba el gachó.
El sacristán luego poniendo en juego su poderosa octava empezó a entonar un responso por los niño muertos, por las criaturas abortadas que no llegaron nunca a colmo. Un arcángel de alas negras cubría los campos de la muerte en lo que el diácono despachaba las solemnes letanías.
Estábamos fatigados de insomnio y de aburrimiento. Nos conducíamos como bestias viviendo una vida fantasmal. No se nos corregía la triple papada ni eso de las micciones nocturnas que ibamos todos a acabar prostáticos. Al cojo de Mamblas cuando le curaron la pierna - todas las amputaciones son dolorosas- vino a hacerle el embozo de un hospital de sangre sito en la ciudad de Ávila una enfermera alta de perfil bizantino y gestos majestuosos. Al herido se le fue todo lo que tenía entre las ingles para arriba. Fue sin querer pero el cacharro entró en ebullición con bastantes ganas de guerra.
-¿Dónde te atizaron, falangista?
-En Quijorna. Nada más llegar.
-Pues también es mala suerte.  Pero cúbrase, cúbrase. Uy qué horror.


Acto seguido el cojo de Mamblas tuvo una polución y también dos a vista de aquella maravillosa enfermera cuya visión le había deparado el cielo. Y es que lo que no puede ser no puede ser. Antes se pierde el diente que la simiente y no digamos nada cuando se es joven y un obús traicionero te trincha una pierna.
Vino un sanitario con pinta de borrachín y la nariz en forma de cebolla que le recriminó su conducta deshonesta.
-Pero ¿no te da vergüenza, soldado? ¿Delante de la matrona jefe, nuestra solícita presidenta?
El cojo de Mamblas estaba todo corrido de vergoña.
-El segur de la guerra me cortó una pierna, lo otro no. Lo otro lo tengo cada día más grande. Hasta parece que me ha crecido. Pronto va a parecer la nariz de Felipe González-peroraba con su voz melodiosa y con ese acento de cristal sonoro en el que se expresan las buenas gentes de aquel lugar que parece que estar siempre hablando a una mula pasera de las Morañas y ésta las escucha con parsimonia de los cuadrúpedos avezados a todo camino.
-Dénle baladre al animalito.
-¿Lo quieres envenenar?
-Eso mismo. Las gentes de bien en las aldeas sólo nos divertimos haciendo daño.
-Ya sabes -prosiguió muy terco-. Todo hombre de bien lleva en la frente la señal de la coz de una mula.
-Eso es de Campoamor.
-Pues ahora dígotelo yo que empiezo a barruntar el fracaso. La fuerza de la sangre es una quimera.
-Vete con ese cuento a  Hinaulafen maestro de novicios de asesinos.
Antes vestían birrete, sotana, fajín y hasta esclavina; ahora los vemos con capucha y una gran bandera que imita la Unión Jack inglesa. Ya sabréis quién es el padrino de tanto bautismo de sangre, de tanta sopas con honda vaticanas. El que tenga oídos para oír que oiga.
-Ah pues yo qué coños sabía.
-Nuestra vida cotidiana es una pesadilla,
-¿Verdad que ése tiene también cara de mula? Creo que me explico.
-¿Y qué nombre le ponemos?
-Lo que el burro quiera.


-Le basta y le sobra con que le denomine RH  El acróstico ha de sentarle bien a quien va de malo por la vida. Como el j. r. de Dallas. Igual que el otro tiene éste la cara de palo y por él no me extrañaría nada que anduviéramos a palo otra vez.
Desde mi tronera mientras arremetían los tanques rojos y nos arrollaban veíamos cruzar tales imágenes del futuro. Se avecinaban tiempos difíciles. Nosotros derrotaríamos a la bestia en el campo de batalla pero ésta ganaría la guerra de las transmisiones propalando mentiras que habrían de sentar cátedra de verdad en lo sucesivo.
Los accesos boscosos a Madrid por aquel entonces eran una catacumba a cielo abierto. Nosotros combatíamos la esclavitud. Ellos venían cantando el celebre latiguillo de viva las cadenas con sonoros mueras al capital.
-Salud y revolución social. Arriba la república.
Nosotros cantábamos Arriba España que creo que queda mucho más bonito:
La camisa azul postinera, el yugo y las flechas por blasón, al cinto la repleta cartuchera,
     sobre el hombro un nuevo mosquetón.
Allá va por la blanca carretera un valiente y gallardo mocetón a defender, dispuesto, la bandera, de Falange Española de las Jons.
La guerra se hace con canciones o, de lo contrario, ni nos movemos de casa. Ellos traían los deberes hechos al campo de batalla y entonaban sus propias cantinelas más irreverentes que las nuestras.
No queremos Dios ni queremos catecismo. Lo que queremos es el socialismo que es mucho mejor.  Y queremos comunismo.
 Menos poéticas sus tonadas pero tal vez más efectivas. Se veían venir los estallidos de la sangre. Y repetían estas canciones hasta un suplicio de las gargantas con el ardor inaudito de estudiantes calabazanos. Por eso perdieron la contienda porque carecían de un dios que les protegiera durante la ardua empresa acometida.


Los comisarios cazadora de cuero y pistolón al cinto recorrían las posiciones. Por las noches a través de la radio escuchábamos a un tal Arturo Barea de voz aguerrida y fuerte.  Era un buen periodista de un estilo pugnaz y nada finchado, uno de los puntales más destacados de aquel régimen. Daba gusto escucharle y más de uno, atraído por sus ideas, se cambió de bando, pero la mayoría de la programación nocturna de Unión Radio eran habladurías enconadas y caían en ese desmadre que ha caracterizado a los judíos: la falta de gusto, las modas perversas y toda la carnaza de la que ellos siempre se libran y se la venden a otros sin otra idea en mente que la de corromper a los pueblos.
Me volví zahareño y poco comunicativo. No era menos ante el espectáculo de la carnicería que se estaba produciendo ante nuestras propias barbas.
-¿No podríamos parar esto, Isidoro? Hacer las paces y fundirnos en un abrazo de Vergara y marcharnos a España de una vez.
- No podremos, Ursino. Ellos no quieren. Sus jefes son los que han empezado la fiesta.
-Vamos a explosionar con una bomba en este sequizo.
En el frente me sorprendió no haber encontrado ninguna preocupación política. Repetíamos como papagayos las cuatro ideas que nos habían metido en la cabeza los instructores. En los ratos francos de servicio la gente jugaba a la brisca y al principio, antes de que comenzara la friega se habían jugado partidas de mus por poderes de trinchera a trinchera.
La trinchera vino a ser un símbolo de la España negra, irredenta nadando en la apatía. Nos tratábamos de sacudir el tedio y el miedo jugando a las cartas. La sequedad de los campos de Brunete se compaginaba con la sequedad de nuestra alma. Luchábamos hermanos contra hermanos repartiendonos la tierra como tigres. Emergíamos de los podridos pueblos con ideas cavernícolas, la saña a flor de labios, la mentalidad puntillosa y la fiebre de rencores antiguos. Toda aquella rancia ira tuvo que explotar en pleno campo de batalla.


Menos mal que no había viejos cotorrones aunque no nos faltaban jóvenes zorroclocos. Si te descuidabas un poco, te robaban hasta la camisa. Algunas veces me acordaba de Membibre y pensaba en mis pobres padres y trataba de imaginarme lo que estaban haciendo los míos en un momento dado, sobre todo cuando me encontraba vigilando en la garita. Abría la ladronera de la puerta de la posición y dejaba que volara el pájaro de la imaginación detrás del cordal de las sierras:
-Ahora estarán saliendo de misa. Ahora mi padre habrá bajado al molino a dar agua a los machos y en lo alto de la torre de la iglesia crotorarán las cigüeñas alabando a dios en su nido por la reciente puesta. El tío Anacleto estará en las eras amontonando la parva en el troje.
Y se me oscurecía la mirada velada de lágrimas. Pero cuando más añoranza tuve de mi pueblo fue el once de noviembre de 1936. Era la fiesta de san Martín el misericordioso, el de la capa rasgada ante el pobre y dicen que es el que más mira por los borrachos, en casa le teníamos una gran devoción, él debió de cuidar de nosotros preservando nuestros huesos intactos y logrando que todos los hermanos regresáramos a casa incólumes después de aquella gran borrachera de la guerra.
 
Hubo una explosión terrorífica como un relámpago. Se alzó sobre los cielos el signo de la centella y había una granazón de estrellas que aparecieron de repente para pasmo de los que allí nos encontramos. Los investigadores de la geofísica moderna no han dado aun con la clave de aquel suceder.
La barba de Moisés volvió a partirse, instalada en el cacumen del monte Horeb. Los sacos terreros haciendo terraplén se vinieron hacia nosotros con gran fracaso de grita y de maldiciones.
-Nos entierran vivos. ¿Hay un dios justo para merecer nosotros este castigo?  Precisamente nosotros que nos esforzábamos por el porvenir de esta tierra que pertenece a los españoles todos, a los vivos y a los muertos. Lo que antecede y lo que sobrevendrá. La patria es un patrimonio común inviolable.


Perdida la gravedad, fui catapultado entre radiaciones de las armas automáticas anunciadores de que el nido de ametralladoras había sido recuperado para las armas de la República. Me quedé con el percutor de la Hochkiss en la mano y la cinta de la ametralladora terminó por enroscarseme al cuello lo mismo que si dijéramos una serpiente fatídica. El bronce de Aneo que señaliza los presupuestos de la conspiración.
Aterricé en posición invertida los pies para arriba y la cabeza boca bajo.
Estaba experimentando sobre mi propio cuerpo los efectos del cambio que habría de producirse de allí a unas fechas.
En las postrimerías del siglo mi sobrino toparía con aquella cruz invertida en los muros sagrados de la iglesia mayor de Arévalo y en los de santa María Micaela de Villafranca del Castillo, porque precisamente en la bajada de donde estaba nuestra posición se erguiría a finales de los noventa un templo circular con la cúpula ochavada a modo de linterna mística.
El párroco, un hombre joven que se parecía a san Juan Bosco, puso el grito en el cielo ante aquel desafuero. Ninguno queríamos la cruz inversa pero por lo visto los españoles de estos tiempos tenemos que comulgar con rueda de molino. Aquel símbolo formaba parte de la conspiración universal,  que orquestaron los fementidos.
Una patrulla de gamberros amargaba las noches al pobre párroco con sus serenatas de baloncesto, litronas y retozos sobre la hierba del parque. Las pequeñas bestias descubrieron un placer secreto en causar destrozos. Acabar con las marquesinas de las paradas de autobús, pintar símbolos macarras en las paredes urbanas que aparecían a la mañana siguiente como alizares salidos del pincel del diablo.
Invocaban por padres todos ellos de la movida a un tal Pablo Picasso.
Obedecían a una consigna furiosa que recurría al escorzo diabólico por doquier y al píntale de verde. Destripar el mundo. Dar la vuelta al aire.
Como la gente dejó de acudir a la iglesia éstas permanecían vacías o cerradas a cal y canto.


Donde estaba la viña en la que cayeron tantos de ustedes, tío Ursino, frente por frente del templo al que he aludido y que tantas dificultades está encontrando han levantado un supermercado. Hay un mesón de churrascos argentinos y una taberna regida por una de las mujeres más perversas que he conocido, Moña Reoctava que bajó de las montañas a escupir odio sobre nosotros. Chigres y tugurios tampoco faltan en la barriada. El vicio prospera tanto como el desaliento y la incomunicación.
Te prometo que el ángel que veló por vosotros en la batalla y os llevó al buen puerto de la eternidad a los que caísteis a causa de la lid por la patria me echó una mano en más de una ocasión. Por ejemplo, cuando quiso pegarme un turco. Sólo consiguió arrancarme la cruz de un escapulario que llevaba encima, pero el gancho era un directo fortísimo que alguien impidió. Dicen que los borrachos tenemos por abogado a san Martín a cuya intercesión debemos el que al cabo de las tenidas lleguemos al hogar con los huesos en su sitio por más que molidos por las folías del etílico y la incomodidad de las resacas.
En este lugar estuve esperandóos a todos entre mis libros con los que me he decidido enterrarme para hacer la higa a los inicuos. No ha llegado el que esperaba. La pobre Teresuca hizo por mí lo que pudo en vista de las muchas dificultades.
-Eres un hombre con mucha entereza.
-Y con muchos pecados a las espaldas - dije yo -. Es preciso que alguien venga a mi resguardo. Porque estoy condenado. Vivo en el infierno.
 
Habló en aquel preciso instante una voz por los megáfonos.
-Estáis copados. Rendíos. Salgan todos de la fortificación con las manos en la nuca. Entreguen las armas.


Todavía resuena en mis oídos el estruendo de aquella voz potente de acento conminatorio e imperial. El sol se hundía por las quebradas donde crecía el albardín y todo el esparto y la retama habido y por haber. Con esta planta se curtieron muchas alpargatas de los que murieron en aquella guerra. La recia alborga de los que cayeron besando a fuerza de pasos sobre la arena trenzó una historia de miedos y de heroísmos a gran escala.
Nos habían vestido un mono de peto. Dejaron un arma en nuestras manos y nos dijeron que tirásemos en aquella dirección. Algunos perdimos el gorro azul de levita roja con dobladillo encarnado al saltar sobre las trincheras rojas al grito de arriba España y el peto del mono azul quedó agujereado por orificio de balas.
De la misma manera que apuntábamos para un sitio, la verdad sea dicha, podíamos haber apretado el gatillo a favor de los otros. Qué miedo cuando se enfrentan las dos Españas pero aquella confrontación se había hecho estrictamente necesaria.
Se escuchaba un clamoreo sordo de fuego de mortero que poco a poco se apagaba. Fallaba la altimetría y flojeaba la moral. Los moscas alemanes en los cielos de la vertical de Quijorna se merendaban a los chatos rusos. La artillería de campaña enviaba recomendaciones de fuego desde la Ciudad Universitaria a todos los edificios de Rosales y del Parque del Oeste. Se combatía casi cuerpo a cuerpo en el Campo del Moro.
-Ramiro, no me jodas. No recules, quedate fijo al terreno.  Si corremos es peor. Nos tienen a huevo. No conviene amagar a la suerte.
Venían en oleadas. Aquella eclosión de milicianos parecía una invasión de hormigas.
Poco a poco se fueron haciendo más prolongados los retumbos de los estampidos. El enemigo se descolocaba y el cañoneo cesó al punto.
Abandonamos la casamata como nos indicó el comisario. Sólo nos presentamos Lita, el cabo asturiano que había recorrido todo el sector del frente como enlace de patrulla en sus tareas de reconocimiento, y un sargento marroquí de Regulares, muy maltrecho a causa de una herida en una pierna. Se le estaba poniendo la piel de color verde. Vendría pronto la gangrena.


Una formación de milicianos desperdigados en semicírculo frente al foramen del pozo donde estaba instalada nuestra casamata nos apuntaba con sus armas. Miradas hoscas atenazadas por el odio y los deseos de revancha. No nos llegaba la camisa.
-Os ha llegado la última hora.
Nuestros enemigos las armas montadas tenían mal pinta. Antes de la guerra debían de haber estado presos. Azaña vacío el penal de Chinchilla y del Dueso y mandó a sus inquilinos para el frente.  Las primeras columnas de vanguardia de los que operaban en Brunete contaban con una extracción patibularia.
Su aspecto y su mirada especial de desesperados delataba que a ninguno les importaba perecer en aquel envite porque todos ellos se habían prometido en esponsales con las parcas.
El que parecía su arráez, un sargento de Ingenieros, con toda la pinta de recién escapado de una cuadrilla de titanes y al que llamaban Ponderal, se acercó hacia nosotros.
Lita se derrumbó llorando como un niño temblandole la barba. Noté aflorar unos efluvios que no eran los de la cadaverina averiada de los mulos despanzurrados a nuestras espaldas, sino de la corrupción excretoria. El asturiano temeroso de ser fusilado sobre la marcha exoneró su vejiga y se descompuso en los mismos pantalones ante la escudriñadora mirada del sargento Ponderal.
No había podido aguantarse. Es un acto reflejo de los condenados a muerte.
Ponderal, quien ya nos había dado muestras de lo que era capaz de hacer al haberse ensañado con el cadaver de nuestro comandante muerto al pie de la encina centenaria, nos echó su aliento a vinazo y prorrumpió en una estentórea carcajada. El diablo se había reído ante nuestras mismas barbas.
-Vaya unos valientes. Vosotros sois los falangistas forajidos, la esperanza de la patria. Y una leche. Os cagáis en los pantalones. Sois una mierda. No valéis para nada. Maricas, fascistas de mierda.
Aguanté el chaparrón mordiendome los labios. Cuando estaba de rodillas el energúmeno nos conminó a que levantáramos pero de un patadón en plena cara volvimos a rodar por tierra. Empecé a echar sangre por las narices.


Muley a pesar de estar tan malherido era el que daba más muestras de querer vivir, a nosotros este aliciente nos importaba menos, a mí particularmente, que soy muy decidido.
El sonido del fuego de artillería en la distancia cada vez más en mengua ponía contrapunto a la pella de recriminaciones invectivas del energúmeno.
El pobre Muley se prosternó a tierra en gesto de sumisión y acatamiento a la vista de aquel coloso que lucía galones nuevos dorados y una estrella roja de cinco puntas del tamaño del ojo del cíclope. Sus lágrimas y su desesperación poco antes de ser fusilado me llenaron de indignación y evoqué la tristeza expresada en el poema del conde de Foxá que trae a la memoria sonoridades del ardor de las batallas de un medievo en cantar de gesta fronterizo en algaradas de expugnaciones de castillo y campiñas taladas durante razzias de primavera cuando en Córdoba la sultana reinaba en su trono un califa por nombre Abderramán de ojos azules pues era hijo de una cristiana.
La mirada del moro expresaba el señorío y la resignación del humilde. Era sin duda un buen creyente y mejor hijo del Profeta:     


No llores, Abdelazís; no llores que vas a España. Que el fusil te lo da Franco y en su fusil su palabra; y está el jardín del profeta al otro lado del agua - Ya están girando las hélices, ya en el avión embarcas, ya vuela sobre las nubes la flor morena de África.- ¿de quién son esos tejados y esa puerta regalada?- Esos tejados, buen moro, son la ciudad de Granada. Sus ojos mirando al suelo se le llenaban de lágrimas. Los Regulares de Ceuta llevaban pardas chilabas. -¿Dónde está Córdoba, amigo? Mi Córdoba la nombrada. -Los rojos la están cercando, casi la tienen ganada. ¿Por qué no vuela ese pájaro? ¿Por qué no mueve las alas? (Bajo los roncos motores sonaban tenues campanas) Que llegaban a Sevilla, jazmín y remo, en el agua barcos del Guadalquivir, el limonar del Alcázar y en los turbantes, la sombra antigua de la Giralda. ¿Harás el te en las trincheras, Abdelazís por España? Platerillo de Tetuán, babuchero de sus plazas, el que vendió las ajorcas desde Arcila y Casablanca y en Fez no estudió el Corán porque pertenece a Francia. Sé que caerás una noche y Alá sabe en qué batalla. No sé si será en Toledo o en Oviedo la cercada o te helará con la luna la Ciudad Universitaria. Pero sé que está tu sangre defendiendo a mis campanas, mis libros del Escorial y mis custodias labradas. Que al otro lado del monte los hombres sin dios te aguardan, con tanques de oro judío y cien banderas de Asia. Si mueres Abdelazís sobre los surcos de España, no el zoco chico de Tánger celebrará tus hazañas ni el domador de serpientes contará sólo tu fama. Los poetas de Castilla te dirán con lengua brava: también tienes tú tu lucero, español de piel tostada”. [6]
De la punta de la bayoneta recién ahincada en la carne del capitán Dema manaba todavía un reguero de sangre que había venido salpicando una hilera desdichada desde donde yacía el defensor del Vértice Mocha bajo la encina inmensa y misteriosa y el mantelete de nuestra empalizada.
-Dema Giraldo. ¡Presente!  Has sabido morir como sólo saben morir los hombres.
El comisario de casaca de cuero - llevaba las solapas de la zamarra alzadas como si hiciese frío, un hecho insólito en medio de aquel tórrido verano en el que se nos heló la sangre- se acercó con ademán chulesco.
Aquel gachó no venía desde luego con sanas intenciones.
-Pedir perdón, paisa, - oí exclamar al rifeño en chapurreado castellano.
-No se te concederá.
Volvió a prosternarse ante su raptor Muley pero el sargento Ponderal hizo oídos de mercader ante sus protestaciones de inocencia. El tirador de Sidi Ifni era hombre muerto. Ni siquiera le dio su verdugo oportunidad de incorporarse para recibir a la muerte en pie.


Ponderal metió su dedazo enorme por la ranura del guardamonte de su carabina último modelo. Metió en el cuerpo del indefenso musulmán toda la munición de su canana. Lo menos treinta disparos que atestiguaban la saña y el mal corazón del odio empecatado. Ante el espectáculo de semejante salvajada no lloraron los cielos de España pero un ángel que se cuida de guardar estos desacatos al mandato divino debió de anotar aquel hecho infame en las páginas de un cuaderno negro cuyo contenido no será revelado hasta el día del juicio final.
Aquello estaba mal. No era digno de la condición hidalga que se le atribuye a un español, pero las fuerzas cósmicas que inflaman el corazón de los atolondrados mortales para que cometan semejantes atropellos habían sido emponzoñadas por ese odio y ese oro judío que pide revancha. El mal espíritu del demonio cainita se había metido en el cuerpo del sargento de Fortificaciones. Rusia bajo las garras del odio hebraico se había convertido en santo y seña de toda aquella iniquidad, pero no eran rusos sino judíos los que estaban detrás y otra vez tendrían que pagar justos por pecadores en la devolución de visita. Que bien sabía la bestia simular sus actos y encubrir sus masónicas coartadas. Todo daba la impresión de justamente lo que no era. Los gazapos de la camada de la liebre maligna cubrían los surcos de sangre de los campos de España.
Un día la careta será descubierta y caerá la máscara. A lo mejor no tardando mucho.
Todo un cargador contra un pobre morito que había sido reclutado en una de las últimas levas prometiendo el paraíso de Alá a los creyentes que cayeran en la guerra santa de la recuperación de España.
Aquello clamaba al cielo.
-Muere, moro hijo de puta.


Un blasfemia puso rúbrica a aquel instinto de venganza en el que no aleteaba la conformidad castrense; únicamente un prurito criminal. La verdad y la justicia habían sido puestas con las orejas de burro de cara a la pared. La heroica España estaba en el dique seco. Aquello clamaba al cielo.
Los sesos con toda la pía mater y la sustancia gris del puntero salieron proyectados contra las rocas en salpicaduras de pringue funesto y se mancharon de encarnado las junturas de los sacos terreros, la esquirla de un hueso occipital quedó prendida entre las ramas de una mata de hinojosa. El esbirro había vuelto a tajar con golpe certero pero la historia de todos los pueblos está escrita con estas grandes gestas de martirio que jamás podrán ser reclinadas en los comulgatorios del olvido.
Una cinta de su turbante verde voló por los aires, igual que el alma del pobre Abdelazís, y se ensortijó con las zarzas de la sebe de una torrentera seca y sangrienta. El carnero de Abrahán. No hubo voz de dios hablando entre las zarzas evitando el holocausto inane del justo Jacob, pero aquel trozo de gasa ensangrentado anunciaba a los tiempos venideros un futuro de esperanza y voló a anunciar la liberación hasta las montañas cubiertas de blancos penachos del Atlas. La muerte es como la coz de un caballo, o la patada de la mula Romera cagando sobre el declive.
Entonces pegué yo un grito con voz formidable. Una fuera extraña que despreciaba la vida propia y la seguridad me impulsó a plantarme delante de aquel sayón. Pensaba en la justicia de lo que ha de venir.
-No es justo, Ponderal. Esto va contra las normas del derecho internacional. Es preciso respetar la vida de los rehenes. A los cautivos de guerra no se les fusila así sin más.
La Virgen del Rehoyo cuya imagen sentía dentro del pecho como un imán de salud, de vida y de fuerza, me infundió valor para plantar cara.
-¿Y a ti quien te dio vela en este entierro? Mira que no me retruques porque soy capaz de hacer contigo lo mismo que hice con él y más.


Por toda respuesta me desgarré la camisa azul y ofrecí el pecho a las balas.
-Vamos, gallina. Dispara si tienes cojones contra un hombre desarmado. Yo no soy moro, sino cristiano pero me siento más próximo a él que a ti aunque seguramente estés bautizado. Él es mi prójimo. Tú mi esbirro.
Ponderal quedó desconcertado y sin saber qué hacerse. Pero parece que le turbó mi discurso haciendole recapacitar sobre lo ilógico de su conducta.
Entonces fue cuando sonó detrás la voz de uno que reconocía yo. Era un grito de los de mi pueblo. El canto de los juegos de infancia. El Chafa mi rival en los amores vino a ser mi defensor en aquella circunstancia de vida y de muerte.
-Alto el fuego. No le liquides, Ponderal que ese tío es de mi pueblo. La cara alargada, la cabeza como la ojiva de uno de esos pepinazos que nos envían desde sus cureñas y plataformas envenenadas los del trece ligero que atrincheran sus baterías detrás de la loma, y en el occipucio un lobanillo de grasa, los ojos chiquitos como de pollo de perdiz y el pelo colorado como el de algunas ratas, algo caído de hombros, el labio superior fuerte y como partido, las piernas largas con buenos calcaños, y la voz chillona que parece que cantan. Este tiene que ser un hijo de la tía Paula. Un Parra.


Reconocí la voz del Chafa a mis espaldas. Pero coño ¿qué haces tú aquí? Pues lo mismo que tú. Anda que contento me tienes. Vaya una jupa que nos han dado estos moros. Hay que reconocerles el merito que tienen. Con la carabina en la mano no se les despinta una bala. Nuestros jefes están que trinan. El otro día en Majadahonda cortaron la caballera a todo un batallón del Hipomóvil. El Campesino no ha dicho que moro que agarréis es moro muerto. Hay que desjaretarlos. Al que cojamos prisionero no les arriendo la ganancia. Pero yo no soy moro. Yo soy de Membibre de la Hoz. Hay que ver que cosas. Las vueltas que da la vida. ¿No tendrás un cigarro, Ursino? Me quedé sin tabaco esta mañana y estoy que trino con estos nervios, con los ataques y contraataques. No creí salir vivo.
¿Cómo es que me podía haber reconocido mi coterráneo? Jamás podría yo explicarlo. Sólo sé que aquella mala bestia al que llamaban Ponderal se quedó quieto, medio alelado. Un ángel debió de pasar por los campos de Brunete a la hora de aquel ocaso dejando inerte aquella mano levantada a punto de bajar asestando sobre la víctima un golpe de cuchillo. Una fuerza oculta sirvió de lastre. El centurión Longinos hundió su lanza en el costado del que manaron el agua y la sangre pero no procedió a la crural. A Cristo no le rompieron las piernas en la cruz porque el Padre había dispuesto que no descoyuntasen miembro alguno de su cuerpo. Todas las compartes permanecerían intactas.
Ponderal había rematado a nuestro comandante al que después dieron la Laureada y pocas tan merecidas y mira que en Brunete se derrochó heroísmo pero como el de nuestra comandante muy pocos. Cierto que tuvo que apoyarse en el saltaparapetos para resistir el dolor y la desesperación de aquel instante, pero ¿quién no?
Se ha fraguado a lo largo de los siglos una historia poco verosímil de los valientes y de los santos. No son retratos al pastel ni figurillas de mayólica sino hombres muy de carne y hueso.
Por lo que a mí se refiere, se me condonó la gracia de vivir en el postrer instante.  Iban a descargar todo un peine de munición cuando fueron pronunciadas aquellas palabras de misericordia en el último instante, del Chafa, no me cupo la menor duda. Lo había enviado en la oleada de atacantes la Virgen del Rehoyo.


Detente, Abrahán. Ahí tienes un carnero de un año con los cuernos enredados entre las zarzas. Que el recental ocupe el lugar del holocausto que correspondía a ese pobre fascista. Era una fórmula de oración de sustitución a gran escala. Había que encontrar otra víctima para alimentar la cadena, para cebar al monstruo. Para eso es para lo que sirven todas las guerras para hacer de válvula de escape a la codicia estúpida y a las condiciones regresivas del ser humano que mata por prurito de matar. La bestia humana se cría en malas entrañas. El frenesí predatorio y el instinto carnicero forman parte de su naturaleza. Al hombre y a la mujer les gusta la guerra permanente.
 
El coloso bajó el arma que apuntaba mismo contra mis sienes. Estoy seguro de que una mano secreta lo contuvo porque estaba dispuesto a liquidarme de la misma manera que acababa de hacer con el rifeño. Alcé los ojos y vi dibujarse en los alto los perfiles de la Madre de todos nosotros. Otro prodigio. Las lomas guadarrameñas se iluminaron con su sonrisa de compasión llenando de una fragancia especial los aires. Tenía la cabeza algo inclinada hacia el lado derecho conforme la pintan los imagineros orientales. Aquella mujer excelsa que aplastaba la cabeza del dragón con sus plantas triunfales de la muerte y los engaños y añagazas de la carne no podía ser otra que la patrona de mi pueblo, la Virgen del Rehoyo que había venido a visitarme luciendo lo mejor de sus galas azules. Estaba en su trono aéreo impávido e ingrávido esgrimiendo su sonrisa por encima de las densas nubes que había formado la deflagración artillera y el humo de los incendios. Se habían socarrado las cosechas de aquel año y las vides mostraban su luctuoso inventario de muerte, sarracina y de cepas descuajadas.
Mientras, el Perpetuo Socorro planeaba desde lo alto. Habíamos padecido mucho, pero yo velo por todos vosotros, estoy con todos los hombres. De ella se reían los judíos y los impostores, los que adoran a Baal y a Mamón y sólo tienen por máxima deidad a las cajas fuertes, los afiliados a la única seguridad tajante - para ellos lo concreto y redituable- del numerario. Bancos, dadme cuentas corrientes, el dinerete, lo único importante.  Aquí lo que hemos de hacer es ir a lo positivo.


 La patrona de mi pueblo estaba allí según anunció el ángel.  Dios permitió que yo columbrase su imagen gigantesca ocupando la mitad del hemiciclo del horizonte para aumento de mi fe y como experiencia inenarrable en recuerdo de la Batalla de Brunete.  Un signo a prueba de balas. Salvé la vida e hice la promesa de acudir a dar gracias si salía vivo de aquélla. De momento no me habían herido ni causado ningún daño; era un simple prisionero.
Nuestra Señora del Rehoyo se venera en Membibre de la Hoz desde el siglo XII.  Ha desaparecido la vieja talla de madera y unos imagineros nos fabricaron una estatua con el pelo rojizo, los ropajes con pliegues majestuosos, eso que se da en llamar en arte técnica de paños mojados. Demasiado mojados porque como después me diría mi sobrino que para eso es periodista y es de los que está siempre a la que salta se fijó en que a esta imagen de la virgen se la notan las piernas desnudas y las curvas del pubis y la región iliaca que dejan entrever la escotadura de un biquini. Vamos que la quitas las manos juntas y como en oración y es como para sacarla en una revista del corazón.   La antigua talla del siglo XII fue vendida por un párroco desaprensivo a un anticuario, en plena debacle de los años sesenta, cuando se produjo la segunda desamortización religiosa de Mendizábal, y se pignoró nuestro gran patrimonio artístico. Pero mi sobrino que se fija en todos los detalles dijo aquello que el hábito no hace al monje y que la virgen del Rehoyo es la más guapa de España, vestida o desnuda que lo mismo dará. Todo es del cristal del que se mira que diría Campoamor. El artista se inspiró antes de meter la gubia en el tronco de aquel pino resinero en una muchacha con el pelo rojizo. Parece una de la familia. Esta moza debe de ser de los Parras ya digo.


Cuenta la leyenda que se había aparecido a san Frutos quien mandó esconderla en una nava y luego al cabo de bastantes siglos fue descubierta por un humilde pastor que sus ovejas guardaba. La ermita le fue dedicada en el siglos XVIII sobre una antigua iglesia mozárabe cuyos muros zagueros tocaban unas viejas cuevas. Se ha aparecido a mucha gente del pueblo. Entre ellos a mí que desde entonces tengo en gran atenencia estos prodigios marianos, tan necesarios para una época tan descreída como la que nos ha tocado vivir.  Si san Marcial es el abogado contra el fuego y san Martín al que con tanto fervor hemos entronizado en Membribre de la Hoz nos libra del mal vino, la Madre de Dios bajo la advocación del Rehoyo impedirá que España vuelva a caer en manos de los impíos.
De alguna manera volverá a renacer la antigua fe. Era algo por lo que estábamos luchando.
Algunos de los supervivientes de aquellos combates, cuando sonó la anúteba y hubo un gran despliegue de fuerza, tan ardorosos y extraordinarios vieron otros muchos prodigios. Unos hablaron de que se había aparecido el apóstol Santiago montando un caballo blanco como en Clavijo. A mí se me apareció la Virgen. La vieja fe es parte sustantiva de la manera de ser del carácter español.  No deberíamos renunciar a ella en ningún instante.
Sucedió que también a mí me ocurrió el prodigio de escuchar la voz misteriosa en el majuelo descepado igual que en la cuaderna vía de Berceo y desde esa fecha tuve por libro de cabecera a los “Milagros de Nuestra Señora”:
Fabloles voz del cielo doliente et querellosa.
Oid-dixo-, cristianos, una extraña cosa:
la gente del judaísmo sorda y engañosa
nunca contra don Cristo fue más porfiosa.
 Quedaría una fuerte batuda o huella indeleble de aquella convicción que se perfila cada vez más segura en nuestros día, a la vista de los acontecimientos: en Brunete derrotamos a la bestia y se le hizo mascar el polvo sin malfetría ninguna ni engaño. Desde entonces los ejércitos de la impostura que nutren sus filas de las transmisiones con sus cuartos poderes basados en la mentira y el engaño de la virtualidad que nos acojona sienten pavor ante este batintín que agolpa las fuerzas nacionales. No quieren hablar ni por pienso de la Reina Isabel la Católica, han inficionado, sepulcros blanqueados, a la mima Iglesia y en su ánimo de revancha y de dar la vuelta a los acontecimientos han llegado a un grado de perversidad y de mixtificación increíble.


Su vientre fue la dulce posada del verbo encarnado. Su manto es la dulce almejía que nos servirá de refugio contra las fuerzas de la iniquidad rampante.  Ella es la representante de la Trinidad en la tierra en lucha perpetua contra la serpiente que se esconde entre las ramas del árbol de la ciencia.
Observé aquella visión con los ojos remellados muy abiertos. Chafa tú me salvaste.  Nos formaron en una especie de playa que hay en las estribaciones del cerro donde se alza el castillo.
A los flancos dos ángeles poderosos con brazos de atlantes sostenían la esfera armilar y derramaban incienso sobre las cañadas de un turíbulo funerario por los que habían perdido aquella tarde. Había dejado de pensar en mí y me acordé de los falangistas mirobrigense y de los gallegos, casi todos lerenses a los que llamaban los marisquiños y habían venido al Guadarrama, al Aulencia y al arroyo Perales desde las riberas brumosas del Miño y del Sil. La virgen cubría con su almejía el sueño eterno de aquellos pobres caídos haciendo las veces de madre para los soldados desconocidos que perecieron en los arrabales de la capital española. Las inmediaciones de la Universitaria, Pozuelo, Villaviciosa de Odón, los altos del Paseo de Extremadura, los Carabancheles y el Campo el Moro, es un inmenso relicario de aquel valor, de todo aquel esfuerzo. Extramuros del dolor y alfolíes del recuerdo. Remember Brunete.  Cuando paso por estas lomas en el ir y venir del tráfico insistente de la Nacional VI mi mirada se queda cautiva en la remembranza de las gestas. Con los ojos del alma soy capaz de ver lo que los del cuerpo no ven, y ni el cine ni la televisión dicen o los historiadores soslayan. Algún día puede que resuciten aquellos muertos. Que vengan a pedirnos cuentas. Hay en estas páginas arrancadas alevosamente de la historia de España o torticeramente manipuladas la hermosura del rostro arrasado por el vitriola.


-Podéis decir de nosotros lo que os convenga - claman desesperanzados los espectros de los que murieron en la batalla-. Pero lo que nunca nos podréis arrebatar es la gloria de nuestra generosidad. Tuvimos un par de huevos. No asesinábamos por la espalda como suelen hacer ahora los esbirros a sueldo de Hinaulafen que continúa sonriendo engreído desde las páginas de los diarios, ahíto de primeras páginas y suscitando la atención general que le sirven en bandejas sus turiferarios, acólitos, compañeros de viaje y caciques del nacionalismo cerril.
-Es verdad, Ursino. Sois un ejemplo de lo que en adelante nunca ha de suceder, pero, como les duele su derrota, han decidido todos ellos borrar vuestra memoria.
Bajo la gruesa artillería de su propaganda el pobre pueblo se ha convertido en un atajo gimiendo bajo el yugo y el látigo de los impostores. Teresiña que foi? Dierónme as vixigas. Era hermosa y mira ahora mi rostro. Te lo arrasaron de vitriolo, pero sigues siendo la mais linda rapaza do povo. Yo tenía una novia que se llamaba Teresiña. Le picaron las viruelas pero parece que compensaba. Había soñado en la belleza de una Beatriz pero acabé por desposar a una pejina. Así es la vida que nos depara tales sorpresas.
Vi brillar la diadema de la Virgen del Rehoyo. Guapa rapaza rubia, una silvina. Tenía el pelo rojo como mi hermana Petra y era pecosa. María pertenece a nuestra estirpe. Se ha hecho de los nuestros.
-Los Parras no tenéis gran ventura en las empresas terrenas, pero yo os recompensaré alguna vez. Extenderé mi manto y os protegeré.
-¿Dínos, Madre, qué fue de Helen? ¿Y de la niña que se nos ahogó en un pozo? ¿Y de Henarcilla a la que cantamos el entierrillo a causa de unas fiebres el año 40? ¿Y de la pobre Mercedes muerta tan joven? ¿Y del Guille y de Dimas y de Segundino?


Me miró con ojos pensativos y sonrió con tristeza. En aquella sonrisa contemplé yo los secretos de la vida. De alguna manera todo tiene una razón de ser, incluso las desgracias personales, los fracasos sentimentales, la ruina de los pueblos y de las naciones que vienen abajo igual que los individuos y las familias que los compone. Bajo el halda mariana todos estos desastres encuentran una razón de ser en el regazo de la esperanza, aunque más allá de esto no puedo ir.  Desentrañar los misterios que nos rodean no haré.  Redunda en pro del enigma de la patogénesis. Tenemos una mujer que vela por nuestros destinos en el firmamento. Ella supone algo más que una figulina de barro cocido. Ejerce sobre nosotros una maternidad real. María llevaba una almanafa o almaizar al estilo moro. Eso ya es un símbolo de todo lo que vendrá.
Sentí sobre mí la fuerza del dios y el cielo era un alfarje dorado con esmalte de muchas estrellas que ejercía sobre mi cabeza unos efectos analgésicos. Era como un almuz contra la ceguera ambiente y los dolores. En ese baluarte que nos pone a cobro de las acechanzas más persistentes. María nos libra. María, refugio del pecador nos defiende.    
Me acordé también de los tanquistas rusos. Una mano invisible y cubierta de la desazón del odio inexplicable, que estaba presente en aquella guerra, como en todas, les había hecho desembocar en aquel lugar. Habían viajado a las llanuras de Brunete en busca de la muerte, pero el aire de deportividad y la despreocupación con que encajaban tan certero golpe les volvía a nuestros ojos seres entrañables. Tal vez en el cupo se escudase oculto algún querubín.
Habían venido de lejos a batirse por un ideal o a morir la más dantesca de las muertes dentro de la caja de mandos de un carro de combate o vigilaban desde el pescante expuestos a ser blanco de los disparos punteros de nuestra infantería. No se puede morir así en tierra ajena y a manos de quien desconoces.


Sus blindados ardieron en inhóspita pira a los pies de una carrasca retorcida cerca del recodo de una trocha, oh infausta muerte, delirio de la sinrazón humana. El sol de los ardores de España y el aire de caliente tramontana les serviría de sudario a los bisoños expedicionarios soviéticos. La guerra para los que la gestan desde la plataforma de un submarino o en la cangreja de un blindado guarda un carácter tétrico de inmersión para abajo. Al vientre de la ballena de Jonás. Si es símbolo lo que queréis ahí van todos en tromba. Todo es premura y congosto, pero un campo batalla no ofrece otra alternativa ni facilidades. Dentro de un tanque o en la bodega de un submarino se perece la más horripilante de las muertes. Recordad al Kursk. Resulta que los cientos valientes de aquella tripulación hundida el trece de agosto del dos mil en el mar de Baren tuvieron enojoso precedente en los voluntarios comunistas que vieron la luz de dios por última vez en las lomas de Brunete, donde tampoco lo pasaron muy bien, aunque su presencia registró un hito para la historia. Era la primera vez que dentro del territorio de Iberia se hacía la guerra desde tales plataformas catapultas que recibirían su fuente de inspiración en las hoces murales romanas para abrir brecha en los muros enemigos y los instrumentos de asalto de las legiones apodados terebra.
De esta forma el ahora se funde y se entreteje con el antes y se encadenará con el después. No hay hechos aislados en el mundo sino que todo se transfunde y se entrelaza en una relación de causa a efecto. Los compartimentos estancos en puridad no existen más que en nuestra imaginación. Y esta relación - por eso mismo- no puede ceñirse a una sucinta lista de acontecimientos formales, ni a hechos objetivos sino a un encadenamiento de causas y de concausas, ese conglomerado más allá del absurdo de la conducta humana.
A mí me que me den campos abiertos para morir.  Quiero expirar con el aroma de los cardos en mis pituitarias y la esencia bravía de las ulagas que coronan las cuestas y las rasas de nuestro paisaje, mi rostro bañado en el resplandor de las lejanas estrellas. Nada de horizontes cerrados. En la carlinga de un carro de combate que alcanza la muerte se hace inhumana.


Pepe Lita, un asturiano de facciones negroides, pues había nacido en Cuba, era el enlace de nuestro batallón. Se movía como una rata por aquel dédalo de conejeras y de ramales fortificados. Parecía un superviviente nato, hecho para la resistencia y la conquista. Sin embargo, no pasó la primera rueda de reconocimiento en el primer arqueo de los cautivos cuando nos tomaron por banda las tropas de asalto del XVIII Ejército de Maniobra. Un comisario se quedó con su rostro que le debía de recordar algo por lo visto y vació el cargador  de su pistolón sobre su frente altiva de color verde oliva de indiano de Soto de Luiña. Allí habían dejado zanjado su destino. Lita, un elegido de los dioses, subió a hacer guardia junto a las estrellas en el primer retén, donde dicen que se juntan los pensamientos y están las personas que un día amamos y que alguna vez volveremos a ver.
 Era fácil perderse pero el sentido de orientación desconocía cualquier reto; siempre encontraba la hura. Eran lugares, decía, que no van a dar ninguna parte.  Tan pronto estabas con los rojos como con los nacionales, pero eso les acontecía con frecuencia a los labradores del Pardillo que araban en una finca que caía en un sector y arrejacaban en otro. Lita con sus ojos escrutadores de hurón escurridizo parecía  hecho justo a la medida de los supervivientes. Distinguía a la perfección cada uno de los remontes y hasta las guaridas de las alimañas sabía (el crascitar del cuervo, el crotorar de la cigüeña o el zureo de la tórtola encamada).  No le eran ajenos los secretos del Morse y el del código de transmisiones heliográficas. En último término, los que ganan las batallas son los espías. 
-Me han hecho prisionero casi antes de entrar en fuego.
-También es mala suerte, muchacho.


Estaba en un error apreciativo sobre Lita y su calidad de tipo con suerte.  Porque apenas llegamos a la telera donde nos recapitularon a los prisioneros en la punta de un cerro a la entrada del pueblo de Majadahonda justo donde se encuentra hoy el bar que llaman “Sol y Aire” y que fue un merendero después de la guerra un brigadista le conminó a que agachase la cabeza.
-No se me ha perdido nada, compañero.
-Por eso mismo. Agacha la cabeza.
-Al cielo sólo me humillo -volvió a insistir cortés pero enérgico.
-No aguanto pencas de nadie y menos de un fascista.
-Qué tú haces, cobalde.
No tuvo tiempo ni de santiguarse pero la Virgen de la Caridad del Cobre o la Santina debieron de porfiar para llevarse a aquel valiente a las alturas utilizando, ascensionales, los pliegues amorosos de su manto que sirvieron de sudario a tantos de los nuestros. Loor a su memoria de anónima sangre derramada. Aquellos tiempos fueron grandes porque fueron épicos.
En ese instante le vació sobre el cráneo del afro- asturiano todo un peine de munición aquel salvaje. Allí quedó el pobre Lita tendido sobre unos merlones, abono de aquella tierra para que el trigo creciera un poco más.


No había camilleros, ni curas, ni porteadores de munición. Faltaban las bombas de mano en aquella tierra sedienta y sangrienta. Vamos a acabar de una vez. Tengo veinte años. Me van a pegar un tiro, seré para siempre un escogido de los dioses. ¿O no me lo van a pegar? ¿Salvaré? Se abrieron todos los flancos del horizontes cuando cesó el cañoneo y vimos aparecer sobre las lomas escuadrones de caballería detrás de los tanques. Hubo varias batidas en el sector de Qujorna y el Vértice Lijar. Los jinetes rojos haciendo un alarde de valor imponderable saltaban sobre las trincheras sable en ristre. Algunos eran abatidos en el instante del asalto cayendo de los lomos de su montura blandamente como el cuerpo que se desploma cadencioso sobre el reclinatorio de la blanda sepultura y luego los corceles que montaban salían desbocados por los trigales en furor sin rumbo al emprender la última carrera. La presencia de aquellos guerreros es lo que más espanta ahora mismo mi memoria visual. El recuerdo olfativo quedó atrofiado para siempre a causa de las emanaciones cadavéricas y el auditivo sólo escucha gritos. De vez en cuando aparecía estola a los hombros y las enseñas doradas de los sacerdotes castrenses preguntando quién quería confesar. Lita, que era para estas cosas algo supersticioso, por más que buen cristiano, rehusó el ofrecimiento. Yo me hinqué de enojos detrás del parapeto. Como la trasera estaba llena de cardos y de pinchos me ortigué las rodillas pero el suplicio duró poco, menos de lo que tarda en santiguarse un cura loco. El reverendo debería de tener prisa. Acaso miedo y no me mandó rezar ninguna penitencia. Padre, que se le olvida ponermela. Pero, hijo ¿te parece poco el estar en este infierno? Si sales con vida de ésta, ya habrás cumplido una dichosa penitencia para toda la vida. Fue una de las escasas experiencias cómicas que tuve en aquellas horas en las cuales anduve entre Pinto y Valdemoro como aquel dice. Por lo visto, el ponerme a bien con Dios, luego me dijeron, no sólo me infundió valor sino que me salvó la vida. Ya nunca he relatado mis pecados con tanto fervor como aquella vez.


La onda expansiva de un obús nos había arrojado fuera de la trinchera al asturiano y a mí. El resto de los sirvientes de la batería anticarro y las dos secciones de ametralladoras se los tragó la tierra removida sobre aquella catacumba de cascotes, polvo. Debimos de inspirar lastima a nuestros captores. Ponderal no hizo uso de sus armas y el Chafa empezó a dar voces. ¿Te acuerdas de cuando entonces? A ese no le hagan nada, es de mi mismo pueblo. Anda coño, ¿pero qué haces tú por aquí? Mira que hay que joderse. Quemaron los trigos, pasaron los tanques destruyendolo todo con un furor rusoasiático, grandes escarabajos de muerte.  Han acabado con el olivar que tenía lo menos cuatro siglos. Por estos remontes es donde cazaba el rey Felipe IV- muy venatorio él en todos los sentidos de la palabra- y es esa la encina casta donde acribillaron a mi capitán don Antonio Dema Giraldo es donde sus palafreneros de entonces debieron de abrevar el caballo. En círculo no la abarcan el tronco tres hombres. Milagro es que no haya ardido. Allí crecerán renuevos, florecerán los sardones, revolotearán las mariposas rojas y el aguila gualda cubrirá carrera en su tránsito hacia las estrellas desde arriba. Llevaba mucho alcohol en el cuerpo. La había cogido buena antes de pegar el envite y venirse disparando hasta nosotros hasta que se le terminó todo el cargador. Murió como un valiente.  Como saben morir los españoles de pura cepa, raza acérrima y ubérrima. Había nacido en Cuba el año 1894
 
Sería ocioso, por otra parte, adentrarse en más detalles de lo vivido por mi tío Ursino. El pobre, al igual que cualquier soldado de cualquier guerra, no pudo tener una visión total de los acontecimientos padecidos por un sector muy importante de la juventud española y europea en las tres semanas de un ardiente mes de julio. No era un estratega sino un simple voluntario al que le tocó padecer las consecuencias de aquel enfrentamiento temerario - pero acaso inevitable- y tan poco fraterno. Para él la guerra no fue un espectáculo ni unos anales sino un simple vivencia imborrable con su carga de sed, de hambre, miedo y otros padecimientos dirimido en plena canícula casi a las cinco de la tarde como si de una novillada se tratase con la diferencia de que el primer espada no era Majoleta sino Moloch en persona y los mozos de leva los erales de aquel sacrificio. Él hablaba años adelante y yo le sonsaqué algunas cosas una tarde en que fui a visitarle y estuvimos mi padre, él y yo compartiendo recuerdos.


Acaso lo que más le impresionó fue la sequedad del ambiente a causa de la falta de agua. Con riesgos de sus vidas los soldados de uno y otro lado bajaban a llenar sus cantimploras a un regatillo del que fluía un pequeño venero junto a unos juncos en la vega del Guadarrama. La deshidratación y el ansia de refrescar la garganta podía incluso al instinto de conservación por lo que algunos se jugaban la piel reptando hacia el manantial que estaba en zona muy batida por el fuego de fusilería.
Oler la carroña entrañaba la posibilidad de poder morir de asco. Los cadáveres de las personas yacían insepultos cara al sol y al planear de los buitres por aquellas fechas con tanto trabajo y mucho donde elegir y catar. Esas sensaciones olfativas tan desagradables se mezclaba con el de los cuerpos atrincherados en las casamatas y en las zanjas someras a las que no cabía el título de parapetos porque fueron excavadas sin profundidad y donde para tirar no podías ponerte de pie, tenías que estar tumbado o acurrucado. Tampoco había vagado a los de Sanidad para desinfectar por más que alguna de estas huras defensivas habían sido tratadas con desinfectante o habían recibido una mano de cal.
Nunca me abandonará el recuerdo de aquellas sensaciones que se pasaron por mi mente igual que un relámpago -muy duradero porque en el transcurso de un instante en lo que se dibuja una centella- quedaron patentes todas las ventanas de la memoria y en cosa de unos pocos segundos vi desfilar ante mis ojos la procesión de mis días- aquel crepúsculo estival cuando la artillería alargó el tiro y toda una infernal batería de fuego fusilero concentró su mira sobre nuestras cabezas. Para colmo, estaban aquellos monstruos, los tanques soviéticos, especies de coleópteros de pesadilla. El ruido que metían las cadenas de las orugas en combinación con el cañón de la torreta y el de las ametralladoras acercaban la noción de estar protagonizando escenas inmediatamente anteriores al Valle de Josafat.


Verdaderamente los blindados con su avance imponente descuajando encinas y cabeceando sobre la rampa a causa de los embudos y de fallas sobre el terreno eran para amedrentar a cualquiera. Los oficiales pedían bombas de mano y botellas de gasolina. Tirarles a la catenaria ¿Qué es eso, mi alférez? ¿Qué va a ser? Las ruedas. Parecéis alelados. Las fauces se secaban. Agua. Agua. Cantimploras. Venga. ¿Dónde se han metido los porteadores de munición? Sin botellas de gasolina y sin bombas de mano no era imposible detener la progresión de aquellos mastodontes deslizándose sobre las posiciones con sus orugas implacables.


Con semejantes monstruos mecánicos enviados a pelear a la guerra de España Rusia se había vuelto en un nombre maldito y execrable, pero no era la Santa Rusia de Nikolai Berdiaeff, de san Valdemar o de Pedro el Grande sino una nación de nariz ganchuda y de soviets, de pogrom y de planes quinquenales, resuelta a destruir Europa invocando las patrañas filisteas escritas por un judío implacable y sin piedad al que llamaban Carlos Marx y que había encontrado muchos compañeros de viaje en la España sabatizada de Manuel Azaña, de Largo Caballero, de Margarita Nelken, machorra y sáfica, o de La Pasionaria, aquella aldeana que se jactaba de que cuatro hijos tenía y no supiera quién era el padre, la de las frases ametralladas en consignas, hijos sí maridos no, la que condenó a muerte a Calvo Sotelo, ha hablado por última vez. Durante la transición y el paripé de la consolidación de la democracia encontró no pocas imitadoras entre el mujerío liberado y respondón. Las discípulas de la Dolores fueron responsables en parte de uno de los flagelos que afligieron a los hogares destruidos y a las familias en trance de descomposición: la violencia doméstica o de género (esa definición la he inventado yo que me he preocupado mucho sobre el tema en el que veo la mano oculta del diablo). Las tenazas del separador se agitaban sobre las cabezas de separadas y de separados. Madre Augusta, ¿que haré yo? La mujer española ha perdido su condición misteriosa de alma femenina y viste el mono de miliciano por muchos modelitos que se echen encima. Quieren ser tierras como la Pasionaria y la Campos al grito de hijos sí, maridos no. Lo hago porque me apetece y con quien me dé la gana. A estas harpías de guante blanco les debemos la esterilidad de los úteros. Se han ligado las trompas de Falopio para ejercer más libremente la prostitución bajo el slogan canalla de hijos sí maridos no. Tienen que venir moros a empreñarlas. España se despuebla efectivamente. de modo y manera que los rojos que perdieron en el campo de batalla y no pararon de correr hasta llegar a Guadalajara, casi los tiramos al mar, se han salido con la suya. He aquí su venganza en los vientres yermos, las sonrisas heladas, las esposas infieles que quieren vivir su vida. Llegan los de los Derechos Humanos y nos vienen con el cuento ya escuchado de que España no es lo suficientemente democrática- ¿Democrática o “demográfica” oiga usted? Más bien lo segundo. Mierda y vulgaridad en nombre de las masas. Al pueblo se le tiene contento con la pensión en la caja y la prensa basura. Pero España para entrar en el gran club tiene que apearse del caballo racista, no zurrar a la parienta que se desmanda, y en último termino cuidar del terrorismo, y por que hay terrorismo porque faltan los derechos humanos. Es la pescadilla que se muerde la cola. En democracia el culo se confunde con las témporas. Chupa del frasco. Cuerpo triste, sal por donde te metiste.  Donde las dan las toman. Y la hiciste en Pajares en Campomanes habrás de pagarla. Guay de mi España.
Todos estos personajes cortados por un mismo patrón habían sido una freza infernal incubada en los colmados de la Cacharrería ateneísta transformado por una vez en fondo de reptiles de la anti- España.
 


Su mirada era como metálica, tenía una dentadura perfecta, casi fosforescente. Valentín González el Campesino al que tuve el honor de conocer en tan lamentables circunstancias y al que debo la vida por cierto era uno de esos hijos que sólo da esta raza acérrima, enquillotrada, anarquista, un volcán y un iceberg, tierno como una margarita y frío como una témpano. Le vimos llegar a la paridera. Bastón de mariscal y un aire impertinente. su barba estaba era de un negro de almeza. Miraba a cada uno de los prisioneros fijamente y había la fuerza de un remolcador en aquella mirada que algunos cronistas tildaron de asesina pero que a mí me pareció de hombre cabal. Al bajarse del Mercedes lo primero que escuchamos fue una blasfemia y un insulto.
-¿No os da vergüenza, hijos de puta? Por culpa vuestra han perecido los mejores de mis hombres. Todo una escuadrón de caballería hemos perdidos. Seis tanques rusos con dotación.
La moral de todos los que estábamos allí en aquel ocaso del nueve de julio de 1936 se había venido abajo. Muchos chaqueteaban. Los más lloraban como niños y pedían clemencia al todopoderoso y mítico comisario, pero nuestras súplicas no infundían en él ningún sentimiento de piedad. Vi dibujarse en la comisura de sus labios un rictus de cólera y asco mientras iba pasando su mirada terrible por cada uno de nosotros uno a uno con aquellos ojos suyo que parecía que quemaban. Su sagacidad y unas dotes específicas para meterse dentro de las conciencias de cada cual.
Dejémonos de aquello para volver a esto. Porque aquel instante se relaciona con éste.  La patria no es más que la interacción entre los que pasaron, los que andan por las sendas y los que vendrán. Retoños y raíces soldados a un tronco común que permanece invariable en los avatares de las centurias.


Las coplas del tiempo futuro - canción que buye en mi pecho- pronostican el acontecer inminente.  Brunete era una gran sartén donde se frieron vivos muchos españolitos, pero los cocineros, los que tenían la sartén por mango, estaban lejos, llevaron a efecto su injerencia por poderes, calentitos o fresquitos en sus despachos en rascacielos enmoquetados fumandose un puro mirando para los mapas. Era el dominio de las cuentas corrientes. Oro quiero yo y un poco de valor para hacer la guerra, pero, sobre todo oro. Al otro lado de las montañas, donde empieza la sed, se batían por España en un tiempo de amenazas y de confabulaciones los mozos de la quinta del 36. Fueron al frente en alpargatas y a pecho descubierto. La artillería alargaba el tiro desde el otro lado de la empalizada que contaba con sus propias confabulaciones y su sala de máquinas. Esos de ahí en eso que venga, que vengan. Quiero muertos pero que no me den mártires ni estelas de caídos. Nosotros borraremos los nombres de los laureados y volaremos con dinamita los cipos conmemorativos. ¿Estamos? Aquí no hay que dejar huella. Estorban las coartadas. Con la misma contumacia con la que saltó por los aires Spandau dejarán que se derrumbe la Cruz del Valle de los Caídos.
Unos dirigieron el curso de las operaciones desde una ruló y otros iban a los frentes en visita de inspección con guante blanco dejando que la historia sea una larga narración de atropellos, crueldades y salvajadas, más o menos, pero luego hay que tapar el verdadero nombre de los culpables, creando un hipotético minuendo y sustraendo de conjuras en ebullición. Si queréis haceros una idea del baúl de la cólera del gran dios inquirid suplicantes a los flámenes del templo de Marte en cuya ara bajo la lápida del columbario donde están las reliquias de los que dieron testimonio se agazapa el perverso zaguanete, el que tiene la llave de las urnas de los idus noviembre porque en el mundo que se avecina la cantidad tendrá prelación sobre la calidad. Será el dominio de la masa y de la fuerza bruta. Tenemos un régimen de violencia en perspectiva donde los demiurgos de la Casa Blanca llevarán la contraria a la cordura del clásico. Ya Plinio advertía:Sententiae numerantur sed non ponderantur”. El individúo no cuenta. Lo que vale es el consorcio, el engranaje, la organización. No hay peso moral sino carga bruta. El cuerpo y la materia vencen al espíritu. No es nada ponderado el dios de la democracia. Pura violencia del número, de la cantidad contra la calidad.


Si deseáis, pues, haceros una idea del bagaje de la cólera del dios, inquirid, suplicantes, al Inquisidor Mayor, el que apacienta las mesnadas de borregos a golpes de cayado oculto, o lo que dan en llamar desinformación. Una vuelta de tuerca. Otra más. No andaba descaminado Dostoievski en la escena final de los Karamazov cuando escenifica el careo entre el monje y el crucifijo. Es un epílogo de obra maestra en que se representa el drama del género humano, la cruel realidad. Hay una cuenta y razón del hombre que no se compadece con los designios divinos. Sólo el genio es capaz de atisbar mediante la intuición todos esos planes que son en verdad otros planes.
Como se acerca el tiempo de los gigantes, los escritores, sean buenos, malos o regulares, se encuentran en la obligación de denunciar los manejos de la gran tramoya. Les compite la tarea de desjarretar a la bestia. Bien sencillo es pero qué dificultoso porque la cuestión está  en manipular la verdad tergiversando lo que en realidad aconteció, poniendo los hechos patas arriba, sustituyendolos por consignas y toda esa propaganda deslenguada sin gusto ni estética nenguna que tanto apela a los bajos instintos del arrabal al modo yanqui, el gesto y la actitud procaz, o la palabra malsonante que resuena en el batintín de las emisoras que capitanean los enchufados a la red sin rateles, televisión de pago, albañal de las bajas pasiones, charca del instinto, manantial del desatino y de la batología, irrestañable e inexhausto, agua de borrajas para lavar el cerebro sucio de una sociedad sin conciencia.


Manipulad, malditos. Mentid y engañad. Dislocar la verdad poniendo los hechos patas arriba. Que todo sea propaganda deslenguada. Erostratismo a marchas forzadas. ¿Quién era Erostráto y en qué se fundamenta la filosofía erostrática? Un pobre diablo el cual, harto del anonimato y de la obscuridad, se atrevió a plantar fuego al Templo de Diana en Efeso, con tal de ganar notoriedad. Claro que tampoco fue el único. Siglos adelante un celoso converso judío, Pablo de Tarso, haría lo propio por amor a Cristo y por salvaguarda de la letra del Evangelio aunque de paso tuviera que cargarse el culto marianista con todo lo que ello comporta para la Iglesia. No supo entender que en esa mujer está la vía que conecta a la religión de Jesús con los cultos de los tiempos oscuros. El velo de Isis oculta las respuestas.
Pues eso, que el erostratismo campea entre los enchufados a la red. Hemos sustituido el lema de “Mi reino no es de este mundo” por otra que dice te lo cambio por un plato de lentejas y allí aparecen de repente una bandada de cornejas. Toni Genil y Támara tienen mucho más decencia que las percheleras de las mañanas y de las tardes con Teresa, el sabor a ti, pasa la vida que no es un tango sino una tómbola. La piedra basal de los Borbones tiene como columnas de Hércules a esta prensa camorrista y folletinesca al frente de cuya dirección de orquesta se sitúan los Hermidas, los del Olmo, los García y las dueñas escogidas de mi rosal, Ansón templando gaitas. Si esta es mi España que se la entreguen enterita a Hinaulafen, fijate. porque me vienen a la mente las palabras de José Antonio “prefiero una España roja a una España rota”, que no se la entreguen a los judíos de la cucaña que bien que se afanan por acabar con el nombre de España. Razón llevaba. La España de Azaña y, sobre todo, la del sobrio e incorruptible estuquista, Largo Caballero, un socialista íntegro, tiene puntos de contacto pero no se compadece con la de los iluminados de Aguirre, Arana, Irujo y sus hombres clónicos del presente esos dos percherones del separatismo de Vasconia inflamada de odio que son Arzalluz y su edecán, Anasagasti. Está demostrado que su odio a España es algo visceral. El Andaluz para Marruecos, la cornisa cantábrica para el inglés. Cataluña y Valencia para los americanos y sólo nos queda Madrid. Eso va a ser lo bueno. ¿Qué vamos a hacer con Madrid? Adiós mis pavos. Judas ha montado un chiringuito en lo alto de la Casa de la Bola. Este año se nos atragantarán las uvas.


Al gran hermano le corean las famosillas y otros lanzamientos expectorados por Polanco. Yo prefiero a Altamara porque ha puesto a los flamencos rocieros en su sitio. Suenan las panderetas. Europa nos quiere ver así y así nos hizo. No puede pensar que entre españoles la hombría de bien. Nos asigna un papel que tenemos que cumplir hasta que la unidad nacional desaparezca. Estos apóstoles de la amenaza que se dicen católicos pero que respiran saña anticristiana, nos pueden conducir a otra guerra civil. Eta dispara las pustulosas pistolas que los del PNV cargan.  Hay que guardar el canon que nos asigna. Dejemos que el Hermida satánico haga Posturitas, menee la cadenita con un dedo, se meta las manos en la sis del chaleco y nos abrume con sus recomendaciones silbantes. Eso que lleva de ventaja en tratarnos como burros. Un analfabeto no merece siquiera ni el beneficio de la duda. Que les den de comer.  Llevarlos a todos a un a botillería, a un merendero joven o a un bochinche donde sólo sirvan filetes rusos hecho con carne de vacas locas. Pues no son más que basura. Darles basuras de comer. Que pague el contribuyente. son tan repelentemente proyanquis que quieren hacer de la rugosa piel de toro un nuevo mosaico de taifas para que se consume de esta forma la venganza del Maine.
-A esos que se lo coman las arañas.
Esa es la repuesta del Posturitas remilgado al grito de se sienten, coño.
Y ahí están los jaques del sistema velando por la guarda de la línea. Que nadie se desmande no vaya a ser cosa que esto acabe como el rosario de la aurora. Como un rey de España sin reino. Una corona sin país. Con los ingleses enquillotrados en Gibraltar.
-Ha dicho la Reina que no nos vamos y que el submarino nuclear lo carenaremos en la Roca de Calpe. Nelson manda.
De esta forma el recordad Brunete es un asunto de vital importancia para la supervivencia de la nación porque es la réplica al remember  el Maine que han pretendido los sicarios eternos de España.


-No lo han dicho los periódicos de Perico Tonsuras pero como sabéis el Tireless quedó maltrecho después de su enfrentamiento naval con el Kursk al que hundió lanzando uno de sus torpedos, pero al sumergible británico también le tocó su parte.  Huyó tocado por una andanada.
-No lo decimos porque somos maestros en el arte del disimulo. A nosotros lo que más nos conviene es la guerra psicológica en estos momentos. Nos vamos por los cerros de Úbeda. Desinformamos a punta pala y todo lo que nos da la gana.
Al Hermida lo van a hacer rey. Ya lo pintan los diseñadores de imagen con un cetro y la esfera armilar a sus pies rozados por los pliegues de un manto de armiño. Sus apariciones son cada vez más cortas ante las cámaras pero tiene toda la pinta de un brujo. Sus gestos prepotentes recuerdan a Mefistófeles.
-Gran magnate. Tú eres el rey de los mediúmnicos  e iniciáticos garabatos. Te damos la vara del mando. - corean las putillas del famoseo cursi escrito con ph de phamosus que en latin quiere decir infame, claro está, y conforme van las cosas el étimo es de lo más correcto-. Todo te lo debemos, rey Midas, Hermida.
-Eso no me lo puedes decir. Te demandaré ante los tribunales.
-Pero en este país ¿ no hay libertad?
-Manda bemoles. La censura.
Es una censura tan férrea como la de la república.
-Vacas flacas.
-Vacas locas
-Hablo en serio. Me retrotraigo a que el mundo se enfrenta al peligro de un nuevo castigo bíblico. Tenemos las siete plagas de Egipto casi en puertas.
-Anda ya.
-Lo que oyes.
Una corona de oro para el rey de las ondas, el que pone y depone, el que encumbra y destrona, el que primero las rapa, después se las monda y a continuación se las come, el nuevo mandamás de las antenas. La bisectriz en la cima, cacumen del ángulo recto.


Cuando se escribe en los comienzos del siglo XXI, uno no puede por menos de acordarse de la gesta protagonizada por unos cuantos rojos y azules de la España profunda, que nada tiene que ver ni por asomo con esta que algunos padecemos y otros la gozan porque para ellos es el río revuelto ganancia de pescadores (moros, falangistas, requetés, legionarios, y los zapadores del regimiento de Fortificaciones que tuvo un actuación señera en el transcurso de la batalla que nos ocupa).
Es como comparar a la España oficial o virtual que es la que hoy se lleva con la real a la que pertenecían mi tío Ursino, Viriato, el Empecinado, Churruca, Alvarado y Cortés y Valentín González el Campesino. No hay color.
El Campesino era un hijo de la raza sin más preámbulos. Iba para caudillo pero se quedó en peón caminero. El hábito no hace al monje. Tampoco las estrellas hacen a un general y el era un capitán general  por instinto sin haber pasado por las aulas de la academia. Hijo de un  menestral extremeño que había combatido en Cuba y al que la patria le había agradecido mal sus servicios prestados en el manglar (un tiro en un hombro que le había dejado medio manco, las secuelas de la malaria y una ñáñiga multípara con la que no llegó a matrimoniar, la trajo como sirvienta dejando su prole allá y casandose con otra, la madre del héroe de la guerra civil al llegar) un día decidió vengarse. La España que defendió no era la de los curas ni la de los señoritos. Poco más o menos venía a pensar lo mismo que muchos de los falangistas que estaban al otro lado de la empalizada y a los que él conjeturaba con un par de redaños, porque en más de una ocasión culpó a los mercenarios del polaco Walter de mercenarios:
-Mirad. Esos no chaquetean. Con dos docenas de esos conquistaba yo un continente. Qué tíos.


Se enfrentó con Walter, el polaco y a sus hombres, que constituían uno de los mejores batallones de las Internacionales, llamó maricas e hijos de la Gran Bretaña. No le crecían pelos en la lengua. Era abierto y pugnaz, pero nunca un sádico. Tenía una manera de hablar contundente y una visión innata de la estrategia. Los legionarios le seguían causando fascinación. Eran el cuerpo al que estuvo apuntado y del que desertó y faltó muy poco para ser fusilado. No bebía-al principio- y había recibido una naturaleza increíblemente fuerte y resistente.  Cuando emigró a Rusia, Stalin le nombró general pero este disciplinario que odiaba la subordinación pronto entró en dificultades con los soviets que lo deportaron a Siberia parece ser que no por motivos políticos sino por que se acostaba con todas las mujeres de los capitostes del politburó. Era un superdotado para la supervivencia y el camuflaje servidos por una inteligencia innata. Así consiguió huir de Rusia atravesando todo el Asia y llegando a los Estados Unidos. Fue a dar con sus huesos a Mexico. La última vez que se le recuerda fue en Paris, así lo retrata I. Montarelli, ante una jícara de fino, estaba alcoholizado, su rostro arrugado pero los ojos profundos y negros eran los mismos y la dentadura, aquel teclado de piano casi fosforescente, conservaba la fosforescencia de fuego fatuo conservando todas las piezas. Una vida de leyenda. Estuvo preso en el Hacho ceutí y se fugó para unirse a una mía de los rebeldes de Marruecos. Abdelkrim, al principio bien, pero luego lo tomó por un espía. A punto de ser fusilado este pimpinela escarlata consiguió pasar el Estrecho a nado. Luego aparece en las minas de Almadén. Durante una huelga puso una carga de dinamita en el camino por el que había de pasar una pareja montada de la Benemérita.  Se hace contratista de Obras Públicas y reside muchos años en Quijorna como peón caminero. Le tenía querencia a aquel lugar en las escarpaduras de la cordillera Carpetana en el camino de Navalcarnero. Había sido un personaje principal. Puso todo su empeño en la reconquista de su pueblo de adopción donde llegó a utilizar la caballería pero dejó desguarnecido el flanco derecho. Los del Tercio abrieron brecha por su retaguardia. Quijorna fue retomada a costa de muchas bajas por ambos lados y muchas desavenencias con el Estado Mayor central.


Como lo pasó en el desierto, desde aquélla no podía tragar a los moros. Podría haber sido suya la frase de Mola que decía que debajo de una humilde chilaba se ocultaba un alfanje afilado. Valentín González consideró lamentable el que el mando nacional se hubiera embarcado en una empresa común con los crueles rifeños, una tragedia y una felonía porque había conseguido saber que en Marruecos se agazapa el enemigo de Cuba el mismo que viste y calza ya que cuenta a los Estados Unidos como aliado principal contra España y que el rey alauita no ha perdonado la toma de Granada y que piensa regresar al Andalusí como ellos lo denominan.
Estaba del todo avisado. Su inteligencia fuera de lo común es perspicaz y adivinatoria como la de todos los grandes genios. Arengaba a sus tropas invocando el nombre de Santiago en Clavijo para echar de nuevo a la morisma al mar. Por otro lado no podía ver a los curas.




Reverendo o moro que cayera en sus manos lo pasaba siempre mal. Esta aversión hacia el clero debía de haber sido por algún lío de faldas en su juventud. Le había levantado la novia un capellán. Al marroquí le tomaba por taimado, sanguinario y ladrón. Además era un producto de la locura africana que costó tantas victimas en el bando español.  Tan sólo en el Desastre de Annual hubo doce mil muertos. Dios qué bien vasallo si hubiera buen señor, cupiera decir de aquel Cid de Quijorna, que se había empecinado en entrar triunfante en Quijorna para demostrar de esa forma al mundo que tenía razón. La hecatombe de las guerras africanas le habían hecho odiar al agareno. La carnicería de Cuba también determinó un aborrecimiento expreso y tácito del gringo y del sistema capitalista. Valentín González, el cid de Quijorna se mantenía en la línea del combatiente nato, era un hombre de acción, su vida había sido una linea ascendente llena de congruencia y su conducta, si no irreprensible, rendía honores a su ideología que nada tenía que ver con las dobleces y cabildeos de los prohombres de la República, con el corrupto Lerroux, ni con las belicosidades de Alcalá Zamora o la crueldad sibilina de Manolo Azaña, ni con los abrigos de pieles de Pablo Iglesias o las banderías de Largo Caballero que no se podía ver con Indalecio Prieto. Frente a toda aquella incompetencia de gallinero pueril, las refriegas peligrosas, los discursos. La hora de las vanidades y de las amenazas había dado paso al estallido de la sangre, Brunete fue el campo de Agramante de un tempero que había tenido una larga preparación histórica en los descalabros de la monarquía que habían dado pie a los enemigos de España tanto internos como externos a urdir sus conjuras. Marruecos era no sólo una punta de lanza sino un trampolín. El Campesino sabía que los moros no iban a aportar ayuda desinteresada a Franco y que pasarían factura. Ha sido así. Las pateras que han estado cruzando el Estrecho todo este año 2000 expresan ese ánimo de saldar la deuda que apunta a una nueva reconquista o a un reverdecimiento de la fecha del 711. El moro sabe esperar. No tendría nada de particular que viéramos sentarse en el trono vacío de Granada, esperando en el marco poco glorioso de la España de las autonomías que recuerda el ambiente de los taifas cada vez más al sucesor de Boabdil gracias a la política de mestizaje fomentada por políticos tan bochornosos como Ruiz Gallardón, el hijo del meritorio de Serrano Suñer y nieto de aquel El Tebib.  Va la cosa de gallardones y de frutos de encina, suenan campanadas convocando a la asamblea de felones. Han pasado factura. El moro no entrara si personajes tan vomitivos como Manzano, Mercedes de la Merced y el nieto del cronista, joven airado y cejijunto, no les hubieran dado puerta franca. España tierra de acogida. España invadida, que devora a sus propios hijos para echar su cadáver a los perros. Es lo justo que están haciendo estos tribunos de la plebe herederos de aquellos mangantes conspicuos de la Segunda República. Aquí van a sonar los tiros, pueden arder sinagogas. La grandeza y libertad entrevista por los Reyes Católicas fue puesta patas arriba, se cometió crimen de lesa patria, y el que avisa no es traidor, no se puede dejar un país tan importante del que en buena medida dependen los destinos de la humanidad en manos de crápulas.


En el campo de concentración improvisado en las eras de Quijorna el gran guerrillero rojo irrumpió igual que el lobo del redil, pudimos percibir el brillo de fosfato de su dentadura fluorescente de perfectos colmillos. Era un hombre triunfante que siempre había sido optimista. Valentín González debía de estar de buen humor, algunos festones de nubes blancas flotaban sobre el horizonte.  A lontananza se veía fuego, eran los rescoldos de los rastrojos quemados y las hogueras provocadas por los bombardeos. También llegaba, cada vez más ahogado y menos perceptible, el estrépito del cañoneo de la fusilería, los disparos de las ametralladoras. La caída de Villafranca y de Quijorna no significaba el que se siguiera combatiendo en el Vértice Llanos y la Cota Lijar donde la suerte les estaba siendo más favorable a los nacionales, aunque esto, la verdad, importa poco a un soldado como Ursino Parra que acaba de ver morir a la mayor parte de sus compañeros y que acaba de salvar la vida misteriosamente para ser tomado rehén por el temible “Campesino”, un personaje de leyenda y del que se contaban historias fabulosas, tanto acerca de su crueldad como de su generosidad, su valentía y su arrojo. Él y Líster eran los mejores caudillos con los que contaba el poderoso Ejército de la República en aquellos instantes. La toma de Quijorna, el pueblo en el cual trabajó como peón caminero, para él representaba muchísimo. Significaba el desquite de no pocos agravios y desplantes sufridos en su vida pasada a manos de los poderosos. ¿Me darán el paseo? ¿Acabaré yo en esa zanja igual que esos? No hacía otra cosa que mirar las nubes templadas sobre el cielo fascinante y coloreado de aquel nueve de julio, parecía un rebaño de corderos pascuales paciendo a discreción lejos del cayado de su pastor que acababa de perecer en un duelo artillero. Iban de un lado para otro de las cornisas del horizonte blancas y purísimas igual que el vellón de Gedeón. Zalea del trasquilo de la lesa patria, vedijas de humo que barbotea gaseoso y que tan pronto viene como se va así nos sentíamos, leche de la ubre. Esta vaca pronto va a dar calostros, ya lo verás. La temperatura había subido, el  ambiente se hacía irrespirable a medida que avanzaba la tarde y yo que llevaba casi tres días sin probar bocado porque en lo que duró el asalto a la posición no había tenido más alimento que un bote de sardinas que hube de abrir utilizando como abrelatas el machete y el mendrugo de un chusco revenido me sentía como desprovisto e cuerpo pero tampoco tenía alma, pues me parecía flotar como en un limbo y observaba aquel ambiente de calamidades que me envolvía como si la cosa no fuese conmigo, como si yo fuese ajeno a la situación decisiva que yo estaba viviendo.
Nuestros guardianes permitieron que nos sentásemos en el suelo y en esa misma posición de descanso más de uno se durmió para no despertar más puesto que fue rematado en el suelo. ¿Tú te duermes? No mereces entonces vivir.  Nefasto era el pervigilio, nos sentíamos personajes en capilla que van a ser fusilados pero sobre el papel de una novela por entregas, nada de en la vida perdura. La tenada olía a oveja machorra. ¿Ha estado por aquí Margarita Nelken, la ministra de Justicia con nombre de azucena pero seguro que era un lirio? No es eso, chaval, no molestes a la señora ministra que acaba de marchar a Valencia con una de sus queridas. El amor sáfico de las milicianas. Algunas habían ejercido la prostitución, eran las primeras en llegar a todas las sacas y otras se confesaban tortilleras empedernidas. Safo ¿por qué nos haces esto? Las libertades eh. ¿Y para eso quieres abrir un ministerio de Cultura? Para colocar en sus oficinas a los marimachos del amor amargo? Se perderá la guerra. Lirio, lirio loco, que cantaba ya Camoens.


Cerca de donde nos guardaban se pudrían unos cuantos cadáveres apilados sobre un almiar, atroz hedentina y no venían los de Sanidad. Como eran todos ellos ciudadanos de las ínsulas se debían de haber quedado tomando el té de las trincheras. Esas no son horas. Te amaré siempre, Margarita Nelken, te juro amor de por vida. Pero hombre tienes que sentar la cabeza, a tus cincuenta y siete años ya no te cumple hacer el tonto, pasó aquella hora. Es que vivimos en unos tiempos poco clementes. Siempre fue así, no te quejes, a todas horas está sonando el reloj del Apocalipsis y el olor que llegaba de las tumbas al aire libre volvía las auras irrespirables a causa del mefítico ventalle. La carroña del mulo se transformaba a ojos vistas en un montículo de masa semi líquida viscosa. Yacía tan sólo a unos metros de donde nos habían detenido el cadáver de una miliciana de cabellos rubios. Sus ojos azules que perduraban abiertos parecían haberse colgados para siempre de la luz de una estrella que sólo veía ella pero que nosotros intuíamos. Yacía casi a la vera de un requeté al que un obús había partido en dos mitades, el tronco estaba un poco más arriba que las extremidades inferiores. La muerte, gran niveladora de las cosas humanas, no hacía distingo de bandos, para ella tanto montaba un rojo como un falangista. La miliciana los brazos en cruz y las piernas muy separadas en actitud casi provocativa e incitante eran un desafío a la muerte. Su cuerpo abultado estaba echado sobre unos juncos y evocaba en cierto modo aspectos del culto a la maternidad. Seguramente era una diosa aquella compañera del pelo color de estopa y los ojos azules. ¿De dónde habría venido? Sus brazos en cruz desafiaban al sol declinante que se despedía de la redolada castellana en este rincón de la provincia de Madrid con luminosidad funeral. Brava y bella muchacha. Las cumbres oliváceas de Valdemorillo la daban el último adiós.


“Esta es la última puesta de sol que contemplan mis ojos, mañana no saldrá el sol para mí”, pensaba para mis adentros creyendo que había llegado para todos nosotros el final. El que estaba a mi lado era precisamente el capellán del Regimiento de Toledo, que había perdido al ochenta por ciento de sus hombres y eso que era tropa de refresco que venía a reforzar y a cubrir bajas. Había visto aquel hombres horas antes de iniciarse el fregao cerca de la iglesia de Quijorna como aturdido y espantado por el miedo.  Parecía que le habían traído a la rastra a dar la absolución y administrar los últimos sacramentos a los moribundos. Se presentó en la posición con gesto descompuesto. Venga. Ya sé todos tus pecados. No has robado ni has matado. A veces te fuiste de putas pero eso es normal y algunas veces te desahogas contigo mismo porque te falta la hembra. Procura no faltar a misa los domingos. No te masturbes que no sólo te condenas sino que te haces polvo a ti mismo y has de sacar fuerza de flaqueza. ¿Y de penitencia, padre? Ninguna. ¿Te parece poca penitencia esta ratonera en que nos han metido los políticos? Era muy de manga ancha. Ya podían ser todos los curas como tú, padre Ermunio - Disertorio Ermunio, así lo llamaban- que otro gallo le cantaría a la Iglesia.
A Ermunio se le había espantado el miedo y delante de la boca de los fusiles mostraba toda la entereza y el desdén ante la muerte de la que saben hacer gala los hombres de fe en los momentos críticos. El capellán me hizo una seña con la barbilla como tratando de espantar ahora mis temores. Queda mundo, sé libre. Aprovechando un descuido de nuestros guardianes me dio la bendición, trazando la señal de la cruz en el aire. Su rostro lo veía yo como iluminado.
Todos aquellos prisioneros, eramos más de un centenar, estábamos en capilla, nos quedaba poco tiempo en el mundo de los vivos. Se hacía muy duro abandonar esta vida a los veintiséis años. Ego te absolvo a peccatis tuis. Su rostro estaba como transformado, no tenía miedo ya, revestido, por un don especial de una fortaleza que inexplicablemente llegaba de lo alto.
-Padre Ermunio, me siento limpio. Parece que floto en medio de una nube de paz.






Estaba preparado para morir en aquel instante, veía lo que había sido mi vida con una clarividencia pertinaz y melancólica, todos los instantes del pasado pasaron ante mi conciencia como en una foto animada, como disparados por una ráfaga de ametralladora. Se representó la torre de la iglesia de mi pueblo con su campanario románico y el altar barroco y aquel cuadro de san Andrés que se representaba con la barba torcida y las losas del piso que servían de tumbas con las inscripciones desgastadas, y el porche a la solana donde se reunían los mayores en corrillo a la salida de las celebraciones litúrgicas, dejaron de tocar las campanas a gloria para repicar a muerto. Ya no contemplarían mis ojos el paisaje abierto que se mostraba desde el mogote en el cual estaba el templo enclavado. San Martín bendito ayudános. Tu protección amorosa se extendía sobre el mar de trigales que rodeaban el pueblo sellando su horizonte aldeano. En las tierras a esa hora cabecearían las espigas esperando la hoz de los segadores pero no había obreros que fueran a la labranza del amo, todos los mozos estaban en la guerra y no había brazos para efectuar la recolección. Ya no me volvería a juntar con los de mi cuadrilla en la corralada, ni a salir de ronda la noche de san Juan, ni a colocar el ramo en el balcón de mi novia Mercedes. La presencia silenciosa de mi padre al que llamaban el Tío Ojos Tiernos en Membibre por un ectropión que padecía desde niño y que enrojecía el párpado y el lagrimal con su jarro yendo a por vino a la bodega que estaba detrás de la torre a cuyo amor se recostaba la casa del primo Ambrosio, cofrade la Hermandad, y al que sobresaltaban los truenos y los relámpagos como al que más y que dejaba de salir al campo si olía a tormenta, me sobresaltó. Vi en su andar renco y claudicado la inanidad de las cosas humanas. Todo desaparece. Nos vamos para no volver nunca más. Me iban a fusilar. Mi cuerpo se desharía en una de aquellas fosas comunes a cielo abierto ¿y del alma qué sería? ¿Dónde estaba el alma? No sabemos pero hay que estar preparados, hijo. El padre Ermunio sabía de esas cosas mucho más que yo. Sin embargo, nadie había vuelto de allá a decirnos lo que había. Allí, sentados en los poyetes de piedra que flanqueaban la bodega, bajo la sombra de los almendros, tuvimos echadas buenas parrafadas y buenos jarros de vino que nos echamos al coleto, el vinillo de la tierra. Para las ocasiones se escanciaba el de Peñafiel y en las bodas y durante las justas solemnes, el de Villamañán, el que trajeran los arrieros de León. No volvería a ver a Felipe ni a Manahén ni a Petra ni a Silvino. Con este último era con el que estaba más hermanado. Precisamente, no hacía ni una semana que estandole escribiendo una carta en el interior de la chabola, se coló una bala perdida por el hueco de un saco terrero, el proyectil me tiró al suelo pero sólo quedó agujereado el gorro con un orificio de entrada y otro de salida. Ni un rasguño. Yo creo que aquello fue un síntoma de buena suerte, quién me iba a decir que a los pocos días iba a caer prisionero y del Campesino del que se decía que no daba cuartel a los facciosos a los que echaba mano. La bala después de traspasar la tela del gorro azul pasó de largo. En todas estas cosas pensaba. En los ojos abiertos del campanario traspasados de cielo y que siempre me parecieron la mirada hueca de la eternidad. De allí a poco el campanario tendría la tarea de anunciar mi nombre en la lista de los caídos. Ursino Parra no sería más que uno más de la larga lista de cien mil que dejarían ver el sol de España en los llanos de Quijorna. Se me recordaría durante unos años y en el memento de difuntos el sacerdote rezaría por mis intenciones en voz baja. Mi Mercedes lloraría por mí, la abuela Paula sería la persona en el mundo que me tendría más presente y Ojos Tiernos me echaría un responso  cuando pasara por el camposanto camino de las eras. Caminaría de mala gana en la borrica a cobrar el giro con mis últimos haberes y a recoger los pocos efectos personales si es que mis asesinos no los quemaban. Morir antes de cumplir los treinta años es un privilegio que reservan los dioses para unos cuantos escogidos, aunque a mí, la verdad, me hubiese gustado morir de viejo. En la guerra las personas no eran nada, las cosas lo eran todo. Mandaba la ley de la fuerza. Valentín González perdonaba a los legionarios. Desde que estuvo en el cuerpo estos soldados le caían bien por lo que muchos obtuvieron la gracia en el último instante. ¿Puedo fumar? Si tienes tabaco. Creo que esta petición fue lo que me salvara. El héroe de la España roja quedó sorprendido de mi audacia. ¿Quién dijo tal atrevimiento? Hay que tener un par de redaños para mirarme a la cara. Yo soy poco condescendiente con los facciosos pero si alguno me cae bien le perdono la vida, tú me caes bien, cabeza de pepino. ¿Yo? Sí, tú. Venga para el camión. Y al cura y al moro que lo fusilen. ¿Cómo sabes que es sacerdote?  No hay más que observar sus gestos amanerados y, además, con el rabillo del ojo vi cómo te sacramentaba hace un momento. Yo tengo pesquis, a mí no me la dan. Y en ese mismo momento él mismo desenfundó el pistolón y disparó a bocajarro contra el pobre Disertorio Ermunio que quedó tendido con los brazos en cruz sobre el forraje seco de la paridera. Entre tres de sus escoltas lo cogieron en una manta y lo tiraron a los perros. Quedó insepulto al lado de la rubia miliciana. La expresión de ambos cadáveres era la misma: una interrogante de beatitud.     
 
 
                                               III
                         VARELA, UN CHUSQUERO,
                                  Y CON UN  PAR


Fue casi un presagio que advertía lo que habría de suceder. En la Navidad de 1936 el general Varela, que acababa de liberar Toledo a últimos de septiembre, en una fulminante operación durante la cual hizo un derroche de facultades estratégicas, llevada adelante con el arrojo y la decisión que caracteriza a este soldado raso, el cual de soldado raso subió al empleo de general resultando- su rostro impasible y sus impecables guantes blancos que no se quitaba ni en medio de los más encarnizados combates ocultaba toda la  garra civil- uno de los militares más condecorados, estaba a las puertas de Madrid.
Su división operaba en Villanueva de la Cañada.  Él en persona fue a realizar una descubierta. Avistado por un grupo de blindados rusos que se ocultaban entre la fronda que rodeaba el foso del Castillo de Villafranca, abrieron fuego. El general fue herido triplemente; en el omóplato, en el cúbito del brazo derecho y en un muslo. Esta herida era la que inspiró mayor preocupación a los médicos.
Evacuado al hospital de sangre de Griñón, su cuadro clínico no se dio a conocer. De haber trascendido, es casi seguro de que la ofensiva sobre Madrid que Varela con sus tabores y sus legionarios al trote cochinero y a paso de carga venían arreando desde Algeciras, hubiese sido un fracaso.
Le fue extraída la bala, pero la herida se infectó. Por segunda vez, el egregio oficial se negó a que los médicos le amputaran la pierna. No recibió el alta hasta el 11 de febrero. Sin embargo, le dieron tal cantidad de sulfamidas y otros fármacos para contrarrestar el peligro de gangrena que hipotéticamente el tratamiento sería determinante de la grave enfermedad hematológica  de la que habría de fallecer el general a principios de 1951.
Varela era un hombre duro. La sangre que derramó en Villafranca del Castillo fue un preludio de los ríos de sangre que corrieron por los campos de Brunete.  Lejos de amedrentarse, los tres impactos que marcaron su piel lo envalentonaron más. Buscaba el desquite.


La guerra civil se perfila como una bronca en una sala de banderas entre generales monárquicos y republicanos, ascendidos todos por méritos de guerra o por escalafón en las sangrientas y absurdas querellas del Norte de África. Eso por un lado. En el otro flanco estaban situados jefes y oficiales de ascendencia cubana, con una hoja de servicio no menos brillante y meritoria en los méritos por la patria. Era una veta menos entusiasta con la monarquía. La derrota que supuso la pérdida de la última colonia les tornó poco sensibles a la causa de la realeza, como por ejemplo Mola o Sáenz de Buruaga, ambos nacidos en la Perla de las Antillas, de familia militar. El caso de José Enrique Varela Iglesias, hijo de un humilde sargento de infantería gaditano, que habiendo entrado como soldado raso en el Ejército fue el general más significado y discutido de la contienda del 36, después de Franco, parecía distinto, como corresponde a una personalidad singular. Este comunero se va erigir en el primer postulante de a causa carlista. Más papista que el papa y más papista que los monárquicos, precisamente debido a su extracción advenediza.
En la alta oficialidad se miraba a “Varelita” (también era de poca estatura, y no muy apuesto, pero con unos redaños que no cabían en la Tacita de Plata ni en la Isla de San Fernando donde vino al mundo en 1891) con recelo por advenedizo. Sin embargo, la tropa lo idolatraba.
Para más inri se hizo conspirador y monárquico. Más papista que el papa, su ambición, presencia de ánimo y pundonor debió de chocar con los militares de sangre azul. Amigo de Sanjurjo y enemigo de Primo de Rivera con el que en Alhucemas tuvo unas palabras, cuando el dictador en una comida manifestó su deseo de abandonar el protectorado, idea muy congruente y que hubiese evitado mayor efusión de sangre, pero que tanto Varela como Franco consideraban una cobardía, tuvo un papel relevante en el Alzamiento Nacional.
A los postres de una comida de campaña ofrecida a don Miguel Primo de Rivera en el campamento legionario de Ben Tieb, y en la que éste se pronunció en pro de la retirada de Xauen y el repliegue táctico de los contingentes españoles en el Protectorado, Varela se levantó y dijo:
-Muy mal. Yo protesto, mi general.
El fogoso Varelita no había sido capaz de dominarse, pensando en tantos compañeros suyos que había sucumbido en aquella tierra humedecida con sangre de tantos españoles.


Hombre bondadoso, el insigne ministro de la Guerra, no tomó aparentemente a mal aquel acto de indisciplina por parte de un subordinado que en otras circunstancias hubieran significado un arresto fuerte o la degradación. Este gesto va a dejar un poso de amargura en las relaciones con los falangistas, fundados por José Antonio, un hijo del dictador. Una rama de la Falange, la más revolucionaria y avanzada en sus ideas, atentaron contra él con una bomba de mano el 15 de agosto de 1944, a la salida de misa de doce en el Santuario de Begoña, Vizcaya. También salió milagrosamente ileso. Pero tuvo que dimitir a los pocos días de su cargo como Ministro del Ejército, siendo su resignación aceptada. Está claro que era un gran militar, pero mal político.
Son contradicciones que se dan en cualquier biografía. El héroe del Alcázar de Toledo, de Brunete, del Jarama y de Teruel, que manifestó de siempre una capacidad especial para granjearse la lealtad de los moros, se malquistó con los falangistas, los militares, en especial los de baja graduación, hablaban pestes de él, porque al finalizar la guerra quiso llevar a cabo purgas drásticas en los regimientos, y Franco siempre le miró con recelo.
Sin embargo, puede decirse que si bien el Caudillo hizo una guerra cómoda dirigiendo las operaciones desde una ruló, Varela, un harqueño típico, fue el primero en dar el callo. Su palmarés impresionante con dos laureadas así lo certifican. Organizó las mías o centurias de tropas indígenas, con secciones mixtas de infantería y caballería al modo árabe. Había nacido para la guerra y llevaba la estrategia en la masa de la sangre, con operaciones en Beni Arós contra El Raisuni y la Cueva de Rumán donde desalojó pistola en mano a toda una “yemáa” rifeña. Hablaba varios de los 64 dialectos del Atlas.
Destinado a Melilla, poco después del Desastre de Anual el año de 1923 con los episodios sangrientos de Irigueriben, Monte Arruit y Nador, durante una descubierta recibe dos tiros- era la primera vez, hubo una segunda, pero afortunadamente no se producía una tercera- en cada una de las dos piernas, que, pistola en mano, impidió al cirujano que se las cortaran. Había síntomas de gangrena.


La frase preferida de este militar africano era “Venga, venga” y “Cinco tiros y avanzando”. Consideraba que la mejor defensa es un ataque. No hay nunca que volver la vista atrás. Por ello fue legendaria su temeridad ante cualquier peligro. Esa cualidad o defecto de su temperamento le permitió conservar las dos piernas hasta su muerte ocurrida a los 59 años como consecuencia de una leucemia, así como arrollar al Frente Popular.
Varela nunca ahorraba bajas ni escatimaba medios. Todo lo fiaba a su arrojo y a un instinto especial de supervivencia que maravillaba a los moros (con Franco sucedía algo parecido). Sólo por el oído sabía qué sección atravesaba dificultades en el frente o cuál era el flanco más débil del enemigo para por allí presentar batalla. No creía en aquel refrán de “la bala con la que has de morir nunca la sentirás venir”.
Estuvo destinado en Larache, Ceuta y Alcazarquivir, donde funda la harka, tropas muy experimentadas, excelentes tiradores, que en la chilaba llevaban toda su munición e impedimenta. Nunca sufrió el mal del bled, una especie de morriña o pájara que acomete a los europeos y sabía moverse como Pedro por su casa por las intrincadas callejuelas de la Casbah. Estas fuerzas expedicionarias demostraron su enorme adaptación al terreno, capacidad de maniobras en la lucha de cabilas por las quebradas de los Morabos, Asgar y Temasint, principal reducto de Abd-el-Krim y El Raisuni. Las lomas del Rif conocieron la bravura del teniente coronel Varela.


Con la rendición de Abd-el-Krim, y, ascendido a coronel por recomendación de Sanjurjo, es destinado al regimiento donde sirvió su padre en Cádiz. Allí va a organizar las primeras intentonas golpistas, secundando junto con Queipo de Llano, Godet y otros generales la denominada “sanjurjada”. Es llevado preso al Castillo de Santa Catalina y luego a Guadalajara donde traba contactos con grupos tradicionalistas y carlistas de Vergara para formar un Ejercito del Norte, el Requeté. En 1934 cuando se alza Asturias y Cataluña se proclama independiente, ofrece sus servicios al gobierno, que éste rehúsa. Azaña se decanta por el general Franco para contener a los mineros y por López Varela para reprimir la sedición secesionista de la Generalidad.
Dice el general Mariñas en su biografía que a lo primero la contundencia con que se comportó el gobierno de la República para mantener la unidad de España fue un balón de oxígeno para la lealtad de los militares africanistas, que por algún tiempo pensaron que el gobierno legalmente constituido tenía buena voluntad, pero la lenidad con que actúa y la pasividad ante las fuerzas revolucionarias determinó que la euforia inicial africanista se transformase en desencanto. Ocurriría lo de tantas veces: el Frente Popular, derrotado en el campo de batalla, se alzaría con el laurel de la victoria en la contienda propagandística.
Dentro de la clase política, aún la menos lerda, se entregaban a una traca de fuegos artificiales, de contemporizaciones y amaños. Así se justifica e incluso se contextúa documentalmente el pesimismo de Mola para abrir una brecha de salida al marasmo, cuando insiste en la existencia de una conspiración judeo masónica gestada desde el extranjero y en el que son cabeza de puente los países anglosajones. Mola, que había sido director general de Seguridad, hablaba con conocimiento de causa. Tenía buenas fuentes de información.
En las salas de banderas entonces se conspira. Hay quienes piensan como Godet que España puede ser salvada mediante un gesto a lo Pavía, pero su plan fracasa y Franco evacua consultas con Varela. Los dos eran monárquicos, lo que en cierto modo les pone en difícil tesitura ante Mola, un republicano convicto y confeso.


Varela en una reunión que sostuvieron en 1936 algunos militares de rango (Orgaz, Villegas, Cabanellas, Mola y Franco) se pronuncia a favor de un golpe de mano fulminante: el arresto del ministro del Ejército que haría él personalmente y la toma de Capitanía. Pero los que le secundan se vuelven atrás. La situación terrorista empeora y ante la ineficacia operativa del gobierno que se cruza de brazos muchos crímenes quedan impunes.
Era su estilo. Varela quería un golpe de mano sorpresa. Franco, por su parte, pensaba en una acción premeditada y larga.  No se hubiera lanzado a la aventura sin el respaldo de ese “tercer hombre, responsable de nuestra guerra civil, al que nunca hemos visto los españoles la cara”, puesto que vivía en Londres. De Tánger, avispero de espías ya por entonces, vino la orden de embarque en el “Dragón Rapide”. Había que tener paciencia y barajar, poner las ideas a remojo, someterlas a la acción del catín. La reserva y prevenciones del gallego contrastan con la impetuosidad del de la Isla de San Fernando.
El crimen de Calvo Sotelo va a ser la gota que colme el vaso y los cabecillas de la rebelión, aunque con disparidad de criterios hasta entonces, se unen en estrecho haz. Al principio es Mola el que encauza los acontecimientos, enfrentandose airoso al contubernio que se fragua en los áditos o cámaras ocultas del gran templo del dinero y de los círculos máximos de influencia.  El desembarco se planeó en Gibraltar y de allí partió la orden llamando a Franco, que estaba en Canarias, a Tetuán para ponerse al frente del Movimiento.
Cuando cruzan el Estrecho las primeras barcazas con legionarios y moros, Varela se encontraba detenido en el Gobierno Civil de Cádiz. Una serie de circunstancias gratuitas y el factor fortuna que siempre fue su escolta determinaron que el propio gobernador que lo había llevado preso, dentro de la confusión de aquellos primeros compases, se pusiese a sus órdenes.


En una reunión en Sevilla que preside Queipo de Llano se nombra a Varela jefe de operaciones. Con su estrategia relámpago y ataviado con su fez rojo del Tabor de Melilla, los impecables guantes blancos, y a veces el alquicel de seda también impoluto, desparrama las lineas nacionales por todo el sur de la península. Caen Málaga y Córdoba, mientras por el oeste Yagüe ataca Extremadura. Ronda es ocupada con sólo tres bajas. Hay que citar los nombres de Cerro Muriano, de Alcolea y de Granada, pero, sobre todo, en la reconquista del Alcázar de Toledo el 28 de septiembre de 1936, en la que descuella el gran instinto estratégico del general Varela, embolsando mediante una maniobra de tenaza a los que atacaban el famoso enclave, al cortar la carretera Madrid-Toledo a la altura de Yepes.
Los guantes blancos y el uniforme impoluto color crema ocultan un hecho ineluctable. Fue Varela el que llevó la parte de León en la progresión bélica. Mientras, Franco hizo una guerra cómoda desde una rulot. Pero esto formase parte de algo ya previsiblemente acordado de antemano. Varela tenía prisa por llegar. En ningún momento hurtó el cuerpo a las balas.
Este va a ser su sino en Brunete, en Concud, el río Alfambra, el Jarama, la batalla de Segovia. Se muestra como el cerebro de la operación y el que en la primera fase de la guerra hizo todo el gasto. Luego, a partir de la batalla del Ebro, cuando su salud se resiente, pasa a un segundo plano. ¿Quizá por diferencias con el Caudillo?
Eso no se puede decir así tajantemente. Lo nombró ministro del Ejército en su primer gabinete de gobierno. Que luego sus rivalidades con otras facciones del espectro político español derivasen en divergencias notorias con los Falangistas y descontento entre la escala básica de suboficiales es otra historia.
Parece que la ambición era uno de sus defectos. ¿ Alguna vez pudo olvidar su condición humilde, de hijo de un brigada chusquero? Parece que en su matrimonio con Casilda de Ampuero, dama de la nobleza vasca, con la que contrae matrimonio ya casi cincuentón, late una idea de promoción social.


Desde sus tiempos de conspirador contra la República se había decantado a favor del Requeté. A raíz del atentado en Begoña el 16 de agosto de 1944, después de un Tedeum, Franco lo aparta de su gobierno. Pero, mal político, resulta Varela con su simpatía personal y esa estrella o baraca que resulta tan importante para los árabes, un gran administrador. En este último cargo de Delegado Alto Comisario del Protectorado de Marruecos triunfa y rinde grandes beneficios a su país donde sabe labrarse la amistad y la admiración de los rifeños. Se había hecho militar en una harka.
Como consecuencia de un cáncer en la sangre moriría en Tánger el 25 de marzo de 1951. Su cuerpo fue trasladado con grandes honores a la Península y sus restos inhumados en el cementerio de Cádiz.
IV                       
                              EL ABRACADABRA  MOLA
El enigma tanto de su vida como el de su muerte fue uno de los secretos mejor guardados. Pertenece a ese cupo de hombres tallados por el destino, que rara vez se amoldan a definiciones. Oriundo de Placetas, un bohío en la provincia cubana de Santa clara, hijo de un capitán de la Guardia Civil Montada, ve la primera luz en el Trópico el 9 de julio de 1897, este muchacho algo corto de vista con la cabeza pequeña y las piernas de cigüeño, sorprende por su sentido del humor y su habilidad para las matemáticas. Nueves y dieces sacaba en el instituto de segunda enseñanza de Gerona, adonde es trasladado el padre de Emilio Mola Vidal cuando éste tenía siete años, y después en Málaga. Allí acabaría el bachillerato. El septenio pasado en el Caribe va a ser el más importante llegando a influir en su enigmática personalidad.


Recibe el despacho de alférez de Infantería (1904) y, ya con empleo de teniente, va destinado a Logroño, pero pide una vacante en el Regimiento 54 de Melilla. Por aquellos días el general Berenguer, que habría de ser su amigo y valedor, está organizando un refuerzo de policía nómada integrado por rifeños instruídos por mando peninsular. El teniente Mola se tocó con el tarbús y se caló la chilaba o alquicel de los Regulares un día de agosto de 1911, recibe el bautismo de fuego en Buxdar. Algunos de sus hombres desertaron y se pasaron al moro. Sale vivo. Él también se jacta de buena estrella ca no se había torcido en su camino ningún bereque. Sin ella no se puede hacer la guerra del desierto, pero la bala que te ha de matar nunca la sentirás venir.  Un presentimiento. Toma parte en las operaciones de Monte Arruit y combate en las vanguardias que hostigan a Mohamed Amesian, un morabito que había declarado la yihad contra el rey de España. Se decía que sólo le podría abatir un proyectil de oro. Era un disparo corriente y moliente, de un máuser, el que le segó la vida. Ante tal fatalidad, su harka huye en masa o depone las armas. Allí, en aquella refriega, su bautismo de fuego; el teniente Mola recibe un impacto en una pierna. Volverá a caminar, pero su forma de hacerlo sería como la de un galeón proa a las galernas, que cabecea entre las olas. Ese paso inseguro, ese desencanto, trasmina a veces el fondo de acedia que se echa a notar en no pocos de sus escritos. Los combates en primera línea contra las huestes cabileñas serían poca cosa comparadas con los parapetos que habría de saltar cuando se lanzó al ruedo de la política. Miró siempre derecho y entraba al toro por los cuernos pero para esta suerte de lidia casi no resulta buen aval el honor y por ese cabo don Emilio era un matador enterizo y sin pelos en la lengua. El enemigo sabía que para matar a valientes como él no hay que ir de frente.  Ahí puede estarla clave del enigma Mola, del enigma Miguel Primo de Rivera, del enigma Joaquín Calvo Sotelo. Sabían donde tenía el lobo su guarida. A él, como a los otros, lo asesinaron porque se opuso. Fue, pues, víctima del gran diseño.
Asciende a comandante por méritos de guerra. Y en su hoja de servicio se escriben con caracteres de gloria los nombres de Fondac, Dar Acoba, el parapeto de Izarduy. Es allí una noche en que está de centinela en la posición desde la que se domina la panorámica de los montes del Atlas, espalda oscura y gigantesca giba del mundo, cuando se le ocurre mientras escribía a su novia Conchi esta frase:
Las balas son como las cartas; cuando escriban mi nombre en el sobre tendré que recibirlas.


Era como una premonición: miles de soldaditos a los que el plomo sarraceno saldría a recibir en la gaba de Anual. Otoño de 1921. El teniente coronel también obtuvo su cupo pero el sello no era mortal. El proyectil fue a parar en su flanco más débil, las rodillas. En el hospital militar de Carabanchel adonde fue trasladado hicieron virguerías pero no pudieron evitar que el paciente quedase de por vida flaco de cánulas. Le apodaban el “rodillas flojas”. Regreso a Logroño. Otro destino en Santander. El Raisuni sigue haciendo de las suyas y pide otra vez destino en Marruecos. Asciende a coronel y “otra vez a torear”, decía él, recibe el mando de la Mejala de Xauen. No hay manera. La gaba vuelve a teñirse de sangre y Mola es uno de los primeros en aconsejar a Primo de Rivera el repliegue táctico de aquellas posiciones en tierra hostil. Pero antes derrocha su temple defendiendo otra vez Dar Acoba. Los combates son tan violentos que un periódico de Málaga llega a dar la noticia de la muerte en acción del valeroso coronel del Tabor de Larache. Era un bulo. Cuando Mola, una vez conseguido que quedara el camino expedito entre la vanguardia y la retaguardia, llega a Tetuán a la recepción dada en su honor por el Alto Comisario con la ropa deshilachada y sus gafas sujetas por una cuerda, una explosión hizo añicos la patilla, pide perdón por no haber podido ir al sastre que le vistiera de etiqueta para la ocasión y observa con melancolía la indiferencia, hubo poca gente a recibir a los héroes de Dar Acoba, con que se acogió a los supervivientes del mítico blocao de la muerte.
“Todo esto -cita en su cuaderno de campo- es desconsolador para la salud de España”. ¿Tanta abnegación para qué? Somos un país de grandes despropósitos. No hay ten con ten y falta la medida. Se desmesura lo insignificante y se desdeña lo que tiene una importancia capital. A Mola parece que le abruma esta cicatería. El cuerpo de la patria está herido de muerte.


Al cabo de un año de luchas la operación de evacuación de las avanzadillas quedó consumada en 1925 en medio de las protestas de algunos militares eximios (ya citamos el enfrentamiento que tuvo Varela con don Miguel) y la opinión pública que se desentiende.
De vuelta a casa, se dedica a la lectura y, sobre todo, al bricolaje. Don Emilio era un manitas. Calafateaba maquetas de barcos, construía relojes, forofo de la fotografía algún se guardan alguna de las capas y encuadres por él obtenidas. Otra vez vacaciones en el Logroño de sus amores. El asueto entretenido con la pluma y la caja de herramientas a mano no va a durar mucho. Siente de nuevo la llamada de África. De nuevo hay que salir a “torear” formando eterna con Sanjurjo y Franco. El desembarco de Alhucemas pone fin a dieciocho años de guerra. El Dictador, que era terco, se había salido con la suya. Pero al poco tiempo cae y Mola, a la sazón, al frente del Tabor de Larache, es llamado por Berenguer para ocuparse de la Dirección General de Seguridad. Sería la figura más significada de aquella “dicta blanda”, pródromo de la caída monárquica.
La bola de gobernación sigue bajando y subiendo a despecho de las rencillas, sinsabores, traiciones y felonías que agobiaban a un cuerpo de funcionarios mal pagados y escindidos en capillas. Su irrupción en a aquel edificio supuso como la suelta de un toro en un colegio de ursulinas. Mola se siente igual que Daniel en el foso. No parece entender nada. Quizá ha comprendido demasiado bien. Se da cuenta de la envergadura de la conspiración. Los tentáculos del pulpo que irradian los cuadrantes de la esfera del reloj. Suenan aquí sus campanadas, es cierto, pero los dispositivos del manubrio se disparan desde lejos.
Hombre que siempre se jactó de decir la verdad aunque le costara muchos disgustos y sinsabores, don Emilio Mola contextúa lo que está ocurriendo y desenmascara las agitaciones de las logias masónicas. En su autobiografía de estos años “Lo que yo supe”, vademécum para entender la historia de España del siglo XX y las secuelas que podrían acarrear en el XXI, realiza estas confesiones a bocajarro:


Posteriormente, cuando, por imperiosa obligación de mi cargo, estudié la intervención de las logias en España, me di cuenta de la enorme fuerza que representaban, no por ellas en sí, sino por los poderosos elementos que las movían desde el extranjero: los judíos.
Ellos habían abierto la brecha de la sangrienta guerra norteafricana y “portillos tan anchos no va a haber manera de cerrarlos”. Dicho de otra forma, en los planes de dominación mundial que alberga el zionismo internacionalista sobra la palabra España. Acabando con ella destruirán uno de los baluartes de la civilización cristiana. Esta en marcha un plan pavoroso de des europeización del que será paralelo en este siglo y en los venideros la descristianización. Marruecos fue la cuña de apoyo que tuvieron los  judíos en sus campañas secundando al Turco, tras el despecho, supuesto o real, del decreto de expulsión de 1492. Quieren volver a Granada, siempre con los moros detrás. El portillo es muy ancho y e día en día las pateras que llegan por el Estrecho, cuyas aguas conoce el moro desde el tiempo inmemorial, lo agrandan.
Se dio cuenta de que la base del orden y la fuerza en un estado moderno pasa el dominio de la información. Hay que montar la red y tener bien sintonizado el aparato. Buen militar, tenía un gran sentido de la anticipación. “Desengañese, usted, general, - le dijo a su jefe, don Dámaso Berenguer- hoy rasca cualquier cabeza y aparece un gorro frigio” y es que Mola, pese a la presbicia, era hijo de guardia civil y echaba la vista larga. Era un hombre de Estado que obra en la esfera no de los intereses oligárquicos sino con la mira puesta en el bien de la Patria. “Usted se debe a España, no al gobierno” escribe en una carta al oficial insurrecto de Jaca, Fermín Galán. Le tocó a este hombre de honor a este cubano desencantado, vivir un tiempo de aguas turbias. Y Mola era lo que se dice un caballero. Su porte gentil no  desmiente el inconfundible aire británico.  Jugaba siempre demasiado limpio y eso ahora, a la vista de las circunstancias, más que virtud, es defecto.


El orden público en aquel ambiente de revueltas y en aquel estado paroxístico de los estados de ánimos cuando se barruntaba una revolución y el separatismo en auge, era una patata caliente. Se le había confiado una misión imposible, por cierto a un hombre de talante republicano: salvar la monarquía. El levantamiento de Jaca denota que existe también malestar en los patios de armas. Habían nombrado bombero a un caballero de modales exquisitos. El ministro de la Gobernación duda y siente que la labor asignada excede sus fuerzas.
Cae el gobierno Berenguer y su sucesor, el almirante Aznar confirma a Mola en el puesto, mas por poco tiempo. La víspera del 14 de abril su domicilio es blanco de algunos pistoleros. Hubo de refugiarse, saliendo de su despacho a boca de noche gracias a la complicidad de un grupo de funcionarios de policía en un cigarral de Toledo. Un hombre de visión realista, a diferencia del Marqués de Estel la que hasta el último momento consideraba que su dimisión sería sólo momentánea, el responsable saliente de la gobernación no se hace vanas ilusiones. “Van a por nosotros. Nos empapelarán y purgarán estos demócratas”.
Efectivamente, una entrevista con Manuel Azaña, el triunfador de las elecciones, el 21 de abril le abroquela en su escepticismo ya endémica con respecto a una eventual salida negociada de la crisis española. El mal hundía muy hondo sus raíces.
El nuevo gobierno ordena su ingreso en prisiones militares. De su estancia en el penal de San Francisco escribe con amargo desenfado y da la medida y talla de uno de los rasgos más salientes de su carácter: la elegancia:
Adquirí la persuasión de que el sentimiento de la gratitud y del valor de la responsabilidad, del culto a la honradez, el recto concepto de la justicia y de la nobleza de espíritu, no son cualidades que encuentren albergue en el corazón de todos.


El Fiscal General de la república, Ángel Galarza Gago, decreta su libertad bajo fianza de 25000 pesetas que en aquellos tiempos y para un modesto funcionario, que vivía de su paga y su masita de soldado, eran muchas pesetas. Tuvo que echar mano de sus conocimientos de marquetería para satisfacer la deuda. Incluso en una semana escribe un tratado de ajedrez del que se venden miles de ejemplares en Hispanoamérica, con la particularidad de que el autor nunca había tocado un tablero de ajedrez ni sabía nada del asunto. Sólo era un buen matemático.
También devenga algún dinero de la publicación de sus memorias. Lo que yo supe salió a la luz en la editorial Bérgua que estaba dirigida por un comunista, pero con un gran olfato comercial. Sin embargo, el tomo se vendió estupendamente y ayudó a paliar la penuria en que quedó la economía familiar. La ley de Azaña cayó sobre él con todas sus consecuencias: inhabilitado de empleo y sueldo, pase a la segunda reserva. De este estado de marasmo y de su enfrentamiento con Azaña, un masón convencido que amañó la proclamación de la república en la cual creía él en un principio y de la que acabó desilusionado, le sacó la victoria de las derechas. El gobierno de Lerroux  se acuerda de él y Gil Robles, recién nombrado ministro de la Guerra, le pide su asesoría cuando estalla la revolución de Asturias. Puede volver a Melilla. Después es destinado a la XII Brigada de Infantería de Pamplona. El gobierno de Azaña, al decretar este traslado forzoso, en su afán por descartarse de los generales desafectos a la causa-Franco va a Canarias, Goded, que había planeado ya de antemano una toma de las Cortes a lo Pavía y Sanjurjo sigue en el penal de Santa Catalina- comete un error que iba a costarle caro. La medida no deja de ser maquiavélica, porque los republicanos, teniendo conocimiento de que Mola pasa por ateo convencido y no comulga con las ideas monárquicas, lo manda nada menos a la cuna del fundamentalismo carlista. Era como meterlo en la boca del lobo. Pero el tiro va salirles por la culata.


Cree Jorge Vigón, uno de los biógrafos más sagaces con los que ha contado nuestro personaje que cuando sentó plaza en Pamplona Mola va a experimentar una metanoia o catarsis. Sus conocimientos de primera mano sobre los tejemanejes del poder oculto y las conspiraciones masónicas tergiversan la palabra democracia- este sistema político no es más que una añagaza para el fomento del dominio mundial. ¿Cómo va valer lo mismo el voto del carnicero de Cuatro Caminos que el de un catedrático de la Calle Ancha?, se pregunta en aquellos días de ostracismo y de gran actividad literaria. El vuelco ya está dado. Aquel general descreído y algo burlón se perfila como uno de los primeros púgiles contra la bestia. Uno de los primeros encartados en un golpe, bien preparado, no una asonada, pero que el paradójico Mola sabía de antemano, pues era un hombre de mente despierta y muy analítico, sabía que iba a costar ríos de sangre.




Era paradójico por la sencilla razón de que siendo un militar descendiente de liberales supo ganarse las voluntades de los carlistas, engañar al general Batet, comisionado por el gobierno central para vigilarle, y porque en su pensamiento pesaba más la razón de Estado que los intereses de partido. Amostazado por la idea de una patria a punto de desaparecer a causa de la labor de los agazapados de las mafias y de las logias -el lenguaje político de los demócratas que nos llevaron a la encrucijada del 36 se parece como una gota de agua a la jerga tribunicia de los padres de la patria el año 2000, con idéntica verborrea, el correr de la sangre al amor de las bombas y de los tiros en la nuca de los pistoleros etarras- se sintió en el deber de ser director de orquesta de aquella conjura que tuvo una gestación en Pamplona tan trabajosa como sin pronósticos. Lo que no quería es hacer una chapuza aquel manitas perfeccionista y concienzudo. De estatura prócer, aquellos andares de jirafa como consecuencia de su disposición orgánica y también como resultado de la bala que le fracturó el menisco en África, aquel rostro cejijunto, que engañaba porque era hombre de genio irónico que en los momentos más difíciles sabía sacar aquella enigmática sonrisa, no parecía un español al uso. Su humor era muy inglés. Sin embargo, se movía por propia iniciativa, llevado por el sentido del deber y ese amor a España que había mamado en la Casa Cuartel de Placetas - en su personalidad confluyen la del militar y la del hijo de guardia civil - y sus contactos fueron mínimos con el misterioso sector que estaba trabajando en Londres desde la sombra. Éste ente misterioso se decantó por Franco. El Ojo Que Todo Lo Ve debió de seguir sus pasos en la reunión del monasterio de Irache, quizás hizo fracasar el alzamiento en Barcelona donde sucumbió Godet y puso chinas en el camino para que Mola pudiera ponerse en contacto con José Antonio detenido en Alicante.  Tuvo que tajar la baraja y contemplar  una serie de cartas heteróclitas, allanar las desavenencias y desconfianzas tan propias de españoles, pero supo imponer la teoría de que España era la razón suprema por encima de las miras personales. El manifiesto de Mola encuentra un antecedente glorioso en el bando publicado por el alcalde de Móstoles en 1808. Concebía aquella lucha como una nueva guerra de la Independencia contra un invasor foráneo, que no tenía un núcleo concreto sino que era un cefalópodo de incontables tentáculos y múltiples cabezas (comunistas, separatistas, socialistas, anarquistas, de varia extracción y de múltiples tendencias). Lo que se desprende de este intenso semestre en la capital navarra en que hubo muchos cabildeos, palpaciones y tacto de codo, jugandoselo todo a una carta, es que este general intentaba parecerse al flautista de Hamelín. Mola era el mago de la varita mágica. Su temple egregio se ganaría el respaldo de unas facciones tan difíciles de avenirse por las buenas como eran falangistas y requetés. Si no lo hizo la sangre fría de aquel hombre que el 14 de julio despide en el descansillo de la escalera de su casa de Pamplona a su hermano Ramón Mola destinado en Barcelona, adonde le despachaba con una carta para el jefe de aquella guarnición, sabiendo que no le volvería nunca a ver, los planes de la revuelta fueron llevados adelante con el beneplácito de la Providencia. Barajaba las cartas a cara de perro. Hacía con vistas a un impropicio agüero. Él se erigió en director de orquesta. Su conocimiento de la psicología de los prohombres del régimen Azaña-Casares Quiroga le facultaba para la comprometida misión que llevó adelante. Otro, sin la cabeza fría del hispano cubano, epítome del patriotismo, y que sentía a España en lo hondo de su alma, circunstancia que le permitió limar las asperezas con otros implicados en la rebelión de diferentes ascendencias políticas, él no era un conservador ni un rentista, se subleva al socaire del lema Dios, Patria y Justicia, no entendía de fueros, se hubiera venido abajo.
Cuando llegan las noticias de la movilización de la fuerza en Marruecos, Azaña pierde los papeles, despide a Casares Quiroga y nombra a Martínez Barrio, éste, en su calidad de jefe de gobierno llama por teléfono a Pamplona donde mediante halagos trata de convencer al primer cabecilla de la revuelta para deponer las armas, ofreciendole la cartera de Defensa. Los nervios que perdió el presidente supusieron un reguero de inquietud, zozobra e indecisión en las salas de estandartes y la liquidación de los sospechosos. Estos períodos iniciales de una revolución suelen ser terribles en cuanto al derramamiento de sangre. El pánico revuelve los odios y las sangres. El toro embiste porque tiene miedo. El teléfono no para de sonar, circulan bulos y rumores, se pasan recados o fórmulas de ultimátum.  Es que el personal se ha puesto nervioso. Eolo abre la caja de los vientos. La tempestad no tardará en llegar.
  Cortés, pero rotundo, Mola le da su negativa. Presa de pánico, el líder del ejecutivo destituye por Giral a Martínez Barrio y designa a Miaja para ministro de la Guerra.
Se vivieron una serie de días y de noches de cuchillos largos y conferencias telefónicas a larga distancia. Entre estos diálogos de zona a zona destaca la dramática bronca entre Miaja y Mola, que otra vez vuelve a pedir a su amigo, en nombre de la fraternidad de armas, se conocían desde las campañas del Protectorado, que deponga su actitud. Mola por toda respuesta le grita desde Pamplona: “Piensa usía fusilarme, mi general. Soy un sublevado”. Miaja desde su despacho en el Palacio de Buena Vista cuelga el auricular. El taco que soltó pudo escucharse hasta en Campamento. Este accidentado coloquio telefónico tuvo lugar el 18 de julio de madrugada. Al día siguiente se publica el famoso bando:


“Emilio Vidal Mola, general de Brigada y Jefe de las Fuerzas Armadas de la provincia de Navarra, hago saber que vacilar un momento más sería un crimen. España, presa de la más espantosa anarquía se desangra y muere. Vulnerada la constitución, negados los más elementales derechos del ciudadano, comenzando por el de la vida, entregados los pueblos y ciudades al dominio de los pistoleros, España ofrece hoy un espectáculo de miseria y sangre que jamás ha registrado en su historia. El Ejército y la Marina, fieles a su juramento de derramar la sangre por la Patria, extienden hoy su brazo armado para detener a España al borde del abismo”.
Con este documento declara el estado de guerra. Una multitud de mozos y de hombres no ya tan jóvenes se lanzó al combate a la sombra de la bandera bicolor por decisión de don Emilio, tras larga reflexión. No podía aceptar la enseña republicana sino la roja y gualda “con la que hemos enterrado a tantos de los nuestros en África”.
Estuvo dudando hasta el último momento. Pugnaban dentro de su alma los escrúpulos republicanos y sus convicciones patrias. Le costó trabajo adoptar esa decisión, pero, una vez izada la roja y gualda en el gobierno civil de Pamplona aquel general a la que su presbicia física no le impidió tener una vista de lince espiritual, con ese gesto y con la arenga que dirigió a la fuerza acantonada estaba dando a entender que quemaba las naves. Por encima de sus intereses personales y de su integridad física estaba el honor de España en manos de una caterva de políticos maleantes.


A su bando se sumaron con suerte intercadente y en medio de una nube de incógnitas que puso a unos oficiales contra otros las guarniciones de La Coruña, Oviedo, mandando por Aranda y Gijón, donde los soldados que se sumaron al Alzamiento se encastillaron en el cuartel de Simancas y, copados por dinamiteros de la cuenca minera, pidieron a un buque de la Armada que abriese fuego contra ellos. Ídem, las guarniciones de Zaragoza y Barcelona donde es sofocado el general Godet, Cádiz, Sevilla, Segovia, Salamanca y Burgos. En Madrid también la iniciativa es aplastada, expugnado el Cuartel de la Montaña que defiende Fanjul por las turbas revolucionarias.
Al “alea jacta est” emitido con contundencia de arenga militar desde el balcón de la Diputación Foral de Pamplona por un hombre alto que fruncía demasiado el entrecejo y tenía la voz muy ronca correspondieron suertes diversas, desenlaces dramáticos y situaciones cómicas. El destino inescrutable de las Armas se entrevera con el de las Artes y con el del Amor. No corona con el laurel de la victoria a los más bellos, ni a los más esforzados sino a los más hardidos siguiendo una ley pura estadística del cálculo de probabilidades. En el acontecer de los hechos no hay ética ni se sigue un escalafón. Las balas son como las cartas. Llevan su destino y remitente y no queda más remedio que recibirlas. Otra vez a torear, pero en aquella ocasión las arenas ardientes del ruedo ibérico desafiaban al sol teñidas de rojo.
Brunete sería el epílogo no sólo de aquel frenesí caustico, que lanzó al populacho a la calle amostazado por una ira vernácula, cuentas pendientes de muchos siglos, creando a la par una tensión inusitada en los cuarteles, el ambiente era tan denso que se podía cortar con una faca, sino que fue el corolario trágico a los diecinueve años de guerra absurda en Marruecos.


Pero eso sólo lo llegó a entender el general Mola que fue la eminencia gris de aquel golpe. Franco, más pragmático y acaso con esa buena fortuna que nunca le ha de faltar al buen legionario contra el mal du bled en la jarca, se constituyó en mero brazo ejecutor, aina su experiencia en la poltrona caliente de Gobernación. El ángulo de mira desde el Kilómetro Cero le permitió estar al tanto de una serie de vicisitudes en las que no repararon sus compañeros. Llegó a saber demasiado. Tal vez ese conocimiento de las fuentes de información selló su sentencia de muerte en un absurdo accidente de aviación.
Supuso que los hilos del gran guiñol los movía a distancia una mano invisible que esconde su procedencia y esconde sus dedos. Don Quijote -Mola tiene toda la facha de un quijote de uniforme- cabalgaba de nuevo por la gaba batiéndose con los fusileros de Abdel Krim y la incomprensión y la indiferencia de retaguardia. España siempre tiene que acabar poniendo los muertos en pugna con los imposibles. ¿Será un delito amarla y la circunstancia de haber nacido español un obstáculo imperdonable de terquedad políticamente incorrecta la voluntad de querer serlo?
He aquí un nudo gordiano en el que la prensa maleante e inverecunda que tenemos el año dos mil, en manos toda ella de capital extranjero, sigue jaleando con ardorosa fisga y lamentable refitoleo. Los columnistas del País y del Mundo lanzan venablos cargados de veneno contra la enseñanza de nuestra Historia. Por lo visto, nuestro glorioso pasado cae del lado inverso. Nos crecen los enanos y en este verano del primer año del siglo veintiuno la situación por lo que al porvenir de España se refiere los enemigos contra los que se alzaron Mola y los suyos son más potentes y poderosos. La carcoma de estos últimos cinco lustros ha roído todo el maderamen. Toda la obra muerta del edificio dará en fracaso. El enemigo, resabiado por aquel fracaso, ha cambiado  de táctica. Los españoles hemos sucumbido a los cantos de sirena de una pensión fija, una casa en la sierra, los hijos en la universidad, las secuencias soporíferas del Gran Hermano, el sexo para todos, el consumismo y el analfabetismo cibernético. Cunde la sensación de que esto se acaba, de que entramos en la recta final.


Las desgarbadas zancadas del general Mola yendo y viniendo a lo largo de la Piel de Toro ganandose adeptos a su causa, sondeando opiniones y haciendo ese tacto de codos tan necesario a los que se embarcan en una aventura desconocida que requiere palparse bien la ropa, atarse los machos, enviando a reuniones a sus espías, unos colaboradores que gozaban de nombres tan poéticos como “Garcilaso” detrás del que se escondía una mujer, Elena Medina, la matahari propia, recuerdan los titubeantes monólogos de Hamlet por las brumas de Dinamarca. To be or not to be. ¿Somos los españoles esquivos a los dioses? ¿Por qué se nos derraman contra nosotros los cantaros del ciego desencadenando de vez en cuando lluvia de aceite hirviendo? Pero, entonces, como ahora, el espectro no contestó a las interpelaciones del patriota acendrado. Dio la callada por despuesta el muy ladino y la caja de Pandora sigue en manos de los más zotes. Esto puede ser peligroso. Al final, siempre se acaba haciendo justicia y la engañifa denunciada y desenmascarada, aunque ese momento tarda tanto en producirse.
Detrás de esa mampara de fragilidad dubitativa de su fruncido ceño, el hombre de acción sobrepuja al pensador, al intelectual que había dentro de aquella carcasa desgarbada de angelote, con la marquetería y la fotografía como distracciones habituales en sus ratos de ocio. “Habrá piedad para los engañados, para los engañadores, jamás” anuncia en una de las escasas entrevistas que concede. No era ni un irresoluto, sino la expresión de la voluntad puesta al servicio de una causa. La única idea que le movía era España. Ni pactos de Zanjón, ni abrazos de Vergara. La victoria tenía que ser aplastante.  Una guerra es el enfrentamiento de dos afanes. El que pierde la ambición de ganar pierde la guerra. Los pactos no eran posibles, ni tampoco una política de trapicheos y de cataplasmas, desde el punto y hora en que Manuel Azaña mandó sofocar una rebelión popular con aquella frase que tanto ha dado que hablar y en la que no se descuelga como una demócrata. Tiros a la barriga. La orden, que se diga, no era muy viril que digamos.


Dos hechos iban a acaparar la atención del jefe del Ejército Norte aquel verano de guerra. En primer lugar, la orden tajante dada al príncipe de España, Juan de Borbón, el cual había llegado a España para incorporarse a filas como el que hace turismo, de que abandone el país. Otro enfrentamiento con la bicha. Nunca se le perdonaría aquel desacato a la altanería borbónica. Se puso la excusa de que la vida del heredero que nunca llegó a reinar era demasiado valiosa y podría rendir en adelante mejores servicios al país. No hay que olvidar, en cambio, que las relaciones de don Emilio Mola con Alfonso XIII no se distinguieron por ser precisamente un modelo de cordialidad. Además, tampoco quería herir la susceptibilidad de los ámbitos de Montejurra. Aquel plantón sería el inicio de una saga de malentendidos entre don Juan de Borbón y el régimen de Franco.
El otro suceso trágico fue el asalto al cuartel de Simancas en Gijón, cercado durante varios días por las hordas milicianas. Poco antes de producirse la toma, el radiotelegrafista del buque “Cervera” recibe el siguiente parte. “Tirad contra nosotros. Tenemos el enemigo dentro”. Vuelve a repetirse episodios tan frecuentes en nuestra historia de Sagunto y de Numancia. Otra vez Guzmán el Bueno tira el puñal desde lo alto de la almena. No cabe la capitulación en la mentalidad de los acérrimos españoles. Ahí tienes esa daga, mata a mi unigénito. Fuego graneado contra mi posición. Está infectada de ratas venenosas. Hubo muchos muertos, asesinatos, salvajadas. El general Aranda resiste como puede la embestida. Pero Oviedo tampoco se rinde y es al fin liberada por las columnas gallegas de Marín Alonso y de García Valiño.


Todo el utillaje industrial, las reservas de divisas, la diplomacia, la aviación, los puertos, el armamento y los puertos de las ciudades más avanzadas cayeron del bando republicano. Carecen de algo muy importante para conducir una guerra: mandos; improvisan entonces generales de la misma forma que los nacionales se las ingenian para sacar dinero de la hucha de las economías familiares organizando colectas de alhajas por los pueblos de Castilla y requisando las escopetas de los somatenes del abuelo o fundiendo campanas para fabricar proyectiles. Ya ocurrió durante la invasión napoleónica. Había, sin embargo, una aliento de victoria, una vibración de deseos comunes. Todo ello suplía esas carencias de lo esencial. Lo demás se dio por añadidura. Entró en juego ese coraje y valor que saca a plaza el español en situaciones excepcionales, cuando tiene un caudillo delante o una idea por la cual se siente entusiasmado. En aras de esa idea no le importa dar la vida, como refrenda el patético comunicado recibido en el puesto de mando del “Cervera” poco antes de que cayera el cuartel de Simancas: “Haced fuego contra nosotros, tenemos el enemigo en casa”. El capitán del buque no podía creer al mensaje que venía a través de los hilos y palpitando antes en las señales heliográficas. “Dadnos una clave”. Sobraban claves. La comunicación entre el regimiento y la fragata se cortó de repente. Los supervivientes del Simancas intentaron una salida a la desesperada tratando de abrirse camino con bombas de mano. Fueron abatidos a los pocos metros de los muros del recinto.
Este tipo de diálogos escalofriantes se vuelve a repetir en la toma del alcázar toledano y un hijo suyo cogido por los rojos como rehén. “Ahí va mi puñal. Dispónte a bien morir”. Aquello debió de ser tremendo. Toda baja, por leve que fuere, abochorna siempre a un oficial que luzca con honra sus entorchados, quien ha de basar toda su ciencia militar y el arte de la guerra en la defensa de la paz y la salvaguardia de la integridad física de sus súbditos, en la garantía del derecho y de las libertades.
Su experiencia en los parapetos africanos le había hecho a Mola un experto en psicología. En campaña hay que saber disponer el funcionamiento de Radio Macuto a nuestro favor. Eso lo sabía hacer bien. Cuando veía decaer la moral de sus soldados se las ingeniaba para propalar el bulo de que estaba a punto de llegar un relevo. Esta noticia infundía alientos. Era mentira: la columna de socorro nunca podría hacer acto de aparición porque era inexistente.  Pero el guripa se ilusionaba un tanto.




Los pavorosos partes sobre el desarrollo de los acontecimientos en el Frente Norte deberían de abrumarle. Todo el peso de la responsabilidad para él. No era un caído ni dos sino compañías enteras, divisiones, escuadrones que perdían lo mejor de su oficialidad y soldados rasos. Era frecuente en aquellas fechas ver circular las caravanas de duelo por las carreteras solitarias de Castilla y de Navarra: un coche de punto con una caja de madera de pino mal ensamblados sus tablones sobre el que flotaban las cintas de la enseña nacional. Adentro, unas mujeres enlutadas que llevaban al ser querido a enterrar al  pueblo. Fue una hora de grandes lutos, toques a clamor y sepelios. Tanatos carreteando bruzadores siniestros mostraba a Hesperia su faz más lóbrega. En los campos de batalla los acemileros de las compañías de zapadores sobre los lomos de los mulos porteaban cadáveres. En Brunete eran tantos que los del pico y pala no se anduvieron con contemplaciones. Los transportaban sujetos por maromas a la rastra de la pata de las caballerías; se tuvo que inhumar con cal viva en fosas comunes. Los servicios de limpieza no daban abasto para recoger los cuerpos. Para uno que está al mando la muerte de un soldado se siente como la de un hijo. El propio padre del general Mola y su hermano Ramón fueron pasados por las armas en la Ciudad Condal. Aquella guerra, la peor de todas las guerras civiles, empezaba a cobrar un aspecto aterrador por el número de víctimas incalculables. Era algo que la eminencia gris del Alzamiento no presuponía. Aparentemente, las malas noticias de los frentes no hacen mella pero hay indicio de que este hombre tan enterizo y a la vez tan humano está a punto de derrumbarse. Cuando habla de que piensa dejarlo todo, marcharse y ahí queda eso, está demostrando que no era insensible a sus congojas interiores. Aunque la procesión fuera por dentro, en cambio, no se vislumbra en su compostura afable y austera el pánico; eso sí, la arruga del gabelo que le da ese aspecto de hombre enfurruñado se abarquilla y el surco se hace más profundo entre los quevedos de sus antiparras de culo de vaso. Intenta buscar escapatoria a los negros presentimientos que lo abruman haciendo visitas relámpagos a las guarniciones. El general invisible, como le llamaban los periódicos, se trasmina en el general omnipresente. Sube a Somosierra, marcha a Ávila o a Salamanca, ora se presenta en el Alto del León para decirles a los artilleros de Serrador y a sus falangistas que son unos jabatos, ora se entrevista con Yagüe, su viejo amigo que tuvo a sus órdenes como teniente en Dar Acoba que viene zumbando desde el Estrecho al frente de los Regulares de Larache, ora vuela a Irún en plena noche, pero sobre todo le gusta callejear de incógnito por Valladolid con su inseparable cámara de fotos bajo el brazo. Su sagacidad castrense no le permite embalumarse. Es hombre de reflejos, de labor bien hecha y de trabajo rápido. Nunca le gustaron a Mola las chapuzas. Por eso diagramó la estrategia de la campaña septentrional como si fuese el plano arquitectónico de una gran catedral. De este gusto por pasar desapercibido y de estar siempre allí donde se producían los hechos queda constancia en su pasión por el reporterismo bélico. Cuando acudía a una posición retrataba al personal, pero él detestaba los primeros planos. En cierta ocasión haciendo una visita de reconocimiento al frente de Irún tomó algunas placas que cedió al periódico “Unidad” de San Sebastián. Las instantáneas eran tan crudamente realistas que no pasaron la censura. Nadie sabía en la redacción que había sido obtenidas por aquel modesto y campechano general de brigada, experto en todo y con un ojo de lince para los buenos encuadres.
V
A LA MONARQUÍA LA ARRUINAN LOS MONÁRQUICOS, Y A ESPAÑA PUEDE SALVARLA UN FUNCIONARIO, SI QUIERA UN GUARDIA CIVIL. EMILIO MOLA ERA UN HIJO DEL CUERPO.
 


Emilio Mola debió de sentir en lo más hondo el espíritu de cuerpo y la responsabilidad del funcionario, la misma que impulsó a Villaamil, a concas y a Cervera a mostrar su pecho a las balas yanquis, cuando la flota española se encontraba copada por la de Simpson en la Bahía de Santiago de Cuba. Es ese sentido del deber de unos pocos el que salva a una inmensa mayoría desfondada, presa de la manipulación de los canallas que nunca faltan en la vida española, de los pancistas y de los compromisarios de aluvión. Los árboles no dejan ver el bosque pero estos ejemplos eximios de abnegación, pundonor y sentido del deber - un Clarín, un Cajal, un Francisco Franco y otros ilustres que supieron vivir a costa de las magras arcas del Estado- salvan a todo el funcionariado, un cuerpo laboral hoy muy en entredicho, cuando se trata de sustituir una burocracia por otra burocracia. El mayor dolor del general Mola debió de ser el tener que lidiar con un antiguo compañero, como el general Miaja, compañero de blocao en las campañas de Anual, pasando por encima de la fraternidad de armas o proveer la firma para su sentencia de muerte a Galán, que había sido uno de sus oficiales predilectos en el Tercio. La sublevación de Jaca fue ahogada por el gobierno de Dámaso Berenguer que envía a detener a los alzados de aquel regimiento de montaña al director de la Academia General Militar de Zaragoza, Francisco Franco Bahamonde. En último instante, Mola también intentó hacer algo por el antiguo camarada, pero éste declinó toda ayuda. Al fin y a la postre, los dos eran hijos de guardia civil y llevaban el espíritu de la Benemérita en los tuétanos.
Dos casos paradójicos. Por un lado, el responsable de apagar la rebelión era un Franco (Francisco), mientras otro, en Cuatro Vientos, Ramón, se rebelaba contra la “dicta blanda”. Por otro, los hermanos Pozas hacían de consiliarios excepcionales a los dos militares que llevaron la batuta de las operaciones militares dentro de uno y otro bando. Dos ejércitos enzarzados y, allí, dos hermanos estudiando los mapas de operaciones sin otra finalidad que el aniquilamiento mutuo.
A uno y otro lado de las trincheras quedaba un padre haciendo fuego contra su propio hijo. Una guerra civil parece ser que para lo que sirve es para dar patente de corso al cainismo atávico. En este sentido, los parricidios y fratricidios serían harto frecuentes.


Cuando se aprieta el gatillo no se tienen en cuenta las barreras de la sangre. Las cartas, como las balas, carecen de filiación sentimental. Una vez dentro de la rampa del buzón, no tienen retroceso. Son asesinas, huelga remite.  Como lleven escrito tu nombre, no tienes más remedio que abrirlas, dejar que desgarren tu piel.
Aquel otoño del 36, año fatídico pero también de esperanza, al poco de ser designado Franco como cabeza aglutinante del mando único, instala Mola su cuartel general en el palacio de Benavites abulense (Ávila pasa a ser entonces la capital del espionaje). Todos sus esfuerzos van encaminados a tratar de llegar a un arreglo pacífico con Miaja. Los hermanos Pozas son los interlocutores de esas conversaciones bajo cuerda.
El armisticio no pudo ser. Sin embargo, el antiguo jefe de Seguridad no dejó una sola paja sin remover. Suyas fueron sus frases: “Por mí que no quede” y “Si no se nombra mando único, yo me marcho. Y ahí queda eso”.
Aunque de ideas encontradas, Miaja y Mola se sienten republicanos, se conocen bien, y, sobre todo, saben llevar con dignidad las estrellas en la bocamanga. Estos fallidos conatos por un entendimiento entre las dos mitades de una media naranja con gajos envenenados, fueron torpedeados en primer término por Negrín y por el propio Azaña. Franco también era ambicioso. Proclamaba la rendición total.
Ni Miaja, ni Rojo ni Casado eran refractarios a una avenencia, pero estaban entre la espada y la pared, habida cuenta de las veladas amenazas que no cesa de proferir la Pasionaria contra los militares. Amén de eso estaba el separatismo de los Aguirre y de los Companys que aspiraban a contar con unas fuerzas de seguridad hechas a la medida de sus afanes con mozos de escuadra y con gudaris.
 
 
Oviedo siempre en el corazón.


Miaja, que era un buen asturiano, no debió de pasarlo bien durante el cerco de Oviedo, defendida por Aranda, un amigo personal y afecto, igual que él, a las ideas liberales. Aranda se sublevó bajo la bandera de la República y no es hasta el 31 de agosto que ordena que la enseña tricolor fuera sustituida por la bicolor, una sustitución que se realizó en medio de graves trabajos e indecisiones.
El 17 de septiembre se avistan en Oviedo los primeros alquiceles blancos de los Regulares durante la escalada al monte Naranjo. Las columnas gallegas de Martín Cortés y de Sijeiro cruzan la Escamplera arrollando a los dinamiteros de Mieres en los sotos y lomas del Pando, las gargantas del Padrún y del Canto. Ocupan la Manjoya atacando el transformador de corriente.
Una detrás de otra van cayendo las posiciones enemigas: La Cadellada, Loma Verde, Peñaflor, Los Cueros; son arrollados los rojos en Loriana y Villamar. La antigua Vetusta haciendo honor a los epígrafes que avalan su lealtad augusta e invicta, resistió bravamente. Cuando portan por la calle Uría las primeras columnas de los refuerzos libertadores sólo le quedan a Aranda un par de docenas de oficiales y apenas doscientos defensores; el resto, bajas. Oviedo no es más que un montón de escombros de los que se destaca el alzado impresionante de su torre flamígera. La catedral quedó malparada pero salió airosa de sus embates con la metralla. En medio de las ruinas sigue incólume el humor hecho un roble de los “carbayones”, ése que derrocha Clarín en sus mejores prosas, donde la ternura se da la mano con el sarcasmo, la extravagancia y el lítote.  La atenuación retórica y esa capacidad para saber reírse de uno mismo, aunque con peor leche, acerca la hilaridad asturiana, al “humor” de los británicos. Oviedo valiente, que no se arredra ante nada  ni repara ante nadie. Oviedo católico y cruel, ciudad levítica que a veces se permite el lujo de devorar, como Jano, a sus propios hijos. Romano, celta y mozárabe, cumbre de ultramontanos y de liberales, con todo el peso de la historia de España a cuestas, convencional y clasista, habituado a ser, como  Dios ordena, infierno y paraíso, palacio y cárcel, según qué palo pinte de la inmensa baraja de la fortuna.


Habían corrido torrentes de odio. Con lo que el chiste fue sólo hacedero dentro de lo que cabe. Fue imposible espantar los demonios cainitas de forma que la revancha siguió cobrándose el portazgo de sangre con que se ha de pechar en toda guerra civil.
Precisamente, una de las primeras víctimas de aquel furor fratricida fue un hijo de Clarín al que se fusiló en los primeros días del Alzamiento. Oviedo, la galana y la gentil, puede ser también  tétrica, sobre todo cuando rondan sueltos los diaños del llamado “morbo visigótico”: la envidia, y la malquerencia.
Por lo visto, no se le había pasado el furor a algunas gentes que trajo aparejado la publicación de la “Regenta”. La ciudad levítica pasó factura del desafuero en la persona del unigénito. En realidad, Leopoldo Alas con clarividencia profética había previsto este estallido de venganzas en su obra “Su único hijo” y también lo pronostica en uno de sus Cuentos Morales” donde presenta a un pobre hombre de libros que es muerto a mano airada a la salida de una biblioteca. Al no ser afecto a ninguno de los dos bandos en litigio, se convierte en malquisto de derechas y de izquierdas; unos  lo dejan maltrecho tras apalearlo  y los otros lo rematan en plena calle. La parábola de la guerra civil que vendría estaba servida. Es un tipo de conflicto que suele llevarse a  los mejores.
El genio clariniano lo vio venir, pero también  estuvo presente en la mente de Emilio Mola, un buen militar curtido en las guerras africanas pero que tenía la pluma bien tajada de un escritor de altura y la sensibilidad de un buen poeta. Sintió acercarse con mente prócer aquellos espantos y empezó a temblar por dentro como la hoja de un olmo agitada por la brisa. Había barruntado la tormenta ab initio. La paz no fue posible. Estaban los zorros en sus alcahaces afilando sus zarpas y los perros de presa ensayaban saltos a la yugular.


Mola quiso evitarlo poniéndose en contacto con sus conmilitones del Palacio de Buena vista, pero había pasado la hora de los hombres de honor, llegaban  los comisarios con sus pistolas al cinto, hirvientes de consignas con las que estrangular la verdad cabal. Se venía encima un mundo nuevo, tal y conforme lo había intuido Orwell en su “Rebelión en la granja”, se alzaba el telón de los totalitarismos con diferentes nombres (comunismos, fascismos, democracias capitalistas), y había que dar el salto de la dictadura austera al distendido consumismo, en cuyo mundo sobran las ideas. Era demasiado tarde. El demonio ya no estaba preso en la cárcel de los infiernos. Lucifer vagaba por el orbe terráqueo con pase de pernocta.
Al estado mayor rojo le quedaba poca holgura de maniobra. Conque los buenos oficios a dos bandas de los hermanos Pozas se van a pique. La paz no interesaba. Había que probar nuevas armas en los campos de Agramante de la vieja Europa, que aquellas generaciones de las antiguas naciones se desangrasen para conseguir una América más próspera, más feliz y más predominante.  Poco importaba quién fuesen los contendientes. El caso era que los alemanes se matasen con los franceses y con los ingleses; después, con los rusos. Y que los españoles se despedazasen entre sí. Saben hacerlo como nadie llegada la ocasión; la historia nos lo demuestra.
Corría la sangre. La formación del Frente Popular trajo aparejada el arribo de las Brigadas Internacionales. Serían los contendientes más aguerridos y sanguinarios, según quedó patente en Brunete.  Mucho más que los “temibles” soviéticos. Algunos han olvidado los revulsivos crímenes del “Carnicero de la Granja” y el mal recuerdo que supuso para la población local el paso de los brigadistas por Albacete.


Estaban en su ápice las soflamas incendiarias de los Bergamín, los Alberti, los Miguel Hernández, las sacas y las requisas a media noche. El fuego se les escapaba de las manos  a los incendiarios que lo provocaban. Ya no era una cuestión, según la tradición golpista decimonónica, acostumbrado a ver los cascos del caballo de Pavía pisar las alfombras del Palacio de las Cortes, entre unos pocos militares alzados o adictos a un régimen, sino de algo mayor  envergadura avanzando hacia la guerra total, casi cósmica, que aventuraba el estallido de un conflicto reseñado en el Libro del Apocalipsis. Se iba a producir el descepe de la viña europea. La cultura cristiana estaba en entredicho, el dragón sin rostro agitaba conminatorio su inmensa cola, arrojando espuma de azufre por los ollares, matando con la mirada como el basilisco.
Cundían las soflamas incendiarias. Las barricadas parecían la única solución ca Moloch así lo quería, las tentativas de avenencia dentro del puro espíritu castrense y de la fraternidad de armas de los generales que secundaron la “rebelión” de Franco, y los que se mantuvieron leales a la Constitución.
Por aquellos días Mola apenas se despega de sus binoculares de campaña, no suelta sus cuadernos de campo ni tampoco su famosa “leika” durante sus visitas a los frentes. En Irún toma las instantáneas de los enfrentamientos habidos cabe el puente de Behovia. Las placas son tan tremebundas y dan tan buen testimonio del paso de las turbas del furor rojo que no consiguen pasar la censura nacionalista, pero el general demuestra ser un buen reportero de guerra. Sin haberlo pretendido, se siente protagonista de una tragedia general donde el hilo conductor de todo es el espanto, la muerte y la destrucción. Ya lo había dicho en aquel célebre bando desde el balcón del ayuntamiento de Pamplona: “el que sepa rezar que rece”.
España, amordazada y confusa, se sentaba ante el sanedrín que no daba la cara pero que nos declaraba reos de muerte. La propaganda agitaba las aguas a sendos lados de la cerca. Masones y judíos saben desenvolverse como nadie en este tipo de situaciones de emergencia. El pueblo desconocía los tejemanejes de aquella tramoya sangrienta que orquestaron las logias marroquíes en contubernio con las de Gibraltar y las de Londres. El pueblo sólo sabía morir.  Es lo que ha estado haciendo siempre.


En un principio el gran director de orquesta cree en la terapia de choque de un golpe de estado. Pronto es consciente de que la situación se le ha ido de las manos. Tampoco se fía demasiado de “Franquito” al que se imagina utilizado a su pesar por las sociedades secretas, aunque diga con la boca pequeña de que el asunto está en buena rienda. Nunca dudó de su competencia como militar a la antigua usanza, pero Mola, como político mejor fogueado, temía que lo gobernasen las fuerzas oscuras. En parte no fue así, pero pudo ser.
Ante la espiral de odio no podría hacerse otra cosa que calarse las antiparras. Había días en que el entrecejo del general en un pliegue mayor, casi desorbitado, de lo que tenía por costumbre, y se volvía más ceñudo, mas no por eso se apeaba de sus labios aquella sonrisa burlona, como esbozada al trasluz de Mefistófeles, bien sabe Dios que en evitación de lo que se avecinaba el general cubanito hubiera ido a pactar hasta con el diablo, porque Mola era hombre de consensos y de inteligencia, que las guerras se hacen con dineros y cabildeos esto es a fuer de muchos briefings de los servicios secretos, pero aquella sonrisa suya era misteriosamente comedida y siempre a punto para oxear la tristeza de los negros presagios que nublaban la línea de un horizonte ensangrentado. Su vozarrón cuartelero tampoco dejaba descubrir la colera y la desesperación que lo embargaba por dentro.
 
 
 
Unos días en una abadía de Palencia.
Adicto a la norma prusiana de la movilidad en el campo de operaciones - lo peor que le puede ocurrir a un mando es perder contacto con sus subalternos-, Mola demuestra que no es un hombre de gabinete.  Se vuelve omnipresente y omnisciente, se halla en todas partes, parece haber recibido de los cielos el don de la bilocación. Y eso que tenía bastante poco de creyente y menos de beato.


Lo mismo se le veía portar por las calles de Pamplona donde acudía para ver a su familia que al día siguiente bajar a Cáceres, que dirigir la toma del monte Jaizquibel en San Sebastián que llanear en su “Mercedes” charolado por las carreteras provinciales de Castilla la Vieja.
El mes de agosto estuvo unos días de reposo en el monasterio de San Isidro de Dueñas. Allí rezó y fue huésped de los padres trapenses. Un novicio, el hermano Rafael, apuesto joven de origen asturiano, que acaba de profesar le intima algo muy misterioso: la causa de la luz vencería a las tinieblas, “pero ni V. Ni yo veremos la llegada de ese día, mi general”.
Al oír el recitado de esta profecía, Mola se queda pensativo. Al cabo de un poco rompe a reír como no queriendo dar importancia a la premonición de aquel monje con fama de santo:
 - Las balas son como las cartas. Todas llevan destinatario y remite.  Cuando vienen hay que recibirlas. Yo tomo mis precauciones, hermano Rafael.
Mola era el mismo de siempre. Aquel vozarrón y aquella risa de Esténtor que sonó en las cárcavas de Dar Acobba o en los desfiladeros de Xeruta y Tabaganda, acostumbrada a los peligros y en votos perpetuos con la muerte, que ponía en fuga a las cabras y tranquilizaba a los guripas de su batallón. Pero el novicio iluminado por la profecía le había anunciado el triunfo y también su fin. El valiente soldado moriría al año de aquel vaticinio y el lego trapense le seguiría unos meses más tarde.
Mola tomaba sus precauciones ante un eventual atentado. Su padre, el capitán de la Guardia Civil, se lo había dicho en repetidas ocasiones:
 -Mira, andate con tiento, hijo. No te fíes de nadie.
Pero las balas son como las cartas...


Una noche viajando hacia Logroño en automóvil, su “Mercedes” charolado fue embestido por otro vehículo que se vino hacia ellos a todo gas y desplegada la luz larga. Luego se dio a la fuga. El conductor, ofuscado, salió de la calzada, capotó, y dos vueltas de campana, pero los ocupantes resultaron ilesos. Era un aviso. La suerte estaba echada. El cerebro gris que ahormó el Alzamiento resultaba un personaje incómodo incluso para los que los planificaban. El inesperado accidente en el que encontró el final en Burgos una mañana de junio pudo ser un sabotaje. Nadie, empero, ha sido capaz de demostrarlo. El hermano Rafael Arnaiz Barón tuvo un aviso celestial aquel día en que el director orquesta de aquella inmensa operación de salvación de España fue a pasar un día de retiro a Palencia. Un ángel le movió a pronunciarse de aquella manera y cuando hablan los ángeles clarividentes, que conocen los íntimos pliegues de las conciencias y los arcanos del destino, los mortales callan. El general era de la opinión de que a los tiros no hay que darles mayor importancia, porque la bala que te hará sucumbir no la sentirás llegar, no suena en el aire ni nada. Más que a su suerte personal sus preocupaciones iban encaminadas al salvamento de la república. Su prestigio crece, su nombre suena en todos los labios, los requetés lo endiosan, pero aquel infante bronco, áspero y desgarbado, que hablaba con aquel vozarrón retumbante capaz de poner firmes a toda una división, se sabe en el punto de mira de un enemigo que acecha agazapado, y que espera el momento para eliminarlo. Bien conoce sus tácticas, pero ya es demasiado tarde para proceder a una rectificación de líneas en toda la regla. Dentro de una misma guerrera laten dos personalidades diferentes: el pecho de aquel capitán tantas veces herido y condecorado en el Rif que ofreció ante las balas, y la mirada sagaz del policía astuto, del conspirador frío y maquiavélico, con pocos escrúpulos y para el que el fin debe de justificar los medios. Y con más conchas que un galápago como vulgarmente se suele decir.




Su sonrisa de Gioconda se contrapone a su fama de oficiales de Regulares sin contemplaciones al que los meses al frente de la seguridad española le hicieron comprender que a veces las cosas no son tan sencillas como parecen. Ahora prefiere tender puentes en lugar de volarlos. Sin embargo, había pasado la hora del armisticio. España tendría que apurar su cáliz de dolor y desangrarse irremisiblemente. Así lo había dispuesto el Gran Cofrade, el que tenía entre sus dedos los mandos del atizador. Ante su presencia había que hundir la cerviz, aceptar el diktat de la Bestia sin Nombre ni Rostro, a la que había visto moverse por arriba y abajo de la Piel de Toro enarbolando su guadaña, desde el sillón de su despacho de la Puerta del Sol. Pero los judíos y los masones también habían saltado los parapetos y urdían las finas redes de su conspiración. Cubrían bien los flancos imposibilitando la retirada. Cabanellas, aquel general de aspecto feroz, patituerto y algo zambo, durante la reunión de Salamanca, haciendo valer su autoridad de Jefe de la Junta de Defensa por ser el general más decano, no hizo otra cosa que poner chinas en el cubo de la rueda del carro. Los dientes de la manivela no encastraban, se rompió el sotrozo que regía los goznes del eje, el carro estuvo a punto de volcar. Fue cuando Mola trató de dar el portazo. Cabanellas le hizo perder los nervios mientras almorzaban en un barracón del cortijo de los Pérez Tabernero. Su postura fue un contraste con la de Francisco Franco que permaneció silencioso y distante durante el encuentro. Apenas despegó los labios; mientras tanto Cabanellas y Mola hablaban por los codos. A Leviatán no le gustan los que hacen pinitos literarios y los que piensan por su cuenta. Los prefiere acomodadizos y mansuetos, con poca capacidad de respuesta, pues así son más manejables. Por eso salió Franco designado; era más ductivo y complaciente. Mola acata la designación, pero en el fondo para su pundonor político aquel resultado no deja de ser una baladronada. Mola, consciente de la hecatombe que se venía encima, hubiera incluso buscado una solución política, Franco no.   Con el general cubanito al frente de la Junta la guerra hubiera durado mucho menos. Al menos es lo que podían prever sus contactos con la quinta columna y con Pozas que estaba a las ordenes de Miaja y había sido asesor suyo. De esta suerte era el hombre ideal de aquella situación. Se necesitaba una guerra larga y prolongado en que se desangrase Europa como prologo a lo que tendría que suceder más tarde en Europa. De haber salido designado el hispano cubano generalísimo, la guerra se hubiera conducido de otra forma, pero su sinceridad lo perdió. No gustaba de caminar de espaldas a la luz, quería ser fiel a sí mismo, vivir y morir consecuente con sus ideas. Lo dice en estas preciosas memorias cuya segunda parte no llegó a publicar.
 
 

Llevando la iniciativa.
El esfuerzo de arrancada de la campaña donde nunca perdieron los nacionales la iniciativa estratégica a pesas de no contar con las cartas de triunfo en la mano, y de tener que recurrir a los faroles y a las andanadas de quien se siente la parte más débil. Corrió a cargo de Mola, que demostró su eficacia operativa en las operaciones del sector norteño. No era lo que se dice una perita en dulce el frente vascongado, donde se contó con la asesoría táctica de asesores militares ingleses. Más fácil fue la irrupción sobre Oviedo de las columnas gallegas desde Luarca. Los nacionales penetran por el Puerto de la Espina, casi desguarnecido y con unas magníficas condiciones de defensa que los milicianos rojos no supieron aprovechar. Se produce la desbandada a través de las fragosas sierras y vaguadas de Mallecina y Las Sandamias. Allí le pasaron mal las fuerzas de la República y Santana de Montarés, un verdadero fortín casi inexpugnable, balcón sobre las aguas de Cudillero y de la preciosa bahía de la Concha de Artedo, el hercúleo monte de Cereceda, Lamuño y las Luiñas. Se recobró mediante una estratagema sin disparar un solo tiro, cogiendo por sorpresa, ebrios o dormidos a los movilizados de Sama que lo defendían.


El “recordad a Brunete” es un grito repetido a lo largo de estos tres años de operaciones, cuyos ecos resuenan por todas partes. El general Mola había hecho con aplicación sus deberes en la campaña del norte, la cual, pese a las dificultades iniciales, luego se encarrila mejor que el frente del centro sur. A la Junta de Defensa se le paran los pulsos cuando llegan noticias de la internacionalización del conflicto con el envío desde toda Europa y de los Estados Unidos de voluntarios para militar bajo la causa del Frente Popular. La guerra de España se agranda y se internacionaliza. A tal respecto la venida a Madrid del nuevo embajador ruso, el trotskista Rosenberg, sería punto culminante de esta propagación de las llamas. En Rusia mandaban los clanes judíos. Cuando se las prometían felices, stal in les hizo traición. La expugnación de San Sebastián supuso un total de quinientos muertos. En la toma de la ciudad se empleó a fondo la Quinta de Navarra comandada por Camilo Alonso Vega. Allí, en las quebradas cantábricas, frescas y tamizadas de yerba tuvieron más suerte sus hombres que en Villafranca del Castillo y en los secarrales de la llanada de Brunete.  La falta de aclimatación a los fuertes calores y al polvo sería para muchos de ellos fatídica. Los tercios requetés combaten a la vieja usanza de la infantería española sin escatimar bajas. Pero el frente del Norte fue el más arduo, porque alcanzar y sostener la delantera bélica supuso fuertes bajas y unos enfrentamientos cuya memoria sangrienta no ha sido olvidada. Mola estuvo fino. Se granjea el beneplácito de  los férvidos requetés él que no era creyente o, cuando menos un católico tibio, y levanta, el primero, el pendón de la cruzada contra el separatismo vasco. ¿Se quemó tácticamente en ese empeño? Es el primero que lucha contra el separatismo secesionista de Aguirre y compañía.
Fue en San Sebastián donde perdió a uno de sus mejores hombres, el coronel Beorlegui. Rechaza Bilbao su ultimátum y se apresta a la contumaz resistencia del “Cinturón de Hierro”.
Guernica.


 A cambio de la claudicación, el jefe de los ejércitos nacionales del sector norte había prometido el perdón y la lenidad con los encartados. La contestación a su propuesta del cabeza del gobierno de Euzcadi fue pasar por las armas a quinientos prisioneros que tenía encadenado en las bodegas del “Santoña”, buque prisión de triste memoria. Demostró en esta medida la ralea del personaje. Dijo que no cabían en aquella lucha ni abrazos de Vergara ni paces de Zanjón. Era un guerra de exterminio. Fue en represalia a aquellos fusilamientos que el mando nacional ordena el bombardeo de Guernica, donde paradójicamente apenas hubo muertos, pero que la propaganda aliada ha sabido explotar hasta grados inauditos, aferrandose a un mural artísticamente deficiente pero emblema de subversión servida por Pablo Picasso.


 Aguirre era un hombre de unas características señaladas: frialdad calculadora, un pasado jesuítico, una fanatismo fuera de los común y de una insolencia supina, al saberse respaldado por los ingleses. Todo un gudari de los que matan por la espalda, porque a esta lista de méritos o deméritos añade el de la cobardía. En sus mensajes cifrados a Largo Caballero mezcla una altanería atávica con el más infame de los estilos castellanos; infecta su locución de concordancias vizcaínas muy de propósito para manifestar de esa forma su desprecio a yodo lo que represente a idea de España y a la lengua castellana, trata de s hacer llegar a Madrid un mensaje que él no se subordina en nada, que no es más que un aliado, ni le garantiza siquiera el beneficio de la duda. Azaña tiene que comerse sus gazapos. La petulancia euscalduna va a suscitar la enemiga del gobierno de Largo Caballero, quien le deniega toda asistencia aérea de tal forma que Guernica va a ser la resultante de la incoherencia del socorro rojo y la contumacia de los capitostes de Sabino Arana, los cuales, cuando se puso la cosa fea, emprendieron viaje a Inglaterra, nodriza de sus separatismo y de sus ideas. Muy valientes aquellos gudaris. El mundo moderno había entrado en su propia dinámica de guerra, en la cual perduramos, y donde se hace abstracción de la verdad y todo se relativiza y se subjetiva en función de unos intereses de dominación universal. En ese contexto de nueva orla de valores estéticos cae el mural de marras en el que Picasso, el primer monaguillo del Gran Cofrade, inmortaliza aquel episodio tan poco claro del bombardeo de la famosa villa foral. Refleja por cierto el ardor combativo de aquellos gudaris que pusieron pies en polvorosa acusando a Alemania de su resentimiento. Las cuatro bombas incendiarias que cayeron sobre sus tejados han metido más bulla y resultarían más perniciosas que las que los átomos radiactivos que cayeron sobre Hiroshima o el fosforo que arrasó Dresde. Así se escribe la historia. Este cuadro demoníaco donde las caras alcanzan configuraciones tétricas nacidas de los pinceles del malacitano parisiense preconizan sin duda los primeros compases de un concierto apocalíptico, el triunfo de la mentira más flagrante.  La obertura está inconclusa. ¿Cuántos crímenes, cuantos desastres habrán de cometerse para que se escuche la nota de cierre de esta partitura sin fin? Remember Guernica, pero también Remember Brunete.
Las covachuelas de la Casa de la Bola.
Si yo hubiera sido uno de esos hombres que anteponen la conveniencia a la lealtad, como hay muchos, pude adoptar entonces una idea indefinida e inclinarme del lado de donde el día de mañana pudieran ponerme los garbanzos por las nubes”.
Esta queja que formula en su libro autobiográfico -joya memorialista de muchos quilates, por lo objetiva, en un ambiente como en el español, donde no hay tradición genérica para este tipo de libros- define el perfil secreto de un hombre de honor, espejo fidedigno de lealtades y militar de virtudes patrióticas. He aquí a un funcionario de cuerpo entero; su estatura física, con ser aventajada, destacaba más en lo moral. La gorra de Mola flotaba sobre un mar de cabezas de pigmeos. Fue egregio en sus principios, sobresaliente en sus obras y en sus dichos que le acreditan como un escritor hábil y original. Franco, que también hizo en la juventud sus pinitos literarios, presenta una producción más endeble, aunque más imaginativa y retórica que la de Mola, que se revela como un autor más sofisticado.


Lo que yo supe”, libro que funciona a guisa de memorias de un conspirador, es una relación circunspecta y circunstanciada de los catorce meses que estuvo al frente de la D.G.S., como punta de lanza y uno de los peones de brega más batidos del gabinete de Dámaso Berenguer. Se trataba de apuntalar el sistema monárquico ante lo inevitable. Era pedir peras al olmo, la corona borbónica que ceñía sobre sus sienes, con más ahínco y buena voluntad que acierto, Alfonso XIII en un reinado que fue una crónica de insolencias y de desastres, y albergaba el propósito de que le sacasen las castañas del fuego los militares. Apresuradamente Mola fue sacado de su guarnición en Larache donde mandaba a los Regulares. Al cabo de un accidentado vuelo, en que estuvo a punto de perder la vida, porque la cascara de nuez en que viajaba fue zarandeado por la borrasca- todo un símbolo y un vaticinio de lo que habría de venir y cómo sucedería su muerte-. Pero pudieron los ocupantes llegar a Sevilla. En tren se traslada a Madrid y de buenas a primeras aterriza en esa Casa del Correo, un verdadero fondo de reptiles al pie del famoso belvedere de las “uvas” o reloj de Gobernación. Era para la Mola la hora cero y el kilómetro cero. El militar africano se zambullía en una España sórdida, para él casi desconocida, vera efigie de aquellas escenas de costumbres en un Madrid garbancero tal como lo reflejan las novelas de Galdós, un mundo de cesantes y recomendados a verlas venir.




Acostumbrado a servir en un Cuerpo, donde mal que bien, el compañerismo era una segunda religión, y el honor, divisa, aterriza de lleno en este ambiente de intrigas, de funcionarios malhayados y de soplones, donde la única ley era la recomendación, la arbitrariedad, y el antojo, la norma. El año largo que pasa en este empleo va a ser una de las etapas más movidas de su carrera política, cargada de truculencias y de desengaños. Su diagnóstico con respecto al porvenir de la nación española, “en manos de las logias y donde judíos y masones” mandaban manejando un guiñol de hilos invisibles, nos acerca a la desolación. Por paradoja un hombre de honor, acostumbrado a mirar de frente y que nunca caminó de espaldas a la luz, según declara en estas memorias, se va a dar un baño de intrigas en un mar de conspiración. Mola, el conspirador. Tiene que aprender pronto y sobre la marcha. Acepta el cargo sólo por rúbrica de amistad con Dámaso Berenguer, conde de Xauen (los amigos son para las ocasiones y no se les puede abandonar en la estacada). Describe con acuidad y circunspección, muy connaturales a su persona, por ser él hombre con poder de retentiva y buen observador - se hizo proverbial su famoso golpe de vista, y es que Mola se fijaba mucho- cuáles fueron sus primeras impresiones al llegar a la Casa de la Bola: los mulos embastados en pleno patio junto a los carros de la policía, los caballos de los guardias de salto cuyos jinetes, desabrochado el uniforme, fumaban tranquilamente cerca de los gualderines y ataharres de sus monturas y lanzaban sobre el recién llegado miradas interrogativas. Los ánimos estaban crispados porque la caída del Dictador no había sido lo que se dice un relevo de la guardia. Primo de Rivera se marchó dando voces. Al verse solo y sin amigos, tuvo por cosa más llevadera el exilio que la prisión. Un lacayo con entorchados y alguna mugre en las coderas salió a recibirle. Su nombramiento no había sido anunciado. Cuando se entera que ha llegado el “nuevo” da comienzo el visiteo y las recomendaciones. Todo el mundo se lleva mal con todo el mundo. Por delante se adula y por detrás se clavan cacheteros. Se ha desatado la sinhueso con sus hojas de doble filo. La política carece de entrañas, como conocen muy bien por experiencia propia algunos buenos servidores de la Administración del Estado que han de andar con tiento para evitar ser mordidos cuando pisan las alfombras de ciertas covachuelas debajo de las cuales acechan áspides y serpientes de cascabel.  La sensación no puede ser más deprimente y este Escipión recién venido de la guerra de las Galias se hace la inevitable pregunta de dónde me he metido y adónde me han echado. Debió de ser el mismo sentimiento que le dominó en Melilla, donde de vuelta de las montañas del Atlas tras una campaña en los blocaos donde se había peleado con denuedo contra las huestes sarracenas, al desfile organizado en honor de los soldados que regresan, heridos, mermados y diezmados, con el polvo de la batalla en las botas y en las cejas, no asisten más que cuatro pelagatos. Es como para tirarse al surco, lanzar la gorra a las estrellas y ahí queda eso. Esa ingratitud para con sus mejores hombres, tan española, tampoco es que le pille de sorpresa, pero su moral rueda por los suelos ante la insensibilidad por la cosa pública y la maledicencia. Las gentes vivían encerradas en sus propias mezquindades, iban a lo suyo, murmurando para su coleto la coplilla del “ande yo caliente”.
 
Entrega del testigo.




Recibe de su antecesor en el cargo una fría despedida. Había estado al frente de la DGS el general Bazán, un hombre que hablaba algo de ruso, y que tenía colaboradores en la Ojrana, policía secreta zarista, que había seguido funcionando entre grupos de emigrados; entonces se creía que toda la maldad venía de Rusia, cuando la verdad es que los rusos no habían sido los sujetos pacientes de la acción de unos conspiradores, de extracción judía todos ellos, que habían elegido al imperio zarista como alquitara de creación de una nueva sociedad de laboratorio determinada por el nihilismo, el anarquismo y en especial el marxismo socialista. He ahí una gran mentira. Los subversivos apátridas recibían los apoyos financieros de Wall Street. El capitalismo, para funcionar a pleno rendimiento, ha de tener un enemigo de frente.  Por ese cabo, los rusos le han servido de cimbel.  Luego los propagandistas largan carnaza y el pueblo pica en el anzuelo. Bazán no paraba de fumar tagarninas y puros de baja calidad.  Este hábito causan una impresión desagradable en Mola que era abstemio, pero al menos le previene con cierta franqueza: “No te fíes aquí, Emilio, de nadie, ni siquiera de lo que yo te diga”. Bajo estos auspicios le entregan el testigo del control de la seguridad en todo el reino, un reino a punto de convertirse en república. Y otra vez a torear. No te fíes de nadie. El arma mejor de un espía es el disimulo. En boca cerrada no entran moscas. Sin embargo, el recién llegado estaba empeñado en conseguir prórrogas, poner parches a la desesperada situación. La organización policial, la cual durante años había venido llamándose Cuerpo de Vigilancia, estaba podrida. Contaba con eminentes funcionarios, muy capacitados y solertes, pero sus males eran los de una monarquía, que, en palabras del ilustre militar, había ya cumplido con su deber en la vida. A este respecto nunca ocultó sus simpatías republicanas. Al rey lo vio un par de veces; a la reina, doña Victoria, una. Don Alfonso le pareció un español franco, campechano, generoso, de carácter abierto, pero mal aconsejado y que no conocía el país que gobernaba. En su esposa, aquella inglesa trasterrada, contempla el dolor, el fastidio, la desconfianza. Era una dama asustada. Se daba cuenta de que todo en torno a ella se estaba viniendo abajo, pero Mola niega que las relaciones conyugales se hubieran deteriorado. También niega que el monarca hubiese puesto el veto a su designación para jefe de los guardias habida cuenta de las simpatías republicanas que el general no había ocultado. Por encima de sus convicciones se alzaba sus nexos de amistad y lealtad al Duque de Xauen, que lo había mandado a llamar. El rey no sabía por donde se andaba. La reina, sí. Poseía como mujer un mayor instinto. Cuando es recibido en palacio, Mola observa con compasión la lisión hemofílica del Príncipe de Asturias. Una de las infantas, como no encuentra otro motivo de conservación, le pregunta por las condecoraciones que exhibe en la guerrera. Era la infanta Isabel.  Habla del infante don Jaime y del infante don Fernando, pero a don Juan, el que, al correr turno por muerte de sus hermanos o por incapacidad física, le correspondería la herencia del trono, ni lo menciona. La impresión que le merecen aquellos Borbones en desbandada es precaria y lo dice la opinión que le merecen sin rebozo. Como se sabe, ese clima de sospecha y el ambiente de recelo se mantendría hasta la guerra civil, cuando a instancias de Mola se prohibió la entrada en territorio nacional a Juan de Borbón. Parece ser que el Jefe de los ejército del Norte decretó esta expulsión bajo presiones carlistas. El príncipe de Asturias tuvo que abandonar aina el territorio. Sólo le dio tiempo a retratarse en el parador de Aranda donde aparece don Juan muy tieso y jocundo. Los dinastas parece ser que no han perdonado este gesto que tuvo para con el padre del rey el general Mola. Luego Franco sería más pragmático al respecto, pero los rifirrafes continuaron, en parte por orgullo borbónico y en parte también bajo presiones internacionales. En las mentadas fotografías da la impresión de que don Juan en lugar de venir a alistarse en una guerra hubiera venido a hacer turismo. El envío al exilio tal vez le salvaría la vida, pero parece ser que durante toda su vida no pudo olvidar el baldón y guardaría rencor hacia el régimen que se alzó precisamente para restaurar la primacía de los Borbones. En política, claro, huelgan los agradecimientos. Nadie da las gracias. No hay que fiarse demasiado de las palmaditas en el hombre ni del tacto de codos. No hay respaldos sino gajes y caudales, pero estos militares que se levantaron no pueden evitar su condición altruista.
 
Relaciones con los Hermanos Franco.


Mola era un general republicano, ya va dicho, pero correcto y leal en su actitud hacia la monarquía. Sus relaciones con los hermanos Franco son ya harina de otro costal. Ambos militares son un caso paradójico difícil de explicar. En política, opuestos y una vela a Dios y otra al diablo, como aquel que dice. Ramón Franco, al que se conceptuaba de mayor valía, uno de los pioneros de la avición civil en España, el héroe del Plus Ultra, había sido perseguido por la Dictadura, pero, al tirar Primo de Rivera, Berenguer quiso rehabilitar lo, tras haber sido suspendido de empleo y sueldo, nombrandole agregado militar para la embajada española en Washington. El interesado, so color de que la aceptación llevaba implícita el tener que acudir a un besamanos, dijo que por esas no pasaba. Lo exigía la estricta etiqueta protocolaria. Tales inverisimilitudes eran moneda corriente dentro de la excéntrica familia cuyo apellido ha dado tanto que hablar en los últimos lustros de la historia de España. El clan lo encabezaba un padre que había sido contador mayor de la Armada y héroe de filipinas, republicano de toda la vida y en su vida particular algo “alegre”. Entre la prole los había para todos los gustos, algunos de los hijos eran de ideas avanzadas -Pilar, Nicolás, Ramón- y otros tradicionalistas: Paco. Este último nunca consiguió perdonar al progenitor el abandono del hogar, pues notorio es que idolatraba a su madre. Ramón conspiraba contra los Borbones y de hecho estuvo implicados en varios complots, mientras su hermano, que se mantuvo equidistante y durante la monarquía siendo director de la Academia Militar de Zaragoza, supo nadar y guardar la ropa, iba a ser el encargado de restaurar, tras una larga peripecia, la Corona que voluntariamente se fue al exilio.
Parece ser que existía entre el general Mola una fuerte simpatía hacia Ramón, al que alude en múltiples ocasiones a lo largo de sus escritos. Gozaba con la protección del dictador que le excusa en sus intemperancias y en sus canas al aire. Sin embargo, con Francisco no preside el mismo afecto. Las relaciones son más frías y distantes, aunque en sus memorias lo nombra varias veces cuando dice que estando la cosa “en manos de Franquito no hay nada que temer”.


De nuevo en combate. Otra vez a torear. En sus cortos meses al frente de la seguridad nacional cuaja este elegante laureado su mejor faena al tiempo que sirve a su patria con pundonor. En el desempeño de sus funciones Mola se nos muestra riguroso, pero no es un hombre de gabinete sino de avanzadilla. Su agilidad y acumen le llevan a darse varias vueltas por el Ruedo Ibérico en tarea de reconocimiento. Viajes de incógnito por el País Vasco donde observa el abandono en que se encuentra la delegación del gobierno central ubicada en el barrio obrero detrás del cuartel de Garellano, sigue ruta hacia Pamplona y San Sebastián. Al separatismo le mide los cuernos. Percibe un ambiente de secesión aun más grave en Cataluña. Sin embargo, al pasar por Sevilla repara en las múltiples limitaciones de un sistema paternalista que había creado una estructura de sobornos y de corrupción. Primo de Rivera se había volcado con bríos y dineros en su tierra natal para la que Exposición Universal, pero el clima de prosperidad y de efervescencia económica son ficticios y bastó la crisis del año 29 para que todo aquel mundo de euforia se viniera abajo. También en aquel entonces, como en la España socialista de González y la pepera de Aznar España iba bien, se construyen carreteras, se implantan postes de teléfono, se sanea la valuta gracias a Joaquín calvo Sotelo, mogol de las finanzas y cuyo acierto mayor fue el monopolio de los suministros de la gasolina, el Gran Cofrade no se lo perdonara. Al poco, el pufo.
En Barcelona se entrevista con el líder anarquista, Ángel Pestaña y con Ramón Sales, abanderado del sindicato único. Hace una semblanza psico- prosopográfica de cada uno de ellos. La cara es el espejo del alma. Nos dice que uno era de aspecto distinguido y el otro de baja estatura, algo trabado, el pelo negro y rizoso. Mola empieza a darse cuenta de que un estado moderno ha de contar con unos buenos servicios secretos. Había que desplegar una estructura policial para anticiparse al pistolerismo anarquista y al terrorismo secesionista con disfraz comunista. El general se dio una maña especial para contar hombres en todos los sitios, pagando soplones, claro está. Pero se da cuenta de que el enfermo no tiene cura. Es tarde. Topa de frente con esa bestia sin rostro, pero nos dice claramente quienes son.  Judíos y masones y le cobra cierto gusto a este oficio de conspirador.
Su viaje a Sagunto, cuna de la Restauración y donde se han erigidos los primeros altos hornos de una revolución industrial a la que, como a tantas cosas, España llega tarde, guarda algo de iniciático.
La ciudad que durante las guerras púnicas plantó cara a las acies instructae de Aníbal y a sus legiones, la defensora y garante de la libertad constitucional, arropa a un movimiento nihilista importante.
Es el caldo de cultivo para el establecimiento de las primeras células del partido comunista. Trotsky contaba a la vera del Palancia con una leva de seguidores. Ni rastro queda ya del famoso pronunciamiento de Martínez Campos.
¿Habría alguna posibilidad de restablecer la legitimidad? El hombre de guerra metido a polizonte siente que es escaso el hueco que queda para la maniobra.
Estaba abierto un proceso de descomposición y la necrosis anda ya adelantada.


No obstante lo cual, él sueña y trabaja. Se da cuenta de que su percepción noemática, la idea que se había formado estando en Marruecos, era muy diversa a la real.
Le había llegado de una manera fragmentaria a través de la prensa censurada del Directorio. No recata, pues, su perplejidad.
Como no era pusilánime sino muy batallador, no se da por vencido. “Haré lo que se pueda, pero aquí no manda el rey sino un poder encubierto”.
Exactos atisbos. Gobernar en España, con toda esa autoridad oscura de frente, se convierte en un constante marear la perdiz. Las guerras de Marruecos han sido muñidas impávidamente en esos escondrijos impalpables del poder oculto, que desconoce los sentimentalismos y pasa por encima de las barreras.
Ya se da cuenta de que el reino alauita va a ser uno de esos apéndices que baraja el Zionismo para poner la situación histórica del revés y pasar factura a España por lo de 1492. El primer tratado que firma el gobierno de los estados Unidos con una potencia extranjera es con el imán de Marruecos. El más rancio tratado de amistad. Vínculos indisolubles, et coetera et coetera
Detrás de eso, late el ansia de vindicta: la reconquista de Granada aunque sea en pateras. Debajo de una humilde chilaba se oculta una acerada gumía. Una mala capa oculta a un buen bebedor.
Con el árabe a veces falla el adagio de que la cara es el espejo del alma. Mola empieza a darse cuenta de que un estado moderno debe gozar de una estructura policial. Había que desplegar una buena red de servicios secretos para tener a España protegida de la acción revolucionaria. Para anticiparse a la jugada.


Sería en ese campo el pionero de algo que estructura el devenir cotidiano de las democracias. Es la lucha por el control de la propaganda. El que se adueña de las arterias de comunicación tiene el poder. Era un hombre listo. La infraestructura que consigue poner en pie estuvo a punto de abortar la guerra civil.
Mola sabía demasiadas cosas. No era un alma simple y supo maniobrar, aunque estaba maniatado, con unos y con otros al otro lado de las trincheras.
Sin embargo, estudiando un poco su vida y su obra, el estudioso llega a la conclusión de que no le dejaron.  Ese fue el drama de Emilio Mola Vidal.
Intuye que lo que se venía era un nuevo concepto de poder en el marco de la aldea global. Sus catorce meses al frente de los cuerpos de vigilancia fueron escuela de aprendizaje; Un curso acelerado en los problemas nacionales.
Para él la bestia negra eran los comunistas. Le obsesiona la idea del espía, del agente soviético que se convierte en personaje de leyenda literaria. Los autores que lo tratan con esmero son Pedro Mata, Bartolomé Soler, Wenceslao F. Flórez abordan esta cuestión. También entonces los rusos eran los “malos de la película”.
Por todas partes se veían rojos debajo de la alfombra. Se avistaba un enemigo en el horizonte. Estaban en alto las espadas. Sonaban los timbres de la agitación anunciando la rebelión de las masas. Nacía una sociedad moderna con una campo de conocimiento muy especializado y reducido pero dotado con un buen sistema inmunológico a fuerza de lavados de cerebro. Los señores de la guerra afilaban sus cuchillos. Los degüellos de Brunete, el Ebro y Stalingrado casi se veían venir.
Ante este cuadro de circunstancias que asomaba por el horizonte no es extraño que Mola se sienta dominado por una curiosidad en que la novedad excitaba el interés sin dejar de la mano al pesimismo. Presentía que pronto la situación se haría incontrolable. Era un mundo hostil y contradictorio, tal vez maravilloso, sí, pero donde seres humanos como él de una sola pieza no hallarían cabida.
No hay lógica sino una cargazón de desasosiego. De su pluma manan entonces aquellas frases de agotamiento: “Yo lo dejo, yo me marcho y ahí queda eso”.      
 


Fogonazos de magnesio.
Sentía verdadero horror a los fogonazos de magnesio. Tímido de carácter pero campechano por naturaleza, gustaba poco de las reuniones sociales. Donde estaba más a gusto era con sus soldados. Fue un buen mando y siempre contó con el respeto y el cariño de sus subordinados.
Era la discreción en persona y bondadoso, aunque los que le conocieron decían que tuvo fama de espartano. Se propuso ser un buen policía por amor a su patria. Fue eficaz. Durante su gestión se hace una especie de catastro criminológico de la subversión. Es el fichero de Mola.
En 1930 España sobrenada en un ambiente de arenas movedizas. Retiñen por doquier las campanadas de las consignas. Las planchas masónicas vierten la palabra al oído.


Todos esperaban el primer zarpazo del oso ruso pero en sus papeles de notas y en un diario que llevó durante los meses de gestión en el cargo se descubre que eso del ruso era una entelequia. Los señores que mandaban a luchar a los descamisados a las barricadas estaban cómodamente asentados en sillas giratorias de rascacielos de Nueva York. El oro de Moscú. Un comunista inglés Dogal Hyde refiere cómo se hizo en Gran Bretaña la leva de los internacionales. Un grupo de negreros ad hoc iban por las calles de Bristol recogiendo a los vagabundos y sin techo en las calles de los barrios bajos, les vestían, daban de comer y luego los emborrachaban les metían en un barco. Despertaban de su curda en París. Luego otra vez con las mismas. A base de buena cerveza y de morapio a los reclutados, ya difuntos de taberna, les facturaban en trenes especiales hasta la frontera con España, allí les daban un fusil y los mandaban para el frente.  He aquí la gloriosa hueste del Quinto Regimiento y el “cuerpo de elite” de las brigadas internacionales integrada mayormente por desharrapados y ex presidiarios. Era la táctica del partido comunista que dirigían los judíos de Bethnal Green, famoso cuartel general de los Rothschild en el Reino Unido[7].  Todo el mundo habla del famoso oro de Moscú, pero todo aquello eran infundios de exilados de la Ojrana. Los judíos habían declarado la guerra al zar y lo estaban consiguiendo.
El dinero de la agitación arribaba a espuertas en marcos, en francos y en dólares. Mola se encuentra por primera vez con los gnomos de Zúrich.
Paradójicamente los Rothschild eran unos ricachos interesados en la lucha de clase. La revuelta y la subversión, era una idea que había lanzado Disraeli, es un buen caldo de cultivo para hacer negocios.
Roma no paga traidores pero los suizos sí. Ginebra fue el campo de operaciones de Lenin. Desde sus bancos se catapultó a Hitler. Como Aladino al entrar en la habitación donde se esconde la lámpara maravillosa, nuestro general queda complejo ante la maraña que ha sido tendida desde el extranjero. Esos flujos de dinero subterráneo - aquí penetramos en un corredor muy oscuro y escurridizo- sufragaron las guerras de Melilla.
Nadie, empero, será capaz de delatar esas manos vicarias. Sus dedos son demasiado sutiles. Mola quisiera haberse convertido en el hombre sin rostro para poder así sin requilorios proseguir en las pesquisas. No fue capaz de probarlo porque los tratantes de blancas, los vendepatrias, gozan de importantes coartadas. Tienen padrinos poderosos.
Únicamente lo intuyó. Su corazonada fue válida.
Tampoco pudo atajar con mano de hierro el problema. El conde de Xauen, a diferencia de su predecesor, no era partidario de la represión, por eso al directorio de Berenguer lo motejaron con el nombre de “dicta blanda”.
Había que batir al enemigo en su territorio. En la punta de los dedos tenía la palanca  y sacaba muchas cabezas de ventaja. Es un sistema al que asimilas o te aniquila.


Hacía faltan periódicos, medios de comunicación, emisoras de radio. Tener al lado a la gente de pluma, pero eso no sucedió. Los intelectuales le dieron la espalda a Berenguer, en mayor medida que se habían vuelto contra Primo de Rivera. La primera medida liberaliza dora fue el levantamiento de la censura.
 
 
Unamuno analfabeto.
Ahí empezaron los suplicios para el hombre que se sentaba en la poltrona siempre ardiendo con noticias de huelgas, sediciones, ruidos de sables, y una seguridad ciudadana en estado lamentable, del edificio de Gobernación.
Una y otra vez se lamenta en sus memorias de no contar con la colaboración de una intelectualidad de floreo, aquejada de un fuerte analfabetismo enciclopédico, según lo califica el propio general Mola.
Dice que al lado del eficiente funcionarios y del hombre de ciencias o letras verdadero que vacía sus días en la mesa de laboratorio o ante las cuartillas con un sentido de la responsabilidad patriótica se encuentra el pseudo científico, el bocazas, el desaprensivo, el pícaro.
Sin embargo, estos son los bueyes con los que hay que ir a arar.
Maldecía de la política que había malquistado a las familias y sembrado desavenencias en los cuartos de banderas. Una de las anécdotas que cuenta fue su encuentro con don Miguel de Unamuno y la pobre impresión de raro, tacaño y soberbio que el escritor le produce.
Fue con motivo de su rehabilitación política y profesional. Al regreso de su exilio en Lanzarote es invitado a Madrid donde los estudiantes le dispensan una recepción triunfal. Se da un baño de multitudes pero cuando viene venir a los guardias abandona su puesto en la cabeza al frente de la manifestación y se refugia en el primer portal.


Se había preparado una buena zarabanda en la Calle ancha de San Bernardo. Hubo varios heridos. Al día siguiente, un mitin en el Cine Europa de Cuatro Caminos. El profesor de griego habla de forma destemplada y cruda. La estridencia de sus palabras provoca enfrentamientos entre monárquicos y republicanos. Arengó a las masas como un buen demagogo. Unamuno se estaba sacando la espina de su destierro. Hubo carreras y cargas policiales. El temible vasco, sin embargo, no era lo que se dice un valiente. Cuando las ve de malas y como la prudencia es el montepío de las bofetadas por si acaso se mete en su hotel y pide la protección, cosa que el general Mola le concede ipso facto para tenerlo a cobro de las iras de los dinásticos. En su discurso don Miguel se había metido con el rey.
Estaba España en los pródromos de Brunete. Mola estaba viendolas venir y lo anuncia sin rebozo. Los intelectuales no iban precisamente a erigirse en salvadores de la patria. Meses más tarde se produciría la celebre frase de otros de los grandes autores citados a troche y moche en la España del pasado siglo: “No es esto, no es esto”.
Unamuno sale de incógnito camino de Salamanca con una escolta policial. En Peñaranda de Bracamonte hacen un alto para comer, pero se niega a pagar el precio del menú, que ha de correr a cargo de los presupuestos del estado. Su comportamiento merece el desprecio de los servidores del orden.
En la semblanza que hace Mola de él en sus Memorias tampoco sale muy bien parado el personaje. Le parece uno de esos bravucones de taberna, un ser exhibicionista, demasiado pagado de sí mismo y, para colmo, cobarde. Lleva razón el héroe de Dar Acoba: “ la prudencia es el montepío de las bofetadas”. Más que un filosofo a Mola Unamuno le parece un humorista.
Este concepto parece influir en Millán Astraín. Tendrían que ser los militares los que sacasen a los españoles las castañas del fuego, nunca los escritores, los intelectuales de aluvión, los periodistas de manada. ¿Tendrá que volver a repetirse el triste caso en el siglo XXI, a la vista de como se han puesto las cosas en el País Vasco?


Por eso el fundador de la legión gritó aquello de “muera la inteligencia”. Fue una lítotes, una fanfarronada, pero sus razones tendrían el valeroso militar, que, aunque era tuerto, le faltaba y tenía el cuerpo acribillado por las balas, tenía buen golpe de vista.
Luego su apotema sería interpretado en falso, pero poco antes había dado Ortega su do de pecho con aquello de “delenda est monarchia”. Conque en este país resulta que al rey lo echan siempre sus vasallos.
La exigencia orteguiana supuso un hachazo en pleno rostro para militares como Millán Astraín que se habían jugado la vida y derramado su sangre en el Rif por su rey en una contienda muy áspera que nunca llegó a ser entendida por los propios participantes ni muchos menos por aquellos que veían los toros desde una barrera o acomodados en un sillón en la península.
En Madrid una prensa hostil y una intelectualidad para eunucoides carecía de la sensibilidad necesaria para justipreciar el calado y los redaños de aquel ejército malparado y peor dotado pero que en todo tiempo y lugar, como ocurriera décadas antes en Cuba y en Filipinas, supo estar a la altura de unos idearios de lealtad a la patria, buen hacer castrense y compañerismo.
El orteguiano clamor del rey abajo ninguno tendría su oportuna réplica un crudo día de San silvestre del año 36 en Salamanca, feudo espiritual del profesor de Griego, en boca del fundador del Tercio, quien por cierto había elegido para enseña de sus legionarios, la corona de los Borbones. Una ballesta, un pico y una pala forman parte de la divisa de este cuerpo de soldados de elite, debajo de la blasón real y su diadema en gules. Esta fue la bandera que a cientos y cientos sirvió de mortaja. Se batían, como sus antecesores de los pasados siglos en Flandes, por el rey de España.
No era cosa para reírse. La reacción de Mola y de Astrain estaba del todo justificada. Del sofocón tuvo don Miguel aquella tarde un colapso y se quedó literalmente al brasero. Un capitán de los tercios, tan mutilado que su cuerpo parecía un cedazo ametrallado por las balas, le había herido en lo más vivo de su orgullo.


Confesiones desparramadas.
A la luz de los últimos acontecimientos y el sesgo que cobran las lineas maestras de actualidad en este año de gracia del 2000. Pujol se niega a aceptar las matriculas automovilísticas con el nombre de España, e Ibarreche, que es la leche en polvo, se comporta del mismo modo taimado y jesuítico que su antecesor aquel Irujo, capitoste y brujo del gobierno vasco responsable del fusilamiento de cientos de militares y paisanos de la bella Easo sin cumplir su palabra de perdonar la vida a los encastillados en el cuartel de Loyola, e hizo de estas matanzas un espectáculo público en la playa de Ondarreta. Dice una cosa y luego hace lo que le conviene. Eta mata impunemente, como lo hicieron sus mendigozales o alevines del separatista Aguirre. Se repiten hasta el aburrimiento este tipo de situaciones. Mayor Oreja tiene que comerse cada mañana los mismo sapos que se desayunaban, café con churros, Emilio Mola y su antecesor de los tiempos del Directorio, el general Bazán. Este es el cogollo de la cuestión. Los conflictos a la sazón se han multiplicado por cien.
En la actualidad quizás valga menos la vida humana y, como tenemos el triunfo del mundialismo a gran escala, nadie hace nada para evitar que la pella se nos eche encima. No surgen Molas ni Francos. Los militares están muy desacreditados y sólo sirven para llevarlos a pelear en “guerras humanitarias”. Las unidades están integradas en un amplio porcentaje por mujeres y hay coroneles de la cáscara amarga con mando en plaza que intentan salir del armario.
Cierto que sin la pluma de don Miguel de Unamuno ni su cerebro, nuestras gacetillas se encuentran salpicadas de firmas de columnistas de manada. Ha aumentado nuestro analfabetismo enciclopédico y en el gran momento de la comunicación de masas, a través de la red de redes, como llaman al invento del judío Billy Gades, nos encontramos más incomunicados que nunca, e ignorantes de todo aquello que en verdad hemos de saber.


Pese a todo, hay queda eso. Emilio vio el desemboque de la situación con sus ojos de lince. Judíos y masones en el espigón y moros en la costa. Ya cruzan el Estrecho con sus quillas aceradas los plaustros de la morisma.
A este oficial de Regulares, por amistad, por fraternidad de armas o por una de esas casualidades del destino que así lo dispuso, lo hicieron polizonte y jefe de los guardias.
Lo lanzaron al mar de la política, un piélago de aguas empantanadas, de la política española, cuando el sistema de partidos tronantes, erecto al socaire de la restauración, se iba al garete.  Las gentes bien pensantes hablaban de la vuelta al statu quo. Mola era una de ellas. Por eso, su primera salida como director General la realiza a Sagunto. Había que arbitrar una formula de consenso so pena de que se viniese abajo todo el inventillo.
El tinglado de ahora, el invento de entonces. Mítines de Azaña en la plaza de toros. España ha dejado de ser católica. Mola no es que lo fuese mucho, tampoco, pero la noción de vacío le llenaba de pavor. Otra vez a torear, saltar al albero, y hacerlo a cuerpo. Crispación y nervios. Mucha paranoia. Aquí la gente se suele poner nerviosa cuando llegan ciertas fechos, en los cambios de fase del ciclo lunar, por ejemplo. Estamos en la mismas.  Parece que el destino del español es almorzar sapos y culebras. Ya no trompetean la consigna de abajo los Borbones. El grito que se cacarea es más temible: delenda est Hispania. No me hablen ustedes de chapas, declaró ayer José Mari Aznar en las Cortes a cuenta de lo de las matrículas y lo de las barras catalanas. Arzalluz pontifica desde los púlpitos del Norte con voz de energúmeno. Ibarreche es el espíritu redivivo de Irujo, de Aguirre y de san Ignacio de Loyola. Gol en Mendizorroza. Soy católico, soy cruel.  Y Anasagasti reparte caña anti española sin descomponer el gesto. Tiene cara de bollo suizo.


Estos son los tremedales del día a día que nos embarga. El eje de nuestra actualidad gira en torno a los vascos. España se ha vuelto a dividir en dos bandos: en violentos y en “demócratas”. Los violentos son los que reparten caña, música de Parabellum sin parar para entretener las siestas del personal y goce el canalla de patente de corso y plena inmunidad, y a la Tana, la gitana, la que le pegó tres tiros a su marido, le ha llegado el indulto. Como la vejaba y la insultaba pues resulta que no era delito cargarse a su media costilla. Sentó jurisprudencia su caso especial y desde ahora todas las malcasadas dormirán con un revolver debajo de la almohada. Los que no sean demócratas ni estén en el cupo de los violentos tendrán que apechugar con las consecuencias. ¿Qué va a ser esto, oh?
Se utiliza casi la misma fraseología manida de por aquellas calendas, palabras huecas de alto bordo, cruzan la calle los mismos pistoleros. Lo que ocurre es que a los del siglo XXI ya no se les encasquilla el revolver. Ha subido muchos enteros la tecnología asesina, aunque la sed de matar siga invariable. Las bombas son de mayor calidad. Pueden detonarse con un mando a distancia como se enciende el televisor. Churras y merinas van desfilando ante nuestros ojos alarmados que ven pasar los últimos rebaños de la trashumancia. Los moruecos van delante de las ovejas camino del matadero y los mastines de su guardia no hacen nada, porque un rabadán inicuo cometió la salvajada de rebanarlos los colmillos.
-Señor Anasagati, no hable usted tanto que se despeina.
-Digo frases que quedan muy pomposa. Hay que acabar con España. Os vamos a soltar nuestra tropa de gudaris y de mendigozales, los “flechas” de don Sabino.
Hablaba y hablaba el señor diputado ante una batería de erizados micrófonos porque el Rabadán Invisible lo dispuso así a golpes de callado. Las guerras modernas se ganan con un buen margen de cobertura metódica. Por eso Anasagasti, Ibarreche y compañía nos salpican con sus perdigonadas de baba.
-Un Mola es lo que vosotros necesitáis. Lo estáis pidiendo a gritos
En los tórridos días de julio.


Por aquellos días un asesinato en los tórridos días de julio del 36, un crimen de estado, fue materia suficiente para abocar a una conflagración armada. La opinión pública conservaba ese mínimo de moralidad necesaria para que una nación pueda seguir funcionando. Nuestra ética permanecía intacta. No se había  deformado.
En el día en que esto escribo acaba de asesinar al ultimo gobernador civil de Guipúzcoa y el personal, que acaba de cobrar la paga extraordinaria, se muestra renuente a aplazar el veraneo. Dominan el cogollo de unas nuestra liviana actualidad la Rocíito, ya sin collarín, la niña que tuvo un torero con una tal Belén, portada de las revistas de coña y enclocadas publicaciones del coño y la polla, como la triste y aplanada España (madre no hay más que una). El muerto, frito a tiros en una balacera matinal mientras desayunaba en una tasca navarra, es otro mas. ¿Y van?
Cuando lo del 5 de julio de 1898 en la Bahía de Santiago, el pueblo de Madrid estaba en los toros viendo torear a Joselito, y tampoco se suspendió el festejo. Oh católica y cruel Majestad, llamad a las plañideras que para eso están. No tardará en aparecer la chica de la tele proclamando la consabida muletilla del basta ya, para pedir condenas que no cadenas, vengan de donde vengan.
La política en este país se sigue desempeñando de una forma cainita. Carece de entrañas. El manto de la Magdalena no está hoy para tampoco para zampoñas. España se abronca, la herida vasca se encona. A los heraldos se les fusila. Emilio Mola Vidal fue un hombre que se adelantó a su tiempo, que dijo la verdad. Por eso, han borrado su memoria. Hasta le han quitado el nombre de la calle que hoy se llama Príncipe de Vergara.


Muertos los libros de Caballerías, la patria parió filósofas. Luego, se convirtió en periodista. Contertulio o conducator de algún programa de larga duración de los que llaman oceánicos porque empiezan cuando amanece y duran hasta la hora del té, que bien que nos lo dan algunos, y abarcan todo el espacio nacional, el pueblo a sus pies y la rejilla de programación en sus manos con la que hacen y deshacen. ¿Qué es noticia, vida mía? Lo que tú quieras, amor. Porque periodismo y poesías lo eres tú que te tan objetivo (las apariencias engañan y a vosotros que no se os apriete el zapato) te conviertes en un subjetivo de tomo y lomo. Periodistas al poder. Pero antes hay que domarlos. Devaneos y quimeras, aunque España va bien.

Un lustro antes de que estallara la gorda, un ministro de gobernación, el general Marzo, le intimó a su segundo, que era Mola:

-Desengañate, Emilio. Esto mala compostura tiene. El manto de la Magdalena no está para tafetanes.

-Ni el verde para zampoñas, camarada general. - le contestó éste.

Mola tenía vista de lince y la cabeza bien amueblada. Se dio el caso de que siendo un librepensador por España alcanzó la palma del martirio. Su apellido sigue ejerciendo un poderoso imán para los que aman a este país. Algún día resucitará por muchos intentos que se hagan para lacrar su memoria.  De Marzo nunca más se supo. Tenía conexiones con la Ojrana zarista.  Su sucesor pensaba que a la monarquía muere siempre a manos de los monárquicos. Es su sino en este país.

Fin de REMEMBER BRUNETE, 

POR  Antonio Parra Galindo  miércoles, 30 de mayo de 2001 (18:58 h.)                         Hoy cumple mi Almudena 25 años. A ella le dedico este texto.           



[1] Es la fotografía que ilustra la portada de este trabajo
[2]Salas Larrazabal y Casas de la Vega
[3]Tengo por oficio trocar el metal en oro lo más rápido posible.
[4]Juego de palabras con democracy (democracia) y crap (mierda).  España no está lo suficientemente metida en la mierda democrática (ad lib.)
[5]Tened cuidado, no dilapidéis los pensamientos en cosas vanas y materiales, no os revolquéis en el cieno de la vida crápula, quiero que viváis conforme al epíritu
[6] AGUSTÍN DE FOXÁ Cantos de los combatientes. Antología poética pp. 91-93
[7] Douglas Hyde “Yo creí”, Luis de Caralt, Barcelona 1951.

No hay comentarios:

Publicar un comentario