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lunes, 9 de junio de 2025

 BECQUER VIAJA A VERUELA




Bécquer en el monasterio de Veruela


Un día de la primavera de 1863 tomé en la estación de Delicias el tren de Ariza. Aragón era un vergel. El ruiseñor  cantor anidaba entre las ramas de los piescales a los que la primavera había vestido con la purpura cardenalicia.

Nuestro vagón iba atestado de baturros calzón de media anqueta el cachirulo de yerbas en la frente. Y de peregrinos madrileños que iban al Pilar por promesa.

Sonaban aires de jota en el siguiente vagón del convoy donde una batería de artilleros marchaba camino del frente del MAESTRAZGO. Iba a luchar contra los facciosos de Zumalacárregui y sus bandas carlistas.

 

En nuestro compartimento un cura rezaba el breviario o hacía        que farfullaba preces en latín, terciado el balandrán, los ojos puestos sobre una moza que acababa de entrar en el compartimento llevando una inmensa cesta de huevos a la cadera. 
La teja del cura o gorro eclesiástico ocupaba buena parte del testel de equipaje. 
Descendió al anden en Agreda donde  era esperado por el sacristán de su parroquia, y una oronda maña con el garbo de la tierra en los andares de las hembras aragonesas y una monaguillo que era tan parecido a él que los ingleses dirían que era su spitting image. seguro que aquel cura era su padre,

Un joven sevillano estaba en frente de mí; ojos ardientes melena y perilla se sentaba en el rincón de la ventanilla no podían ser sus ojos más soñadores. Era Gustavo Adolfo Bécquer. No habló en todo el trayecto, miraba el paisaje. De vez en cuando sacaba un prontuario que escondía entre su manta de viaje y apuntaba alguna palabra o una frase feliz alguna ocurrencia de sus compañeros de ruta.

No pude distinguir el tenor de aquellas notas pero observé que pintaba en su cuaderno de campo el rostro del cura, la cabeza romana del labrador del cachirulo y fuertes pantorrillas o la figura esbelta de la joven que nos dijo ser esposa de un militar de Zaragoza.

Cuando le ofrecieron beber vino de la tierra lo desdeñó con mucha elegancia. Luego supimos que aquel joven de aspecto tan señorial y elegante marchaba a un balneario de Borja a tomar las aguas termales.

Luego cayó en lánguido mutismo soportando las cuchufletas de los acompañantes, las torvas miradas del cura y las agresividades de un seminarista de Zaragoza que plantaba su pierna indecorosamente al lado de la lady pues la mujer del militar era inglesa. Tampoco se quejó de los baches y las  incomodidades de la tartana por camino de herradura, que hubimos de tomar en Tudela.

Veinte leguas en carne mortal hasta Cariñena pero al fin llegamos con el cuerpo dolorido a causa del traqueteo, los reniegos y blasfemias del delantero y hartos del cante y del vino áspero de Cariñena que dicen que es garantía de salud y resucita a los muertos.

El poeta tosía con frecuencia. Acaso era este el motivo de su tristeza el de su precaria salud. Posamos en una fonda de la capital del Somontano y al día siguiente, de amanecida, enganchamos la riata de la posta (seis pares de mulas, un arriero que ya de madrugada se había tomado sus traguillos de aguardiente) y recorrimos las siete leguas que separan dicha población de Veruela.

 

El lugar es un recóndito paraíso escondido en un fértil valle entre montañas donde se alza uno de los primeros conventos cistercienses edificado en el siglo XII por el conde don PEDRO ATARES y dedicado a la Virgen María 

 

  APODITERION TODOS A DESNUDARSE

 

El apoditerium era el vestuario donde se cambiaban de ropa en el circo romano los gladiadores que iban a morir y los atletas. Hogaño las salas de internet son un apoditerium constante.

Las putitas de Putin con sus cuerpos mágicos llenas las salas de los masturbaderos y berreaderos. Son una verdadera plaga.

 Putin las ha lanzado como moneda de cambio pero pueden ser un caballo de Troya; el enemigo por la puerta de atrás.

Atento como estoy a las emisiones de misas y actos litúrgicos en los cuales el patriarcado de Moscú no tiene rival, son la pulpa de ese cristianismo esencial donde Xto resplandece bajo la luz de los iconos, me encuentro con esta paradoja: la ninfomanía rusa manda en los chats.

 Los he pisado a golpe de ratón como periodista, no como usuario─ algo que me aterra─ porque estos lugares son el albergue de reprimidos y de maniacos sexuales. Los ingleses les llaman johnis  a esos macarras.

 Y me hago la siguiente pregunta ¿cómo pueden caer tan bajo las hijas de la santa Rusia que son captadas por organizaciones mafiosas y sirven de carnaza a los prostíbulos occidentales donde toda aberración sexual cabe?

Misterios del alma rusa. Para mí una verdadera desilusión.

 Atisbo un peligro, mientras los mozos de los reemplazos más jóvenes mueren en Ucrania para salvar a la nación, sus novias e incluso sus madres se han pasado al enemigo al cual hacen el amor por ahora cibernético pero pronto puede ser presencial si el Kremlin pierde la guerra


morante de la puebla un idolo del toreo quinta esencia del arte de Cúchares ayer 8 de junio 2025 puso las Ventas boca abajo ayer en Madrid

 REPORTA EL adelantado de Segovia

La suerte de vivir en la época de Morante

La tauromaquia salda la deuda que tenía con el genial torero de La Puebla del Río y abre la Puerta Grande de Las Ventas tras dos faenas mayúsculas impregnadas de arte

domingo, 8 de junio de 2025

¿VUELVE LA CAZA DE BRUJAS DE LA ERA MACARTHY CON TRUMP? articulo del wahington post

 

This journalist was the real hero behind Joe McCarthy’s takedown

Drew Pearson rebuked Sen. Joseph McCarthy early and often. History gives him little credit for it.

5 min
Columnist Drew Pearson on Capitol Hill in 1953. (AP)
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Larry Tye is the author of “Demagogue: The Life and Long Shadow of Senator Joe McCarthy.”

The mythology of Sen. Joseph McCarthy — in fresh focus as the Broadway version of George Clooney’s “Good Night, and Good Luck” smashes box-office records — gets it right that a legendary American journalist played a vital role in toppling the red-baiting Republican in the 1950s. But it casts the wrong journalist.

It wasn’t, as most accounts suggest, crusading radio and TV personality Edward R. Murrow, although Murrow did broadcast two bare-knuckle takedowns of McCarthy. Rather, it was radio and newspaper commentator Drew Pearson, who went after “Low-Blow Joe” six years before Murrow, stayed on the story longer and uniquely ignited the senator’s wrath.

As early as 1947, Pearson was banishing the then-unknown freshman lawmaker to a class of what he called Senate dunce caps, with a grade of “E.” McCarthy “came to the Senate with more publicity build-up than any colleague,” Pearson wrote, “but fizzled faster.” And what Pearson wrote mattered, with his eight weekly “Washington Merry-Go-Round” columns printed coast-to-coast in newspapers with circulations totaling nearly 40 million. His “Drew Pearson Comments” program attracted another 20 million listeners every Sunday night in radio’s heyday. Pearson had household heft that no other newshound could boast. From the late 1940s through the mid-1950s, his coverage routinely fixated on the Wisconsin senator.

McCarthy’s anti-communist crusade prompted Pearson to write 58 scalding columns in a months-long spree. “This writer, who has covered the State Department for about twenty years, has been considered the career boys’ severest critic. However, knowing something about State Department personnel, it is my opinion that Senator McCarthy is way off base,” a February 1950 column said. “The alleged Communists which he claims are sheltered in the State Department just aren’t.” He then rebuked McCarthy’s “witch hunt,” reporting that “Republicans consider this a calamity.” Pearson was unrelenting, revisiting McCarthy’s pre-Senate tax troubles, short-order divorces and near-disbarment.

Sure enough, he caught the senator’s attention. McCarthy’s bedside arsenal included a baseball bat and a sledgehammer, both marked with “Drew Pearson.” His violent fantasy was realized in December 1950, when the adversaries met at a Sulgrave Club dinner dance in Washington. The senator “pinned my hands down, swung me around, and proceeded to kick me in the groin with his knee,” the columnist recalled. Days later, McCarthy went after Pearson again with a verbal assault delivered on the Senate floor. While “it appears that Pearson never actually signed up as a member of the Communist Party and never paid dues … that has not in any way affected his value to the party,” the senator said. McCarthy then urged the public to boycott Pearson’s radio sponsor, the Adam Hats Corp., which quickly pulled its funding. While Pearson found other underwriters, none were as long-term or generous as the hatmaker. The columnist tried to strike back in kind, filing a $5.1 million suit alleging that he’d suffered a huge financial blow and endured major pain and suffering from the Sulgrave Club attack, and that McCarthy and his cronies were to blame. There was no chance to resolve those claims in court because Pearson withdrew his suit three years later without explanation.