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lunes, 28 de agosto de 2017

SAN AGUSTIN NO FUE CELIBE

SAN AGUSTÍN Y LOS CURAS CASADOS

Antonio Parra

San Agustín todos mis males se lleve, cantaba El Presi el gran coplero astur en una de sus tonadas que aludían al final de las romerías. El verano ya va de vencida y la fiesta de este gran santo que yo creo que es el fautor del Catolicismo tal y como lo entendemos de la misma forma en que Pablo de Tarso dio cuerpo vital al Cristianismo coincide con los hermosos días en que amanece más tarde, las auras vienen embalsamadas de sazón, están apunto de madurar las nueces, las ciruelas dieron ya su rendimiento y los perales cargan su rama de granazón y de fruto. En el Cantábrico tienen lugar las grandes mareas denominadas mareonas, para diferenciarlas de las de febrero con pleamares menos vivas aunque quizás más violentas. Son hermosas las noches de agosto de tibio relente el firmamento hecho un agujero de punticos brillantes. Son días de reflexión para decir adiós a otro verano que se esfuma, preparar el regreso a la rutina. Se acaba lo bueno. Hay que volver al tajo.

Pues san Agustín todos mis males se lleve. En otro orden de cosas, la figura de este Padre de la Iglesia de Occidente cobra alta prestancia porque no fue célibe. Estuvo casado con una hermosa mujer nubia, de raza negra, cuyo nombre desconocemos que le dio un hijo por nombre Adeodato, y a la que amó verdaderamente y a la que nunca dejó de querer en medio del llanto por los pecados de la vida y la expiación de la culpa. ¿Pecados de sexo? De cualquier manera los que conocemos un poco los escritos del Obispo de Tagaste nos ufanamos de su brillante manejo del Latín (aquí La Retórica representa un primordial papel), de la profundidad de su pensamiento teológico, de la suavidad excelsa de su verbo, pero al lado de esto un cierto complejo de Edipo.

Su madre en cierto modo lo anuló haciendo renunciar al amor de aquella esclava al objeto de, pues debió de ser hembra ambiciosa y de armas tomar, seguir adelante en su carrera eclesiástica hasta alcanzar las dignidades de la silla episcopal. Fue un pensador, un gran escritor pero al mismo tiempo un santo muy humano, sujeto a las contradicciones e interrogantes de nuestra condición, fraguada en el barro pero que aspira a las alturas. Representa el ápice del refinamiento que había alcanzado la cultura romana. La sobrenatural excelencia. Él escuchó el piafar de los caballos de Alarico. Lloró cuando el heraldo le anunció la caída de Roma. Se refugió en sus libros. En la especulación teológica.

Los años en que militó en las filas del maniqueísmo le ayudaron en su lucha para combatir y esclarecer la presencia del mal en la Tierra. Fue una vocación tardía pues no recibió las aguas bautismales sino a los 34 años cuando ya era un hombre maduro. La Iglesia sostiene que esta milagrosa conversión fue el resultado de las plegarias de su madre santa Mónica pero a mí me parece el desenlace de un proceso natural de búsqueda, de hastío de las cosas del mundo, de ese taedium vitae al que alude con frecuencia en sus escritos.

Y otra contradicción: El gran mundano que fue este cartaginés abandona las pompas del siglo y se convierte en el introductor del monacato en el cristianismo occidental, fundando la orden de la OSA que tanta gloria ha dado a la Iglesia, inspirándose en los estatutos del cenobismo de san Basilio, el padre de la Tebaida en el desierto de Anatolia (hoy sería un turco) para el cristianismo occidental. Recomienda para sus súbditos la oración en común y propugna que los monjes vivan recogidos pero no hace del celibato un casus belli. No es más que una opción. Seguir a Jesús no es un problema de bragueta como aseguran los enemigos de la Fe. Continencia y castidad corren parejas pero el matrimonio de los curas no es un dogma sino una medida interdisciplinar que en España aunque sancionada en el Concilio de Elvira no se implementa hasta once siglos más tarde que ya es decir.

¿curas casados? ¿Por qué no? Si el Obispo de Hipona viviera hoy seguramente la aplaudiría para paliar el inmenso problema de despoblación que padece la atención al culto, las aberraciones de uno y otro signo. El catolicismo es una religión viril y son hombres y no beatas lo que necesita la Iglesia, hombres leídos, que prediquen, que sepan, que amen, que renuncien y que ayuden a los demás a portar la cruz. Desde luego, desde un cierto ángulo de vista es mucho más fácil la soltería de los clérigos que se convierte en poltronería y viene a ser una gran verdad lo que decía el Arcipreste de Hita uno de los defensores del matrimonio en la clerecía en una carta a su Arzobispo. Gil de Albornoz, un jerarca de armas tomar y que tenía mucha mano en la Curia de Aviñón, el Vaticano a la sazón: Santidad, ¿ por qué nos quita las buenas, para que nos vayamos con las malas? Se refería a mujeres, claro está.

La lucha que tiene que tener un padre de familia es una brega mucho más dura y difícil al compás de como van los tiempos que la comodidad de una rectoral. Fue un tema que dejó en el aire el Vaticano II, con sus discusiones sobre laicos y jerarquía, una auténtica petición de principio, y la escuela de asesores franceses de Pablo VI, de origen converso o profesos de la religión judía, y a la que seguramente este gran pontífice, Benedicto XVI, que ha sido un verdadero regalo para la Iglesia, tratará de dar solución para paliar la carestía de pastores, la penuria intelectual, la mariconería, la confusión moral (confundimos las churras con las merinas y el culo con las cuatro témporas) o la rutinaria postración moral en que languidecen nuestras diócesis. Ésta es una religión viril, de mílites, no de currutacos pederastas. Sopla el viento del Espíritu. Se escucha sobre el horizonte el tintineo de los incensarios de los diáconos.

Lo anunciaba en una artículo en esta misma güeb criticando algunos modismos en cierto modo obsoletos del anterior pontífice, al fin y al cabo un polaco, arrasador y todo un éxito pero sin solidez, un verdadero prodigio de comunicación de masas. Su sucesor haciendo gala de una tremenda sabiduría y como inspirado por el Santiespíritu condenó el Nazismo, el Shoah y el totalitarismo de hoy en una y otra escala, lanzando una advertencia a los prebostes de la corte dañada que la Iglesia no está en venta y que un pontífice ha de conservar su independencia. A Rätzinger no será fácil manipularlo. Es evidente que quieren un Papa a su medida que comulgue con ruedas de molino que cohoneste su hoguera de vanidades y sus estropicios.

Pues bien me excomulgaron por decirlo y hubo un magister sinister que se atrevió a expulsarme de una Iglesia a la que amo tanto y para la cual fui entrenado a defender contra viento y marea desde mi adolescencia. Padre, perdonalos. La obra iniciada por Wojtyla genial en algunos aspectos, pero a veces demasiado sometida a las apetencias de los jaiques de la información y las finanzas, la rematará Rätzinger, un hombre que transmite seguridad y benevolencia - este bávaro tiene un rostro de una gran dulzura y comunica paz- si le dejan y no lo matan. Ha de cuidarse tanto del veneno como de los atentados.

Yo creo que es un continuador asimismo del espíritu de Agustín y depositario de la gran teología que animó la escuela de Tubinga en las escuelas catedralicias de Colonia que dieron nada menos que a un Alberto Magno, maestro de Tomás de Aquino. Será seguramente un cultivador de la belleza de la inteligencia y también de la otra belleza, la formal. La de la música, la pintura, la literatura. El obispo de Hipona rindió culto a la filocalía (amor a la hermosura) de la cual está tan necesitada esta sociedad que al revés honra lo feo, lo estridente, cuanto peor se escriba mejor, lo vulgarote, aunque se hinque de hinojos a los pies del hedonismo. Lo importante es el cuerpo. ¿Y el alma? Dejeme de historias. Aquí a lo positivo.

Desde luego en la obra del santo se aprecia una gran sensualidad, el choque contra las potencias carnales, la pugna para meter en brida a su concupiscencia de africano. La prosa de la "Ciudad de Dios" recuerda por su vehemencia, lirismo y carnalidad a la de las "Mil y una Noches". Por eso entusiasma a otro gran libidinoso de la inteligencia y que lo conoce muy que fue Papini.

La inmanencia actual y el relativismo contrasta con la trascendencia agustiniana. "Oh, señor, cuán tarde te conocí", lloraba al final de sus días. Su pensamiento es uno de los que más ha influido en nuestra concepción del Ser a lo largo de veinte siglos.

-Por supuesto. No hay puchero sin tocino ni sermón sin agustino.

Algunos predicadores de vereda mal interpretaron sus libros pero ha sido uno de los autores mayores. Quizá el más citado y uno de los más leídos. Sus Confesiones siguen vendiendose en las listas de bestseller. A él recurren los pintores renacentistas. No hace falta más que contemplar el entierro del Conde Orgaz. Con que primor lo dibuja el Greco, con qué galanura se entretiene en el pergeño de su pluvial. A él debemos en Occidente ese espíritu de introspección que se compadece con el espíritu crítico, pero ese entusiasmo o endiosamiento, ese optimismo que brinda nuestra religión.

Adeodato murió a los 18 años, de la amante nubia nunca más se supo pues en el conflicto de intereses Mónica gana la partida. Por cierto es un paradigma de sentimiento de amor filial las líneas que le dedica a su madre en sus Confesiones muerta en Ostia poco antes de embarcar para Numidia, dechado de perfecciones cristianas esta mujer aunque también debió de tener que someter su naturaleza a férula las llamadas de la naturaleza. Al quedar viuda se dio a la bebida y le gustaba bajar a la bodega a echar un traguillo. Corrigió sus inclinaciones y hoy es una santa de las más celebradas.

Por lo que toca a Hipona hoy es un enclave en el Túnez actual de cuyo nombre no me acuerdo en árabe. El caballo de Alarico arrasó Roma pero lo que vino después con el islam sería mucho peor. Bajo el casco de los caballos beréberes no volvería a crecer la hierba. Aquellas florecientes comunidades de África que fueron el primer vergel donde floreciera el primitivo cristianismo quedaron perdidas para siempre. Uno a veces se enfrenta en la historia a hechos que no se comprenden y éste acaso sea uno de ellos. Sin embargo, el espíritu de Agustín de culto a la palabra, de amor- ama et fac quod vis- pervive en nosotros para siempre. En sus libros la caída del imperio romano es profecía de la devastación de las iglesias fundadas por Pablo de Tarso.

Pero en fin, sufrir y padecer. Ese es el signo de nuestra fe. Abrazamos nuestra cruz pero, Señor, aumenta nuestra fe para comprender lo que no se entiende aunque estamos seguros que sobre estos misterios flota el aura de tus designios divinos. Y san Agustín todos mis males se lleve, que cantara el Presi. ¡Feliz fiesta!

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